Pero donde se muestra mas visible el dafio es en lo tocante á la corte de Homa. Kl gobierno hará todos los alardes que bien le parezcan; i)ero él conoce mejor q^ue nadie ía convenicncia. la necesidad de alcanzar el reconocimiento de Roma, y el arreglo definilÍYo de los neprocios eclesiásticos. Cuando no hubiesi» de por medio otras cuestiones, hay la de los bienes <l('l clero regular v secular, cuyos compradores ponii'ndose en coíitTudiccion consiiro niísinofi, esperan con increiblc ansiedad la intervención del poder Cípiritual. á pesar de que no la consideraron necesaria al hacer las ad(|uisiciones; v como en K«ípaña casi toda la revolución está concentrada en lo»! intereses, yde estos la |)rincipal pártese halla en los* bienes del clero, resulta qne hasta que se alcance la indulgencia del Sumo l*ontflire, la revolución liem-Wa, y el gobierno que la defiende está inquieto y mal seguro.
No despreciéis. pues, con tan desdeñosa altanería al conde de Montemoliii. yaque a pesor de sn destierro y prisión os suscita tamafios embara7os, sin que él \wr su parte teng?» necesidad de hacer ningún esfuerzo, ni aun de pensar enque •§ iossu'^rtta. Vn representante de un principio. es al-ro mas que un simple proscrito; esto no Id \y\- ÍM'is (jtieridn reconocer, y el tiempo se encargará de enseñároslo. Ya le sea la suerte favorable ó contraria, sea qne llevéis n cftix» otra combinación 'matrimonial, o que aplacéis por largo tiempo el enlace de la Reina. las dificultades subsisten; nacen de las entrañas mismas del negocio, y tarde *• temprano, de un modo o de otro, se harífn sentir, l'na cuestión nue para la Esparta no es cuestión de partido sino nacional; una cuestión que no solo se ro/a con los intereses de determinadas potencias, sino que afecta prolundamenle á la jMilitica europea. : en vano queréis reducirla á los limites de un negocio común de gobierno, ó de afeccione» de familia; á medida que se irá acercando la veréis crecer; y por grande <jue sea vuestra audacia, al encontraros cara á cara con ella, difícilmente os atreveréis á mirarla de frente.
La posición del conde de Monleniolin con respecto á la diplomacia europea no debe ser considerada únicamente en sus relaciones con Roma y los gabinetes del Norte: es necesario at<'nderá la Francia y a la Inglaterra, cuyo voto en estas materias es ])or lo menos dé tanto peso como el del resto de Europa. De esto nos ocuparemos en otro articulo.'í^'"» f EL GABINETE FRANCES Vamos a examinar un punto crrioso r delicado: cuáles S(m ahora, cuáles p;te(ienr deben ser en adelante la opinión y volimlaíl del gabinete francés sobre el mnlnm<»nio de la Reina ron el conde de Monlem'»'!n. La importancia de dicho examen no la desconocerá quien reflexione, que si han de mediar en este negocio influencias diplomáticas, no cabe prescindir de la Francia. Dilirilmenle se podría hacer nada sin ella; v es i)oco menos que imposible el hacer nada contra ella; Google La ciirslion de España no es la cuesiion de | tW'icnle; aquí el interés es mas cerc^mo, mas i vivo; y los modiosde arción, tanto indipTl08 como directos, son mas numerosos, mas eficaces, y sobre todo mas fáciles. Mucho dudamos que en este negocio el gabinete francés se mostrase tan irresoluto como en otros. La Francia por si sola no pucíie diri- ' rair la cuestión, ni aun en terreno diploma- ' tico; pero su voto es de tal peso, que no se puede ni despreciar ni ol\ i(íar; y en cuanto al conde de Slonlemolin, apenas cabe duda de que si la Francia lle'.M con el tiem|>o á ' apoyarle, la cuestión esta resuella en su favor; nada resisliria al peso de la opinión nacional, secundada por la diplomacia europea; y la diplomacia europea estaria toda por el conde de Montemolin, si este pudiera obtener el voto de la Francia. No escepluamos ni aun a la Inglaterra. 1, Se asegura que estas verdades no se habían escapado á la sagacidad del joven priu- | cipe; y que hace largo tiempo era de opinión que no le convenia á su familia indisponerse <x)n Luis Felipe. Üesde que ocupa el lugar de su padre parece (pie ha cuidado de acomodar a estos principios su condu«ta; motivo ñor el cual, la cx)rte de las Tullerias no se ha mostrado dura con él en cuanto lo ha consentido la falsa actitud en que la política ha colocado al gobierno francés. No le ha | dado libertad, es cierto; pero hay otros me- I dios de manifestar que él sistema es menos ¡ riguroso; y ademas, todavía no se sabe si ¡ esta libertad ha sido reclamada. Como quiera, Qo es poco que se hayan evitado disgustos personales, que inlluyen en la política mas de lo que se cree. Los negocios no deten ser mirados en abstracto, sinoeo su realidad; V la Francia actual no es la Francia donde lian reinado los líorbones con autoridad absoluta; no es la Francia como la puede desear uo legitimisla; sino que es la Francia tal como ha salido de manos de la revolución, y gobernada por la dinastía de Orleans. Mucho raziman los partidos sobre la posición de dicha dinastía con resf>ecto á ta Francia, y basta (|ue punto se hermanan ó contrarían los intereses de esta con los de a(|uella; ]>ero semejante discusión de nada sirve para los cslrangcros en un caso práctico, y de resolución inminente; cpiien gobierna la Francia, quien intluye en Kjiropa, no es el duque de Hurdeos, sino Luis Felipe. • Quizas no seria aventurado decir que el • monarca de julio, no ol>slante su previsión y sagacidad, no ha llegado todavía á conocer bien cuáles son sus verdaderos intereses en la ciicslioii espíiñola. Luis Felipe terae para su |)ais dos estreñios; la revolución y los Icgitimistas; y se inclina mas á un lado ó á otro, según la necesidad de contrapesar al larlijH) cuya preponderancia le inquieta. A os progresistas españoles los consi.iera con razón amigos naturales de la revolución en Francia; jvor esto es él su enemigo natural: á los carlistas los mira como aliados de ioslegitimistas franceses; por esto los trata con dureza. Hastnria que un candidato fuese muy acepto a los progresistas, para que encontrase oposición en el gabinete de las Tullerias; y si el conde de Monteniolin no ha tenido el ajwyo de Luis Felipe, es porqve teme, anrupie sin fundamento, que la c^rts de Madrid se convirtiese en un foco de intrigas legitimistas.
A mas de las razones espresadas, que en cierto modo son para la Francia de |K)lilica interior, pues se reliercn inmediatamente á la conservación del orden de c^osas cxislenles asi en lo tocante a formas [Militicas como á la dinastía, hay en la cuestión del matrimonio de la Reina de España otra consideración muy grave, cual es la necesidad d« impedir qne ni el.\uslria ni la Inglaterra adquieran en la Península una intluencia proponderante. Lo que se llama la obra de Luis XIV podrá ser mas ó menos sabia desde el punto de vista de la [xilitica francesa; fiero siempre es indudable que seria una caaroidad para la Francia el que se sentase al lado del trono español un príncipe representant<<: de la influencia austríaca ó inglesa. Con esta previsión la Francia ha declarado que no consentiría que obtuviese la mano de la Reina un príncipe no Borbon.
La Kiiropa por su parle tampoco perroi— tiria que fuese rey de España un vásta^ de la casa de Orleans; y asi el circulo de It elección ha quedado tan reducido. (|ue solo liguran como candidatos los hijos del infante 1)011 Frauci.sco, el conde de Trápani, y el de Monlemolin. Y aqui es menester confesar (|ue el gabinete francés ha cometido una falta. Es poco menos que cierto el int«^res que ha manifestado por el conde de Trapani, es decir, por el principe mas impo[mtar en España; lo (|ue solo puede esplicarsi» suponiendo que ha sido pésimamenle informado. Es imposible que si aquel gobierno supiese oó- Googl mo es recibido ea Es|)aria semejante provee- ij lo, le apoyase, ni auu <|uisiese Uíner en el í BÍogunti participación; es imposible qnc creyeaerobusli i crsu inlliieocia en España, ase-; garaadosc la ilcpcndencia <le dos ó tres personas; es imposil)li* que no previera cuan ina- I los resultados pudiera tener en el porvenir ¡ ra la misma inlluencia f rancesa, el que se atribuyese lialn'r realizado loque r.'ípugna ' tan vivamente, no diremos á la mayoría, sino a la totalidad de la nación española. Sépalo el ííobienm trances; cuando se ha Ira- i lado del conde de Trápani, los partidos han estado acordes en mostrar antipatía: carlistas, moderados, progresistas. todos, y por cuantos medios tienen en su mano, han niauifestjido ymaniliestan la mas viva oposición. Para ad(|uirir inlluencia en un pais, ¿es prudente comenzar haciéndose impopular en tan alto irrado? Creemos <pie no; y en £spaita llu•^o^ (pie en otras parles. El orgullo na< ioiial, ol espíritu de liera independencia, la tiMiacidad <le carácter, todo contribuye a que semejantes heridas sean entre nosotros de mas dilicil curación. .» Tal vez haya sido ya mejor informado el f^binete de las Tullerias. y á esto se deba el aue,.se;^nn se dice, alloj'e algún tanto en su (lesacertado enjpeño; pero sin embargo de esta noticia que ha circulado últimamente, bueno sera estar preveni(l(»s y no dejar que se duerma en lalsa seiruridad la opinión nacional. Hay en España determinados in-: lereses que se creerían favorecidos con la combinación del principe napolitano; no e-s probable que cejen iacilinenle en el mal ca mino por donde se dirifícn; y no fuera es-; Iraño que. para captarse el apoyo eslranjíero, pintasen la situación del pais bajo un 1 pnnlo de vista equivocado. De lodos modos, ¡ es de esperar que el ^'obierno francés no se dejará en^^añar tan fácilmente, y que no se resolverá, sin examinarlo con mas madurez, á cargar con la responsabilidad de un suceso que dilicilmenle pudieran olvidar en machos años los corazones españoles.
Estando en los intereses de la Francia el que el trono de España no salga de la fami- ¡ ha de los Rorbones, y no conviniéndole lampoco (pie la Península viva entregada á, continuas inipiietiides, claro es que la corte de las Tüllerias estarla por el conde de Montemolin, si no temiese (pie con este principe seria Madrid un centro de intrigas Icgitimislas. Esle es el fantasma que habrán procurado agrandar y ennegrecer los diplomáticos cspafíoles adversarios del prisionero de Bourges.
¿Qué interés tendría el conde de Monlemoíin en unir su causa con la del duqwc de Burdeos? Ninguno. ¿Seria tan insensato que creyese poder atacar directa ni indirectamente lo que resfKíta la Europa? Es cicrlo «pie no, A nies de las relaciones que encontraría eslablecidas entre el gobierno de Madrid y el de las Tullerías; a nuis de (|ue |)or el* modo conciliador con que eu-Iraría en España le sería preciso conformarse con lo existente; a mas de que su posición adquirida pnr el matrimonio seria diferente de olra conciuislada con la fuerza de las armas; á mas de une para lograr esta posición le habria siuo útil el a|)oyo de la misma Francia, el conde de Montemolin conocería lo (juc salta á los ojos del mas miope, á saber, que el gobierno de Madrid, sean cuales fueren sus opiniones particulares, cometerla una gravísima imprudencia n>ezclaudose en asuntos que no le pertenecen, y haciéndose el protector de causas demasiado alwitidas para que con tan flaco Roxilio se puedan levantar; c(moceria tiuo cnanto se hiciese en este sentido no prodaciria otro efecto que complicaciones peligrosas en las relaciones con una potencia de primer orden, que por razón de vecindad y otras circunstancias, no conviene tener por enemiga. Esto conocería el conde da Montemolm; y por grande que se tinja su inlluencia en el gobierno, por preocupado, [H»r imprevisor <|uc se le quiera sujwner, jamás la política del gabinete español iria mas alia con respecto á la Francia. de la línea de conducta seguida en los últimos años de Fernando Vil. Esto es para nosotros evidente; y no concebimos que otra cosa sea ni aun posible.
Los peligros, pues, para la Francia y para la misma dinastía de Orleans, no están en el matrimonio de la Reina con el conde de Monlemulin; se; hallan mas bien en la parto opuesta: en las eventualidades de los disturbios qne pueden con el tiempo promover los pretendientes á la corona. Aqui es donde debieran lijar la ati^-ncion los hombres de estado del vecino reino: con una minoría inminente, con profunda división en los partidos, con «na inquietud social nacida del estado de las ideas y de las costumbres, con la rivalidad de Inglaterra, con el deavkxle lai poleuciasdel iNorte, con las diticultades do Ar^^el, con las complicaciones (|ue amenazan surgir en Oriente y Occidente, ¿ le puede convenir a la Francia que su vecina la España esle espucsla a caer de nuevo en la guerra civil? ¿I.e puede convenir el (|ue la lufíialerra y las potencias del Norte leudan ti la niano el arrojar sobre el territorio español un pretendiente que la al>orreceria por considerarla como la causa priacipal de su destierro y de (lue se haya desgraciado la conciliación que (leseaba? ¿Le puede convenir que la revolución no encuentre un freno en una monarquía fuerte? ¿Le puede convenir que las facciones lurbuient^is abriguen siempre esperanzas fundadas en la eventualidad de nuevos trastable por su augusta prosopia sus virtudes, que solo la i>pdia para reíTi se á un clima mas templado, en la luodeali oscuridad de la vida privada? ¿Qué esfem la Francia de aliados tan luedroioe, tan débiles?
Si ta dinastía de Orleans ba de correr graves peligros, no nacerán estos del partido legilimisla: si la Frovidcncia la tuviese destinada á perecer, no liay indicios de que la destine á morir á manos de los legitimistas. Lo poderoso, lo temible en Francia, para el caso de un trastorno, no es el parlédo del duque de liunleos. es la revolncion; aquel ilustre proscrito tiene por ahora escasas esperanzas de recon((uistar el trono que perdiera su infortunado abuelo; y ^ tornos? ¿Le puede convenir que un jwrlido ' esperanzas pudieran tener jamás ra/oü.nji tan numeroso como el carlista esté, no solo '>ceparado del trono, sino en oposición con el , trono? Mucho dmlamos que tales contingencias puedan ser provechosas á la Francia; mucho es de temer que algunas de ellas le -"«carrearan graves conilictos.
El enlace de la Reina con el conde de Montcmoliu acaba de una vez con estos pe- .' ligros. La pretensión dinástica deja de cxis-•4ir; el trono se robustece con el apoyo de un partido numeroso; la rcvulucion pierde sus esperanzas; y la España, trau(|uiia y segura, no es un vecino peligroso |>ara nadie. i£n todas las complicaciones que puedan sof brevenir á la Europa, la España no |>udrá iitener Ínteres en indisponerse con la Francia; lo único (|ue pudiera hacer serui guardar ^«stricla neutralidad, absteniéndose de mezftclarsc en negocios (lue no le interesan. El yteimple buen sentido hasta para conocer que testa es la política que le. convendría al gc-'-bierno español; y esta neutralidad, digna-^■lente sostenida, seria mas útil á la Francia que todas las demás alianzas que puede constracr con intereses pasageros, alianzas que sorbre ser efímeras y de ningún provecho, poedrian con el tiempo serle costosas. ¿Qué esrrpera la Francia de aliados tan débiles (|ue la obligan á un papel tan triste, tan pncoconvenicnlc á una nación grande, como es el guar-. dar prisionero a un prmci|>e tan cercano pa--rienle de su rey? Esle hecho, por sisólo, ¿no dice mas qué todos los discursos? Uace poco tiempo, ¿no tuvo que apelar a sus sentimientos de dignidad e independencia, para r desentenderse de las rciiamacioncs que se undamento, seria desjnies de profundas revoluciones, después de un largo periodo de agitación, después de un cansancio que condujese á la Francia al estado de postración en que se hallaba en ISf i. De los dos peligros temidos por la corte de las Tulierías, el uno es leve, el otro grave; el uno remóla, el otro inminente; el uno pn<'de llegar pw SI solo, el otro solo puede venir a remolqve del otro. No exageramos, pintamos las cosas tales como son. Nuestros principios, bian conocidos, nos ponen á cubierto de las aáhpechas de simpatías por las revoluciones; pero ¿de qué.sirve fomcnlnr ihi-ioii' s irrealizables? l\cs|)elamos profundamente los grandes infortunios; respetamos l.is ronviccitmes y la adhesión de homlut - v!ii,,.tnv; fiero insistimos en que la cans í di- l i lonniacion en F^paña es muy diferente de la It -gilimisla francesa; que no es ¡Múdente unirla ni mezclarla con elia; y tenemos ademas por seguro, en cuanto se puede calcular en semejantes materias, que si el conde de Montemolin pudiese sentarse un dia ni lado de la Reina IsalKíl, su conducta en este negocio seria guiada por lo <|iie de suyo aconsejan los intereses de España. v reclama la situa<-ion de la Francia y d«» la Europa. Pasaron los licm|>os caballerescos; el |X)sitivismo ha llegado hasta los palacios reales.
El peso de estas consideraciones no se habrá ocultado del todo al gabinete de las Tullenas, aunque algunas veces las haya perdido de vista, o no las haya apreciado en su justo valor. Inducennos a pensarlo asi dos becbos: primero, que en las esclusiones de oponiaD á la libertad de un principe respe- " princi|)es para la mano de lsal)el, no ba comr fMlüdo DUQcaai conde de Mnnlcmolin: se- ^n)iwlo. (|uc CQ é|)ooa no muy I ' hiiu'lt" frnii • • ^fnso t frivor df nwtnio. V III ciertos; v ' cual mas MumiiraLivos. Ni las ivmintsccncias del Iralado <1p la t ujidnipla alianza. ni la anlipatíR a D. Carlos, han podido haror 3ue el ííabinolc francés esclnyese al conde e Mod! ••ii il n. ni impedir que en la época indicad. I iucitiase su m; trifiionio con In Reina Isabel. Khlo ¿(jue prueha? Prueba que las diliciiltadrs que a los ojus de la Francia te of>oneu al malrimonio de conciliación, no solo no son insufHMaliles. sino que son de poca entidad, pufs lia habido época en que se las daba por allanadas: prueba que In Francia, si bien lia apoyado otra candidatura, no ha querido arrostrar compromisos que la libasen en el porvenir: prueba (|ue la opinión de aquella corte no e.slá bien bia en esle neirocio. que vacila, (jue de[)endc de las circunstancias, y que se^'un como estas 86 presenten, la Francia no está dispuesta á reñir cim nadie. |K)r motivo de un matriuu)- nio que ni ofende su amor propio ni perjudica sus intereses.
R-ta templan/a maniíiesta (pie el frabine- \n lran« i's no desconoce las ventajas del matrimonio con el íonde de Monleniolin en el mismo ten ( lio diplon)áli<'o. En efcdo: el pensamiento dominante de aquel f?al>'nt'l<* es y debe ser en esle nepocio, el impedir á toda costa la preponderancia nuslriaca, y liasta se ast!í:ura (pie este es el punto en que un auiíusto personaje se ha espresado con mas en<M -::a. en el supuesto de (|ue se inlcnlasc iiaci a España un principe alemán, que en nin;;un sentido representa.se la influencia de la corte de Viena. Desde el punto de vista español, á nadie reconocemos el dereclio de coarlar la libertad de la Reina con determinadas esclusiones: pero es prc-«60 confesar (|ue si hay nljnina susceptibi- Hdad respetable en este punto, es la que ha maiiiri'>t;i(lo el;íaliiuete francés, en lodo lo que pudiera rehabilitar ó recordar los tiempos de nuestra dinastía nuslriaca. Con el matrimonio del conde de Montemolin, la Francia satisface á poca costa los deseos del Austria, sin men^ciia de la divinidad nacional, y sin desviarse de la |X)litica de Luis XIV, Las simpatías del Au.'^lrin por el conde de .Montemolin. no son dinásticas, sino políticas; no tieneo por objeto intereses de familia, $ÍDO la paz eurofiea; no vienen del ioi- )erio de Carlos V, sino de ^Bfll^^'^ por principios y por intereses es eneniiícn la ludas las sus<.i.'plibil¡dades de la corle de la Tullurias, ya como fraii cesa, ya tomo borbónica; y reduce bnla la dilicultad a la siguiente pregunta: «¿Hasta (lue punto le conviene al ^aliiiiele du las Tullerias favorecer o contrariar las miras conservadoras y pacíTicas du la política de .Mctlernirh?»
T(K-anle á las diliculladcs que el oialrinxmiu de conciliación podria ofrecer cod resfieclu á la [)olitíca interior de España, es posible también (pie se equivoque el gabinete francés á causa de considerar al partido carlista españ(d bajo el mi.smo as|>ccto i|ue mira al le<;ilimisla francés. Este es uo error j,;rave, ^ravíHmu: estos dos partidos tienen escasísimos pimíos de semejanza, á pesar de (|ue en la bandera de ambos estén escritas palabras semejantes. No eulraremos eo una discusión que nos llevaría demasiado lejos, y que no es de este lu^ar; mayormente cuando bastan á nuestro jiroposilo las rellexiones siguientes, capaces de impedir toda e(piivocacion. Señalaremos diferencias palpables. No se trata de un triunfo, sino de una avenencia conciliadora: esta es posible en Es|iaña por la edad y el sexo; v es imposible en Francia. El partido le^illmista no cuenta con la ftier/a de que ha dispuesto el carlista. En Francia las masas son mas bien revolucionarias que monar(|u¡cas; en España por el coulrario, con mas ó menos modilicaciones, evislcn todavía las masas de ISÜ8. 1814, 1823; de e<la causa nacieron durante la ¿uerra las dilicultadcs de la causa de Isabel; ahí están los gobiernos que lo han confesado; ahí los hombres di> estado que lo han cun.signado (;n sus escritos; abi las memorias y bis partes de los generales,de la Reina, <|ue lo han repelido mil veces; ahí está una cosa i|ue vale mas que todo; los sucesos. En Franria las revolu( iones se lian hecho de abajo arriba; en Espaila de arriba abajo. En Francia circularon durante un sigilo las doctrinas mas disolventes para tirenarar la revoliK ion; en España todo se ta Lecho sin preparación alguna. En Francia la revolución ha sido espontánea; en España ha necesitado causas estriiisecas que la provocasen: una invasión («strangera; uua insurreccioQ mililar coo uua minoría.
una guerra de sucesión ^ ll^«fet»dílMMMÍas mas niarelte y profondaii; y si alguna duda piitiiose quedar todavía «obre la poca üciuejauMi de kis dos SnisM en lo demás, recordaroau» qve en s¡>aria (iilU) un elemento para imitar al sistema actual l'iMtu'i's, y o.s la rxistonci;! dt* una clase media, desarrollada y pudorosa. BalM raflexMNies, qne ñas bien delneftn Uamárse recuerdos d ^ hechos ovíllenles, demuestran cuan eqiiiv()cntl;iinehU' proceden los que comparan u la Lsjuiñu con la Franllia; leB'<^(4MHtáAiio6e á esta desatentada tMnparacion, quieren valuar la importancia WBpectiva de los partidos en los dos países; 7'«uán desacertaaa es la política que ^relende OMáir por la roísna re^ia la ■•oesidBd 6 la cenrcnieiicia de conciliar lo nn»»vo con le antiguo, y calcular los resultados que un jerro tn esta parte padiia prodoeir. Creer t^lpiAiM conoce la España porque se ha corrido en silla de posta desde írnn a Madrid, y en esta capital se ha astsudo a algunas tMnfn«eB, y se haeonversado coa alguwM hombres de la siluaclon. es mucho cre^r; y sin embarco no fallan algunos míe asi lo persuaden, siendo lo mas seristble el que estas I)u80t coitribayeo no pocas vwes á eo-ImTÍif ia poHtica de los gabiieles. ^ ' T LA CIBSTION ' T LA CIBSTION iia QATiBiiiaiDsioii M iLA rasA.
Mi H 10 dril ' En la cuestión del matrimonio de la Roi- BS Isabel, oírece la conducta de la luj$lalerrt una parlicnlaridad sobremanera notable: mientras ia Francia se agita intrigando á favor de un candid iio. ó protesta ya contra determinadas conihiiuu iones, soío existentes toiavia en el orden de ta posíMlíM, la Inirhiterra se mantiene en estmliada reserva, en C(»mpleto aparlamientí» del nejíocio. Se ifínora hasta el presente cnul es la opinión del gabinete inglés; á nadie prolepe, n n;i(l¡e escinye; por nadie manilicsta interesarse; diñase que en este punto la diplomacia inglesa anda floja y descuidada, contradiciendo sn bien sentada repntaaiop de acUv^ y pmviMni.. Bsta eondnot» na pM> de esplicarse le de San iimes en cuanto á respetar la indepeodeocia espaúula en lui uegucio taa español; ni tenpaeo porque In InglolaaR haya ecliado en olvido las cuestiones de la IN tiíiisula: no puede ntenos de seguir coa vtviütmu iuku-^ el curso de los acuuteciHiteoloa de EspoAa una naci<yaái nre|)oiidoinute en Portngal, yudiieña u ral til r.
Kala reserva cuiiU«(:>u siu^uiai ui*su»c el aíslema abierto y atrevido que desde Ja njuerte del rey Fernando ha observado la In^^lalcri-a: mientras la Francia dudaba, eila obraba; mieotcaa la FioBcpa apoyaba coa simpatias, eila ooaiaba aw escuadras; mientras la Francia sostenía su inniH ocía por las gestiones de la ombiyada, ella se ua partido |>ara derribar «•< ' un ministerio en is:U). y Dadora en 1840. La política inirlesa es reservada por astucia, uo por Imudesi: cuando cree' llegado el maníanle epei*n«a, nunja su es|>ada á la balanza, y no retrocede onie ninf^uiia diiicultad. por ardua «pie »ctL. En 1840 considero convenieote apoyar al geoeral Esparlen», y.io biao eon 'wm fosoiucion que debió de averiion/.ar al indeciso gabinete de las liillerias. El molía de Barcelona aconteció el 18 de julio; y el ^obier-00 inglés nprowebn ayialla 'npniinwdMl |>ara condecorar con In?rr;m cruz de la 6rdeo del Baüo al gete del luoviiuiento; y precisamente con fecha 4t de agosto el Ikíqne de Su ssev y lord Pah«nys|on le dirigen daade Londres las {Mlabras mas lisonjeras..\si Krocede Id Inglaterra, cuvajpoaioiondeaeuarazada y foerle, oaieaJojfttiifini ouawot loesierior, permito «M eondnolo •msMila y osada siemfwn qw nsi laeniflaasuo^iali- Sí la reserva de In poUüdn. asunto dei matrimonio no nace ni de pulos. ni de deacnMo, -ni de tinndea'^de qué dimanara?
La In^'lalerra no se aconsejándolo razones de cootenienria: su pensamiento dominaote en la cuestión del matrimonio es el que no se menoscalie su influencia en la Península, ni se aumente ¡m de otras polenci i» ^iníínlarmenle de ta Francia; con tal que no se coutrarie este su designio, dejará qae ian «tnas signa on cwrso. Hasta aban M hi ooMiblo anda que le oCreoitae pnlif»; ifp^ln i«p|aM ^ li Digltized by Google Digltized by Google 9C haya enredado cü un ne^iocio qüe dirictimt'uu* ¡xhIhi llevará calw, y de míe debe resallar la itnpopuiaridad de In iníiuencin francesa? Ksto. lelos de ser una rtmtrariudad, es niin ventaja no despreciable. Sí la Franria no loiírase sn inlcnlo, se conlínnaria n»as y mas <|iie el::abinele de las íiillenas tiene niuclius veleidades y pocas t'oluHttides: y si lo consi;j;ui«se, lu Inglaterra nada leme de la presencia del conde de Trapaui en Madrid. Ks fwsible (pie el ¿jabinele irancés considere como un buen repit'-'t'iitante de su influencia en España al princip • itapolilano; la Instialerra no se encar.iíii (le despertar a los (pie duermen: supuesto (pie la Francia lo considera de esle modo, la in:;la(erra no baria del ne;<ocio un cumg^éeili; lu InuMalerra (juiere (|ue la in-Owieia Iraiuesa cuente contales apoyos.
I*ani apreciar ilebiJamenle la política inglase en el presente ne^iR'io, conviene llevar en cuenta otra circunstancia. La Inj^lalerra, en ep(M;a no muy distante, ha sulrido UQ desengaño, y ahora lo aprovecha siendo BMl cauta. El actual ministerio inglés se en-OMlro con un le^^ido de lord l»almcrslon, qnc quizás cumplió con (M;na. pero (pie cumplió Como buen iufílés. Hablamos de los (•(tiiipKimivo-. en favor de Ksparlero. Si el iiiiiii-ii-iiu l'i i | hubiese estado en el poder ruando los >ti< esos de Í840, quizás no hubiera llevado tan alia las cosas como su irnp»'tu<»«. aiiiiM "sor; pero de todos modos enutuiraiidii»»' \a con el compromiso, preciso le fue no dejar desairada la j>olilica de su nafeion en presencia de la rivalidad de la Fraacia. Fuera que creyese al /robierno de Espartero robusto y popular, fuera nue cediese a las evi^'encias de su posición, lo cieri9 es que apoyo á Espartero, y que dej(> Mtozada la influencia infílesa con la domi-Dttion del ex-reíiente. Atendida la inexactittid de las opiniones que sobre la Espafia Mellen nn £;eneral los esiran^íeros, sin escppttinr eminentes hombres de estado, no es aventunulo el conjeturar que el ministerio tory participó también de las ilusiones de su predecesor: ó que por lo menos, no f>odia conecbir que el poder de su proleírido fuese laa fráifil que se redujera á polvo al primer Roloe. Como quiera es evidente que con la o«n de Espartero se vió muy contrariada y aHrun tanto humillada la polilica inglesa', lo nue habrá influido probablemente en hnccría mas circunspecta y re.«:ervada.
ES costumbre atribuir a la influencia in^ íílesa todas las revueltas de España, y como es natural no falla tpiien la supone en los-, esfuerzos que en sentido revolucionario se han hecho y se están haciendo para derribar al gobiernoespaAol: |K>r nuestra parte' dudamos mucho de la verdad de estas conjeturas, y hasta nos parece que la alianza entre el partido projLiresista v la influencia in¿f;iesa, si no esta rola, anda cuando inenos' muy tria. La In^ílaterra esperaba que aliándose con el partido de la rt'vtilucion podría cou^guir sus intentos; y nn-ncsler es con-^ lesar que en este punto su previsión la ha* euguíiado. Bajo el aspecto politico, no con- v siguió cinijMilar su inlluencia; y bajo el m-' dustriai y mercantil, no alcanzó ni tratad» de comercio, ni reformas de aranceles. Kn esle supuesto, ¿que gana la Inglaterra c(miprometieudose de nuevo á perturbar núes—' tro pais? Si triunfase Espartero, ¿podría ejecutar lo que no pudo en su primera donii--nación? i si por un golpe de mano lo eje- * cútase, ¿sena bastante fuerte para consolidar su obra? (lorricndo de nuevo la España los azares de sangrientas revueltas, jiodfia menoscabarse la influencia francesa, es cierto; podrían ofrecerse combinaciones en que la Inglaterra ejerciese un ascendiente decisivo, es indudable; pero ¿v después? ¿y la duración de lo ad(|uirido? De manos de la anar({uia mezclada con ta dictadura militar, ¿podríala España salir con un gobierno regular, sujeto a la influencia inglesa, y capaz de cumplir los compromisos a cuyo precio se hubiese estipulado el auxilio? Para nosotros es evidente que no; y es muy probable «pie con el escarmiento de lHi3. no se hace el gabinete de San James tan desatentadas ilusiones. Por esto se contenta con observar y es{)erar; pop eslose limita á utilizar la bondad de nuestros ministros, ahstt*niéndose de tomar en los negocios políticos una parte demasiado activa, y dejando que los años, y los desaciertos de otros gabinetes, disminuyan la exasperación ron que en 1843 era mirada en España la influencia inglesa.