SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

Spanish

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Difícil es decir hasta {\ué [ninto puedo contar c«n las sinipatias del gabinete ingles un príncipe Coburgo. no obstante las relaciones de parentesco y afecciones personales rpie se han hecho valer en estos últimos tiempos entre ios amigos de noticias; cuando se juzga de la Inglaterra, es neresarioi í Mwlviéir que í Mwlviéir que que ei Rey reiua y no gobierna. No rabo duda-, aiii embargo, en que estu combinaciun ofrece á primera vista algunas ventajas á la Inglaterra, siendo la principal pI i iimliifir In (liiuialuL espaAob, sacando de la tamilia de iM Mofles d tntfl^de-felipe V. fiesta saber basta qflé puflto se maatendrin firme la Francia en sus protestas solemnes á favor de Itt íáuúiia de Borbon; y si las demás p<jtMMMta tradnaa algo (jíie objetar, aon Guaii iit I; FiMiieia fuese tan torpe que cayese en el lazo. Las ofertas scnind;inas hecha» u íavor dui duque de Moulpensier, buen cwÜWflil^iéiailfli foglaUMFr» 4le.q«e m ae reaiuaseu; si la Francia no pudiese lograr que lufe duí> euliices huieraná un tiempo, probableuierate tendría que sufrir ai pnnófie Cdbüiva aiff obt ner en recciinpefMa la nirtMii de ta infanta. Esla simollaneidad no k<iiíi.dtí peruuUr la Ingiaterra; porque nn poéde UMMi de prever ks^ eventaalidades a que teudria luf$ar una auRrte temprana, la laita d« sucesión, u otros aronleeimientett queou espreciao indicar. Si en Fran-^ilMifr'lNliieae «netida It naiia segunda, tal vez no haliria eaido la primera. Kstos eieiuplos no son buenos: y en tali'> ronllictQ»be puji^dc eucuttlrar un país, que el hoinbff mmmf mhitím «luga aicríticlo de. aceptar una corona. Ademas ^«iM trono Uutpoco es mala eolocaciün. * ' • ILcsulia (ie cblo que un CuburgoNgaido del duque di^oÉtpamer*!» le ceavieiieÉ la Inglalena, y que un Coburgo sin oí duquAi de Moulpcuf.íer oo le conviene a la Fiaacwj y asi lo mejor sera, supuestas las díft.^iiMlMfaB de ima aveneaeia, que la Pran-'>|e-<iued.; sil) el de Montpensitír y la In-^ar^^iu el de Ciobui-^^ come próbaUe» la SflCederá. • »?r h r'^-.i^: «v ^ Estas cuusideruciooes son put tA tUKkét (juc elecliv amenté la luiflaterra se interese pur un Cobur(j;o, lo que por ahora carece de ^ndamafllf* it^f ■^■^f-t*,,,*' '-f. ' vrt»^:" Con respecto al conde de Moniemolin, no hay iuii¿^uii.i cbciusion por parte de la InglaiVi^r^, Vejrdad es (|ue cuando las iodicaciolagLMtliaa por D. Carlos por eoBdfldode lord Raira-h al gabinete inglés, este no se mostró lavorable á la combinación matri-Ittouial; pero aquellas mauifcstacioiies no eitvolviau esclusion, y hasta dejaban oono> tar^kin^MMitm ae optndrit al en* l i^ 1 •Mntenniieiíl'K j,o que- 'Mtv*t#' fabl^ nete inglés, y lo (pif li'hin «JnlvnrT posición con respeclo á Isabel cerno Reina de Bspnfta, efqwvando d hacer gesiioaaa que pudiesen compnmieter sn« relacioMS diplomáticas; pero en lo demás ae fueM con entera libertará abrar, aém no fk0 sr pi vsentando el aspaoUr 4el MgoeMh Wlff (le adxertir también que en aquetlaí» f^- tiones de D. Carlos hubo cuando menos pocahaMMaA.. '-^^iffc*^ r Éwi Para conocer hasM-i|iÍ& fwtita repugnaría ó agradaría á la Inelaterra el matrimonio del coadede Montemohu, se debe e.^minar cvil* es el tlaflo A el "prvMelNP ^nv €sdfÉI fla acarrearla á los intereses iníleve"^: nosotros creemos (jue ni provecho ni daíio; y por esto somos Je parecer que si bien « oondO'ée Montamnli» m «aatrará ea ta Inglaterra nn protector, tampoco hallnn nn enemigo. Kl compromiso de la política inglesa esta salvado con haber faecbo svcmmHII cansa de f>. Gérlos, tKuofliado-te^eí Imkáv la Inglaterra no tiene ninírun compromi» para deber trabajar en que el hijo de dan Carlos quede piüiflrtlui^ríateiüpnw^í^íl^ Precisamente,' tfífít punto mas deKcaié para la Inglaterra, cual es la influencia de ¡a Francia, ofrece el conde de Moolemol« nntfos * iMW^nlBíMB i^iMa'mngnfr pilmifí B<irbaii:'«lhijo del principe coyas pretensm nes fueron contrariad as por la cuádruple alianza, claro esque no podna ser el mejor reprcsctttaMe de lainfluieaeinfrionsa'eBgBpÉy Pero el conde de Montcmolin, se nos dirá, representaría la influencia de las polen-t cias del Norte, y esto no le convinan i M Inglaterra; «onmerfacion bastantes pnra ^ esta se oponga al matrimonio VA argomeate no carece de apariencias de fuerzn; pele examinado con detención aeidatvnlMMil moelbiMlio. 'ir-' Demos por supuesto qne la infUienria dfl conde de Monteinolm luese en un sentido fnforabin é la poNtiot d(rlM-fffttÉBiü^4ll Norte; aun en este caso el ai^nwnto no rale nada. Y téngase presente que suponer no es conceder; y que es muy arentorado el cen|etarir lo qucr btfft un «iMMabrt cMita posición dada, ateniéndose á juegarle pior circunstancias diferentes, pero no queremos disputar sobre conjeturas: examiueinos el hech^ en si aaisaM, y en d terreno wmpvorable á¡ t'Hü puede Mf^ust que hay cierta Tivaliild entre ta inflaeucia in^Mesa y la rusa; l>ero la arena principal (londe luchan los dos colosos uo es la Kspai^a. 'Es evideote la inflaenoia temible para la loglalerra •n España no es la de Kusia: para convencerse de esto basla ecliar los ojos sobre el marse deauoindD per^ « etae coa la Reí na ttáiiítacional de España ti hijo dt -w príncipe ami<io del absolutismo.

ilaüU aqui solo hemos tenido en cuenta Iftpoliticatnglesa considerada con respecto á sus intereses <»pitaJ«8, prescindiendo de aquellas mndilic aciones secundarias (pie en mapa. La ioílueucia de las potencias del ¡I ella puede lulruducir el color político de los Norte en Btpafia no puede ser mas que política, y pani nejtocios muy contados; la de la Francia, sobre ser política, y para lodo, es social. La vecindad, el conocimiento de 4i leniivif IwUteraturat el parentesco de Ias familias reinantes, lodo contribuyo a que la inttueucta tranccsa tienda a preponderar en España: la Inglaterra se ha podido convencer en los últimos trece años de que lees absolotaraentc imponible el hacer esdusiva la saya, y muy dilicil d neutralizar la Iranieaa; á eala lene principalmente, y si con Ml§iiMi holMeaedft compartir la que le peF*> fenezca, no seria ciertanMBtecanel gabuele de las iuiierias.

««Hay en.contra otro argiimesto que taonpoco dejaremos sin respuesta: la necesidad de la alianza de las potencias constitucionales del Mediodia coutru el absolutismo del ministros. Noeabe duda en que el ¿;obienio iniílés tiene ciertos principios generales de que no se apartan ni los torys ni los wíp:s, niayormeulc en lo tocante a la política est l andrera: pero tampaco*«e pwde negar que ih'sviarse de estos principios, puede la l»olilica inglesa seguir direcciones, si no opuestas, al menos muy dil'ercnites. Sin caer 60 las eiae^ncioMacen>4iw,q|íeB por lo común nuestros ¡robernaotes de querer destruir cuanto hau hecho sus antecesores, oIh servan conducta muy varia los ministros ingleses, según son varias la^^piiúones que de los negocios l'onnan. Va hemos indicado, que en i 840 |iroi>ubieuiettte uo hubiera |»rocedido el ministerio Peel conio procedió' e( de PalniíM slon; y c>la dilercncia podría presentarse también en la cuestión que nos ocupa. Los torjs, puestos en el poder no han liorle. Ssta es una vulgaridacl que se aumo- | nvorecido a D. Gárlos, esto es verdad; tampoco se interosanía mucho por su hijo. lo mas probable; pero es bien claro que a hombres de las ideas de Peel, y sobre todo de Aberdcen y Wellington, el'conde de Monteiuolin no puede serlos antipálico. Repetimos que uo es nuestro animo dar mucha importancia á estas consideraciones; mas no cabe duda que son dignas de atención.

Tanto en el présenle nrlícnlo como en los dos anteriores creemos haber pintado la lúrtnacioBdel conde de lAHUemolin con res-* pecto á la diplomacia europea, sin exageraciones, sin pasión de ninguna clase, con enseó muclio en los primeros años do nuestra revolución, cuando hahia el empeño de espUcar el tratado de la cuádruple alianza, come una especie de emblema oe una coalición constitucional; pero ahora va cayendo ya en olvido, merced á la eticacia del tiempo qoe hai0 eonoeer lo fútil de ciertos ratones y lo ¡■iginario de los motivos á que se atribuyó la resolución do las alias partos conlralanlos. Se ha visto ya que la coalición constitucio- ■al no tenia sentido común i los ojos de la diplomacia, y que la Inglaterra no tenia inconveniente en dejar sola á la Francia cu una cuestión como la de Oriente, donde por ]! tera impaicialidad. Se trataba de hechos; y eierlo eatigo mas temibleqne en España la I no qneriamos desfigurarlos;4oMle^*éeaas ilfliiencia rusa. ,r Sosiégúense los asustadizos; qiio los comodoros ingleses no han de boiii[)ardear amguna plaza en defensa de ninguna teoría; el gabinete inglés es el mas práctico de todo el mundo. £p todos los eventos posibles, lo que procurará el nunisterío inglés será ha* oar lo bastante para que pueda responder honrosamente á los alaípies de los radicales visto un argumento en contra, lo hemos indicado, sin despreciar tampoco los lavurableff. Recordando ahora cuanto hemos dicho en pro y en contra, ptráemios Hogar á un resulUulo que debe sor ^rrato a todos los amigos de la paz, y es que el matrimonio de la Reina con el conde oe MontemoJín, cbo con. arreglo á las leyeavfifQii{nilÉo«(' elaciones amistosas, á mas de ser on podc- Lde los wigs en ambas cámaras; pero tau- || ruso medio de reconciliación y. de. paii enlo, él toBosnaadvenarios esiañ bieBco** I inderioTi ofino» la gran v«aii|t>;deser bt i 1l•nlMdsida(|■ehlinglalarre1lpdeb•ala^ g coBibinMÍQBquemaiiastinpDniMiianlMiMftvi Digltized by Google «enta en cl lerreno de la diplomacíB: e§ A QQ tiempo la rcconcUíacRm de toda la Real familia, la base de avenencia para todos los partidos legales, y una gran transacción europea.

No desaanws influencias estrañas: h cuestión española, y en Es^pana y por españoles, se ha de conducir a suave deí,eiilace. Pero no es posible desconocer que la cuestión sobre ser española afecta inoíundameiife los intereso*; do la Europa; y asi no es creíble, que directa o indirectamente, dejen de tntemmir mediaóiones diplomáticas. ¿No ha sucedido va esto en cl interés de la Francia por ol c onáe de Trápani? ¿l*or qué no podría suceder lo mismo con otros gabinetes? Bl medio de asegvrar la inde> pendencia, ¿no es el que no hnya una influencia esclusiva, y que se neutralicen unas á otras? \demas, que nadie pierde su áadependencia ni menoscaba su dignidad, porque un vecino le dé con atención y detcoro los consejos qne considere oportunos.

CARTA AL EXCMO. SESOR D. PEDRO JOSEPIDiL, ra U G0BER.NACI0.N DE U. PEIflNSUU.

a««ito m M to d* ademtiN IMrM M tT %a it IMi 7 puMImto tá Sr. ministro: Si esta caria llega á vuestras manos, que si llegará, creeréis tal vea ouc una carta, y en tal periódico, ven (ales «treODSlancías, es un ataque á vuestra per sona • os engañáis, Sr. ministro, si esio pensareis; la esperiencia debiera haberos ensenado, «foe en tuesCroa adversarios políticos los hay que al combatir la conducta del m¡-nistro no prescinden de las consideraciones debidas al hombre. Los ataques personales, perscmaHsíima, aNÉ ae quedao-pira TueatiOB,imÍL'n=:, que tan desapiadadamente os Iwn tratado en su oposición, sin embargo de que no pasaba en el fondo de una deaaTeneDcia de nimilía: el que escribe estas lineas no inventará verbos derivados de vup«1ro apellido Antes de enártt m la diré dos palabras sobre una que se puede llamar de elicpiela. o sea rej^lamentaria; hablo del li'ulauiítíulú. mted, el V. E. y el ros, se aie ofrecían i na tieinpo, ladoa oa» sus ventajas y sus inconvenientes. El mted pedia ¡ser p^eiendo por su seoctiicz; pero no me gustaba por su llaneza; el Y. E. redamaba su derecoo «on arreglo a estricta legalidad; á mi no me agradaba por lo embarazoso, y no creo haber cometido un atentado desoyendo sus reclamaeioneay oonüaénitokpor medida eslraurdioaria. Quedaba el eos, <\m también hubiera desechado sin remedio por Ho caer ui auu en la apariencia de ioulacton francesa, ¿ la que saheia <{ne no soy nada aliciouado; pero el diccionario de la lengua me saca de compromiso dicieudonie qtie e! vos «bc usa hablando con personas de graa dignidad como tralamienlo de respeto. » Aai he logrado < ii üiar In i^conomia y la soltura con las aicuúoucs debidas a uu mmi:>lro; y siendo una conciliación, dicho se estaque habia de ser preferida ao las págioaa deaata periódico.

periódico.

Ue adoptado et estilo epistolar porque me ha parecido ei mas propio habiendo de Imh blar directa y espedalmeota ¿ vn minbtro; y ademas, porque este género á vuelta de sus diücultadts, olrcce no despreciabks veoUH jas. Dicen las preceptistas que el estilo epía* tolar debe ser corriente, fácil, imitando ett alguu modo la ligereza de la coaversacioai, y por consiguiente uo ha menester esmerado pulimento, bastando el ooidar qne no oca flojo Y desaliñado en demasía. E>t i es una libertad poco menos importante que la política, para los «jue escribimos en un periódico. El tener asegurada previamenle It iníiiiL'encia para alf¡;unas incorrecciones vale tan lo, que soio ^uede apreciario debidÉnieftte quien ka leudo (^ue escribir osa lapidas teniendo luego el disgusto de notar abon-(! Hites ineorr'Tcioní'N puestas en It'tra de molde. Bien debéis saberlo vos, 6r. (uim&tro, que allá en otros tiempos eacñbialeia en publicaciones periódicas; y debéis esperiinentarlo todavía, si es verdad to que han asegurado vuestros adversarios de ia oposidon moderada, que de man cuando dejáhaía!■ cartera ininislerial para lomar ia [)luiQa de )eriodista, honrando con vuestros trabajos a I para ridiculiaarle uniéndole a la idea de nn [ uu colega vi^rtino de dimensioues pequevMo: el dicciaiiario de laspenaaalídaáas m i »itas. Nada josg», anlo retiero lo que ima la «MUM el ^e os dirisa asta carta. I diohaotna: ni auft cuando ai bacbn ftiea» Digrtized by Google averiguado, no os baria uq cur¿ro |Mir él. Que |¡ séUiiaHift ImMd, quo nada «e lo pu^ )n dtoaM« alié bajo los moit» de YHm Imh j ofe|etai:. ffm tmymimnétá dariMnoi f poco se desdeñaban di; tomar parle en la " analicemos, refne^, acuchillaado á diestro y á sinieslro é-los débiiat mortales. ^ Como qmera, lo cierto es que en estos últimos tiempos los artículos de n(|iiel [)eri6dico han adiiuindo ímporlaocia de st^nificaeUm; y lo que bece mee á mi propósito, sss iásÍMaciones han sido miradas como indicios ée las intenciones del ministerio. Ya se deja ffMaer que cod tal voz lama publica, ha 'álM*4eerlas con ateneien quien se haya. iiteresadn on sus consecuencias. Ved. pues, 8eAor ministro, si el Prns^mikmo dk la Na- ONt podía dejar de concebir algunos recelos #Mtar que el mencionado f>eriódico en su mí mero del primero del actual, diripiundose « la Jis/tn-anza, le decia: «Mientras se deilferit él vntrimonio con el supuesto eonde-UnemoM el derecho de aaegnnr que se escribe contra la Constitución: y en virtud de estos dalos volver á repetir uiiestras pa-'{tUmn^^mnos goburno, h ütpmmxa se publicaría, o mudaria de eolonacioa.» Si es la opinión do im simple j)erií)dico. nada tengo que decir, cada cual es libre de mirar 4MNMneliMes del modo que le pareiea.eoii-Tcniente; poro si hubiese aqui una I Los defensores de la situación dicen que el gobienio no debe ni puede penmtir que se ataque la legitimidad de la Reina Isabel, que en ningún país del mundo se tolera cosa seoicjauie. iieocu razou. £1 gobierno de un monarca, por el mero ktBho de ser tal,' debe ser el mas fiel guardián de los derechos del soberano en cuyo nombre gobierna; si no quiere reconocer bu legitimidad, ó si quiere eoitenlir que otm le ataipuM, m pone en coatndMMoift c«ai0o niüM, si suicida. -'i £a el principio general, pues, tienen muéha ratón los periódicos del 'goMemo; mas para proceder contra la prensa monárquica no basta un principio general, es necesario cotilar con otra premisa, probando, por decffio asi,tla menar del silogismo. á saber 3ue la prensa monárquica ataca la legitimiad de la Keina. £sto es lo que no se ha E robado hasta ahora, ni se ba podido proir. Ni ea el Cúéótíeo, ni en la Esperanza hemos visto jamás ataques de esta o«;ppcie; ni en todos los números del PErHSAMiK.NTo db LA NACHm se hallará ww so/a palabra en qde paeda fundarst^ este cargo. También el cioB del gobierno, si fuese verdad lo que por f Conciliador es llamado periódico absolutista, otros eonductos se sospecha. de que el mi- [ v es partidario del matrimonio con el conde ' ' trata de poner la mano en el negó- | áe Montemolin; y sin embargo, lejos de atacar i;i legitimidad (le Isnbel, jamás habla de la Hcina sino con la espresion del mas profundo acatamiento.. • Estos 11 loss hechos, -SrvmlBisIroiy por ellos se hii de juzgar; entrar en el terreno de las intenciones es cosa vedada; como jurisconsulto m podéis ignorar que lo q«e no existe en el proceso po existe en el mundo.

Hablando incennamenle. so deberla confesar que el motivo du la indigoacion contra iñ prmsa monárquica no son ioe'snpneataa ataques a la legitimidad de Isabel: es el empeño en sostener la candidatura del conde de Montemolin: imperdonable crimen do que se bsn hecho reos el Cñtólko, ta J^t-1 peranzn, el Conciliador y el l»i->SAMrKNTO DR LA Nación. Aqui esta la vardadera diticultad, aqui In causa de la indignación. - ' Se ba dicho que por el mero hecho de defender la candidatura del conde de Montemolin, se atacaba la Constitución del Istido; no cabe asereinn mas daiülmla cío, coartando la libcrtid de imprenta en lo ■ehítivo al matrimonio del conde de Monte- I, no es posible desentenderse de una que aunque enderezada ó ta ¿V ptmnza, toca muy de cerca al periódico en ^ae^tantos y tan largos artículos se han es- ■ilpwf pfo'de ta combinación conoMiadora.

La legislación de imprenta incumbe al ministro de la Gobernación; y con este motivo be pensado escribiros esta caria para proponer algunas dificultades al jurisconsulto, Víliri^rir una interpelación al ministro.

Ks indudable. aun prescindiendo de las indicaciones mencionadas, que de algún Üanipn n esta parte ta situación se halla muy mal con la pren>;a monárquica; siendo de creer que, mas o menos madurados, no M^w^proyectos para destruirla. Si se tratu 4n nm de hecho, poco hay qoe oli>|etar: el gobierno es el mas fuerte; pero si se trata del derecho, ¿á quien asiste la razón? va- Mi á torio. I esperéis deelnaiaetanes, Dlgitized by Google viene que u ek Eey ni el fomeditlo mnaor I lo otro: No Jo iirinero. porque la á la corona pueden contraer matrimonio con persona que por ia ley esté escluida de la suc«8íen á la corona { D. Carlos y toda su familia están escluídos de la sucésíon por una ley; luego la Reina tv> T)iifdc pnntranr BialrimoQtQ con ninguno de ellos; luego im periódicos qne eoonsejan el enlace con el coade de Monk>nioiin atacan la Constitución del Estado. Este es el nr?tinienlo, señor ministro, ¿no es verdad? Creo no haherie desfigurado ni debilitado ea nada; antes bien Imberlo ospuesto oon la mayor tuerza y precisión posibles. . Peusareis qui/.as, Sr. ministro, que para deshaeenne de una dificultad tan apremiante, voy;t fMiírar en Inríras consideraciones sobre la ley de csclusiou', epoca en fjiic se hiíO y demás circunstancias; uada de eso; es t«rrrao resiniadizo, y yo quiero andar en rirnif». Y para que os convenzáis de mi buena intención, os dejaré supoucr en este pualo todo lo que bien os parezca. ¿Queréis 3ue D. Carlos fuese ub traidor, un hombre e mala fe, reo d - lesa ma^eslnd? En hora buena. ¿Querei.s que luese digno de ser escluido de la sucesión y basta mereeedor del cadalso? Ea hora buena. ¿ Queréis que Ja j)ena del padre hubiese de estenderse á BUS mócenles hijos y á su descendencia que eatá por nacer? En hora buena. ¿Queréis que altas razones de listado aconsejasen. escosasen, legitima.sen, la riaurosa medida autorizando el deseo ti' ndei-su de las lurmas acostumbradas en los jiiu-ios comunes, y ceñirse únicamente asi en la sustancia como en el modo, á lo que dictaba ia eouveniencia'ptibiica? En-bora bneoa. ¿Queréis mas, Sr. ministro? Es imposible, pocque ni lo necesitáis, ni hay ^m< que desear: pues bien y á pesar de todo, yo sostengo que Ja prensa monárquica estáensn derecho aldefender el matrimonio con el conde de Montemolin; sostengo que esta opinión está en el terreno de la le^alitiad; turnada en el sentido mas estricto, mas riguieso* mas severo.

Lo que aca!)o de asentar quedará demostrado, si pruebo que la prensa nionarcpiica DO ataca ni ia Constitución, uile\ aUuua de ninguna clase.

En primer hiírar el conde de Montemn- Jin no está esclmdo de Ja sucesión á la corona por la Constitución, sino por una ley aeenndawa. La esclusion debena aer é es^ inBMi'6'flobiMntendida; no ea ni lo uno ni lo sepjoodo ( ion prescinde át personas: no portpie declararon lo contrario ia comisicui, el gobierno y varios diputados y senadoM en In famosa discusión de la míonan dan»- litucinnal.

He aquí las palabras de la comisión en su dictamen: «La adición que la comisión |i*a- >one al final del artículo, relativa al malrimon¡(t del Rey. cslá motivada porcldeseode poner en los que son analogía la d^ida amsofumeia, la cual no existía entre este artiflalo del matrimonio y otros que se jK)nen en el arliculo 7." y 8.** que tmtan de la re^íencia del reino y la sucesión u ta curuua.t^ Nada hay aqui de esotoston personal, nada que indique confirmarion constitueioual de la ley secundaria; jicr el rontrario. la O)-mision se ciño a poner en la debida consonancia artículos aoálogOB.

El señor.sVír^orínj? contestan dn al señor Efjañn, decia que «la comisión no ¡se había acordado de! príncipe desgraciado qne eslé desterrado del reino,» y en el mismo sentido hablaron los sellores Brabo MuriU» y (ionzalez Homero, El señor ministro de Hacienda reehaiaba con vigor la idea de que el arliculo relativo al matrimonio t'nese cosa de circunstancias. «¿Que tienen que ver, decia, las nrctmsf«Mt«sen ia resoluoiende «tf« nrfMoT yo aseguro al Congreso que el arü -nfn (pie se discute fue araso el itlduio en que pensó el gobierno al tratar de la reforma de la Constitución.»

El señor Martinez de la Ros.i K i ia: «La adición que ha proptiesto la comtsion se re-, duce á que no pueda contraer matrinmíola • Reina ó Rey oon las personas que eelen en» cluidas de la corona; pero las qoo lo e^ien ha de ser en tirtud de ma U^, m consiuuehmtt sino particular, ítamdmio, dij^ámso» lo asi, pero vigente. Ninguna fuerza añade por eomiquiente lo que fteprttpone por la comisión, y esta fue lu razón para no proponerla desde luego el g^rfÑemo.»

En el Senado en la sesión del 10 de enero, contestando al.SV. Marques de Mtrafiorw, el Sr. Marlinez de la llosa rechazaba en tono sentido y hasta de indignación la S()s¡)erha qne el ^r. marqués habia iuffindo de que el f»arralb relativo al Rialrimuiuu se hubiese puesto para satisfacer á ma vulgaridad, publicando asi el padrón de nuestras diaoocuiaa. SU ólr. M^trtHmdelmBitm^i Digrtlzed by Google Digrtlzed by Google lüpriM que el gobierno era muy superior á estas miras; y que al adherirse al articulo dOila comisión no hahia Ira lado de renovar Imgnuricion de una l'aiiiilia ya proscrita.

-4'odavia mas: en el mismo Senado, y después de la aprobación del ])arrafo sobre el matrimonio, se levantó el Sr. Santaella pa- ' ra declarar, que no porque él y sus amifíos )oliticos hubiesen desechado k enmienda del Sr. Marqués de Mira/lores, se creyese prejuzgada una cuestión importante, y (jue si mañana se deroiíase por medio de una ley la que cscloye a cierta rama de la sucesión á la corona, no por eso dejaria de tener entonces debido lu;:;ar la enmienda del señur Marqués de.Miradores. No calie declaración mas csplicita y solemne de que no se trataba de consignar en la ley tundamcntal la eüclusion de la tamilia de U. Carlos.

Es evidente, pues, que el nuevo párrafo de la (constitución no es mas, se.ííun conlesiou de los mismos legisladores, (|ue una regia general, y que no concierne á los hijos de D. Carlos, sino en cmnto y mientras oslen escluidos por una ley secundaria.

Ahora bien, ¿(jue es lo que pide la prensa nionar((uica? ¿Pide ta intraccion de una ley secundaria? No; lo que pide es que se la derogue. ¿V de cuando acá, Sr. ministro, le está vedado a la prensa el hacer semejantes demandas? La discusión política, casi toda OBlera, ¿no consiste en (|ue unos periódicos sostienen la conveniencia de «na ley, otros la niegan, unos alirman que es preciso conservarla, otros derogarla? ¿A. que se reduce t la libertad de imprenta el dia en (|ue se prohiba la di>cnsi(iii sobre las leyes secunda- j rías? Lo que no se pennile en ningún pais es que la prensa aconseje la desobediencia á las leyes; pero eir ninguno donde se halla establecida tu lii)erta(l de discusión, se prohibe pedir la derogación ó la reforma de Ilacednie el favor, Sr. ministro, de atender al raciocinio siguiente. La prensa tiene derecho á pedir la reforma o derogación de una ley secundaria; siendo pues secundaria y no fundamental la que escluye al conde de Monlemolin, la prensa tiene derecho á pedir que se la derogue o reforme.

La firensa al usar de su derecho puede y debe alegar ta rn/on vi\ ((iie se funda; luego al aconsejar la d('roj.'¡icíon o relorina de la ley de csclusion. puede y debe decir por (jué la piUe; esta ra^uu uo es otra que la convcniencia política del matrimonio, luego it« • prensa tiene derecho incontestable á espli-4 car y demostrar dicha conveniencia.

¿Qué se responde a esto, Sr. ministro? no se ataca nini.Mina ley, no se combate la le-' gilimidad de ningún poder, se prescinde de todo lo que no sea ra/oues de conveniencia política; solo se dice: «tal cusa seria muy ' Util; á esto se opone un obstáculo; quítese* le por medios legales y la cosa se {)odrá ejecutar.»

Para llevar la demostración hasta la ultima evidencia, voy á poner un ejemplo su*, mámente scucillo. La Constitución previene que para ser diputado se necesita ser español; supongamos (|ue á un individuo cual-(|uierd, por delitos propios ó ágenos, ó jior otros motivos, se le ha privado de los derechos de español, siendo considerado en lodo como eslrangcro; supongamos ademas (pie esta privación se ba hecho |)or una ley espresa; tened la bondad de decirme, señor ministro, si este iiidÍNÍduo fuese considerado por un partido ó por un periódico como hombre muy digno de ocupar un lugar en los escaños del Congreso, ¿le seria licito á la prensa el pedir que se le rehabilitase? es evidente que sí; ¿qué os parecería de quien discurriese de la manera que sigue? «La Coiibtilucion prescribe que para ser diputado es necesario ^ser español; el candidato esta privado de los derechos de español por una ley; luego quien se atreve á sostener que este hombre es bueno para desempeñar la diputación, y nue convendría remover el obstáculo (|ue se ¡o impide, ataca la ley fiindamenlal de ta monarquía.)' Decidme, ¿no os parece que el argumento es no solo fútil, sino hasta ridículo? la {raridades exacta; sí hay alguna diferencia desearía verla señalada.

El ejemplo que precede no es imaginario: si bien se considera, hemos visto, estamos viendo, y es temible que veamos todavía muchos semejantes. En medio de las vicisitudes políticas que p<M'turban nuestro pais, los partidos se proscriben alternalivamenle, se privan de sus empleos, sueldos, honores, condecoraciones; y ¿quién ha dicho jamás que sea ilícito el interesarse por los proscritos? Si cuando el general iV</;-vaez por ejemplo, se hallaba proscrito por ia inllnencia de Espartero desde mucho antes del pronunciamiento de setiembre, hubiese pedido alguno de su:> amigos un i<v pruuüa fUteilvítaiMkiftolMlácttlosqaeleiiiipediaii I de Monleimliii, qabfep ref^resar á su patria, ya fuesea providencias 1 sus plumas, ni mas arena de judiciales o medidas ^uheroalivas, decidme, Sr. ministro, ¿a este amigo celoso se le hubiera podido acusar tic que infriugin la Constitu ¡01 que manda obedecer al potlcr ejeculi vu y ai poder judicial? ¿ Una acusación semejaote bubiera tenido, no diré Tundatticnlo, piíro ni siquier,) senliilu ( (jiium?

YA raso bajo el aspecto le«;al es el mismo, abso uLumenle el mismo; la preusa mooárquica está eo el mismo terreno; no ataca ninguna ley, no pide naés ilegal; solo sí que por los medios legales se remueva un obstáculo que impide la ejecucioa de uoa cosa conveniente.

\ i veis, Sr. ministro, que he cumplido mis úliecituienlos; no lie decínmado, he procurado raciocinar de la mauera mas severa Y escrupulosa. No s¿ lo que intentáis sobre mas arnsasque combate que la discusión publica; os> hago la justicia de creeros demasiado leal para que poda^ des* cendcr á villanas aCttsaoíoDes, deslilaidas de lodo fumiamento, que tienden ri ernjvorar la desventurada ailuacion de uu partido respetal»le por mil títulos, y sobre todo. por el uiforlunio. Kn un combate de pura dbeasion, a la lofxica se debe encomendar p! cuidado del inunio: el emplear o^as armas, dejadlo, señor miislro, é paru ooni villanos ó para entendimieatea mflM que cl \ ui'strn.

Suceda lu que sucediere, sea cual fuere la suerte <|ue le baya de caber á la prensa monárquica, sean cunli ^ f m n las trabas que se pongan (lara impedir la libre discosion sobre el raalrimonio de la Keina, satisj escrupulosa, no se lo que raieuais soDre r fecho estoy non haber dicho lo que he dicho, libertad de imprenta; no sé hasta qué pun- 1 y partienlnrmenle con haberov (xrrilo esta to os proponéis entrar en cl resbaladizo sen- i caria. El publico, que si^ue ei curso de esdero ae las coartaciones injustas; comprendo ¡ tos^ebates con mas atención de In que quique < ü \ uesira oposición al ooode de Mon- zas os ligurais, juzf^ vuestra oouQOtá; 7 teniuliü, debe de incomodaros una discusión ' si nca^o tticre. cual no es de esperar, conque le sea (avorable; pero si tenéis le en el | traria a ia razón y á la justicia, temed, segobierno representativo, si tenéis fe en la I Aor ministro, que una medida imptudeaie libertad de imprenta, si tenéis fe en la ratón no acreciente la impopularidad del gobierno de vueslr;i c;iijs,i, indigna cosa fuera que • de que formáis (i;irt v Con un s¡sl(»ma de reabusando de vuestra posición, o echaseis prusioa luucce^aiia. uu us itS4>njeeis de capmano de medios ilegales, ó medilaaeis una i^ros ^ benevolencia ni aun de loa combinación semi-!e¿rnl para cncobrírlasÍBrazoo de vuestro pnx edi tinento. Si cl maUrimouiu del conde de Moulemolin están impopular como aseguran vuestros I descarguen solwe la eabesa de sus contrarios al conde de Montemolln; et instinto de conservación propia ios impele a coudenar ciertas medidas, aun cuando se amigos. SI no ttene en su favor mas rpie un partido muerto y una docena de ilusos y Utopistas, ¿de donde los temores? ¿de dónde la alarma? ¿por qué tomar medidas estraordinnrias? y si pnr el contrario el matrimonio de conciliación tiene en su lavor rasones tan poderosas qae no les lei posible á sus adversarios sostener la discusión püliüca en el terreno de la prensa, vos. señor miiiihiio, ¿podria/s haceros cómplice ni de «a atropellamtento, ni otra nsedída coalqnie- I ra que bajo uno ú otro prelesto ahogase la l discusión e impidiese el esponer lo tpic interesa ailiimeole á la nación española? apelo á vuestra honradez y patriotismo.

Os bago la justicia de creeros demasiado ilustrado para (|ue desconozcáis et terreno en que se.halla la presente cuestión, para que se os pueda ocultar que loe que sosi legos. Kn la ruiai agena pieaiealeii ó pravw la propia.

Interin aguardo nieatra eamealocioa m la prensa, en la tribuna, ó en los hechas, vivid seguro de mi eonaídeiicioo v resoulew Etchto en ILircriona pd It de «liri«rabrc da } putlicxto M IhMA »n U M HÍMiM.

Aseguran atguiioe poblíeialM modevm que en los írnbiernos representativos!n <'pf^- sicion es un bien; nosotros creemos que es un nial. La o|)osicion es necesaria, es decir, que dimana por precisíeD de lai