Pero es todavía mas singular que el ministerio, cediendo á las exigencias de la mayoría, haya acabado por dar la razón á la minoría. ¿Oue obtuvo el di.scurso del señor presidente del Consejo? «poner término á la descotifianza y á las zozohras que desgraciadamente se han introducido entre nosotros; )) por manera que lo que el Seüor Martínez de la Rosa apellidaba vulgaridades y calumnias a (pie el gobierno no contBslaba por no degradarse, adquirió de relíente tan alta importancia que pro<lujo desconlianza y zozobras á que el gobierno sin degradarse, creyó conveniente y aun necesario dar una solemne satisfacción en pleno se ofrecen en garantía la hoja de servicios, las vicisitudes de la vida del general Aíi»- vaez, los hechos comprobantes de su lealtad; v como un recurso supletorio; se apela al fallo de los que escriban la historia coo imparcialidad y con calma. ¿Cabe declaración mas solemne de que la minoría Icuia razón al decir que los ánimos estaban inquietos y que era preciso calmarlos con esplicaciooes francas?
Tres puntos contiene el discurso del general j\an>aez: que el gobierno no consentirá la csciusion de ningún pTÍncipe: 2." (pie no se lia tratado la cuestión del matrimonio: 3." que se la someterá a la discosion de las Corles. Diremos l)revemenle nuestra opinión sobre lodos ellos.
Se ha criticado el primero, a saber: que el gobierno haya dicho (jue noconseoliria la esclusion de ilingun principe; seamos justos: un gobierno no podia decir otra cosa; aun cuando en su opinión particular hubiestí creído que el enlace con el conde de Tn»-pani era funesto al pais, no dcbia fwncrie en el Congr«;so una esclusion espresa, la ministerio a cuyo juicio se someta la conveniencia de un matrimonio de la Reina, debe esjwner lealmente a S. M. lo que le parezca sobre el asunto, aun cuando sea en sentido contrario a sus augustas iuíiicaciones; si la Keina creyese convenienle insistir, el ministerio debe retirarse; pero jamás el gobierno de un monarca debe de< ir en unas Cortes que no quiere que el monarca se «»• con lal ó cual per>ona. Esto seria llevar el desacato á un eslremo repui;nante. Ua wnislerioque presentase su dimisión en el caso supuesto, quedaría justilicado á los ojos dd publico, si su resistencia fuese justa: ningún hombre de gobierno puede ir mas alia; esto no se prueba, se siente.
El general Aarvaez al espresar sus ideas sobre la no esclusion, luvo la mala sucrio de caer en una de aquellas exageraciones de lenguaje que le son familiares á S. E..
I larlamento. Hé a(iuí lo que vale la previsión I que manitíestan su poca praclica en roatelumana: saludable lección para no tratar á I rias de gobierno y de parlamento y un gu> los adversarios con demasiada altivez.
Los motivos que arrancaban las esplicaciones del presidente del consejo, eran nada menos (pie n lijar dignamente ta cuestión que nos desune y evitar (pie nuevos dislnrbios veniran a emtiarazar de nuevo el curso de nuestros debates.» Para calmar la dcslo tit«'rario no muy esquisilo; pernal iraves de esta exageración» nosotros lejos de descubrir una reticencia en favor del conde de Trapani, vemos una tácita f)rotesta contra las interpretaciones que en e.ste seupdo se han querido dar á sus palabras. El general yarmez se diría á si mismo: se quiere una Digitized b; t Digitized b; t esciusion: se trata de una esclusion; las esplicaciones que voy ¿ dar son precisamente para calmar la inquietud movida por el sentimiento de oposición al conde de Trapani; yo, ministro de la Reina, no puedo decir que \wn^o una limitación á la voluntad de la Reina: no puedo decir que jukí^o indigno de su augusta mano á un pariente tan cercano de la misma Reina. Si digo que no escluyo á nadie, saldrán mañana los perickiieos imputándome una reticencia favorable al conde de Trapani; ¿qué liare, pues, para salvar la dignidad de mi posición, y no dar motivo de sospecha? ¿que diré para que después de la no esclusion se sobreentienda que esta no esclusion no la hago en pro del conde de Trapani? saldré de la Europa y me arrojaré al centro del Africa; y entonces sera como si dijese: ya veis que no me refiero al pais de los encantos, pu«s que os hablo de la tierra de los negros, de los leones y de los tigres.»
Esta es la única esplicacion razonable de la eslraña ocurrencia de un ministro, que pone en la esfera de la (>osihiiidad la candidatura para la mano de la Reina de cualquier principe, aunque fuera de los estados ignorados dei Africa.
Aseguró el general Aarvaez que no existe la cuestión de casamiento; que no se ha tratado; es preciso dar fe á la palabra de un caballero; mas esto solo prueba que el general j\arvaez no lo sabe, pero no que no exista; esto solo prueba que ni de l'aris, ni de Ñapóles, ni en Madrid se le ha dicho nada al general Aarvaez sobre la cuestión de casamiento: un presidente del consejo ¿ 3uieii nada se dice de asuntos tan graves ebe renunciar su cartera. Es imposible persuadirle al iHiblico que en altas regiones no se ha tratado la < iicslion del malriuiouío, porque es imposible persuadirle de que son •¡Usos hechos que nadie ignora. Si el general Kartatz, hablando como representante del gobierno, (juiso decir que la cuestión no se Babia sometido al consejo de ministros, debió advertir que este sentido no era bastante, y que el publico al recelar del estado de la cuestión del casamiento, no pensaba en el estado oficial, sino en el estado oficioso.
Como quiera, la opinión nacional triunfó; mas o meuos esplicilamente se le dio una salistacciou solemne, se prometió que la cuestión seria traida al parlamento, «no como algunos creen furtivamente, para burlar las esperanzas de la nación y de los representantes del pueblo, sino para que los se* ñores diputados se apoderen de ella, la discutan y digan su opinión con calma y puedan delilierar cuanto interese al país y al trono de la Reina;» se prometió que asilas Corles hubieran concluido ya su misión, si estuviese para cerrarse la legislatura, y en aquellos aias viniera la cuestión á poder de los ministros, prorogarian las sesiones, á fin de que vieran los representantes del pueblo la nobleza con que los ministros tratan esta cuestión delicada;» se prometió que «aun cuando el artículo de la ConslilucioQ no existic'ra tal como existe, aun cuando tuviera la Reina la facultad de casarse sin decir nada á los representantes del pueblo, la Reina no tisaria de esa prerogativa, pues bastaba que los secretarios del despacho en la legislatura anterior bubiesen aconsejado que se quitase este articulo para sustituirle con el que ahora está, bastaba que á propuesta de los ministros se hubiera volado esa medida, para que de ninguna manera se aprovechasen de esa ventaja.»
Es preciso confesar que algunos órganos de la oposición han estado muy exigentes no contentándose con las esplicaciones del ministerio. ¿Oue mas se queria? ¿no es lisiante humillación el verse precisado a darlas cuando á ellas se habia resistido tan fuertemente? ¿no es bastante humillación el protestar de una manera tan solemne, que no hará nada sin someterlo á discusión de las Cortes, que no se aprovechará ni siquiera del artículo constitucional sobre las prerogativas de la corona en el asunto del matrimonio? Se dirá que esto son generalidades; ¿pero es una generalidad el dar esplicaciones exigidas? ¿el darlas solo porque se exigen y en el momento en que s<* exigen? ¿Por ventura la cuestión del matrimonio se ventilaba en general? En la tribuna. en la prensa, la mayoria y la minoría, ¿no han haiilado cspresamcnte del conde de Trapani? Cuando el gobierno dice: no se ha tratado la cuestión del casamiento, y lo dice precisamente para calmar la zo/.obra producida por el casamiento con el conde de Trá(>ani, ¿no es lo mismo que si dijese: no temáis, no hay nada de este casamiento? Asi lo interpreta el sentido coiiuin. La España v la Eoropa habrán inferido que el conde de trápaoi, imposible ya de antemano, se ha hecho todavía mas imposible si cabe. En nuestro roncepto, y sin que por esto nos onlro- ' pnrmos á una confianza esces-iva ni <lcfcmns «1p vifiilar, lrtniovtjí>t! c-i i rcsuoll»; ol onlíwf con el conde de l r.i|»;im es de todít punió imposible; si este absurdo se realizase, repelimos lo ffiic indicábamos en el arliculo. nulerior: no nos ocnpanios d consc- ' cncncias; de un imiwsible se -i^^; cualquiera cosa.
Concluyamos: la mayoría se ha dividido i; en una cuestión importanlisima; esta divi- I sion larde ó temprano producirá sus conse- > (Pwencias; el ministerio ha cedido a las exi- ( irencias de la opinión nacional; esto ha pn)- • i tirado á la crisis un «lesenlace suave; pero s hn (piebrantado la fuerr.a del ministerio que i ha dejado lle^^ar las cosas á tamaña eslremidad; la oposición ha triunfado, y si aiiio fal- ¡ ta para que su triunfo haya sido cúmplelo, | es el qne todos sus órganos no le han comprendido de la misma manera, el que lodosa j; una V07. nohan sabido decir: «nosotros triun- II Tamos, el gobierno ha cedido, ha dado las ' esplicaciones qne desde su principio exiiíiamos; el triunfo es tanto mas satisfactorio manto ha friujifado con nosotros la opinión, nacional.» Uien comprendemos que puede haber influido en esta conducta el temor de que la pretensión de reali/nr el proyecto im- i posible, aparezca de nuevo: tampoco lo estranariamos, porque hay gentes (pie se complacen en empresas atrevidas y temerarias; pen) repelimos que en la actualidad importaba aprovecharse de la victoria haciéndola notar, sin encarnÍTtarse acuchillando rendidos y fugitivos. El gobierno, cediendo, se rennia, y la oposición conservadora (pie no puede lisonjearse con la esperanza de grandes victorias, ni debe sentirse animada de gran fuerza propia, debia recordar a(]up| (licho ([uc en ciertos casos es una cscelente regla de prudencia: al que huye, puenle de plata.
r La lentalivji que acaba de hacerse con- Ira el Pe»(í;aiihi!Nto i»e la Nación, nos ha manifestado una cosa que ya sabiamos, y es. que las «MMHíf aman ndan.
siquiera sean dichas sin amargura. Sea cual fnení el juicio ijn ' ' ' ríodico teng;<ii asi;imiiros íí.,...,.. -.i i -.mos. nadie hft podiiln nruiirle la templanza en las tiirmas; M>ro esta leiiiplauTca, que ha sido bastante para ponerle;i cubierto de lod<> pei-secufioB eii lo tocante a lus artículos, no ha podidl pi< MM \;irle de la ojeriza «jue se Ita mostrado ruidosamente con la denuncia del indiee.
Diliciiniente se pui>(le añadir nada á lo dicho por el ilustre defensor el.S>. I). Sanltor tfo de Tejada, en su discurso tan solido como brillante; no^ idremos |>ues d'!«-feusa (pie soli.i. mutil, esta y.i.. l uia por un sabio jurísroiisultu.
( reemos quo el gobierno no anduvo muy acertado en promover la denuncia. ó qué sus delegados hv sirvieron muy mal con sa misma oficiosidad, lié <i(|ui cómo discurrirá el publico: El Pensamiemo dk la Nació» lili tratado las cuestiones mas dil'ici' - ' -scollando entre ellas la de la relorin tiiiii iniial mucho antes que el gobierno penv,'.>í'!M! I lormar la Constitución, y la dd luiilriiiiomo de la Reina con el hijo de don (itrios, antes y de i)iie> del manifiesto de Hourges. No ha llevado una vida oscura, pues que no obstante el ser semanal, se han ocupado de él con muchisinia liecu»'rM Í;i los periódicos diarios, con quienes ha - lo mas de una ve/ animadas polémic ly especialmente con los defensores Ui l gobierno. Pues bien, al Pensamiento i»r u Nación, después de dos aAos de vida tan a<y, tiva, y en millares de columnas qne tratan de política, no ha sido posible denunciarle una sola palabra y ahora se le denuncia Esto prueba dos cosas: las ganas de Aft nunciar y la imposibilidad de hacerlo. UMI denuncia semejante solo puede dimanar de los vivos deseos de hacer una u otra; el no haber hecho otra, no obstante tan vivos deseos, j)rueba que era im|K)sible. Si esta es la persecución que se nos declara. nos^ otros la tenemos por la a|>ologta mas elocuente (jomo quiera, seguiremos cu adelante el mismo camino que hastitaquf, y oblí^reinos al gobierno a ser justo con nosotros. á no ser que quiera ser muy ¡npisto..Mienlr« escribamos lo haremos con la misma firmeza y templanza que ahora, pnxrurando desarmar á nuestros adversarios con la sola ues, sído al eiiit'iiiliüiii'nto; (|ut'remos coa* veiu or, lio ii riuir; ijue si al^^uiia vez nos «iiri¿;iiuos ai lurazou. uo i'> |i;ii;>: ü ^cnliuiic'iUos ba^Umios v pciUii. -^inu para ii»|)ii<ir amor á la uuiun y Irulcriiulad, Itorrur la tiut;lia lie las pasadas diNCordias, o avivar el espitilu de nacionalidad en el pecho de lodob los españoles siu disliuciou de purtidos.
HAS SOBKE LA ÍLTIMA CIUSIS.
Al escribir el articulo «pie m.* publico en el uuiucro del 1 1 del corriente mes, muy lejos eslabauios de liensitr «pie precisamcule el oiismo dia eu (|ue verÍM la luz ea Madrid, se babwi de coniirniar >ii (oulenido con hechos tales, cuino presenciaba en a(|uellos Uiomuulos lu capital de la uioDar<]uia. Haciendo una reseña de los graves y anómalos sucesos del Jiies de enero, decíamos que el uño de I84(i |)romelia ser fecundo en ¿;randes aconlecimicülos, y señalábamos la iacertidund)ro, la /.ozobrii, la instabilidad (|ue Uubajan las regiones de la política, como un ¡adicio del profundo malestar nacido de causaii que üfeclau el cora/.on de la sociedad es-|)aúola. Precisamente el misnu» dia se realizaban LUicesus tan anómala'^ y tan graves como los anteriores: el presidente del consejo dimite Sido; sus compañeros se niegan a imitarle,, a pesar de las indicaciones de la misma Reina; el e\-pres¡dente se encarga de nuevo dtí la formación del.ministerio; y sus colegas permanecen eu su puesto, evígiendo ser doslilnidos. ílallainiose el (pie eslo escribe á larga distancia del teatro de % acontecimientos, le seria in)|H>sil)}e juzgarlos I ' n íicierlo si quisiese descender á poriii; tampoco le fuera dable escribir nada que pudiese inlercsar, si se propusit solo escilar li curiosidad publica; ru rj. M'as fn;;'.'» I i '-"ii' ■, haslau quince días pai. <,, • lUi uegOfiio»; puro este negocio no envejece ai se iiai»,,si se l< i el lado que puede ocupar ia curiosidad o la uialiguidad* i>uiü por el que contribuya á esclarecer el I estado del pats, a lijar lu opmK>a, á inspirar rellcxioiies sobre la situación presente, que I sirvan de aviso para el porvenir. Al interés de la curiosidad del moiip tiin preferim interés de, un evamen i i. il, y sol i do utd. A la Lspaña le uu()ortan muy |m>co el pensamiento y ia \oliinlad de este ó aipiel , iuuividuti, ui la auibicion de unos, ni lii> ir.-Irigasde otros, ni las rencillas ó las a\< i cias de las personas y banderías^ en ■■ lodo esto se relieie a pasiones y mi>ni.i>, en (|ue no se tija la vista siu pena; lo que Ile iiiqiorla. si, es el formar juicio cabal v exacto de la verdadera situación de las cosas |>ublicas, y para este objeto no deja de ser muy provecliosoque los humbr.'S se pre-¡ senteu tales como son. Mil veces haUauJus paitado la situación actual con colores Irisrle~^ lo, hechos niaiiiliestan ipie nada exag os; eideseulace ha sido superior a toda exageración; si se hubiese dado á e>- cogiM" al mas deciilido adversario de lo» hombres del dia, el modo mas lrisU\ um^ deplorable, oías escandaloso con que la situación se |)odia desenlazar, diliciliucnte hubiera acertado á e>cog¡tarie peor del (|ue han i>ensado y rcahzado ellos mismos. So-I bre esle |)arücular no hay divergencia de pareceres: a pesar del diverso punto de vista bajo el cual los diioreules partidos y fracciones han mirado el desenlace, todos convienen eu manifestar su sorpresa por tamaño escándalo. Vamos a los hechos.
lúi.general Au/ im-;, |)residente del consigo de ministros, hace dimi^on de su cargo, I y ia hace enleranieule solo. Anies habia ¡ asegurado (piti todos los minislros, si II*' i- *' i el caso, se lellrarian juntos cu un i i dia, por una misma causa, consignada cu un mismo d< • iio; ademas el Sr. Mon ¡ acababa (I - i' en las Corles que todos los uiiui:. >ii en la mas perfecta armonía, l're.scuidireiuos de lo que esla coo-Iradiccion de los hecli^s con las palabras puede liiiñar á las pc;>uiiii.> Je los mmijlros; solo haremos notar la |)oca coDsidi.raciou 3U0 so maniüesta al pais, cuando de lal nioo se le trata. íliviaii,. t. s.m- si bien las naciones deb ^is gobiernos, los gobiernos cstau oblifadost^ tratar con mas tumsidernciou á las naciones. No, II" >!' I MI'" Iiav aquí un desac;iU> al purUti mas; luiv uji de:~>>' <> lo a la uaiMii < nu \ a. I<<> houibrcs que asi obran, son tli^im > ilc m'w ra censura.
El general JVarvaez funda su dimisión en la imposibilidad de continuar ene! mando, por et mal estado de su salud: no ignoramos que estas son fórmulas muy acostumbradas en casos semejantes; pero fórmulas tales, que no dejan de tener ciertas restricciones impuestas por el buen 'sentido y por la delicadeza. Estar imposibilitado por falla de salud basta el punto de que se naya de provocar una crisis, y á las pocas horas presentarse en público completamente restanlecido, y cargando con el mismo peso de la presidencia agravado todavía por las circunstancias, esto no lo calificaremos nosotros, pero diremos que no esta bien. Lo repetimos, el público se merece mas consideraciones « poruue el público es la nación; y seria ae desear que nadie se embria- ¿rase con el poder y los honores, hasta el punto de creerse dispensado de semejantes deberes: la España no es patrimonio de nadie.
¿Cuál fue la causa de la dimisión del general Narcaez? á la hora en que esto escribimos, lo ignoramos. Con tranquilidad en el país, con mayoría en el parlamento, sin ninguna cuestión política que pudiese provocar la división en el consejo, la retirada del presidente carece de esplicacion satisfactoria. ¿Cuál pudiera ser el punto de disidencia? acordes reformaron la Constitución; acordes suprimieron el jurado; acordes establecieron el nuevo sistema tributario; acordes dieron la dirección á la política interior y esterior; acordes consumaron ó toleraron las ilegalidades; acordes acaban de sostener en el Congreso y en el Senado la necesidad de sobreponerse á la ley para gobernar; acordes hacen la declaración sobre el conde de Trápani; acordes niegan la existencia de un \H)der militar; acordes rechazan la calificación de gobierno de corte: acordes piensan, acordes hablan, acordes gobiernan, acordes triunfan en las calles y en el parlamento; ¿cuál es el punto, cuál el origen de la discordancia? ¿Qué ha sucedido para que se dé al pais tan grav« escándalo? lln suceso grande ¿habrá tenido causas pequeñas? ¡Desgraciada nación, donde se busca la causa de semejantes acontecimientos V no se l:i descubre! ¡ Desgraciada nación) porque esto indica que las influencias nacionales están arrumbadas; esto indica que á ellas han sucedido las pequeneces de algunos hombres, con sus rivalidades, sus pasiones, su amor propio; esto muestra que en vez de gobernar se. intriga.
' ¿Cual es el hecho que resilta en esa discordancia repentina, y manifestada de una manera tan estrepitosa? liélo aqui: la existencia de ese poder militar que con admirable inocencia no querian ver los ministros y los ministeriales: la existencia de ese poder militar que veía la España, nue veía la Europa, que á nadie se ocultaíw, sino á los mismos que mas habían contribuido ¿ encumbrarle, á los mismos que tan rcsueltamenle le.sostenian, y que por este trabajo y por la inmediación* debían sentir muy á menudo, y de una manera particular, su peso abrumador. A no existir ese poder militar, ¿hubí'U'amos visto la retirada de un pn'sidente solo, y provocando nn conflicto? ¿hubiéramos visto á ese presidente llamado de nuevo á las pocas horas, y destituidos á los demás ministros, y por fin no hallar otro medio para dejarle fuera del gabinete que el singular nombramiento de general en gefe? l'n poder militar, como los demás poderes, nunca se improvisa; el poder militar personificado en el general Aarvaez, no se improvisó en el acto de ponerse en el último desacuerdo con sus cólegas; existia de antemano, patente á los ojos de todo el mundo;.solo que en el momento critico se ejerció de una manera desagradable y decisiva sobre los mismos qae sosleí nicndole le negaban. Entonces, y solo entonces, dijeron las victimas: «no queremos poder militar.» ¿Hasta entonces no se presentó la ocasión? Cuando reflexionen los ministros caídos, muy mortificado deben de sentir su amor propio.
Los cinco ministros, invitados por la misma Reina á presentar su dimisión, se resistieron, y no abandonaron su puesto hasta que fueron destituidos. Esta conducta singular y sin ejemplo en la historia de las mudanzas ministeriales, ha llamado vivamente la atención pública y ha sido juzgada en opuestos sentidos. Algunos han creído ver en ella una falta de respeto al trono, cuyas indicaciones no eran ol>edecidas; otros han opinado que esta conducta era digna de caracteres nobles y firmes. Diremos nuestro humilde parecer sobre una materia tan delicada, procurando ser justos.
ISi no hemos comprendido mal ei pensamiento de los cinco ex-ministros, discurrirían de esta manera: «la dimisión del presidente equivale á una intimocion oficial para que renunciemos; esta intimación oficial es la confirmación de las insinuaciones ó intimaciones oficiosas que á este fin nos habia dirigido. Si cedemos, sobre perder las carteras, se dirá que nos hemos amilanado en presencia del general Aarraez, y que pudiendo considerarse su dimisión como una especie de ex¡fj;encia hecha á la corona contra nosotros, nos hemos retirado solo en fuerza de esta e\ij?encia. Si no dimitimos y esperamos que se nos destituya, se verá que no cedemos á las exigencias del general Aarvaez, lo que nos hará tanto mas populares, cuanto que su impopularidad na llegado á lo sumo: ademas, provocando un conflicto de esta clase, le imposibilitamos para formar un ministerio de personas que valgan algo en el partido motlerado; y de esta suerte, privándole de los medios de hacer la transición de una manera suave, quizás le arrastraremos en nuestra caida.» Ño sabemos si este fue á punto lijo el pensamiento de los cinco ministros, pero es de creer que si en nuestra versión no hubiese completa exactitud, habrá cuando menos un gran fondo de verdad.
Menester es confesar que si el hecho no i tuviese sino una cara, y esta fuese la que j tiene relación con Anrraez, la conducta de los ministros seria muy laudable: pues que en tal caso solo se trataria de un militar á quien se daba una lección severa, para que en adelante no continuara mudando ministerios á su placer v declinando la responsabilidad en que él habia incurrido lo misñio que sus colegas. Fn semeiantes circunstancias, ceder es rendirse a discreción, y mejor es acabar la existencia ministerial de una manera violenta, de mano airada, que sucumbir con i¡;nominia. Desgraciadamente, el hecho no tiene esta sola cara, no mira únicamente al general IVarraez, se reliere también á la Reina; y ademas, no se trata de un hecho aislado, ni de un hecho en abstracto, ni de un hecho sin antecedentes, sino de un hecho que termina la carrera ministerial de unos hombres que durante veinte meses han gobernado con el general JVarraez y han tolerado su preponderancia. Este es el lado flaco del negocio: para mantener la legalidad, para oponeros á un arrebato de mal humor, no os acordasteis de la Constitución; y ahora, cuando se trata de vuestras carteras ¿ os ocordais de las prácticas parlamentarias? Para los demás no os importa que se pise la Constitudon, y para vosotros no queréis <|ue se prescinda ni aun de las prácficax. Para los demás no os inqmrta el texto, ¿y para vosotros ha de ser inviolable, no solo el texto, sino tara-*' bien el comentario?
Esto no tiene respuesta: los que hayan querido halagar á los cinco ministros, les habrán dicho otra cosa; pero el pais ha visto el negocio en su verdadero punto: la • inconsecuencia es demasiado notable, á nadie se ha ocultado; ya la ha consignado la prensa de diferentes' matices; la opinión pública no se deja alucinar tnn fácilmente. Cuando la inconsecuencia es en contra dei inconsecuente, la indulgencia es mas ase-'' quible; pero cuando es en favor de su des-T tino, cuando favorece su ambición, entonces todas las protestas son im|>olentes para que no reste alguna sosjiecha de que en el celo por las prácticas pariamenlarias algo debió entrar del amor propio herido, algo del apego al mando, ya que este celo, tan vivo y obstinado ahora, se habi^i mantenido amortiguado cuando se trataba de las leyes, incitisa la fundamental.
Pero hay aquí otra circunstancia sumamente grave: la Reina habia dicho que el ministerio debia considerarse disuelto, y habia indicado la conveniencia ó necesidad de la dimisión: no creemos que en ningún pais del mundo haya ministros que se resistan á una indicación semejante. Este es un problema que nadie habia creido susceptible de dos soluciones antes de la originalísima que acaban de ofrecer los ministros destituidos: en las monanpiias representativas como en las absolutas, si se pre*' gunta á un hombre de buen sentido, ¿qué debe ha<'er un ministro á quien su soberano indica (jue haga dimisión? responderá: «hacerla al instante;» y no consiaerará posiblo otra conducta.
En el caso actual habia otra circunstan-' cia, y era la misma publicidad que se podia dar, como se ha dado en efecto, á las indi-». caciones de la Reina. El pais hubiera sabido (|ue los ministros habian hecho su dimisión, no por temor al general Aartaez, ni por deseo de complacerle, sino porque S. M. se habia dignado indicárselo: no creemos que á nadie se le hubiese ocurrido acusarlos de debilidad.
Pero se ha dicho, un ministro constitu- Í;iüüul üa do eaUar v con arreglo a ^ US prácticas coiislilucioiialcs; no Ubre (le lomar ó dejar la i.arlera cuando á ci le narccc bien: es necesario que aguarde el fallo del |>;u'laniento: una dimisión sin mo- ^tivo ostensible, es una dimisión o caprichosa ó nusilámine: el |Nirlanienlo y el pais licúen derecho a saber el por <pié de cani-¿bios se mojantes; y los ministros que obran olvidando estos principios, iucurren en grave responsabilidad.
' Kste es un ar^'uiueiito tan especioso como fútil. Convenimos en que. una mudanza ministerial ha de ser motivada; pem ¿no es acaso motivo ma^ (jue sulicienle, la inditat viun del monarca? Cuando no mediaran otras consideraciones, ¿no hay una poderosa razón dii delicadeza (pie obli;<a al mi-• liistro á retirarse, siempre que el monarca Je maniliesla scn»ejaute deseo? ¿A. qué se reduce el trono, si con él se ha de prescindir de las consideraciones que se tienen á un simple particular? ¿Se ha pensado bascante en las consecuencias de una doctrina, suun la cual el nionarca no podria deshacerse de sus ministros sino |M>r (Instituciones espresas? Vamos á señalar al¿;una de estas umsecuencius, (|ue no habrán visto sin-duda los mismos (jiic han sentado tan peligroso |)rocedentc. ., Suj)on¿;amos que uno n mas ministros que tienen mayoria en las cámaras, se indisponen, con el íley, po; iin.i cansa agena de l i política, una palabra dc.sa!>rida, un ¡mslo. ih impaciencia, una antipatía de caracteres, u otro motivo cuahjuiera, y (}ue el monarca, á pesar de su empeño cu no provocar una ntudan/.a ministerial, se nianiiiesta visibleloeule disgust^ido siempre que está en el despacito. ¿Qué deben hacer los ministros? lo que (K'ucn hacer no se dice, se siente. Salvar del modo posible su reputación, haciendo entender a sus amigos la situación en (jiie se bailan, prejiarar las cosas del mujor mudo que puedan y luiígo retirarse. ^Qu(^ seria si el monarca llegase á indicar, a roi¡ni\ para (pie presentasen la dimisión? S:5 uos replicara '(|ue el caso no era este; pues quo los ministros ni habian desmerecido la coutianza de S. M., ni habian in-« ' '.n sil real desagrado; pero ¿quién I. ■ ',.1' p )!• I • mi<nni ((III' S..M. indica^ ha la lu ti, aunquii le fueran acoplan las personas, no le era acepto ({uocoulinuasci) ú su lado? indicara un ini- Iuistroquc presente su diiuisiua, equivale a decirle: uretirate; pero hazlo de manera que me evites á mi un paso sensü ' ■ • a ti un bocliítrnti; >' en tal ca.«.o hay n m de i I monarca, ¿y se creerá » ido ¡ el Mibdito de guardar la debida corrcüpou- , deucia?
1 Si se replica que Itay mucha diferencia cutre las indicaciones espontáneas y ia& indicaciones exigidas, y que si bien es delicado ceder á las primeras, es cobardía prestarse á las.segundas, haremos notar otra consecuencia altamente revolucionaria. Ningún partido, cuando resiste á la voluntad ^ol>erana, supone que esta sea libre: uel monarca eslá preso; está violentado; está rodeado de gentes que le engañan, y dejan obrar como el desea;» asi hablan las facciunes: abi)ra bien, si adiiiiliiu preced(mtc,. resultará que unos mioislros (luc cuenten con mayoría en las ( no deberán retirarse jamás, no ob>; las mas espÜcilas declaraciones del monarca. Siempre tendrán á la mano el mismo recurso: « si (juiere (jue nos retiremos, que nos destituya; ademas sus indicaciones no son espontaneas; proceden de una intriga de corte, de manejos de una camarilla etc.»-iVsi el soberano se vera en la; i i'Jí^rnativa de continuar con min, no quiere, o destituirlos; asi dej>aparecera una lormula que aun(|ue muy fácilmente iolerprelable, sua\iza la- r ^ ifidnes entre el monarca y los huaibiv iiierno: asidesa{)arcce.rá por.las doctrinas y la conducta de hombres llamados nMnaripiicos, una formula, que, menester C:> confesarlo, respetaron los hombres del progreso. No recordamos que tal hiciera ningún ministerio p isla, a pe.Nar de (jue algunos llcvabau i trinas democráticas hasta la e\nge¡ y se encontraron en situaciones harto cnii<-cas. Ya en otras atsas han dado la ra ' moderados á los pro^-resistas: y es s. iiue se la den también en un. [lunto de cerca puede afectar á las prerogalivas y al decoro de la magestad real.
Queremos suponer que hubiese una verdadera exigencia; (|ue el muiiaica al hacor las indicaciones sobre la dimisión car< de espontaneidad; ¿se le debería olii destituir, resistiéndose a dimitir el nii: rio? i\u: |>orque enlouceiíes humillar ■ narca, es decirle: «Nosotros vemos <i ' obras con libertad; vemot» que te buui.o. u.
■ ■pcnrv qtiPivmns cpic e55to conste; qnoir'vn*; 4]%w la liuniiH;)riot» sea pública, olíri«l. lemne; no queremos (jue se cubra ni atin con el traspnront*' vclr» do nna dimisión forzosa.» En casos laii estreñios, iin honihre leal debe ofrecer á sn rey su fortmiíi y su vida; debe apurar lodos los recursos de su irisenio y de su valor para libertar al monarca; |>er() si n(» pncde lojjrarlo, y el nionarcn cree llegado el caso de ceder, no debe, no puede í'l ministro decir; "vo no me me retiro liasla (pie uie destituyan: » esto es auntentar el conlliclo del soberano, y esnoner á los ojos del público su (laíjueza y nui'in. Lo repetimos: esto n(» se pnieha, r. lite: nadie jiimas habia sospechado que se pudiese se'ruir otra conducta.