SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

Spanish

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Afortunadamente no li[i!>inn llepado las <rosas á eslremos tan deplor.ibles: ni el jícneral.\arc(iez tenia sublevadas las tropas, ni impedía á la Keina que llamase á las it;isque fuesen de su aíirado: la situa-1 li li era ü;rave. difícil, j)ero estaba todavía en los líiúiles de la legalidad. Los cinco ministros debían prescindir de la mavor ó SMnor influencia (pie ejercía en el ánimo <lfe S. M. la dimisión del general JS'Hirnfz; supuesto (pie la Reina se dignaha indicarles que renunciasen, debían renunciar; sí la conducta (|ue ellos siirníeran la hubiesen visto en un ministro progresista, es indudable que la habrían calificado de revolucíofiaría. Nosotros no les suponemos ni remotamente la intenci(m de ofender á la Reina: estamos (>ersuadidos (pie el tiro lo dirigían al general JVarraez; pero salvando la intención, no podemos menos de censurar el «oto y de indicar las consecuencias de un precedente tan funesto. Todos los hombres monánpiícos deben condenar un hecho que afecta a las prerogalivas y la dignidad del soberano: conlíamos demasiado en el buen juicio de los hombres de gobierno para temer (jue este hecho se repita. Mucho nos enzañariamos, si lUm en los países mas acoslundiradus á las juácticas jwrlamenlarías, fuese juzgada de otra manera la conducta de los ministros destituidos; y ellos mismos, cuando hayan reflexionado mas, cuando hayan examinado con serenidad todos los aspectos del negocio, se arrepentirán sin duda de haber llevado las cosas á una exageración tan deplorable.

NOiVISRAMIENTO .writo nn BBjiwl<n9 4 iMnana.

Pocas mudanzas han ocurrido en España que hayan producido una alegría mas general y mas viva «pie la dimisión del general Narvaez y la destitución de sus com-** pafieros; roIo el ministerio y sus cfuitadoé* sostenedores ignoraban (> aparentaban ígno- * rar, (pie su impopularidail habia tocadf» af"^ límite mas allá del cual no continúa minis-* lerio alguno, sin graves perjuicios de!n causa pul)lica. Asi lo debif» conocer el general Narvaez, cuyas convicciones eran, según mnnifeslr> en el Senario, que sn mi- *" nislerío no prxiia hacer la felicidad del pnis.' En sentido contrario opinaban sus cólegasf v con opinión tan hien arraigada, que paríT* hacerles aliandonar sus sillas no bastó ni Id * dimisión del presidente, ni la signilicativjf'^ indicación de la Reina, sino que fue nece- *' sario que los destituyera. En la variedad* de los pensamientos humanos, y en la in-**. certidumbre que lleva flotantes los planes resoluciones de los débiles mortales, siem-" ppc es satisfactorio el ver qne hay hombreá" tan dolados de la conciencia de sus propiaá' fuerzas, que aun en las crisis mas peligrosas ^ creen que el menor de los males públicos -es su continuación al frente del gobierno, ('omo por otra parte el general Narvaez no espresó sí la convicción de que no debía I>ermanecer en el ministerio, era relativa tan solo a la utilidad de su persona, ó si se referia á la de sus colegas, (pieda la duda siguiente: al salir del ministerio, ¿creyó el presidente dimisionario que la retirada de sus compañeros babria bastado para que mismo, asociado con (ítros ministros, pudiera labrar la felicidad del país? Parece muy probable que si; pues que tan fácilmente y a las pocas horas,.se resignó A la penosa ■ tarea de reorganizar un ministerio. Asi de- ' bieron de comprenderlo los cinco destituidos, y |>or esta razón |)ermanecian en su9< ' secretarias, esperando respe Inosnmen te las' ordenes de S. M. I)»' lodo esto parece re*'* sultar, que tanto el general Narvaez comrf* s'i^! nríipafleríx m- « reían capaces de hacer** la felicidad del pais; aquel sin estos; esto.s, con aquel ó sin aquel. Menester es conresar que, ya sea fwr las ventajas de la posición, ya sea por otras razones, quedaba mas airoso el ¿íeneral Narvaez que sus compañeros, por lo menos en la parte de Tormas. Si en efecto la dimisión del presidente del consejo tenía \yoT objeto la caída de sus colegas, el general Narvaez adoptaba el camino regular haciendo dimisión: áesta conducta, en su parte ostensible, níida se le puede objetar. l*ero sus compañeros se encargaban de gobernar sin el general Narvaez, V se resignaban á gobernar con el general Narvaez: siendo lo segundo mas incomprensible que lo primero; porque si en realidad pensaban que Narvaez no los quería á su ladn, ¿quién se resigna á continuar gobernando con él? ¿Qué pretendía hacer el Sr. Martínez de la Rosa, cuando pedia permiso á la Reina para avistarse con el presidente dimisionario? Salta á los oíos, que lo (¡ue se projumia era persuadir al general que continuase en el ministerio, por cuya razón le negaría S. M. el permiso solicitado. Hé aquí núes á unos hombres, que á pesar de que la Reina les dice que el ministerio esta dísuelto, ú pesar de que ellos creen que Narvaez no los quiere á su lado, ellos se empeñan en continuar de ministros de la Reina y de colegas del general Narvaez. Esto es triste: y para el bien de esos mismos hombres, hubiera sido de desear que sus esplicaciones en el parlamento hubieran sido mas satisfactorias.

Desgraciadamente los hechos han quedado en su desagradable aspecto; y es dilicil, si no imposible, que pueda suavizarse jamás el severo fallo de la opinión pública.

La modesta actitud del general Narvaez en las sesiones del Senado, habrá quizas persuadido á algunos que el (jeneral en gefe del ejercito está fatigado de las tareas gubernativas; y que solo pudiera resignarse á cargar con ellas en el caso estremo de que S. M. se dignase llamarle de nuevo para el sosten del orden público y la salvación del trono. Las protestas de que estaba pronto á ir de capitán general á cualquiera provincia, ¿ ponerse bajo las órdenes del capitán general de Madrid. y de no desdeñarse hasta de hacer centinela en palacio, si las circunstancias lo exigiesen, indica que el general Narvaez estalia bien penetrado de la necesidad de disipar los recelos sobre su preponderancia, que ya se iban difundiendo con una progresión alarmante; siendo de esto último la mejor prueba el que ni aun con las protestas han dejado de circular noticias mas ó menos infundadas, pero que acogidas por la prensa han desvirtuado mucho la contianza que se propusiera inspirar el general en gefe. Esto que daña al ex-presídente del consejo, tampoco es favorable al ministerio, que inaugurado con apariencia de satisfacción universal, lucha ya con fuertes obstáculos que pruimblemen- Ite se aumentarán en vez de disminuir. £1 curso mismo de las observaciones, y el natural enlace de los hechos nos lleva á examinar la situación del ministerio Miraflores^ sobre el cual habrán notado los lectores del l*E>sAMiE>To DE LA Nai:io>, quc cl autor de este articulo ha guardado en su articulo anterior, absoluto silencio.

Advertiremos ante todo que nuestra reserva no era efecto de espíritu de hostilidad, ni siquiera de desvio: su{>onemos en el Sr. marqués de Miraflores y en sus dignos compañeros, lealtad de intención, y sinceros deseos de hacer la felicidad del pais; mas diremos, nos pareció que con el cambio habia mas esperanzas de que mejorase el estado de los negocios públicos. A pesar de esto, no podíamos hacernos tas ilusiones con que otros se halagaban; parecíanos que la situación era grave, dilicil, peligrosa, y que era muy probable no se habían de realizar los pronósticos de los que con tamaña facilidad se entregalian a sueños de oro. Por esta causa y hallándonos en la alternativa de hablar contra nuestras convicciones, o de manifestarnos en discordancia con tan gratas esperanzas, preferimos callar sobre este punto y atenernos á un examen imparcíal de los sucesos anteriores á la organización del actual ministerio. No ie han necesitado muchos dias para que la confianza general se haya enliaquecido, y la prensa se haya hecho cargo, según costumbre, de rumores de crisis, de disidencias, de peligros para el orden público y demás co* sas indispensables en semejantes casos. Ahora es ya posible decir lo que se piensa, sin peligro de hacer ningún daño al ministerio, contrariando ó entorpeciendo su marcha. Ademas, que las observaciones que haremos, v las opiniones que emitiremos, dejarán hien convencidos á los señares ministros de que nuestras palabras no son inspiradas por miras hostiles úao ainis- 1 (|ue convenia aprovechar In oportunidad de realidad, sino hasta I9 lusas.

Creemos que el Sr. marques de Miradores coa su noble resolución de mauit'eslar ^ladinamente al general Narvaez la conveniencia de que este nu íurmahc parle del uue\u mimslerio, hizo un señaladu servicio al país: para apreciarlo eu lo que vale, es preciso ponerse en el lu^^ar del Sr. marques, cara a cara con el cv-presidenlc, ya otra vez presidente, atareado cun la reorgauixacion del ministerio, y en el duro trance de decir una verdad tan aniar^'a para el general ISar\aez, cual era la conveniencia 6 la necesidad de que se resignase á quedar fuera del ministerio, ¡ y cuándo! cuando ya su nuevo llamamiento era publico, cuando sus amigos se lisonjeaban de que bien pronto babria dado cima a su cometido, cuandu el retirarse era confesar que uo querían asociársele lus hombres nutables del partido moderado. cuando se daba á entender á la España y a la Europa que el antiguo dueño de la situación nu alcanzaba siquiera u lurmar un ministerio, cuando £us enemigos se gozarían en verle envueilo en la ruina de sus cinco compañeros, 4}uaudo la declaración del Sr. marques ^ui valiera también á decirle: «yo (xir mi patlJi, tampoco quiero entrar en el ministerio con V.u Lo repetimos, esto era duro: exigía mucha resolución; el Sr, marqués contrajo un mérito (]ue no podemos desconocer. Por lo mismo, no cstrañamos que la amargura de la indicación se dulcilicase lodo lo posible, que se hiciesen lisonjeros ofrecimientos, que se mostrase empeño en manifestar que se compensarla por un lado loque se quitaba por otro.

l'ero el conocimiento de la diiicil posición en que se hallaba el Sr. manjues de ^iraüores, si bien nos hace indulgentes con S. E., no puede impedirnos el creer que el noble marques cometió una falta política de mucha gravedad, al pensar en el titulo de generalísimo ó de general en gefe para consolar al general Narvaoz: si, falta política de mucha gravedad, que ya produjo no pocos sinsabores en las primeras horas del ministerio antes de las esplicaciones dadas en el Senado y en el Congreso, y que quiera Dios no los produzca mayores en adeknle. Aquel era el uiouiento critico en que se debia tener el corazón en U cabeza ucslruir no solo la mas remola apanciu la de la prcponderanci<i miUtar del general Narvacz. Ona nueva condecoración, un nuevo titulo, cualquiera cosa, antes ipie hablar del inaiuln de las armas, ni electivo, ni nominal; el país habiera conocido lo(|uc signiticaban el titulo ó la condecoración; el país hubiera hecho justicia a la delicadiíza del Sr. marijues, al aconsejar a la Reina que distinguiest; con un nuevo favor al general de cuyo |)uesto se encargalia él mismo: los hombres p^íliticos hubieran aprobado quizás, (|ue satisfaciendo á la vanidad, se desarmase á la ambición; pero el mando de las armas, ni siquiera como titular, recayendo en el mismo ex-presidenle del consejo!...

La triste impresión que siMnejonle error nos produjo, no la disiparon del todo, ni con mucho las es|)lícaciones dadas \m el ministerio; ellas signiiicaban que no hablamos caido en la sima. pero no que no estuviésemos al borde de ella. El titulo üc general en gefe no conliero ningún mando electivo: y los actos y atribuciones a que en sa caso puede dar origen, deberán espresarse en una real óiden especial espedida |K)r el ministerio de la (iuerra; esto uosta para disipar la alarma general, en que todos se preguntaban, si el ministerio de la (iuerra seria inútil en adelante, y si la corona hubiera puesto en manos de un subdito la regia prorogativa de disponer de la fuerza publica; pero no basta para sosegar la inquietud del buen sentido, ni los recelos de los hombres previsores; no liasta para persuadir que aqai no haya mas que una simple distinción hononlica, igual á otra distinción de esta cla.se. Una cosa que no es un grado en la milicia, que no es un mando efectivo, que no es una condecoración de las conocidas; ¿<|ué será? ¿(|ué es? ¿que stgnilica o debe signilicar a los ojos de lodos los hombres fK'nsadores? Lo que es, lo que signilica, lo que del)e signibcnr, es una inlluencia moral sobre todo el ejercito, sancionada con la aprolvacion de la corona; una importancia de un militar muy superii)r á la de lodos los militares sancionada con la aprobación de la corona; una declaración solemne de que este mihtar es el escogido previamente por la corona para el toda la fuerza publica.

mando efectivo de aquel era el momento critico cu ' en caso de una guerra, de un conüicto « do iÉk|rt8''o. Esto c«, cslo signiiicn, esto dehb rjigÉiiiniir rl lilnh ir general en geíc cononndo al' general Narvae/.; si liuy un hombre |>olilico á quien esto no asuste, envidiamos su candidez.

\o |)odemos creer que esta vcnlad se oculte a la i)cnelracion y espericncia del Sr. mar(|ues de Miraflores * y de algunos de BUS colegas en el g;ibinete. No basta decir que el general Narvaez es nmy leal y imuy caballero; no se trata de caballerosidad, ui de lealtad, ni de ninguna calidad personal; no se trata de los bumbres, sino de las cosas, con su situación, con sus cir-«instancias, con su lógica inflexible y tremenda. Las personas no entran en esto |)ara nada; las cosas juiedcn mas «(uc las personas; y cuando cu las cosas se deja la raíz de grandes males, estos niaUis sobrevienen, a pesar de las personas, envolviéadoias, arrastrándolas, perdiéndolas.

Ya saben nuestros lectores (jue somos aüHgos de liacer sentir las verdades por medio de ejemplos. Supondremos (y estas suposiciones se roali/an en España con iharta frecuencia) que llega á Madrid un estraordmario portador de la noticia de un |)ronuiiciamiento, como el de Alicante y Cartagena, u otros que tan á menudo bcaios -pcesenciado: desde a(|uel momento, ¿quien «s el ducíio de la situación? Conviene vigor, -eiergia, rapidez.- para estas cosas es ncccfária la unidad, el generalato bonorilico se icoBvicrte por el mismo hecho en efectivo; ¿á qué esta reducida en tal caso la fuerza <uel ministerio? Otra suposición. Estalla una insurrección militar en los cuarteles de Madrid, ó un niotinen las calles: ¿quién toma el mando? ¿noserá el general en gefe?Oti-a 5U|>osicion. No hay pronunciamientos en las provincias, ni in.surrecciones ni motines «u Madrid; pero á causa de circunstancias fatales, o por alguna cuestión que conmueve los ánimos, hay una agitación sorda, amenazadora, como estamos viendo con tanta frecuencia; ¿(|uiún el hombre que está con la mano en el puño de la espada, con el pie en el estribo [)ara montar a cal>aUo y dispuesto a mandar de un momento á otro toda la fuerza publica? ¿no será el general en gefc/ La orucn especial del ministerio de la (iuerra, ¿no será reclamada por las circunstancias? ¿no será aquel el momento oportuno de convertir el lüulo houonÜqo ca mando electivo? ¿Sena posible dejar de poner al general en gcfe al frente del ejército? Dejar de hacerlo, ¿no seria mos- I trar descontianza hacia él, y ofender su pundonor? ¿Sena posible nombrar a olro general y postergar a.N'ar>ae^? Se nos dirá (|ue bien pudiera hacerlo la Reina; pero bo se trata Je la |)ol(M)cia cu ab.stracto, sino con todas las circunstancias; y en este sentido bion se puede asegurar que olro nombraiiiiento no seria posible. Aclemas, (lue si la Ucina puede, ¿a que comprometer de ao-Icmano el uso de la prerogativa? ¿a qué li-. garla en ciorlo modo en favor de una |>ersona determinada? ¡Qué conflictos! ¡Qué lección para meditar lo.s pasos ({uc pueden ser de grande trascendencia!

Lo decimos con la convicción mas profunda: este es el mal grave, gravísimo que devora al ministerio Mirallorus desde su nacimiento: si no se logra estirparle, el mi-^ nisterio perecerá. En estas niaterias no baslim los paliativos: es necesario llegar a la raiz. Es indispensable, urgente, uuc el mi^ nisterio no a[)arezca bajo la tutela ni aun posible, del general Narvaez: Kxlo loque no sea dejar completímicnle desembarazada la prerogativa de la corona para nombrar é dejar de nombrar un general en gefe, y para escoger estas ó aquellas personas;'todo lo que no sea impedir el que un militar se elevo sobro los demás |)or su designación precia ¡)ara el mando en gefe de las annas; lodo lo (|ue no sea esto, es dejar enervado ; el poder, es preparar su ruina, es amontonar tempeslades sobre el pais.

¿Pero qué remedio hay en la actualidad? Muy sencillo: cuando se ha errado no es mengua retroceder: el general Narvaez es demasiado delicado y |)undonoroso para resistirse á renunciar á la nueva dignidad, si llegase á sospechar que este seria el deseo de los consejeros de la corona; entonces aceptársela lisa y llanamente, que el hombre mas condecorado no debe tener á mengua el colocarse en la misma línea del defen* sor de Zaragoza y del vencedor de Bailen. El general.Narvaez mejorará de posición á los ojos del pais, quitándose hasta las apariencias de^liombre necesario, y contentándose con.ser un general como todos los demás, sin preeminencias de níngum clase, y solo con la noble emulación de ser uno de los primeros en sacriticarse ()or su patria y por su Reina.

Fuera de este camino no hay sino precihfnteda podrán hacer In feliridnd dol pnts 1 iiniTíM Mía Mpresaik. Iloúo io que se á|n «B-fcW'^'la kaHaá)^ éti daaprMdi^ muÉb del general Nanraez, solo MTÍft-é conlinnarnos mas en la opinión de que es aeccsurio que casibie de posicioa, y no deje i lÉ^i^ prelesto é la mloáíeeiieit ▼ á W | cühirania. Lo repelimos; nn se hala de las perüooas, siao de las cosas; {»cro u»las cosas swi tales q«e si el gubieruo no remedía Cito lina Mía, bija de la cabaiJeioédad y tía Te, pero que al lia esuna{;nlÉ<latta, tt anapeBUm de su tiuprcvisioa.

iiA PRKPONDBRANGIA MILITAR.

•ia^iío*H/Kn'%' «ifaidiase iiabla en ealaa áltmios tienipos 4a lB:Moaai4ad de destruir la prepoadcraafia militar para fortalecer el poder civil; pareccQOs que la cucsltou se ha pUnieado ai«aiié», y4|ue ¡uwAiaa idaliaaa 'pa— arte en robustecer el )>oder oifU para destruir ia IveponderaDcia militar: no creenioíí f|iie el poder civil sea flaco porque el luUilar sua ÍMfte; Ma que por «I eaaftrarío, e) pode# raiiilar es fuerte porque el civil es flaco. Estas son cosas muy diferentes: el no distinouirlas cual conviene, acarrea la confusión oa i(>niar el aiB0lo par la. aaaaa » la aaiwa par el efecto.

<^aA quejas contra la preponderancia militir dalM ya 4e mnho tiempo: hace largos aios que faa iraedoaes- liberales se acusan unasá otras por los estados di' sitio; y una provincia en estado de sitio es una pruvm-€ii «ntrogada al poder miliiar. Lo que en 1834 y 183odecian los proííresistas contra los moderados, dijeron los moderados contra los prú(^resislas ea 4836 y 4837; hasta 4840 laa taeéálaa nrograaíalaa repatír loa mismos enriros, que Iucíío n-produjeron loamoderados hasta 4843; dosde el pronunaiaoiiento da junio ét dübln aflo, se quejan aira vez loa prognaÍBlas: si al^un díia los Moderados sucumben, es probable que los piapaaisias les ofrecerán abundantes moAi* Vosfera ana 'toldera adíciou dé>i reclamaciones. El nombre de las personas r do ios bandos no stgntti<^ na*jbi; el beoáiocs Desde la muerte de Fernando Vil la preponderancia ha estado en el poder militar; desde que se hicieron reproseutaciooes dofr; Biasiado oétebrats y emelnenia «espiad, «!• l)oder civil se puso á discrí^rion de los cuarteles; las Corles y los ministerios no han: Godido nada contra la fuerza de lasnnMtf. lay «qni sin cmbar^ varias fases que coa*-* viene recordar. Primero, la ítierza armadan eslavo á la obedieacia de lo» generales; -eot* taneesla prcpoadefaneía laüilaHWPi^lltWMi estos; rompíélvase los lams de la disciplina, entonces la preponderancia militar pa?ó á los soldados; restablecióse por Un ta discipbna;* yenlonees la pTB^wnd'waaaiiw^lttef'Tiilwrió" á los fícnerales. En la |)rtmera época ^ ia inthicncia de estos derriba un minif^terio y cambia un sistema político; en la segundáis las generales son asesinaáaa par teiiralÉii i desea amotinada; en la teréera, los gener** les vuelven a derribar fuinislerios yié eaBB*t biar sistemas ¡lolitioos. Bajo liilsfaliMs»#pfi mas, se descobre el mismo hecho: el impé» pió de la fuerr.a sobre el imperio de la ley.

£ste es un mal gravisúno: ¿euát es el r»* iwdia^al irfaa aanciN» ^! á prioM ▼kta ocurre, es quebrantar dtí raiz el podenqi* prepondera. Mas contra esto militan dos di^ ticultades: primera, la imposibilidad de eje* colado; segaade, los nelípiiaHit resnltadan de la ejecución, t'.tinndo 'in « I r está arraigado en la sociedad, no se le dMlrujn» con pensamientos ni palalvas; ea BaaaaafW oponerle otros poderes mos fbertes queek ¿donde están en España esos poderes? Tocante a la conveniencia, ocurre desde iuc^ la dnda da si quebrantándose <diMAMi flado'al poder militar, seria dable conservar el orden público; y este orden es una necesidad lan alta, que á su conservación deben sacnlieaiw laa cosas «eenndartas.

En ninjiun i)ais del mundo es el poder civil ni una persona sola, ni una institución sola, sino el resultado de la fuerza de xav canjnnioda cismemos asciales qne danant» ren en un punto, como si dijéranios en un centro de gravedad. La persona o la inslitu* cion qiia manda, lo puede faacar, porque remicol oairial de las fuer/as sociales, y es el representante v la nersonibcacion de las misaus. ¿Dónde esta, el centro de gravedad «It Kl trono no es ni puede ser una instítncion aislada: cuando esto le sucede deja de ser VM ÍMtitttCMni j es wn persona sola, en cayo <;aso el tmno "ínrnmhp. Afortunmlamente noeftamos en España en un cstremo Um deplonilile: el Iroso conserva todaria noaMMI foerza: ^priei Modi en su nombre se hace obedecer, pnr lo monos durante algún tiempo; cuando sobreviene alguna catMlrelB iMNilea, se nromÉnt tira wv fl nombre del trono, y los elementos de rcsistenria w ablandan, los de orden dispersos se.i^rupan, los ocultos se manitiesien, y se vuelve t eiMitoir hi unidad guberaatíva, hasta qne otra rntástrofe pobtica la disuelve de nuevo. El trono no es bastante fuerte para evitar la repetición de esas catástrofes; pero les hace monos frecuentes, y 'sobre todo nvnns t<M rih!es. Para formarnos idea de la deiNlidad que trabaja esta soberana ki^itueién, compareaiifr le «e es coa k> fjne era; nu», pora coaeeiRrtiia sa fberza, no obstante su postración, imnírinóniomis desaparecí; del todo: ¿.en qué se convierte la espcriencia do lo pnsado aronsoja al trono» una conducta priuloolo. para que la fuer» militar do se persontíkiiie en OMigim indivi<* dúo: antes per el eoatniite-, eslé di* vidida entre varios pefos cuyo ponto de reunión no sea otro que las gradas del trono. Fuera de este esMO no íiay salvadas» no hay mas rpie la niÍM áel ¿mu» smmm« V la perdición do los individuos on ífwi«nes se persouilique csclusivaoiente la fuerza raí- Nttír. Um ptmümMkáá^ esUieMr»r ifli|ieelMe, en no comirtiMite en ' ' I bajo uno ú otro nombre: y en España la dictadura es un absurdo, ya porque lo es por necesidad mientras el trono existe, ya lamhion |)on¡uo mal pudiera un particular alcan/nr la perscniticacion que se necesita para la dictadura, cuando a cüla pcrsonitícacíon completa no ha podido llegar el m ) narra misino. Aun ruando la finT/a do las circunstancias fuere muy á j)rüpüsilO£ara un encnmliraniiento estnMrtftnsraTi' vorccidos de la Ibttuna debieran manifestar su previsión y «¡airacidad, no qtioriendo salir de ana región utodcsta: scnteiantes sniñrntarece aei loao: ¿en que se conviértela de ana regioa utoacsia: scnteianies sam-BiMMf ¿QoiéB será capax de oeiMiliiir «a | das sod peligroso: mim^éémm-'ttm^ ^'ohiorn< ireniTalmenteeMceide, Díriqalen )or ocho dias? Nadie.

La debilidad del truno á mas de otras causas paitiealares, dimana de qae adolece al~ gnn tanto de ese aislamiento, que en llegando a su colmo, mata la institución. Le Miau h» Cementos qae aatigoamente lo rodeaban; te falta el asentimiento de muchos hombres de diferentes partidos; le faltan esas iostitucioikes que escudadas por él, le senrian á sa vei de eseado; le mta el í"fiui|ilemento de la personiHcacion de lodos los intereses, de todas las ideas, de lodos los sentimientos que tienen eu la sociedad ana fuerza efectÍTa, independieailemeole de los sistemas de íTobierno: el trono es fuerte por lo que conserva; es flaco |>or lo que le falta; dadle esto ^iltimo, y la institución recobrara su esnlendor y sa paianaa, á pesar de las modincflciones'dc la orsaniracion política.

uua iiicUdescenso muy rifMot estrepitosa. ' Los militares (¡uc sueñen en dura mas ó menee» paliada, ■ Í)erder de vista que nnrn esto necesitan coocarsc á la < il)o/a de un partido poUtico; lo que en las actuales circunstancias et^uivale á labrar su propia ruina: dos hoirivraa se han hallado en j m^^h ion favorahio pan acaudillar un partido; ambos lo ban hecéo; ambos liao caído victimas su propio pat^ tido. Espartero se levanta en hombros de los proc-resistas, satisface las ideas de o<tos, sns intereses, sus deseos y basta sus caprichos; por consideraeion iellos. slvida sa pai^ cion y se hace demócrata; y ellos mismos comienz III i^m dc^ai icdilarlc y acaban por perderle Kl ^nirral Narvacz se hizo la ilnsion de creer que su posición estaba asegarada colm?ándosc á la cabo/.a del partido rio snplir c^n la fnerza de las armas lo «pie falta de fuerza moral; y asi continuará hasta que nuevos acontecinucnlus vendan a des- M i)a En esta situación, el trono no ¡Hiede prí- i parlamentario; y del seno mismo qe ▼arse del apoyo militar, porq«» es neeess- | partido salió la oposición qae ha «r masé enflaqneeer su prestigio, y qoeha tenido no escasa parte en provocar la crisis que acarreó la caida del miuisterio; v sin enlazar las aetoalcs complieacioaes, HeviiH- 1 eefiharfto impoede ategmae yig<W ^mi lida doños [x>r el camino del bien, o hundiendo | parlamentario le debía no [wco al general la EspoAa en una sima de que no saidni '■> Marvacz.'lte esta manen se faaüaráa cer- Digitlzed by Gopgl )m militares no di hior.m jamás olvidar <|uc para ellos no hay cunino He salvación, smo OftD^crvuado la seveiiJaii «lu la ilisciplioa ea les subordinadot, y obedeciendo sin restric'- cion (le niníTuna clase las disposiciones emanadas dei trooo: muidar •bedeócado, ▼ obedecer mandando.

NnaslTM ideas con respecto á le preprnideranria militar, las hcmn5 manifestado ya tifias veces, y las hemos repetido al có-«enm»^ artfeelo praMUe: el poder mSÜ*' tar es fucrU; pdNfoe el eivíl es fleco; «e tanto se debe pensar en abíHir aquf I romo en fortalecer a este; la fuerza dei podur ci- Til será la raÍDa del poder militar, que dejará de ser poder v pasará á ser una clase L'omolas (lemas del Kstado. Mofíima combinación política puede estribar eu la fuerza uMiím como eobre<in elemento doradifo: f*<:fn Tü^r/fi puede servir de instrumento para llegar á un fm determinado. puede ser atncHÍar ese^lente para conservar el órden, mientras los elementos de qoe se haya de rodear el poder civil no estén reunidos . ry,4e6eiivueuos déla manera conveniente; ^í'lpA'e'Écode el momento en ffm ee la coneidera como un principio de f^obiemo, hace ¡mpoi^ihlc todo sistema de administración, y pime en inminente peligro para un tiempo ' nm A mema lejano, la niiaítcoiiaefvaeioa d^l r rdi n púUíeo Cuya ' dofenaa se le encomendara.

^ Los hombres de gobierno digniis de este nombre, no poeden eoandorar al poder mh litar bajo otro aspecto, ni tampoco lince i-se la ilusión de que podrán emanciparse de él con la simple Tolnntad. Es necesario atender á loque folta de fin r/.a inoml. para que se pueda prescindir de I;i material; es necesario examinar concienzudamente la situamn del país para conocer cnálea son y dónde es(an. y de mié modo se ¡mdrian avivar yajírupar los elementos verdaderamente conservadores, capaces de dar al poder civil unn fnoiea e^'ctivn. Mas para esto es indispensable estender la vista mas alia de \o» diminutos circuios de la capital; es inmipensable atender al estado de la nación balo mochos aspectos: es indispensable buscar la popularidad verdadera y des<lenar la laolicia, la que dan unosouaáto^ hombres Vffte «o tiefien mas hnporlMcto de la que se les atribuye; es indisi)cnsable pensar en algo loas qáe en aporieacias de eela 6 aqneUa fitoétq«tl*«Ai vio de las cargas públicas, y en tantas otras apariencias, que por una lastimosa confusión de |»a labras, se apeUidan medidas do gobierno.

Hay en Espafia un gnm proliinma qiir ttsolver, y consiste en cumbioar de la manera conveniente lo antiguo coa lo moderno, aprovecjymdo de uno v otro lo qoe poeAi servir p;irn dar ftierza a) poder, ase-rnrríndo el orden publico y fiaoieiilamk^l-ilcbarrollf» de loe verdedtrea ■toiaaes átU^méa l^ bay entre noselroe rigtUMoeaasQs f^undas de nirde^tnr, (pie cs Treo-»sario ( iniunlar el poder publico con otras coudicioaeí» 4e> lo qoe se ha heebo basto aquí v lo -evideiMaH esa inquietud y zozobra en ()ue, nos hallamos de continuo, y que se inanilíeslan de uuu manera lau lastimosa eala rumión poli^ tioa, eoBla-instobiliclad de kjOi^oilMiaoy de las cosas. Esto no pti de desconocerlo quien este dotado de sentido comuu, nuielio menos quilín tenga preteasiones de Immbre político. En Es|wAa no po^e prometerse vcrd.v* • dera gloria sino el que lijando la vista sobre la raíz de losmaks acuiík «K^ofiarlsi fax* siempre, arroSInuido la ímpaf«laridad'i)e-los interesados en que coniiouen, y Iniscando la verdadera gloria que ie decrelária fia •breve Ih gratitud nacional.