Í políticos de resolución inminente, con iscordia en la real familia, con el destierro de un principe, con la caida y destierro del hombre necesario, se levanta' la bandera de la insurrección niiiilnr. se irrita abajo la camariUa, ubajv el sistema lrtbutario\ y los pmlMoa que ealan contemplando miserias deplorablea, que en efecto están agobiados por exacciones que no pueden sorportar, se mantienen sordos ai grito de rebelión, y líelas á sa deber desoyen las sugestiones de.H[|||pinza que naturalmente habían de abrigar después de tanto sufrimiento; prefieren al desorden el continuar padeciendo, porque quieren la pac é toda eosta, y porque eii su buen sentido y en su espenenria conocen qoe no es la eci^nomla, no es el bienestar, lo ü|Mi 'va á resollar de estas insurrecciones militares; anies veo onas ambiciones en pos de otras ambiciones, unos intereses después de otros intereses, unas miserias en pos de otras de otros sufrimientos.
La insurrección ha nacido deliil, y con los dias que lleva de vida no ha podido ro^ buslecersc, de biéndose esta mas bien á la energía gubernativa, al buen espíritu de los pueblos. Si acontecimientos imprevistos DO vienen i im|ralsarla, no es dittoil prever el resultado.*Como quiera, y para tener en cuenta todas las eventualidades. i;onsidcremos sus desenlaces posibles. £slos son tres: 1 la revolucioB eompletaoienls vencedora: 2." el gobierno completamcnle vencedor: 3." una transacción. Conjeturemos las consecuencias en estas tres supoair clones. • - im/fí»ffy ¿Qué signdica la revolución completamente vencedora? la proscripción del partido moderado en masa; la anolacioode todas las reformas políticas y administrativas hechas desde ISI'J en sentido conservador; variación casi total en el personal del ejercito, y modificaciones muy Irascendentolos en su actual organización; restablecimiento de la milicia nacional sobre la base mas anchurosa posible; pronta salida de España de la Reina Madre. Estos son los resoltados inmediatos, ciertos, indudables, que consigo traerla la victoria de la revolución. Pero adviértase, loen qoe estos resoltados soo coosidenáBsen 80 espresion mas peqoefia, mas suave, mas benigna; esto es el mínimum ^ lo absolutamente inevitable. ¿Cuál seria el ouMnfMMi? ¿GuMes el resuhado posible y muy probable? No queremos decirlo, porque nuestra pluma se resiste a describir escenas terribles, mucho mascuan^ do estan de por asedio inslitiieisnts y personas augustas.
Después del resultado inmediato icuál^ serían las Mtimas conseciWBcias? Bneil es sefialarlas; pero desde luego se puede pronosticar con toda seguridad, que los vence-» dores no alcanzarían á consolidar un gobiecno. So Irioofo serla una tempestad: las tompeslades purifican tal ve/, la atmósfera, asuelan el pais, pero nada producen, nada organizan...n -io- Sobre las diiicultades inherentes á la fto** sicion de los vencedores, habría su división profunda, su guerra intestina, (|ue con ningún esfoerzo podrían evitar. ¿Une puede nacerse eon elementos tempestuosos, y que para mayor infortunio están condenados á luchar entre si? Todo peosaaueutA) de reor-' Digitfzed by Google ganizacioD, de gobierno, que surgir imdie- 1 lilucion de 4837, de la reoreanlni ra en medio de tamaña bomnea, toiobraría la milicia nacinal, y de la ra^on con «I infaliblcincntc. Añadid á estas causas la ac- partido prosrosisla. nos rnnvpncemos de la actividad del parUdo moderado, consliluido otra vez eo oposicioQ encarnizada, y en conspiracíoo permanente; añadid lu aversión de la inmensa mayoría nacionnl a las ideas revolucionarias; y veréis uuu seriu una espe-Tania lemeiarii la de fundar an gobierno fegolar y-duiidero. Dinciimcuie creeríamos que se bas:an ilusiones sobre csle particular los hombres pensadores del partido progre-«tsta.
Un desenlace de transacción que hubiera sido imposible hallándose en el poder el general Narvaez, condenado por sus cir- •eunstancias á vencer 6 morir, no lo es del lodo ahora, si bien es menester confesar que todavía es muy diticii. £s indudable qoe una parle de la oposieíon oonserradora ka maníCestado tendencias nada equivocas hacia la unión con el partido projrresisla: en que liav todavia en el mundo un caudal inagotabfe de candidez, que por cierto creímos se había consumido dd todo ron el chasco fjiic sufrieron el entusiasmo del señor Lopet, lu pro\erbial habilidad del señor Corli^ na, y la ponderada sajtacidad de Olózag«i|* Veamos cuáles serán las consecucoclas de un triunfo completo del gobierno. La primera, y que en nuestro juicio es iroporlantisima, seré la de inatflisár al general Narvaez, demostrando con un argumento palpable que no es el hombre necesario para la conservación del orden. Entonces S. E. podria continnar sa^ajé'lt Ñápeles ó I'aris; y el drama de su poder qne en ciertas ocasiones ha presentado, no riesgos de tener ño deseiAa<N^ bria terminado suavemente, de^] para siempre, ó á lo menos por larira teiqÉIla actualidad se oponen á ia unión obslacu- i rada, un obstáculo que impediría la con^^ ios infloperables; pero estos se habrían alla< I dación ^e todo gobierno. * nado en gran parte si la insurrección en l I,a otra fonscciienria de la victoria del vez de limitarse a algunos puntos de Gali- ^ gobierno es la rápida disolución del partido cía, hubiese podido eslcuder su dominio flobre poblaciones importantes de otras provincias. Kii tal caso no ern iinfxtsible que desenvolviéndose con mas fuerza las ideas.y h» instintos de la oposición conservadora,.oyéramos pro|)ünereomo un medio de terminar la discordia civil. un abrazo entre las fracciones que se debían fundir. Repetimos que estoes difieil, pero no imposioie; y probalileniente es.este un pcnsamienU) que habrá bullido en no ¡¡ocas cabezas.
¿Cual seria el resultado de semejante transacción? Para nosotros no tiene duda que le sucedería al jüu lido moderado lo mismo, misniisíroo. que le sucedió al progresista 4ñ 4843; y que en la raina general quedaría enTvelta taubieii la o|)osicion conservadora; cabiendo á sus pro-hombres idéntica suerte que á López, Olózaga y Corliua, en el rompimiento de la famosa coalición.
Desde el momento en que se diese el abrazo á los progresistas, estos quedarían dueños del mando: sí algún obstáculo se iopnsiera á qoe su dominación omnímoda fuese solemnemente reconocida, bien pronto lo haría desaparecer la írresíslibíe fuerza 4e los acontecimientos. Cuando oímos que s del partido conservador hablan dominante, si es que en él ha quedado algo por disolver. En un momenio <fe peligro los piiitlilds amenazados de una caida violenta y desastrosa, esperímeutan una compresión que no permite el desarroKe^llé^wHIlil^ los disolventes que entrañan en so scnb: esto le sucede en la actualidad al partido moderado; bien que dichos elementos son tan poderosos, tan enérgicnsí^qÜli^nMM'M tan críticas circunstancias se puede evitar (juc ejerzan su acción Icrríblemenle destructora. Como quiera se ha podido conseguir que la crísis ministerial se apln08( pero tan dilicil di-hio ser!n avenencia, qne no se la ha podido lograr ni aun por breve tiempo, sino con* la estralli comícíob.de no hacer nada, ni decir nada. Solo el seftor ministro de la Gobernación no ha podido contener su Ímpetu; ha eslendído un instante la anano amenazando á los enemigos; pero ha cruzado otra vez los jírazos como sus compañeros, sumiéndose de nuevo en el silencio mas profundo. ' -j''^"^ Con la victoria sobre la insorreooM de Galicia dcsnpnrecrra la compresión qoe á duras penas consigue su objeto; ^' entonces la oposición, que ni por ira soto instante hft desistido de su empetto á pesar de lo crfli— 'serinwnle del reatabiecimentode la Coast- • co de lascircoBilancías, deaptegará ua at»* Dlgltized by Google que mns general, mas brioso, mas tenaz, que no podrá contenerse sino cediéndole una parte uel fíobicrno. ¿Y se conleul.iria ron una parte? ¿ V habria quien estuviese dis- |¡ IMieslo a cedérsela? ¿Son por ventura pocos i os que se creen con derecho á presidir un gabinete é imprimir á los negocios públicos la marcha tra/.ada en su pensamiento? En la situación a que ha llegado la divergencia de opiniones en punios de la mayor trascendencia, la lucha de intereses, la rivalidad y los Oilios personales, ¿ es posible un acuerdo, una reconciliación, de donde resulte una base sutiriente para establecer un gobierno digno de este nombre? Abrigamos infaliblemente el triunfo de los sistas.
Esta idea nos sugiere progrcuna observacNm que nos parece muy lundada; y es que el partido progresista* sin duda por la impaciencia que ic es natural, no ha mostrado en su oposición al actual orden de cosas, toda la nabilidad (juc era de esperar de «m dilatada esperiencia; puesto (pie ha estado muy lejos de esplotar como hubiera podido, ios medios que de valde le ofrccia la o|K)sicion conservadora. Este era el ponto adonde debia enderezar toda su atención; aqui estaba el asidero para escalar de nuevo I el poder y derribar a sus adversarios. Si dcsla intima convicción de que esto uo es jw- | de que surgió la oposición consenadora, y sible. di* que c) partido dominante esta | estose vcrilicó muy pronto, se hubiesen los ' ' ' ■ progresistas dedicado asiduamente á impulcondenado a conducir su propia disolución t hasta el ultimo estremo, y (jue no hay térroiiM)s babilci^ para reorganizarle.
Esta situación tiene alarmados vivamente á ios hombres pensadores del partido: en medio de esa lucha deplorable en que están agotando sus fuerzas las fracciones que le componen, se levanta á menudo, casi todos los dias, algun i voz que le ad\ierl«! del peligro y le aconseja medios de salvación. ¡Vanos esfuerzos! El mal está en las cosas, y las cosas pueden mas que los hombres.
Precisamente, cuando las circunstancias exigian mayores miramientos, se ha cometido la indiscreción de llamar al gobierno á hombres que, a mas de representar la politica del prmier ministerio Ñarvaez, tienen contra si fuertes antipatías personales en el seno de la oposición conservadora. Tan pronto como el niinisterio, vencedor de la insurrección de Galicia, se vea precisado á manifestar la dirección política que se propone seguir, se veriticara una de dos cosas: ó caerán los señores Mon y Pidal, o la política de estos dominara y absorberá la del Sr. Isturiz. En el primer supuesto, si son llamados al poder los hombres de la oposición conservadora, estaran condenados á la alternativa siguiente: ó abdicar sus principios adoptando los de losSres. Mon y l'idal, en cuyo caso su inconsecuencia levantaría contra ellos á todas las fracciones po-Hticas; ó aplicar riiíurosamente los sistemas que han defendulo en la prensa y en la tribuna. ¿Vauú seria el resultado de este proceder? Lo diremos francamente: si la oposición conservadora se atiene estrictamente á sus teorías, su mando acarreará sarla y esplolarla, es muy probable que a estas horas habrían puesto á la situación en mayon's conllictos de lo (pje han logrado con tentativas violentas. El partido progresista se ha hecho la ilusión de considerarse demasiado fuerte para (|ue necesitase apelar á una conducta mañosa: ha juzgado del estado de la nación por lo que observaba en circuios reducidos, y ha creído posible atacar de frente y á banderas desplegadas lo que debia sucumbir por efecto de \nia estrategia hábilmente combinada, y sobremanera paciente: asi ha consumido sus fuerzasen ata-<|ues desastrosos, y débil y exánime está cercano caer á los pies de sus enemigos: fortuna para él, que la postración de su vencedor le ofrece todavia algunas eventualidades de triunfo, que de otro modo no pudiera esjwrar. ¡ Triste espectáculo el que presenta la lucha de dos partidos cúva respectiva fuerza se cifra en la debilidad de su adversario!.
DEt.
PARTIDO MONARQUICO.
Hidrld 11 de mjuie tSM.
Se ha suscitado en la prensa nna interesante disensión sobre las opiniones del partido monárquico con res¡)e(i(» al sistema reprcscutativo; creyendo ciertos periódicos que en algún órgano de este partido se de- | dajo na choque tan fuerte, tan vito, foe después de cuarenta años esj)er¡nienlamos aun lastiscilaciones que iueroQ su natural resollado. Esta es la^etave para esplkar la hi>tnr¡a de nuestras revoluciones y reacciones; esle es el verdadero punto de vista para abarcar lie uua ojeada el inliiuo enlace de tantos aooBtetíDlíenios, anómalos enapftrieiu ia, pero que en realidad han aído aany naturales.
La aversión á la libertad poHtica Un» progresos y se arraigó profundamente en los ánimos, á medida que fue nmdtt-üdn h opinión de que libertad era smooimo de impiedad. En la última guerra dvil se meieló con los demás eleinetitos de discordia. la cuestión dinástica; y combinándose un conjunto de circunslaucius a cual mas funestas, se ahondó mas y mas ia división entre las españoles, luchando con hornh'i j nrnniiynmiento hermanos con hermanos. lernituadA la gueara civil, mas bien por la astucia que por la fuerza, se balín el partido carlista enteramente privado ¡üílticncia «I los negocios públicos, sin soldados en el campo.
jan entrever actualmente deseos menos esdusivos que los mamíestados hasta ahora. No ha dejado' de indicarse también que ja Esperanza cambiaba alíriin tnnlo de rumbo; lo que se ha pretendido inferir de algunos artículos qt\e ha publicado últimamente para protestar contra la acusaciones de que habia sido!tt;iiiro, y dirigir al |)r()|)io tiempo alíiunttó consejos, eu su concepto saludables, a Ja reorganización del partiao moderado. Recordamos este hecho con la única mira Aft indicare! motivo de circunstancias que nos impele a entrar en díscusioa sobre la materia; pues en cnanto i la Riperansa, tienen sos redactores demasiada ilustración y ía!ent¶ ({ue en nmgun caso hayan menester de nuestro flaco auxilio.
^empre hemos creido, y k» hemos dicho repelidas veces, que en la profunda (iivision I (]ue ha trabajado y trabaja a ios españoles, J^nn las formas políticas como cuestión secañdaria. Estudiando la historia de los primeros años de la revolución, se echa de ver con harta claridad, que la latitud de las formas políticas no fne mal mirada por lama- y con pocos defensores en la prensa: pero yoria de los españoles, hasta que pudieron conocer que las innovacionos políticas acarrearían a la religión lamentables quebrantos. Basta leer los documentos de aquella época para convencerse de que ni las clases privilegiadas, ni aun el clero reírniar, eran decididos enemigos de mayor latitud en las formas políticas. El reinado de Carlos \\, la privanza de Godoy, y las miserias de Ha- Í roña, habían dejado én los ánimos una hue- „...la tan dolorosa y profunda, que no es es- | infelices del Maestrazgo, en quienes traho se oyesen con gusto los proyectos encaminados á evitar para lo sticesivo tamañas demasías. Por desgracia los innovadores políticos mas ardientes, no andaban guiados por el espirito de nuestra anticua Ici^Mslacion, y profesaban odio á nuestras venerandas costumbres: habían bebido en el cenagoso pudo contar desde luego con un poderoso auxiliar: la división rlr «;t!s adversarios.. Vencedor el partido iW>i tai. liesen volviéronse en su seno las gérmenes de discordia que de muy atrás abrigaba: la lucha entre sus fracciones ha sido sangrienta; y este sello es mas difícil de borrar por hab^f corrido ia sangre, no en el campo de batalla, sino en ios cadalsos. El [>nrtido carlista ha podido asistir tranquilo a esas luchas; apaile los la horrible carnicería ipn» deseamos olvidar; los carlistas han permanecido eslraños a todo linage de maquinaciones para subvertir el orden público: no se ha visto á un hombre inlluyente del partido carlista, no diremos ajusticiado, pero ni siquiera encausado por delitos políticos. En esta temporada Ito manantial de la escuela enciclopédica, y en jj pñncipiM monárquicos y reli^^Mosos hangan: sus i>alaliras como en sus obras, se m'ani- " nado terreno en el campo de la discusión.
^«tahajl origen de sus funestas doctrinas, fintonbes INiicedid fo que no podía menos de suceder; una nación profundamente religiosa y que todavtn conservaba los ideas, las costumbres, las losliluciones del tiempo da Felipe II, se halló de repente encarada con hondíres de la escuela de Voltaire, y de la?í'í'imhlea conslituventc; y esto, veriiicamanifestando asi en la tribuna como en la. prensa, que sus reeursoa no se cifraban úbñ camente en la fuerza material, y (|ue podían sostenerse dignamente con iuÜi^ocias inte^i lectuales y morales...s.
Seis aAos de discusión v de sufrí niieaMl^ modifican profundameníe ía -i!'i;\ci(m de un partido: ha sido necesario delender la relt^t du siu preparación de ninguna especie, pro- ' gion y la monarquía con bis armas de la bertad; y es dificil no cobrar cierto cariño á las armas que se han blandido durante larj$o tiempo. Él partido uionárquico ha sentido sus Tuerzas ea ese teneno, BueTo para él; ba tenido tiempo de contarse, y ha dicho: «coa la tribuna y cou la prensa puedo conquistar uo porvenir que me han negado te: acontecimientos ei|el terreno de fai fuerza, n Esta conducta no es villana, no es desleal, uo es como se ba dicho injustamente, el propósito de alcantar por la astocia lo que no.se ha podido lograr con la violencia; por el contrario, es aceptar francamente la naa^jK)sicion creada por lus aconteciniiento«'4«ili4pelar á medios morales, al aseendiente de la razón y de la justi'Ma, para levantarse de un abatiniieuto m (|ue le suiaÍM,.iio la fuerza, sino la astucia. Los que h4l €iil|iado ona conducta tan noble y generosa, han sido nuiy injustos, y han manifestado poca couiiuuzaeu los medios que ellos mÍBÉea ponderaban. Peroles cosas nan seguido su cursQ natnral: los hombres mouár-(juicos han conocido de cada dia mas los vurdudcros intereses de los sa¿$rados objetos <|n»ae iproponen salvar, y han visto que la religión puede consirvarse pura, y el trono puede alcanzar de nuevo su pujanza y es- )leodor, haciendo las concesiones exigidas K>r las circnustancias en que se encueutra a S^wña, y por el espirita dominante en la dilación europea.
ÍUUÍNUiie comprometidos por el'teonode Isabel II hombres sioceramente adictos á los sanos principios, y que amantes de reformas sociales y políticas mas ó menos avanzadas, detestaban sin embargo los escesos de la revolución que ha desolado nuestra|»atria. El iolortunio del partido moderadiMlesde la revolocion de setiembre de 1 840, pareció acelerar la fusión entre bombres que habían estado separados on la cuestión dinástica: en. 4 843 los monárquicos de ambos padÜdÉhse omeron para derribar el poder revolucionario; pero tan pronto como se hubo logrado el objeto, los carlistas fueron tratados cou desden, sicudo arrojados de las urnas eleetonles y ataoados vivamente en la prensa. Entre las varías causas que se combinaban para hacer desvenlaja^a la situación del partido carlista, era el que este MriMUMmndo posición, y no se.bailaba preparado para hacer frente á un aoinileei> mieato que no era difícil prever. 4ü» partidos como los individuos, no pa»> den ejércer una acción deseiibarazada f fuerte, si no aciertan á tomar la actitud que les corresponde, y á lijar el punto bácia el cual deben dirigir sos esfuerzoe. La bandera de los carlislns durnnle la guerra civilj había sido la persona de D. Carlos; después ' de los sucesos de Vergara, hombres fieles á sus oonviedoDes y compromisoe de honor, permanecieron agrupados en torno de la misma bandera, no obstante que la veían \ rasgada. El triunfo de la persona de D. Cárlos era imposible, y una transacción era imposible también. Para tomar una actitud I fuerte, y abrir camino á proyectos conciliadores, era neceaarioqneeii inimrtanado prii!»^ cipe consintiese en retirarse de la escena política, reemplazándole su hijo Carlos Luis: I con este paso tenia el partido carlista una bandera nueva, en torno de la cual podía agruparse sin hacer traiciona sus principios ni laltar a sus compromisos de honor. Desde entonces la coneíliábiM era posible, y uedaba abierto un camino anchuroso por onde podían andar todos los españolas con la frente levantada ^ el corazón tranquilo. ' La angosta hmiha de Bonrges compren^ (lio su posición: el nncianr» principe se retiró a la vida privada, dejando en su lugar á su hijo para que obrase según le dictara su conciencia. Si primer paso del jóven principe fue un manifiesto altamente conciliador, y que solo han podido considerar como poco esplicito los qoe al parecer ereian que una persrna de tan elevada categoría habia de descender á pormenores como en un artículo de periódico. La£spana y la Europa comprendieron perfectamente el sentido de aquellas palabras: nadie ha dudado de que con un hombre nuevo se inauguraba una política nueva. Las palabras eran de paz, y desde aquella época no se ha visto ni una sola tentativa de violencia • las palabras eran de conciliación, acordes cou el es|)iritu del siglo y las necesidades de los tiempos; y desde* aquella época no se ha visto uo solo acto, no se ha referido una.sola palabra, que dejase sospechar en el augusto prmcipe intentos de reacción.
Asi las noticias publicadas por los periódicos, como las que circulan entre las personas mejor informadas, están contestes ef/./ > ^ que el conde de Monleíoolin es miiprinoip^'» t» conocedor del siglo en que vive, y que bus-'^-^ ' Ica con afán poco común en personas de su elevado rango, km nwdm qoe pMden dar- Dlgitl^ed by Go< i le á conocer la verdadera siliiacíon de España, y la poliltca (|ue cunvendria seguir para combinar los elenienlos de iiu fíohierno verdaderanienlc conservador, cou el espíritu de reforma que cardcleriza á nuestro s¡g:lo.
Creerían alfi;unos (|ui/as que el conde de Monleniolin cousuiiiiria sus días en estériles lamentos por la suerte (pie ha cahido á las instituciones antiguas y a la causa de su familia; pi*ro según todas las noticias, el augusto príncipe, couío lodos los hombres previsores, no se acuerda de lo pasado sino en cuanto tiene relación con el porvenir. Soportando el infortunio con aquella dignidad y fortaleza que tan bien sienta en un vastago de regia sangre, se ocupa incesantemente en el estudio de las reformas que se han introducido y se eslan introduciendo en España, leyendo cuanto se escribe, asi en obras como en iHsriodicos, inclusos los que mas hostiles se lian manifestado al proyecto de su enlace con la Heina. r £ste principe ha tenido la mejor educación, que es la del infortunio: escelenle, muy escelente, ha de ser la índole que no se resienta algún tanto de la lisonja de los régios alcázares; pero habría de ser muy mala la ([ue no se enderezase y mejorase mucho con una no interrumpida série de desgracias. El conde de Montemolin, desterrado de su patria desde muy tierna edad, no volvió a pisar el suelo dé España sino para asistir en las provincias del.\orl» al triste desenlace preparado á la causa de su augusto padre por el general Marolo: posteriormente ha vivido en el destierro y en la prisión, hasta falto de medios para sostener el lustre de su categoría: honrosa circunstancia para el y para toda su familia: asi acontece siempre á los príncipes que obedeciendo solo á senlimíentos eh'vados, no cuidan de amontonar intereses con la previsión de la desgracia.
Un príncipe que resnira por espacio de catorce años el aire de la civilización europea en los países mas adelantados; que se dedica continuamente á la lectura de toda clase de e>crilos, aun los mas contrarios á sus opiniones y sentimientos; que vive en una modesta habitación con la sencillez de uu simple particular medianamente acomodado; que ve en torno de sí una terrible lección sobre el abatimiento á que pueden ser conducidas por el huracán de las revoluciones las familias mas poderosas é ilustres; (]ue no oye palabras de lisonja y que vivé mas bien entre amigos líeles que entre ba-> .ios cortesanos, que por toda pompa recibe les convites de Im asociaciones establecidas en el país con objetos de utilidad pública; y que en vez de diversiones á proposito para desvanecer y disipar, acude Cdu incansable asiduidad a los ejerc^píos militares de las tropas del departamento; este priocipe no puede menos de haber concebido ideas mas elevadas, sentimi<'nlos mucho mas varoniles,» que si hubiese vivido en el libio y flojo ambiente de los salones cortesanos. Este prínci[te no puede menos de ser conocedor del espíritu de la época; y debe estar uíuy lejus de aquella infatuación á que están espuestos los personagcs de su clase, y que tan caro les cuesta á ellos, y á las naciones que les están encomendadas.
La conducta del principe de Bourges, será naturalmente la regla de la conducta de sus partidarios: la templanza de la cabeza se hará sentir en los miembros; las exageraciones no son posibles, cuando las aborrece la persona en cuyo nombre se pudieran sostener. Ademas, ¿(juc necesidad tiene el partido roonár(|uico de ser exagerado é intrigante? ¿Es él por ventura quien necesita I de apelar ala violencia para iniluir poderosamente en los negocios públicos?.No por cierto: lo que necesita es libertad en las elecciones, nada mas: desde que esta libertad exista, su porvenir esta asegurado. El partido moitanpiico cumeleria una gran torpeza' si descouliando de sus recursos morales, dejase de emplearlos: estos recursos los tiene ¡ inmensos: el día en que los despliegue, el día en que |>onga en acción una pequeña* parte de lo que acostumbran los demás partidos, su posición será muy amenudo preponderante, y jamás será desairada.
No se atribuya pues a repentinas mudanzas lo (|ue es el resultado de Id acción del ticm[)o, y de la iníluencia que no puede menos de ejercer la conducta digna y templada de un augusto proscrito. Estas causas que van modilicando las ideas en lo que tienen de secundario, y suavizan lentamente las pasiones, continuarán ejerciendoeu adelante! su influencia: y esperamos que al iin la o»—! cion cogerá el fruto de un sistema cucrda-' mente lento y de resultado seguro: los bomi' bres amantes de la unión y de la legalidad, jl deben alegrarse de ese cambio que se va suavemente elaborando no solo en el seno del parlido carlista, siuo laiiil»ica ios de<- | capilat lai>;os y )>ontidu> ai líenlos a la memas. Cada dia va conquistando nuevos prosélitos el sistema de la rcconcdiacion; cada dia van entrando en el hombres latií^ados de discordia. > convencidos de (jue no es |>osible crear un gobierno estable, si no se le da una basa mas anchurosa.
En los meses que lleva de vida el pB^sAMlK^To DK LA Ñacií», hcuios teuido que sostener empeñados debales, luchar con preocupaciones arrai|¿adas, v con pasiones encendidas: momentos ha halmloen que midiendo el camino que nos quedaba que andar autes de conseguir el lin deseado, necesitaiiamos de loda hi l"uer7.a de la convicción para que no se deslizaran en nuestro pecho el desaliento y la desconlianza. Pero ahora ya no es asi: los hechos han venido a robustecer las convicciones, y á enardecer los sentimientos: cada dia que pasa nos trae un nuevo motivo paraespTar que no serán inútiles nuestros esfuerzos por contribuir auna obra ti«n nacional, y que rivaliza con la causa de la independencia en grandor y en resultados. Se atravesaran obstáculos, se ofrecerán grandes dilicnitades; ya lo salwMnos: pero ni estas nos abruman, ni aquellos nos desalientan; v si la Providencia apiadada de las calamidades de esta nación, la libra de golpes que f»ndiera preparar la intriga; si para la resoliK ion de las cuestiones de que depende el porvenir de la España es oido el voto de los españoles: si á los manejos oscuros se los puede combatir al aire libre de la discusión, y las tentativas violentas dejan tiempo para oponerles el ascendiente de la fuerza moral, llegará el dia en que acabe la discordia entre los españoles, y en que á la vista del Dos de Mayo, monumento de nuestra independencia, se pueda levantar otro monumento que sindiolice la reconciliación de lodos los españoles y el término de las guerras civiles.
LA UNION, MadrbI • «W noyu ik UU.
Con motivo de la solemnidad del dos de mayo han dedicado los periódicos de la moria de aquel heroico alzamiento, lamentándose del escaso fruto re|)ortado por la nación de tanta sangre noblemente vertida. Han deplorado algunos la triste posición á que hemos descendido en el rango de las nacionescuropeas.y lo lastimada que.se halla nuestra independencia, esa independencia por la cual se levantó el pueblo de Madrid, y con él la nación entera. Otros, esquivando hábilmente el punto de la inde))endencia, han ponderado la necesidad Je la unión culrc todos los españoles; demostrando la imposibilidad de que acaben nuestros males, si los partidos no deponen sus odios y rencores en las aras de la patria.
Dos hechos indudables resallan en el fondo de dichos escritos: 1." la profunda desunión que trabaja á los españoles: la perdida de nuestra independencia: triste resultado de nuestro beroismo, la guerra de hermanos contra hermanos, y la dignidad menoscabada a los ojos de los estrangeros.
¿Cuáles son las causas de tamaña calamidad? ¿por ventura ha dejado de correr sangre española en los hijos de este suelo? la generación que ha luchado con guerra intestina, y que ha visto lastmiar la independencia nacional, ¿no es acaso la misma que prodigando sus tesoros y su sangre, venció al vencedor de Europa? las inculpaciones reciprocas que se hacen los partidos, ¿sirven acaso para señalar él origen de los males? Si los unos lo hicieron, ¿ por qué no lo impidieron los otros? Si aquellos eran menos en numero, ¿por qué se dejaron dominar los mas? ¿Diremos que la niayor parte de los españoles se había estraviado perdiendo ios sentimientos de nacionalidad é independencia, que tan alto rayaron en la lucha inmortal contra el capitán del siglo? En esas declamaciones, en esas recriminaciones, como enlodo lo demasiado general y vago, se encierra una |)arle de verdad; pero verdad incompleta, mezclada con mil errores, con el olvido de uoos hechos v la alteración de otros; de lo cual resulta un conjunto informe, que oscurecí y csiravia el entendimiento, y no conduce a ninguna regla de gobierno para remediar los males que se deploran. / El dos de mayo es un escclente punto de vista para conocer las causas de la situación de España; mas para aprovecharse de él, es necesario tomarle francamente tal como e.s, ''f%i coinpn/ar allorándolc ron añndiihiras <\n6 están en ovidcntc conlrailiccion con los hechos. Alli acahn una época y comicn- ' "za otra: Iraer al dos de mayo cosas (|ue no uxistian Va. ó no cxisíian todavía, es alrnsnr rt* adelantar la fecha. Ks preciso lomaría lal como es, si<|iiiera hayan de salir contrariados nuestros sentimientos, ó combatidas nuestras o¡)iniones. La verdad, la verdad cu todo; que en la verdad esta la vida <lc los individuos como de los puehios.
Los <|ue (luií'ren enlazar la causa conslilucionn! de España con el lev^ntam¡ento del dos de n>ayo, adelantan la fecha; trasladan aquel lírande ajamiento nacional á la triste ópoea de lo!j motines y pronunciamientos. Los que con motivo de'aquel dia recuerdan nuestras pasadas glorias y deploran su pérdida, atrasan la fecha; erscntimiento de nacionalidad los impele á horrar de las páfíinas de nuestra historia los escándalos y miserias del reinadí» de Carlos IV.
No os verdad que el pueblo español se levantase por una libertad política, de la cual no tenia ni poíiia tener ninguna idea; pero tatnpoco es verdad f|ue la nación española se hallase en 1808 gloriosa y pujante; antes por el contrario, el estallido* de la indigna-,cion popular rcconocia por una de sus causas principales la vista del abatimiento y de la mengua á que nos condujera un gobierno ihdigoo de regir los destinos de una nación grande y generosa.