La Llama empieza así en la página 175 del Manuscrito: Llama de amor viva. Declaración de las Canciones, que tratan de la muy íntima y calificada unión y transformación del Alma en Dios, a petición de la Señora Doña Ana de Peñalosa, por el mismo qUc las compuso, que es el P. Fr. Juan de la Cruz, Carmelita Descalzo. Termina en la página 321. En conformidad con la edición principe, divide en diecisiete párrafos el comentario del tercer verso de la canción III, división que no trae el Códice de Palencia, sino que fué añadida por indicación del P. Andrés. Subsanados en buena parte los descuidos materiales del Códice de donde se trasladó esta copia, tiene pocas variantes con la 17.950, y las demás que hemos visto conformarse con ella. Aparte los yerros señalados, la copia era excelente, y el mismo P. Andrés indicaba que ella y la de Sevilla (Ms. 17.590 de la Nacional), bastaban para la nueva impresión que se hiciera.
ALGUNAS EDICIONES DE LA «LLAMA».
Edición de 1618.— Consecuente el editor con los criterios, ya advertidos, que se propuso en esta edición, introduce muchas variantes en el texto, a juzgar por los Códices que estimamos fieles al autógrafo sanjuanista y están concordes entre sí, y omite con alguna frecuencia párrafos, en general cortos (2). También omite los textos 2 El más largo corresponde al verso cuarto de la primera canción, y fué debido a que aquella doctrina ya la había dado en La Subida y en La Noche. La supresión es de 109 líneas de esta edición, desde la diecisiete del número 17 hasta la seis del 21.
XXX latinos de la Sagrada Escritura que traen los manuscritos. Como se han de indicar en sus lugares respectivos, basta saber que este libro salió de la edición príncipe casi tan mal librado como la Subida del Monte Carmelo, pues si bien los cambios introducidos tienen bastante menos importancia doctrinal que en la Subida, son en cambio mucho más numerosos. La mayor parte se ordenan a dar más corrección y claridad al lenguaje del Santo, que por lo mismo que trata de cosas muy subidas, no fáciles de vestir y escribió el tratado en poquísimo tiempo, se resiente de algunos descuidos, sobre todo en ciertos párrafos.
Ni la edición de 1630, ni las siguientes hasta la de Toledo, subsanaron los yerros de la primera, que se han venido trasmitiendo de unas a otras hasta nuestros días. Numera las Canciones al principio, y también los versos de cada canción dentro del texto. A ella se debe también la división en diecisiete párrafos del larguísimo comento que el Santo pone al primer verso de la canción III, que así se lee con más facilidad.
Edición de Toledo. — Como el Cántico Espiritual, también publicó en primer lugar la Llama en su segunda redacción, y en apéndice la primera redacción de la misma. Algunos párrafos añadidos y modificados, los pone entre comillas, para que el lector fácilmente se dé cuenta del trabajo realizado por el Doctor místico. Advertimos, sin embargo, que con la mayor parte no se practicó esta precaución. Fué la primera que dió a la luz la redacción segunda de este tratado del Santo.
Nuestra edición.— También nosotros publicaremos ambos trabajos, como ya hicimos con el Cántico. Para la primera escogemos la copia de Toledo, y como supletorias las restantes de la misma redacción. La de Sevilla nos servirá para la segunda, sin prescindir de la ayuda que en determinados parajes es preciso pedir a los demás manuscritos. Los manuscritos de ambas redacciones de la Llama responden a las siguientes abreviaturas de las notas: Primera redacción de la *Llama»: A=Manuscrito de los Carmelitas de Alba de Tormes. B=Ms. 6.621, de la Nacional.
C=Manuscrito de las Carmelitas Descalzas de Córdoba. G=Ms: 18.160 de la Biblioteca Nacional. Gr.=Manuscrito del Sacro Monte de Granada. P=Códice de las Carmelitas Descalzas de Pamplona. T=Manuscrito de las Carmelitas Descalzas de Toledo.
Segunda redacción de la «Llama»: Bg.=Ms. de los Carmelitas de Burgos. Bz.=Ms. 8.795 de la Biblioteca Nacional. C=Manuscrito de las Carmelitas Descalzas de Córdoba. P=Ms. de las Carmelitas Descalzas de Palencia. S=Manuscrito 17.950 de la Biblioteca Nacional.
La edición de 1618, que es la única que tiene importancia para el intento de la presente, se citará, como siempre, con las iniciales e. p. (edición príncipe).
Con preferencia citamos las variantes de esta edición, porque son las que tienen más interés, ya que se deben a estudio y propósito preconcebido; así como las que se notan en los manuscritos, en general, son hijas del descuido y de la distracción, muy explicable en aquellos tiempos y en copias de alguna extensión. No señalamos las modificaciones, porque son tantas que atiborraríamos las páginas de notas. Por la misma razón no citamos tampoco todas las variantes de los manuscritos entre sí, sino las que nos han parecido más dignas de mención especial.
xxxu TRATADO DE «LAS CAUTELAS» Siguen en este volumen los escritos cortos de San Juan de la Cruz, las Poesías y las Cartas. No tienen el valor imponderable— salvo el de algunas composiciones poéticas — que los tratados hasta aquí insertos del mismo autor, porque su argumento es más ceñido y de menor empeño, pero son migajas caídas de la misma opulenta mesa ascética y mística. El Doctor del Carmelo es tan consecuente consigo mismo, es tan uno en su doctrina, que apenas hay otro desdoblamiento u variedad en ella, que la que brota necesariamente de su misma entraña al sacarla a la luz de los principios fuertemente sintéticos y desleiría en explicaciones geniales, que nunca pierden el hilo de procedencia, ni por casualidad se quiebra el engarce del razonamiento. Son una especie de comprimidos ascéticomísticos, fruto condensado de altos principios doctrinales, experiencias maduras y exquisitos análisis psíquicos, con que amasó toda su admirable doctrina el grande escritor del Carmelo.
La feliz convivencia de la síntesis y del análisis en el Santo, acusadora de robusta y recia personalidad, se echa de ver en cualquiera sentencia de este hombre callado y reflexivo, que si a veces la conversación fluía mansa y caudalosa de sus labios, gustaba muchas otras de hablar en forma de avisos o sentencias, de donde le vino el remoquete de Senequita, puesto nada menos que por Santa Teresa, que tanto ingenio tenía para resumir en una palabra la calidad predominante de una persona, y que por ser de tan alta procedencia, honra extraordinariamente al Santo, al mismo tiempo que señala una de las notas más prominentes y destacadas de su carácter.
De estos escritos cortos debió de hacer muchos San Juan de la Cruz, que por lo mismo que eran producciones rápidas de la inteligencia, dirigidas a determinadas personas y de índole reservada — las más se ordenaban a la dirección de conciencia — desaparecieron puede decirse en su totalidad. Uno de los principales de entre estos documentos que se salvaron de la universal destrucción, sin duda por su carácter impersonal y de general aplicación a los que viven en los claustros, es el conocido con el nombre de Cautelas. Nueve son éstas, en que el Santo precave al religioso contra el mundo, el demonio y la carne; los tres enemigos señalados por el Espíritu Santo como los más temibles y peligrosos para el hombre. Las dirige a las gentes de claustro que deseen llegar en breve al recogimiento A «LAS CAUTELAS: uzm propio de su estado en silencio, desnudez y pobreza de espíritu, como preparación para la unión con Dios por amor, obsesión continua del Santo en todos sus escritos. Aun en una simple sentencia o aviso, brilla esta idea con destellos más o menos visibles. Las nueve cautelas por su practicidad son de utilización diaria en la vida religiosa, y pueden servir a modo de depurativo cotidiano de toxinas que se filtran en el alma y la inficionan o hacen perder su pureza y perfecta salud espiritual. Por su brevedad, es fácil encomendarlas a la memoria, para echar mano de ellas en cualquier momento de necesidad de espíritu, pues bien seguros podemos estar que en un instante u otro del día hemos de necesitarlas en la vida regular para conducirnos según cumple al ^stado religioso, como se necesita el cepillo para tener limpios de polvo nuestros vestidos.
Las Cautelas fueron una de las primeras composiciones suyas cuando en 1578 se retiró al Calvario y ejerció el cargo de confesor ordinario de las Carmelitas Descalzas de Beas, como ya se dijo en los Preliminares. En las Declaraciones para el Proceso de beatificación del Santo que se hicieron en Beas el año de 1618, Ana de Jesús, religiosa antigua de aquel convento, que confesó con el Doctor Místico muchas veces, dice a este propósito: «Lo mismo hacía con sus cartas, que parecían del cielo, y a esta testigo le escribió tres cartas en particular; y cuando se iba les dejaba unas cautelas de los enemigos del alma y algunas sentencias a cada una religiosa; y las que le dejó a esta testigo, y las demás que pudo haberlas, tiene juntas, y las tiene en mucho para su consuelo» (1). El diligente P. Alonso de la Madre de Dios, tantas veces citado en esta edición, dice, después de dar cuenta de los escritos extensos del Santo: «Otros tratadillos espirituales escribió, que aun no se han impreso— escribía en el primer tercio del siglo XVII—; entre ellos, tengo uno que contiene nueve cautelas para oponernos a los tres enemigos del alma, que a instancias, de las Descalzas de Beas escribió» (2). No faltan tampoco otros testimonios antiguos que hacen mérito de este escrito del Santo, si bien así de las Cautelas, como de otros documentos sueltos suyos, se escaparon a la información de los testigos procesales que mencionan la existencia de la Subida, la Noche, las Canciones y la Llama.
No son muchas las copias antiguas que han logrado sobrevivir a la acción destructora del tiempo. Su misma pequeñez les hacía fácilmente perdidizas; y las ediciones de ellas hicieron inútiles las co- 2 Ms. 13.460, 1. II, cap. 8. Andrés de la Encarnación opina (Memorias Historiales. C, 83), que en su tiempo existia en el Archivo de San Hermenegildo una copia de las Cautelas hecha por este religioso.
IUIV pias, que poco a poco fueron pereciendo casi todas. Si algún escrito del Santo se multiplicó en numerosos traslados fué éste seguramente. Su brevedad y la índole de su argumento eran muy a propósito para multiplicarse en copias innúmeras, y su mucha utilidad espiritual estimulaba a las almas a procurarse algunas. No creo hubiese religioso ni monja carmelitas descalzos, interesados en su medro espiritual, que no manejasen algún traslado de las Cautelas. Salidas en hojas impresas, fueron desapareciendo las copias manuscritas de todos los conventos rápidamente. Con todo, cuando el P. Andrés de la Encarnación giró una visita por los conventos, promediado el siglo XVIII, todavía encontró algunas, sobre todo en Andalucía, como es de ver en los apuntes que nos dejó de su viaje en los Manuscritos que hoy se guardan con las signaturas 3.653 y 6.296, en la Biblioteca Nacional.
En este segundo da particular noticia y traslado íntegro de un ejemplar de ellas que tenían los Carmelitas Descalzos de Málaga, al que el P. Andrés concedía mucha autoridad. Le indujeron a practicar esta diligencia algunas variantes que advirtió con las que corrían impresas. Hablando de este ejemplar malagueño, escribe el P. Andrés en el citado Manuscrito: «Las Cautelas del Santo que aquí se ven, las he hallado en otros trasumptos antiguos: uno de las Madres de Veas, otro deste mismo Colegio de Málaga, con igual diferencia de las impresas que cualquiera notará en la copia presente. Tanta mudanza no parece poderse atribuir a yerro o inadvertencia de los amanuenses, ni me parece tendrá ninguno aliento para corregir tanto de tan excelente obra del Santo Doctor; máxime, que si fuera acción de otro, aunque se hubiera animado a coordinarlo mejor, no hubiese pasado a suprimir los largos períodos y sentencias que aquí se echan de menos. Y así, nos podemos persuadir, que, escribiéndolas el Santo segunda vez (que como obra pequeña no es difícil lo executase), las inmutó de ese modo; o que haciendo ese exemplar (así lo practicó para cada una de las religiosas de Veas con la estampa del Monte Carmelo) [Monte de Perfección], quisiese decir mejor y con método más oportuno lo que estaba tan bien dicho». Firmó estas líneas en Málaga, a 23 de noviembre de 1759.
Nada tiene de inverosímil cuanto dice aquí el P. Andrés. Hemos visto al Santo retocar, no sólo el Monte de Perfección, que el Padre oportunamente recuerda; sino obras como las Canciones y la Llama. Por otra parte habríase necesitado un milagro de transcripción para que en tanta copia de traslados no se deslizasen variantes, de mayor o menor cuantía, debidas a descuidos inevitables; porque la materia de que las Cautelas tratan no parece ser de las que pedían entonces atenuaciones y suavidades doctrinales.
A «LAS CAUTELAS: HIV No salieron impresas las Cautelas hasta mucho después que corrían en manos de todos, en diversas ediciones y lenguas, los principales tratados del Santo. El «Proemio» de la edición de 1618 no hace mención de éste ni de ningún otro escrito del Santo, salvo de los tres que en ella se publican. Fray Jerónimo de San José, que tantas copias vió de las Cautelas, tampoco se dignó publicarlas en su edición de 1630. Y, sin embargo, es muy fácil que el propio P. Jerónimo proporcionase un ejemplar de ellas al P. Andrés de Jesús, carmelita polaco, que se hallaba traduciendo al latín los escritos del Santo, y los publicó en Colonia, año de 1639, donde por primera vez salieron impresas las Cautelas (1). A partir de esta fecha se han reimpreso innumerables veces, aunque las impresiones no tienen particular importancia para el crítico, porque no hacen más que copiarse unas a otras. La primera vez que salieron en España con los demás escritos del Santo, fué en la edición hecha en Barcelona el año de 1693, con este título: «Instrucción y Cautela que ha menester traer siempre delante de sí el que quisiere ser verdadero religioso y llegar en breve a mucha perfección, por nuestro beato padre fray Juan de la Cruz», (págs. 637-640). Antes (1667) las había publicado con algunos avisos el P. Esteban de San José, a la sazón general de la Descalcez.
Como de las pocas copias que quedan, la mejor, sin duda, es la que nos dejó en el citado Manuscrito 6.296 el P. Andrés de la Encarnación, por ella publicaremos las Cautelas en la presente edición, como ya lo hizo el P. Gerardo de San Juan en la suya. Alguna diferencia hay con las ediciones antiguas, y creo no es de tanta con* sideración como algunos frivolamente han supuesto, llevados de la manía literaria, casi siempre de moda, de exagerar los defectos de las obras que estudian, o aparentan estudiar, con jactanciosa suficiencia.
1 De ellas, en la Historia que el P. Jerónimo escribió del Santo (lib. IV, c. 8), dice solamente- "Para más cumplida noticia de los escritos del Venerable Padre, me ha parecido darla aquí de algunos otros tratadillos que compuso, demás de los que habernos referido y andan en sus obras. Escribió, pues, unas cautelas espirituales para religiosos, que será sólo un pliego." Por esta autoridad del P. Jerónimo y por otras antiguas de menor peso y crédito, tenemos por cierto que este tratadito del Santo no fué primitivamente más extenso que lo que es hoy, en la forma que lo conocemos, y que no tiene ningún fundamento Baruzi (Saint Jean, les textes, p. 53) para afirmar que no conocemos más que un fragmento con el nombre de Cautelas.
211 VI INTBODUCCIOK CONSEJOS A UN RELIGIOSO PARA ALCANZAR LA PERFECCION Grande parecido doctrinal y hasta de forma literaria tiene con las Cautelas esta instrucción del Santo a un religioso de la Descalcez que le pedía luz para alcanzar la perfección de su propio estado. La persistencia con que el Doctor místico expone la necesidad de que el religioso no se entrometa en nada del convento que no le incumba de oficio y por mandato de obediencia, sino que se conduzca «y viva en el monasterio como si otra persona en él no hubiese», indica cuán convencido estaba de la eficacia de este consejo en orden al aprovechamiento espiritual, y cuán identificado se hallaba en este extremo de doctrina como en todos, con la Reformadora del Carmen. Es el consejo principal que da a este religioso, que no sabemos quién sea (1), en torno del cual, y como para robustecerle, se agrupan los tres restantes.
Este escrito, de indudable procedencia sanjuanista, ha permanecido inédito, hasta la edición de Toledo (t. III, págs. 9-12).
De este documento del Santo se guarda un antiguo ejemplar en las Carmelitas Descalzas de Bujalance (Córdoba). Compónese de cuatro hojas y media útiles, mas otras cinco en blanco, sin paginar, de 155 por 103 mm. Las hojas se hallan bastante deterioradas. Una de ellas, que hace de cubierta, lleva esta inscripción: «Avisos de nro. pe. Fr. Juan de la -j- y letra suya». La letra de la inscripción es distinta de la de los Avisos. Debajo de la anterior inscripción, se puso por otra pluma: «De nro. Sto. y venerable pe. fr. Ju.° de la +»• Antes de hallarse en posesión de las Carmelitas, estuvo en poder de don Miguel de Porcuna y Cerrillo, comisario en Córdoba del Santo Oficio, quien lo heredó de sus antepasados, que lo recibirían, probablemente, de algún carmelita, por ser la familia Porcuna muy devota de la Descalcez.
Aunque se tuvo en dicha familia por autógrafo del Santo este documento, y más tarde por la Comunidad de Bujalance— de lo cual 1 El tratamiento de caridad que da al que lo dirige, indica que se trataba de algún religioso no sacerdote; porque éstos tenían el de reverencia. No sería improbable que lo hubiera dedicado a Fr. Martín de la Asunción o a algún otro de aquellos fervorosos herraanitos que acompañaron en diversas ocasiones (en viajes y achaques de salud), al Santo, y a quienes éste cobró particular estima: pues sabido es que Fr. Juan de la Cruz siempre hizo muy buenas migas con los hermanos empleados en los menesteres materiales de los conventos.
A LOS «CONSEJOS fl UN religioso» xxxvn nos debemos felicitar, porque gracias a esta falsa persuasión se conservó con tanto esmero —, no hay razón alguna para prohijarle a la pluma del místico Doctor. La letra tiene muy poco parecido con la del Santo, y sólo una devoción respetable, que con frecuencia enturbiaba la vista de las personas devotas en casos similares a éste, pudo presumir el origen que se le atribuyó.
No tenemos inconveniente ninguno en suscribir las siguientes líneas del P. Andrés de la Encarnación, que examinó a su gusto este documento, y dejó escrito su parecer en unas hojas, que todavía acompañan al texto. «Habiendo examinado»— dice— «este cuaderno con la mayor atención y deseo de hallar la verdad dando testimonio de ella, digo lo primero que esta obrita no admite disputa ser una de las de nuestro místico Doctor y Padre San Juan de la Cruz. De esto es clarísima prueba su doctrina, propia toda del Santo y tan uniforme y aun idéntica a la que vemos en los demás escritos suyos, que ninguno versado en su lección, podrá menos de conocer ser todos de una mano y espíritu Digo lo segundo que su escritura no la tengo por original de aquella santa mano. Para lo cual certifico, que habiéndole cotejado con un papel de medio pliego, original del santo Doctor, que se venera en nuestras Madres de Sta. Ana de Madrid con su propia firma, idéntica en todo a la que se ve del mismo Santo en los libros de nuestro Definitorio, se halla casi con evidencia ser de distinta mano los dos escritos» (1). Continúa examinando algunas letras, ya en su trazado, ya en su empleo ortográfico, para venir a la dicha conclusión: Baste leer aquel «Sol i Deo honor ez gloria* con que remata este escrito, para darle libelo de repudio sanjuanista por lo que hace al origen paleográfico.
Otro ejemplar de estos Avisos había en un manuscrito antiguo de Baeza, del cual nos da cuenta el P. Andrés de la Encarnación (2).
1 Firma este documento en Madrid, a cinco de junio de 1757. Lo mismo había dicho en otro documento que se conserva en el manuscrito 6.296 (Noticias de Bujalance) fechado en 31 de mayo del dicho año de 1757.
2 Ms. 6.296: Papeles de Baeza.
XXXVIII AVISOS Hablando en los Preliminares del Santo como escritor (1), dijimos que, según declaraciones de su aventajada hija espiritual Ana María de Jesús, monja de la Encarnación de Avila, siendo confesor de aquel poblado monasterio, tenía el siervo de Dios costumbre de dar billetes y sentencias de espíritu a religiosas que dirigía, y que ella, la propia M. Ana María, había recibido algunos del santo Padre. Como fueron numerosas las almas que allí dirigió, y por espacio de cinco años, muchos fueron ciertamente los dictámenes y avisos espirituales que escribió para ellas, como prolongación y seguro recuerdo de sus enseñanzas habladas. Ni es temerario agregar a los escritos de este género destinados a la Encarnación, otros análogos que haría también para algunas Descalzas de San José y otras personas, así religiosas como seglares, que se confiaron a él durante el tiempo dicho, dedicado exclusivamente al ministerio de la confesión y dirección espiritual.
Todo este abundoso caudal, que constituiría acaso el más rico sentenciario de espíritu que haya existido jamás, se debió de perder muy pronto, pues nadie, ni los biógrafos más antiguos, hace mérito de él, con ser tan cierta su existencia. Si se hubiese empleado discreta diligencia en recoger estas chispitas del ingenio sanjuanista a raíz de la muerte del Santo, es fácil que se habría podido formad un rico tesoro de sentencias y proloquios espirituales de imponderable valor ascéticomístico; pues viviendo aún la mayor parte de las personas dirigidas por él, no habrían tenido reparo en permitir copia de los avisos y dictámenes de conciencia que tenían del Santo, ya que, en su mayoría por la menos, nada encerrarían de tan particular y personalísimo para que no gozasen de ellos otras almas devotas.
Después de la Encarnación de Avila, hizo labor análoga en Beas, Granada y Segovia, que fué donde el Doctor místico confesó más de asiento a comunidades de Carmelitas Descalzas, aunque con el mismo resultado negativo en cuanto a la supervivencia de estos escritos del Santo a sus hijas de confesión. Su parte tuvieron también muchos Descalzos, de quienes el Doctor místico fué guía, principalmente en el Calvario, Baeza y Granada.
A LOS «avisos» XXXIX Algo de todo esto se salvó de momento; pero la pequeñez material de los documentos, la incuria, el tiempo ávido de sustituir añejos valores positivos por otros nuevos, no siempre con ventaja, y movida la maladada persecución contra el Santo pocos meses antes de morir, que obligó a muchos a destruir o poner en cobro documentos suyos, con excesivo, pero justificado temor, acaso fueron causa de que sólo una parte mínima de tanta riqueza haya llegado hasta nosotros, por dicha, en autógrafos del propio Santo, como si la calidad de la arqueta que guardaba el tesoro, nos quisiera resarcir en alguna forma de la parte del tesoro perdido. Cuando el tan reiteradamente nombrado P. Alonso de la Madre de Dios recorrió los conventos de Andalucía para instruir el proceso canónico de la beatificación del Santo, en el segundo decenio del siglo xvii, encontró aún vestigios de esta riqueza sanjuanista, principalmente en Beas, que ha sido el convento que en este extremo más testimonios nos ha dejado (1). Hablando de ello dice el P. Alonso: «Por todos títulos obligaba [el Santo] a sus religiosos y religiosas a ser virtuosos y trabajar por la perfección; y les obligaba con el amor que les mostraba en las obras que les hacía. Y así deponen los religiosos y religiosas que le tuvieron por su padre espiritual, le amaban más que los padres y madres que los criaron, y que de tal suerte les obligaba el varón del Señor a su trato endiosado, que no había dificultad para lo que les ordenaba. Cuando de este monasterio de Beas se volvía al suyo del Calvario, dexaba a cada religiosa una sentencia de la virtud con que conocía podía aprovechar más, en que leyéndolas con fervor se excitasen; y estimábanlas tanto, que aun después de pasados muchos años, vi las conservaban en cuadernos. Decíanle estas religiosas cuando se volvía a su convento cuánta falta les habría de hacer para enseñarlas. El las respondía: En cuanto no volviere, hagan lo que hace la ovejita: rumiar lo que les he enseñado el tiempo que aquí he estado. Y así lo hacían, meditando lo que le habían oído y leyendo sus sentencias en sus papelicos; y cuando volvía, les tomaba cuenta de su aprovechamiento, ponderándoles los descuidos que en ellas hallaba, y poniendo en su punto su solícito cuidado» (2).
Cuanto dice el P. Alonso de la Madre de Dios, es confirmación de lo que algunos años antes había escrito la M. Magdalena del Espíritu Santo, religiosa dirigida por Fr. Juan en Beas, como repetida- 1 Por no tenerle tan a discreción como en Avila y Granada, donde apenas debia de pasar día que no frecuentara el confesonario, pues ya dijimos que el Santo vivia en el Calvario y semanalmente iba a Beas, se ofrecía ocasión propicia para que las religiosas, avaras de las riquezas espirituales de su Director, se las robaran aunque fuera en partecitas tan pequeñas como estas sentencias.
XL mente se ha dicho en esta edición. He aquí sus palabras, hablando del magisterio espiritual del Santo en la dicha Comunidad: «En otras, para afervorar y enseñar el verdadero espíritu y ejercicio de las virtudes, hacía algunas preguntas a las religiosas, y sobre las respuestas trataba de suerte, que se aprovechaba bien el tiempo y quedaban enseñadas; porque sus palabras eran bañadas de luz del cielo. Yo procuraba apuntar algunas para recrearme en leerlas cuando por estar ausente no se le podían tratar, y me los tomaron los papeles sin dar lugar a trasladar. Sólo lo que porné aquí dejaron...En ocasiones que se ofrecieron, escribió nuestro venerable Padre a las religiosas de Beas cartas con avisos y doctrina de grande importancia, así a las subditas, como a las perladas. No sé qué las habrán hecho en más de cuarenta años que ha que yo salí dél para la fundación deste Convento de Córdoba» (1).
No hay derecho a presumir que la M. Magdalena fuera la única, entre tantas dirigidas del Santo que tuviese la feliz ocurrencia de hacer florilegio o ramillete con sus sentencias espirituales. Era costumbre entonces — y aún perdura en algunas— tomar notas de pláticas y exhortaciones, cuando lo que decía el exhortador merecía la pena de conservarse en apuntamientos. Tal comezón sintieron muchos de los que oyeron platicar al Santo, si hemos de creer a sus Dichos en los procesos de beatificación y canonización del Doctor místico. De aquí que en los años que se siguieron a la muerte del Santo fueran bastantes las colecciones de este género que se guardaban en los conventos, sobre todo andaluces, que son los que más pláticas y conversaciones escucharon a este cantor del amor místico, cuando ya había llegado a la realización plena de la santidad.
Claro es que fiados a la memoria primero y transmitidos al papel después, no serían reproducción literal exacta de lo que de sus labios había fluido suavemente, como corriente de aceite que resbalaba mansa sobre la superficie tersa de las almas; pero retendrían, sin duda, el sentido de sus enseñanzas, grabadas en sus corazones como a fuego y buril, con aquel decir del Santo, que parece metía la devoción hasta los huesos, según declaran religiosas que le oyeron platicar. De esta manera se elaboraron diversos sentenciarios o colecciones de Avisos que alcanzaron a ver el P. Alonso de la Madre de Dios y otros coetáneos o poco posteriores al Reformador del Carmelo.
Pero aún existían otras colecciones de más valía que las mencionadas, hechas por el mismo Santo, de las cuales una ha llegado hasta nos- A LOS «BVTSOS: XLI otros; y, con estar incompleta, debe de ser la que más avisos reunía. Me refiero al conocido Manuscrito de Andújar, estudiado por el P. Andrés de la Encarnación y publicado en copia fotográfica recientemente por el P. Gerardo de S. Juan de la Cruz (1). Es un manuscrito de 150 por 100 mm., encuadernado, con pastas forradas de seda encarnada. Hace catorce hojas, aunque sólo tiene once útiles. La primera hoja va en blanco y lleva el número 1. La paginación se hace por hojas y por el mismo Santo. En algún tiempo al coserse estas hojas, la última útil (página 12), se puso la primera descuidadamente. El descuido se ha ha rectificado. En la primera plana de este folio 12 terminan los Avisos. La siguiente va en blanco. Es fácil, por lo tanto que no escribiese más avisos el Santo en esta colección (2).
Es el de Andújar el autógrafo más extenso que poseemos de San Juan de la Cruz y de autenticidad indubitada. Los demás, son cartas, apostillas como las del Códice de Sanlúcar, documentos oficiales de cargos que desempeñó en la Orden y otros parecidos. Dos testimonios acerca de la procedencia de este escrito nos dejó el P. Andrés de la Encarnación. Data el primero de 20 de enero de 1760 y se lee en el Ms. 6.296 de la Nacional. El segundo es del día anterior (19 de enero), en que dice textualmente: «Declaro que, a lo que alcanzo, después de haberle visto con la mayor atención, en el todo y en sus partes, le tengo por original certísimo y escrito de la mano y puño del sublime y santo Doctor místico San Juan de la Cruz, cuya letra original conozco seguramente por haberla visto y manejado por espacio de cinco años...Andúxar, 19 de Enero de 1760 años». El caso es tan evidente, y se han divulgado tanto en reproducciones fotográficas, totales o parciales, que no hay necesidad de insistir más en probar su calidad de autógrafo. Hoy es fácil hacer el cotejo con otros autógrafos que llevan la firma del Santo y se han reproducido por la fotografía (3). Advertimos únicamente, que la letra de los 1 Autógrafos que se conservan del Místico Doctor San Juan de la Cruz. Edición foto-tipográfica...Toledo, 1913. También Baruzi ha publicado una edición muy interesante de este Manuscrito con el titulo de Aphorismes de Saint Jean de la Croix...(París. 1924).
2 Lo que dice el P. Gerardo en la obra citada, de que "la primera y segunda hoja tienen una cara en blanco, lo cual a su juicio proviene de haber el Santo vuelto dos hojas por una al escribirlo", necesita rectificación. Quizá el P. Gerardo se fijó sólo en la forma que le fueron enviadas las reproducciones fotográficas. Como la última hoja, que lleva la segunda plana en blanco se colocó al principio, y en la que seguía, que es la primera del manuscrito, el Santo comenzó a escribir por la segunda plana (folio 1 v.o), resultó lo que el Padre afirma, aunque por la causa asignada, y no por la que el benemérito editor de los Autógrafos del Santo señala.
3 En cuanto a los Avisos, pueden verse en la obra citada del P. Gerardo, donde mi Avisos es menos espaciada y está trazada con más cuidado que la de las cartas. Pero los rasgos y características gráficas del Santo son las mismas que en éstas y que en el Códice de Sanlúcar, donde aún se contrae más el Doctor místico por apremios de espacio.
Más obscuro es el historial de este interesante documento sanjuanista. Un antiguo manuscrito, del que más adelante daremos relación detallada, que posee el Convento de Carmelitas Descalzos de Burgos, copia al pie de la letra buena parte de los Avisos de Andújar y los encabeza con este título: «Este tratadito dio nro. Pe. Fr. Ju.° de la Cruz a la Me. Francisca de la Me. de Dios, Monja de Veas». No dice más el Manuscrito burgalés referente a esto. La noticia no es inverosímil. Los lectores de esta edición conocen ya a la Madre Francisca (1), que con Ana de Jesús y Magdalena del Espíritu Santo y otras, compartió la muy cuidada dirección espiritual en Beas de este incomparable maestro de la ciencia de la perfección cristiana. Su espíritu gustó de los secretos más íntimos de la Mística, gobernado eficazmente por la sabia mano de San Juan de la Cruz. De la M. Francisca, como ya se dijo, existe aún una Declaración firmada por ella a 2 de Abril de 1618 (2), cuando se instruyó en Beas el proceso de beatificación del Santo, donde nos da muy interesantes pormenores de sus relaciones espirituales con el Doctor místico, y de su dirección bienhechora en aquella ejemplarísima Comunidad. La M. Francisca fué quien, por indicación de la M. Priora y acompañada de la hermana Lucía de San José, al llegar el Santo a Beas después de salir de la cárcel de Toledo, le cantó la sabida coplilla que reza: «Quien no sabe de penas en este valle de dolores, no sabe de cosas buenas, ni ha gustado de amores, pues penas es el traje de amadores» (3).
El canto, según testimonio de la misma religiosa, le hizo romper en lágrimas al Santo, y luego caer en dulce éxtasis. ¡Tan aficionado a los trabajos había salido de Toledo!
En este su Dicho canónico afirma la M. Francisca, que en todo mostraba el Santo «haber en su pecho grande amor de Dios, cuyas palabras, hasta sus papeles y sentencias encendían y fervoraban las a continuación publica cartas autógrafas del Santo. También Baruzi reproduce muy bien los folios 5 y 8 v.° El lector puede ver el segundo al final de este tomo.
3 Tomamos la coplilla de la Deposición dicha, pág. 169.
A LOS «AVISOS» XLIII almas de los oyentes en divino amor. Y esto experimentó esta testigo en sí misma, que cuando se ha visto y ve tibia, leyendo algunos papeles suyos, se ha hallado y halla diferente» (1). No es difícil que las sentencias y papeles de que aquí nos habla la M. Francisca sean los Avisos que hoy se guardan en la Parroquial de Santa María la Mayor de Andújar.