Cuando por los años de 1760 los vió el P. Andrés de la Encarnación, pertenecían a los ilustres señores D. Alonso de Piédrola Serrano Valenzuela y Benavides, castellano en propiedad del castillo y fortaleza de Andújar, y doña Elvira Jurado Valdivia Serrano y Cárdenas, su mujer, quienes exhibieron dicho tratado al P. Andrés para saber de su indiscutible competencia si era autógrafo de San Juan de la Cruz, como se venía creyendo en la familia de los Piédrolas, a cuyo mayorazgo estuvo vinculado este precioso librito. Aunque carecemos de datos sobre ello, parece probable que esta familia, noble y piadosa, recibió este original sanjuanista como prenda de gratitud por favores que hacía a la comunidad de Carmelitas Descalzos que desde 1590 había en la dicha ciudad andaluza. Los conventos de la Descalcez teresiana en Andalucía, fueron los más ricos en recuerdos sanjuanistas, por haber pasado allí el Santo lo mejor de su vida y haber escrito en esta hermosa tierra cuanto de él conocemos, salvo algunas canciones.
Por estar escrito por varón tan santo e insigne, siempre gozó de singular veneración el tratadillo de los Avisos en la familia de los Piédrolas. Su último poseedor ha sido el actual conde de la Quintería, D. Rafael Pérez de Vargas, casado con doña Elvira Pérez de Vargas y Pérez de Vargas, condesa de Agramonte. El piadoso matrimonio lo donó en 1918 a la Parroquia de Santa María la Mayor de Andújar, donde vive, y se ha colocado en magnífico relicario, que guarda también una firma de la Santa, en la capilla de Nuestra Señora de la Cabeza, allí de mucha veneración, magníficamente restaurada por los mismos devotos y generosos donantes (2).
El Manuscrito de Andújar carece del prólogo cortito que vemos en el de Burgos, y que sin duda ninguna formó parte en algún tiempo de él, aunque luego se perdiese la hoja que lo copiaba. Ya sabemos que el Santo gustaba de poner prólogos a sus tratados, y también 1 Ubi supra, pregunta XIII.
2 La ocasión para hacer esta donación generosa a la Parroquia, la oímos de labios del Conde de la Quintería cuando amablemente nos relataba cómo había pertenecido aquel Manuscrito a la familia de su mujer desde tiempo inmemorial, sin que pudiera precisar fechas fijas, ni aproximadas, y sí sólo que eran muy remotas. Parece que al morir uno de sus antepasados, se dió orden a un servidor de la familia de que arreglase las habitaciones que la persona difunta había ocupado y rompiese y que- XLIV XLIV se le puso a este de los Avisos o «Dichos de luz», como él los llama, con frase afortunada, pues haz de luz espiritual, desprendido de su inteligencia, saturada ya de ciencia de cielo, es cada uno de estos avisos. El fin de escribirlos y juntarlos lo declara él por estas palabras: «Estos dichos serán de discreción para el caminante, de luz para el camino y de amor en el caminar». No hay en ellos retórica de mundo, porque las parlerías y elocuencia seca de la humana sabiduría «está desterrada de este lugar, para dar cabida a otra elocuencia más honda que baña el corazón en dulzor de amor». Ni la índole de la materia, que exige más bien fórmulas precisas y lapidarias, tolera aquel género grandilocuente, muy peculiar del Santo, que brotaba de las entrañas mismas del asunto, desenvuelto con pleno dominio doctrinal y literario, que admiramos a veces en sus clásicos tratados.
No hay en las sentencias que componen este escrito del Santo el enlace profundo y misterioso que algunos pretenden ver para fines particulares suyos de exposición y doctrina, que les dé un engarce rígido e inflexible. Tienen el general de la perfección cristiana, adonde se encaminan por deliberado propósito del autor y por la intrínseca naturaleza de la enseñanza que encierran. Pero no es unión que no permita desarticular estos avisos, alterar su orden y hacer con ellos diversas combinaciones, sin que el conjunto pierda nada de su ilación. Ni hay en ellos ningún secreto místico, ni nos iniciarán en ninguna experiencia ética, que no nos sean conocidos por sus restantes tratados. La naturaleza de estas composiciones, no es la más a propósito para el desarrollo de sistemas místicos, ni tal idea pasó nunca por la mente de San Juan de la Cruz. Son los Avisos más ascéticos que místicos, y para hacer resaltar en muchos de ellos esta segunda calidad, es necesario encuadrarlos en aquellos parajes de sus tratados verdaderamente místicos con los que tienen afinidad de doctrina, y allí, con antecedentes y consiguientes, apreciar la parte mística que les corresponde en relación a todo el sistema (1).
Después del vigésimo quinto aviso, viene lo que el propio Santo mase los papeles que no tuvieren importancia. Poco tiempo después, la misma persona que dió tal orden cayó en la cuenta de que entre los papeles se hallaba el tratadito del Santo, y asustada de que hubiera podido éste ser quemado, acudió en seguida al lugar donde se hacía la selección de los papeles dichos, con tal oportunidad, que si lo verifica unas horas más tarde habría perecido entre las llamas el precioso Códice, puesto que ya estaba entre los condenados al fuego. Para evitar futuras parecidas contingencias, los señores Condes de la Quintería, determinaron, muy acertadamente, donarlo a la Parroquia, donde, con toda la seguridad apetecible y conveniente decoro, se halla expuesto a la admiración y veneración de los fieles.
1 Se advierte esto a propósito de ciertas afirmaciones que hace Baruzi en su itada obra Aphocismes...A LOS «AVISOS: XLV llamn «Oración del alma enamorada», que es una especie de paréntesis en la sequedad exigida por los proloquios, en el que el piadoso autor derrama su corazón en actos de profunda ternura y humildad de la mejor ley, para proseguir luego en el ritmo primero hasta la conclusión. Y no es exacto, a lo que alcanzamos, lo que dice el aludido autor, que el recuerdo lírico de la oración del alma enamorada no se borra jamás. Allí no se oye otro lirismo que el chasquido seco de las disciplinas ascéticas que aplica al alma en sus enseñanzas habituales de purificación de sentidos, mortificación de apetitos, negación de la voluntad, soledad en Dios, como medios de conseguir ser inscritos en aquel afortunado grupo, muy reducido, según autoridad evangélica, que el Santo recuerda en uno de los últimos avisos, cuyo lirismo no vemos por ninguna parte: «Mira»— escribe el Santo— «que son muchos los llamados y pocos los escogidos; y que si tú de ti no tienes cuidado, más cierta está tu perdición que tu remedio; mayormente, siendo la senda que guía a la vida eterna tan estrecha». Los demás avisos que le siguen no le van en zaga en punto a doctrina terminante, sencilla y desnuda de entusiasmos líricos, enderezadora de las almas a la consecución de la vida eterna.
No hay que poner misterio donde no existe, y en esí' can Juan de la Cruz no da ninguna doctrina esotérica para cuatro iniciados de escuela, sino clara y terminante para todo el que sienta sed de perfección divina.
Tampoco hay secreto ninguno en la calidad de las personas a quienes dirige este tratado (1). Lo dedica a todos los cristianos que deseen adelantar en virtud, y con preferencia a los habitadores de los claustros carmelitanos, ni más ni menos que los demás escritos suyos. La doctrina de los avisos no se ciñe a ningún estado particular; es aplicable a todos los buenos, aunque el religioso se halle en mejores condiciones de practicidad virtuosa. Seglar era D.a Ana de Peñalosa y abastada de bienes, y. sin embargo, el Santo no tuvo reparo en dedicarle su más avanzado y lírico tratado místico. Esta parece ser la pura verdad, y así lo han entendido todos hasta estos tiempos novísimos, dotados, a lo que parece, de una segunda vista para descubrir montañas allí donde no se habrían apreciado más que caminos llanos y muy andaderos para la inteligencia, aunque no tan fáciles para la voluntad.
1 Es nuevamente Baruzi quien pregunta con misterio en el citado opúsculo (página XIV), si lo compuso el Santo para personas que viven en el mundo, en el claustro, o más bien pensaba en un autor ideal. La mayor parte de los avisos, aun sin excluir los escritos a determinadas personas, son de sentido y aplicación general, aunque con alguna modificación para adaptarlos a la práctica.
XLVI XLVI Copias del escrito de Andújar.— Por las escasas referencias que hallamos en los documentos antiguos relativos al Santo, en el siglo XVII apenas debió de ser conocido de nadie este autógrafo sanjuanista. Ni siquiera el P. Andrés de la Encarnación, que recorrió los conventos de Andalucía en diligente rebusca de originales y copias de escritos sanjuanistas, en época en que los archivos claustrales aún no habían sufrido ningún saqueo, tropezó con copias que le trasladaran. Esta escasez podría indicar lo remoto de la fecha en que el autógrafo fué entregado a la familia de los Piédrolas.
Copia de Burgos.— La única de importancia, aunque sólo traslada los cuarenta y nueve primeros avisos, es la que pertenece a los Carmelitas Descalzos de Burgos. Forrada en pergamino, de 117 por 105 mm., consta de veinticuatro hojas útiles, de letra del siglo XVII, muy en sus comienzos. El P. Andrés de la Encarnación la paginó por hojas y números encarnados. Al principio venía una hoja en blanco, que luego se arrancó; y al fin, en blanco también, otras dos, en las que, muy adentrado ya el siglo XVIII, se pusieron dos sendas listas de los días que se podía ganar indulgencia plenaria y sacar ánima del purgatorio. La primera hoja útil, en la que da comienzo la paginación, se encabeza así: «Jesús M.a Este Iratadito dió nro. Sto. Pe. fr. Ju.o de la Cruz a la Me. Franca de la Me. de Dios, monja de Veas». En seguida comienza el prólogo, y los Avisos. Copia muy bien éstos hasta el cincuenta exclusive de esta nuestra edición, y por el mismo orden que se hallan en el autógrafo de Andújar. Al finalizar este aviso, se tira una línea horizontal, que alcanza casi todo el ancho de la plana, y de la misma letra se continúan trasladando hasta cuarenta y dos avisos que no se hallan en el referido autógrafo andujareño, sin indicación ninguna— tampoco la tienen los anteriores— de dónde se hacía la transcripción. Unicamente, al terminar el último de los avisos dichos, pone el copista: «lo qual es de nro. Ve. Pe. Fr.
Ju.Q de la -f-». Estos avisos también van dirigidos a una religiosa de Beas, y ya vieron la luz en la edición de las obras del Santo que en 1693 se publicó en Barcelona. También los traslada, como luego se dirá, la copia que hoy se guarda en el Centro de Estudios Catalanes de Barcelona. Los avisos del mencionado manuscrito burgalés nos parecen legítimos del Santo, no sólo por hallarse en copias tan antiguas y autorizadas, sino por razón de la doctrina que contienen y de la forma en que están expuestos.
En la siguiente hoja, página 10, el mismo amanuense escribe: «Sentimientos en orden a la perfección», y al margen, de la propia letra: «Nro. S.° Pe. Fr. Ju.° de la -f-». Y luego, copia otras dos A LOS «AVISOS: XLVI) hojas de avisos, precedidos de esta advertencia: «Nuestro Santo Padre, tratando de cuán estrecho es el que camino que guía a la vida, dice así: «Querría yo persuadir a los espirituales...» Traslada exactamente el párrafo que en esta edición hace el número 8 del capitulo VII del Libro II de la Subida, y a seguida las sentencias en número de quince. No creo son literalmente del Santo, sino extractadas de sus escritos, por eso no los publicamos. Siguen otros documentos sin importancia, y algunas poesías, de que adelante trataremos.
Copia de Barcelona.— En el Instituto de Estudios Catalanes (Biblioteca de Cataluña) y encuadernados con otros varios documentos se halla un manuscrito de tres hojas y media que contiene avisos del Santo, encabezados con este título: «Este papel se sacó de otro de nuestro santo padre fray Juan de la Cruz que se halló en el convento de Beas». Como el de Burgos y la edición de 1693, comienza por el Prólogo «También, oh Dios y deleite mío», copia como ellos los cincuenta primeros avisos de Andújar; y, como ellos también, bajo el rótulo «Puntos de Amor» continúa trasladando avisos del Santo. Hasta el cuarenta y dos, que habla de las condiciones del pájaro solitario hay uniformidad en ambos manuscritos y con la edición dicha; en cuanto a los restantes, hay algunos avisos que se leen en el Manusw crito de Barcelona y en la edición (Burgos termina en el 49), y los restantes en esta última solamente, que sin duda tuvo a la vista un traslado más copioso que los dos manuscritos citados. En notas puestas en sus lugares respectivos se indican todas estas particularidades.
Por lo que antecede, bien se deja entender que de los avisos del Santo, o atribuidos a él, unos fueron escritos directamente por el Doctor místico, otros fueron apuntados por hijos suyos de confesión, de pláticas o conversaciones que le oían, y otros sacados de sus obras, bien al pie de la letra, bien en suma o síntesis. De los primeros no han quedado autógrafos más que los de Andújar y alguna copia, como la de Burgos. De los segundos y terceros son buen número los que corren en las ediciones de las obras del Santo. Muchos— quizá la mayor parte— de los que proceden de la enseñanza oral, fueron tomados por carmelitas descalzas en las ocasiones dichas, así como los entresacados de los tratados, son obra de los religiosos. Primero el P. José de Jesús María, y luego el P. Jerónimo de San José, a los conventos donde sospechaban había alguna colección de avisos del Santo pidieron copia de ellos, y así debió de nacer la de los cien avisos que el P. Jerónimo remitió al editor de la impresión latina de los escritos sanjuanistas (Colonia, 1639), donde por vez primera vieron ILVUI la luz, aunque en la lengua de Lacio (1). Estos mismos cien avisos quiso luego publicarlos en castellano en el libro VIII que tenía escrito para su Historia de San Juan de la Cruz, que salió en Madrid en 1641, pero sin dicho libro VIII.
Debemos estas preciosas noticias al P. Andrés, que vió este libro en el Archivo general de la Orden y habla de él en estos términos: «En el almario 5, Códice 3, número 21, hay un pedazo de la Vida de nuestro Santo Padre, que escribió, según puedo colegir, fray Jerónimo de S. Joseph, el que se debió mandar quitar de aquella vida, pues no se halla en ella. En él se hallan las 100 sentencias de Nuestro Santo Padre y otros 19 avisos, a más de otros que se borran allí, con otros afectos y aspiraciones del Santo, que son mucha parte de las dos oraciones que se ponen al principio (digo de la del fin) y fin del Sentenciario de Sevilla. Según lo que allí se previene, estos avisos se los enviaba el Santo con las cartas a las religiosas de Beas, los cuales, dice, después las religiosas han juntado y hecho un tratadillo de ellos. Y haciendo distinción de ellos, dice que los que eran para las religiosas o contenían afectos del siervo de Dios, los ponía primero. Y de los demás, escribe, que son más generales y concisos, y por eso más a propósito para documentos, formaremos un sentenciario espiritual para toda alma devota. Pone primero los 19 que dije y varias aspiraciones tomadas de sus oraciones con que termina su Sentenciario en la de Sevilla. Al ir a poner las 100 del antiguo Sentenciario dice: Escribía el Santo avisos, no sólo para las religiosas de Beas, sino también para los religiosos del Calvario. Y que porque no perezcan los pone allí. «Porque estas sentencias y algunos otros tratadillos breves y sueltos que compuso, como no les ha alcanzado aún el beneficio de la estampa, por irse hallando de nuevo, están muy a peligro de perecer o adulterarse en varios manuscritos, si no los aseguramos en la Historia del Venerable Padre». Antes del dicho Sentenciario pone la oración que está antes en la de Sevilla, aunque deja mucho de ella; y al fin, parte del principio de la que aquélla tiene en su término. Las Sentencias, aunque son las mismas substancialmente, apenas hay una que no varíe en las palabras de lo impreso. De lo dicho se sigue, que el Sentenciario antiguo no le es- 1 En Memorias Historiales, B, 31, escribe el P. Andrés: "En un tanto de una carta latina que se halló suelta al principio del Cód. del núm. 14 de N. Fr. Gerónimo de S. Joseph, a fray Juan M.a de S. Joseph., prov. de Alemania, escrita desde Alcalá, en las nonas [día 5] de enero de 1632, consta que deseando aquel padre traducir en latin las obras del Santo y pidiendo otras que por acá se hallasen por estamparlas todas juntas, remitió dicho Fr. Gerónimo 4 opúsculos: cautelas, epístolas, poesías y sentencias."
A LOS «AVISOS: ILU cribió en aquella forma el Santo, sino que fué formado por dicho Padre, y después enmendado por él o por otro» (1).
No habiéndose publicado la colección de los cien avisos que tenía preparados el P. Jerónimo de S. José en la extensa Historia que editó del Santo, salieron en la edición de las obras del Doctor místico, hecha el año de 1619 en Madrid. Vienen al principio, a continuación de las aprobaciones censorias y de nueve cartas del Santo. Este Sentenciario se reprodujo en las restantes impresiones de las obras del Doctor carmelita, hasta la de 1703, de Sevilla, que publicó trescientas sesenta y cinco sentencias, una para cada día del año.
En 1693, salía de las prensas de Barcelona nueva edición de los escritos del santo Doctor, con la grata nueva, que no tuvo luego aceptación ninguna, de publicar buen número de avisos de la colección autógrafa de Andújar (los cuarenta y nueve primeros, según se ha dicho) y otros muchos que no se leen en aquella colección, pero que, de fijo, debían figurar muchos de ellos en otras dignas de entero crédito sanjuanista. Cierto que según péteima costumbre de la época, no se da cuenta de esta importante innovación más que de una manera tímida e imperfectísima. En la portada se dice: «Hanse añadido en esta última impresión unas cautelas contra los tres enemigos del alma y algunos fragmentos de avisos y sentencias de el mismo autor, que contienen admirable y superior doctrina». A esto se reduce la ilustración y noticia que el editor nos da de las mejoras aportadas a su edición en la Ciudad Condal. La innovación dicha merecía más largo comento, pues era la primera que entraba en la publicación de los Avisos por el buen camino.
No sabemos quién fué el editor y autor de tan excelente obra. Un tal Vicente Suriá la dedica al ilustrísimo señor don Manuel de Alba, obispo de Solsona y electo a la sazón (20 de julio de 1693) de Barcelona. La publicación de los nuevos avisos nos parece obra de los Carmelitas Descalzos de Madrid, que remitirían al editor la colección que les pareció mejor de las varias que debía de poseer para entonces el Archivo Generalicio de San Hermenegildo. Al principio del tomo, antes de los tratados, se insertan los cien avisos que se venían publicando desde la edición de 1619, arreglados por el P. Jerónimo de San José, y después de la Llama se publican las Cautelas y los nuevos Avisos (pág. 610-652) con el título siguiente: «Doctrina y Avisos que el Beato Padre fray Juan de la Cruz dava a sus hijos y hijas quando les hablava en común y en particular». Comienza por el prólogo y copia los primeros cuarenta y nueve avi- L sos 9 la «oración del alma enamorada», con el mismo orden y redacción que se leen en el autógrafo de Andújar.
La colección que sirvió al editor para su publicación era casi igual, aunque algo más rica, a la de los Manuscritos de Burgos y de Barcelona. Copia los mismos avisos del Autógrafo que éste, y luego prosigue insertando idénticas sentencias hasta la que habla de las condiciones del pájaro solitario, inclusive. Todavía continúa añadiendo la edición algunos más (dieciocho), y el titulado de las doce estrellas para llegar a la suma perfección.
Todo esto parece indicar que había muy antiguas colecciones o sentenciario que en parte copiaron los mismos avisos que se leen en el autógrafo de Andújar, pero luego se separaron de él, sin saber por qué, trasladando sentencias distintas de las que en aquél se insertan. Como, por otra parte, tales sentencias se advierte que no tienen adobos ni amaños de ningún género, sino que se arrancaron de la misma cantera que las que aún se conservan en originales autógrafos, es justo deducir que el Santo hizo diversos sentenciarios, aunque sólo uno se haya conservado de su letra.
Poco duró el buen propósito ejecutado en la edición barcelonesa del 1693, porque ocho años más tarde salía a la luz en Sevilla una obra titulada Avisos y Sentencias espirituales..., por el extático y sublime Doctor mystico el Beato Padre San Juan de la Cruz..., que realiza en esta materia de los Avisos una honda y completa transformación. La editó en la ciudad del Betis Francisco de Leefdael, que la dedica a San José, de quien fué muy devoto, acaso por la familiaridad en que vivió siempre con los Padres Carmelitas de Sevilla. En la advertencia del «Impresor al lector», escribe, entre otras cosas, que «habiendo muchas almas devotas y muy afectas del Beato Padre que, o por muy embarazadas en negocios, o por su grande pobreza, no pueden gozar de la doctrina del Santo con toda su plenitud en el cuerpo de sus obras, doy a la luz común aquestas másimas, para que en ellas, como en compendio y breve suma de toda su doctrina, hallen dichas almas el alivio, consuelo, luz y dirección para conseguir la perfección a que aspiran. Motivo que tuvo mi paisano Francisco Foppens, que el año de 1582, las imprimió junto con las Exclamaciones de la santa Madre y seráfica Doctora Santa Teresa de Jesús». A los Avisos y Sentencias que en tratado aparte escribió el Beato Padre (cuyo original vinculado en una familia noble de España (1) he tenido en mis manos), se han añadido en esta última impresión otras muchas, entresacadas como escogidas flores del ame- 1 Alusión evidente a la familia de los Piédrolas en Andújar.
A LOS «AVISOS» LI no huerto de sus obras y cartas que escribió a diferentes personas y están en la Historia de la vida del Santo Padre escrita por el P.Fr. Jerónimo de S. José...Van asimismo dispuestas y reducidas a clases, según el orden y graduación de las virtudes que los teólogos señalan con el angélico doctor Santo Tomás...» Continúa dando cuenta de los tratados breves que incluyó en esta obra, de algunos de los cuales habremos de hablar más adelante.
Distribuye los Avisos y Sentencias en veinticinco clases y a cada clase pone un titulo, que señala la calidad de los avisos que comprende: «Imitación de Cristo-, «Virtudes teologales», «Apetitos desordenados», «Temor de Dios», etc. Puede decirse que en las clases dichas incluye la doctrina principal del Santo en forma abreviada. Comienza por el prólogo de los Avisos de Andújar, pero muy variado con intención de mejorarlo literariamente. Las sentencias se toman las más de las obras del Santo, citando al margen la procedencia. En la página 50, incluida en la clase VII. publica la «oración del alma enamorada», harto cambiada y añadida de como la trae el autógrafo de Andújar. A veces, con las sentencias se entrelazan poesías del Santo y también de Santa Teresa. En suma: la edición puede ser muy útil para los fines que se propuso su piadoso autor, pero para la reproducción fiel de los avisos del Santo no sirve de nada (1), y fué obstáculo para que se continuasen publicando los de la edición de 1693.
La edición de Sevilla de 170o, después de los cuatro tratados y las Cautelas, publica los «Avisos y sentencias espirituales por el Beato Padre San Juan de la Cruz» (pags. 464-488) y termina con la «oración del alma enamorada». De los cien avisos que se venían publicando en las obras del Santo, se pasó en esta edición a trescientos sesenta y cinco, tomados los más de la obra que acabamos de hablar, publicada el año de 1701 en la misma ciudad e imprenta. El editor P. Andrés de Jesús, hablando en la Introducción de los Avisos, escribe: «Lo 4 he tratado de los Avisos y sentencias, que en las impresiones antecedentes no han pasado de 100 (y aun en algunas de ellas están sin el Prólogo e Introducción que les hizo y compuso el mismo Santo Doctor), en ésta se ha aumentado hasta el número de 365. Muchas de ellas se tomaron de un fragmento original de dicho tratado, escrito de letra del mismo Santo Padre, y como joya de mucho valor y estima tiene vinculado la muy noble y piadosa familia de los Piédrolas en la ciudad de Andújar. Las otras, hasta cumplimiento de dicho número, se han entresacado de algunas cartas y de los cuatro tratados 1 Sin año de impresión, y en el mismo tamaño, se reimprimió esta obra en la Imprenta de los Padres Carmelitas Descalzos de Barcelona algún tiempo después.
LII principales que componen estas obras, para mayor conveniencia y utilidad de los lectores; si bien para distinguirlas de las otras van anotadas con una * ».
El P. Andrés de Jesús, preparador de esta edición, como es dicho, lo fué también, más que Francisco de Leefdael, que entendía poco de la parte doctrinal de estos libros— su competencia era más bien tipográfica—, de la obra impresa en Sevilla dos años antes con el título de Avisos, etc. Por eso, principalmente, aprovechó en grande parte el trabajo allí realizado para los avisos que en esta edición publica. El mismo prólogo, las mismas sentenias, con leves retoques algunas, y parecida clasificación y distribución. Hasta la «oración del alma enamorada» se publica lo mismo que en la edición de 1701, con haberse hecho allí tantas adiciones al original.
Este Sentenciario se reimprimió luego en todas las ediciones de los escritos del Santo. El P. Andrés de la Encarnación, en el Manuscrito 3.653, Previo 4.°, que titula «Prevenciones para los que cuiden de la impresión...», deseaba se publicasen cinco clases de sentencias. En la primera, incluía las de Andújar. En la segunda, las cien sentencias de la edición latina de 1639 y en la española de 1619.
A la tercera destinaba los contenidos en los legajos señalados en el Archivo de San Hermenegildo con las letras V y K, con algunos más que allí había remitido el Definidor General de Cataluña, que no nombra, y otros avisos de Bujalance, Baeza y Desierto de las Nieves, hoy desconocidos todos, menos los de Bujalance. Los del Desierto de las Nieves puede ser que se refieran a los de la M. Magdalena del Espíritu Santo, de que ya se hizo mérito. Para la cuarta clase, reservaba los que había en el Códice de Ecija y otros del citado legajo, con la signatura K. Para la quinta y última, remitía el P. Andrés un traslado, que no sabemos cuál fuese, ni qué contenía; porque ya se ha dicho muchas veces que el Archivo de San Hermenegildo de Madrid, donde se hallaban reunidos estos documentos, se perdió en la expulsión de los claustrales del siglo pasado, y muchos de los manuscritos allí juntados y clasificados con tanto trabajo y desvelo, no pasaron desgraciadamente a enriquecer los fondos de la Biblioteca Nacional, donde es de suponer que se hallarán los existentes al amparo de nuevos vandalismos literarios e históricos.
Poco hemos perdido en que este plan del P. Andrés no se realizase. Persistían en él los antiguos amaños y remiendos puestos a muchos— a casi todos— los avisos del Santo. Lo mejor era el proyecto de publicar los de Andújar, suponemos que en su pureza original; pero este propósito no se realizó hasta la edición del P. Gerardo de San A LOS «flVTSOS: Juan de la Cruz (1), que publica también las consabidas trescientas sesenta y cinco sentencias. Las setenta y cinco primeras son reproducción fiel de las que se leen en el autógrafo de Andújar; las restantes se toman de la conocida edición de Sevilla (1703), con sus mismas divisiones y clasificaciones.
Nosotros, habida cuenta que no poseemos en la actualidad más fuentes de confianza que la de Andújar, Manuscritos de Burgos y de Barcelona y edición de 1693, a ellas ajustamos el Sentenciario, con el aditamento de alguno que otro aviso, de cuyo origen sanjuanista tengamos suficientes garantías, Así, verbigracia, los diez que publicamos de la M. Magdalena del Espíritu Santo (págs. 248-250), y los catorce que salen con el título de «Otros Avisos» (página 250), que nos ha conservado el P. Andrés de la Encarnación en un traslado que de ellos hizo de una copia que en su tiempo había— hoy no existe— en las Descalzas de Antequera, los cuales se leían a continuación de los de flndújar, escritos por la misma mano. Son por lo tanto antiquísimos, y nos parecen del Santo. (Cfr. Manuscrito 6.296). La copia del Padre Andrés lleva fecha de 3 de noviembre de 1759, cuando andaba tomando notas en todos nuestros archivos de Andalucía.
Tanto los cien avisos de las primeras ediciones, como los trescientos sesenta y cinco de la sevillana y posteriores a ella, son arreglo de ajena mano, o pensamientos sacados de los tratados del Santo, que, al fin, no son avisos dados ex profeso por su autor; y tal vez tuvieran cabida más oportuna en un «Indice de cosas notables». Con esto lograremos dar a los lectores en esta materia tan embrollada de los Avisos, mercancía legítima, sin mezclas y aleaciones, que en estos casos por buenas que ellas fuesen, siempre serían reprobables y dignas de eliminación. Queremos frutos sazonados y cogidos en el árbol mismo del Místico Doctor, no los transformados por otras inteligencias. Para lo que éstos tengan de edificantes, están las ediciones especiales, que deben llevar sello propio, y de ninguna manera impronta sanjuanista.
1 Cfr. t. III (Toledo, 1914). En la página XXVI y siguientes da cuenta del Sentenciario de su edición.
LIV OBRAS PERDIDAS DEL SANTO. O ATRIBUIDAS A SU PLUMA.