No se ha podido dar hasta el presente con un cuaderno del Santo, que es casi cierto que lo escribió, relativo a ciertos milagros que se obraron en su tiempo en el santuario de Nuestra Señora de la Caridad, imagen venerada en el pueblo de Guadalcázar, entre Córdoba y Ecija, y paso obligado antiguamente para los que del norte de Andalucía se dirigían a Sevilla. La historia de estos milagros la trata con bastante extensión y fidelidad el P. Francisco de Sta. María en el tomo II de su Historia de la Reforma de los Descalzos de Nuestra Señora del Carmen, libro VI. capítulo 42 (1). Se trataba de una imagen de talla de Nuestra Señora, que para las funciones de Semana Santa se había llevado a una capilla que tenia un pequeño hospital construido en las afueras del pueblo mencionado, donde radicaba una. cofradía. Enfrente, y a corta distancia de la Virgen, hallábase otra de Jesús Crucificado, y cierto día, en un momento dado, el Crucifijo hizo varias inclinaciones como de acatamiento a su Santísima Madre.
Los que estaban en la capilla quedaron sobrecogidos y como aterrados ante este hecho tan sorprendente y lo divulgaron por todo el pueblo. El hecho se repitió muchas veces, y las imágenes de Guadalcázar adquirieron celebridad universal, y fueron visitadas no sólo de qentes venidas de todas las provincias de España, sino también de pueblos extraños muy remotos. Fué un caso parecido al que en nuestros tiempos ha ocurrido en Limpias. Los procesos que la autoridad eclesiástica hizo de los fenómenos extraordinarios ocurridos con las santas imágenes, se guardaron durante siglos en el converíto que del Hospital de la Caridad hicieron los Carmelitas Descalzos.
1 Algunos datos añade a la Crónica un cuaderno de J*í hojas (21X15 cms), de letra del siglo XVII, que poseen las Carmelitas Descalzas de Córdoba y que fué propiedad en otro tiempo de los Carmelitas de Guadalcázar, según rezan dos advertencias que en é! se leen: una al principio, en una hoja que dice: "Del Convento de Carmelitas Descalzos de la villa de Guadalcázar, obispado de Córdoba." Después del prólogo viene la otra: "Es este libro del Convento de Carmelitas Descalzos de la villa de Guadalcázar. Advierta esto quien lo tuviere, porque tiene graves censuras si no lo entrega en el convento mismo." Esta advertencia se puso en previsión de que alguno tuviera la tentación de hurtárselo al convento. Algún religioso de los exclaustrados, quizá, tuvo el buen acuerdo de depositarlo en las religiosas de Córdoba, que con tanto celo y esmero vienen conservando no pocos recuerdos antiguos de la Reforma carmelitana.
LV LV Estos hechos ocurrieron por los años de 1581, y don Francisco Fernández de Córdoba, señor de la dicha villa de Guadalcázar, para que un lugar que Dios había escogido por teatro de sus maravillas estuviese convenientemente atendido, se lo dió a los Carmelitas Descalzos, de quien era muy devoto. Tratólo con el P. Gracián de la Madre de Dios, y el 8 de enero de 1585, el obispo de Córdoba, el célebre D. Mauricio de Pazos, otorgó su autorización. En 21 de marzo del mismo año tomaron posesión los Descalzos del Santuario de Nuestra Señora de la Caridad (1). No pudo firmarse por entonces eí contrato, porque el P. Gracián se hallaba en Lisboa asentando el primer convento de Carmelitas Descalzas que se fundó en Portugal, y se esperó hasta el año siguiente en que se legalizó la posesión y condiciones de ella por San Juan de la Cruz, como vicario provincial que era de Andalucía.
El primero que habló de haber compuesto el Santo un libro sobre las Imágenes de Guadalcázar fué el P. Agustín de San José, que recibió el hábito en Granada de manos del Doctor místico y vivió muchos años en su compañía. Este religioso dice, que cuando el Santo regresó de Castilla a La Peñuela escribió dicho tratado, «que si no se perdiera, fuera de grande provecho, porque trataba cómo podían ser falsos y verdaderos los milagros, y del espíritu verdadero y falso. Un padre que leyó unos cuadernos, que es el padre fray Alonso de la Madre de Dios, natural de Linares, me dijo que era admirable cosa» (2). En esta autoridad se funda principalmente el P. Jerónimo de San José cuando dice: «En este lugar y tiempo [La Peñuela, año de 1591], dicen algunos religiosos escribió el Santo un tratado sobre las Imágenes milagrosas de Guadalcázar, declarando cómo los milagros pueden ser falsos y verdaderos, y asimismo los espíritus, dando reglas para conocer uno y otro; del cual tratado leyó un religioso antiguo unos cuadernos, y testifica que eran admirables, pero el descuido, envidia o injuria del tiempo nos ha robado este tesoro» (3).
Como se ve, el P. Agustín de San José supone que el Santo se puso a escribir su libro acerca de las milagrosas Imágenes de Guadalcázar en La Peñuela, unos meses antes de su muerte. Por el contrario, sostiene el P. Alonso de la Madre de Dios que lo escribió en el mismo Convento de Guadalcázar durante una convalecencia que allí pasó el Santo. He aquí las palabras del P. Alonso: «En Guadalcázar enfermó de una recia calentura. Creían que se moría, pero él 1 Cfr. Francisco de Santa María: Reforma, t. II. 1. VI. c. XLIII, n. 5.
LVI dijo que la piedra no estaba acabada de labrar para donde Dios la había de poner. Viendo que su mal crecía y que acaso sería la ocasión que la bestezuela de su cuerpo se agravaba de una cadena que por cilicio traía a sus carnes, llamó a su compañero fray Martín de la Asunción, de quien se fiaba mucho, y pidió se la quitase; porque aunque él había hecho diligencias para ello, no había podido quitarla. Llegado el compañero a quitársela, halló la tenía metida en sus carnes, y que por partes no se veía, por sobrepujar la carne; y así, por tenerla tan metida adentro, al arrancársela derramó mucha sangre...Supo el compañero de él cómo había siete años que no se la había quitado, que era el tiempo que había pasado desde que salió de la prisión de Toledo, en el cual tiempo siempre había sido prelado. El compañero se guardó la cadena manchada en sangre por reliquia, y al cabo de cuarenta y dos años que habían pasado, cuando depuso en las informaciones le sacaron algunos eslabones por reliquias, y yo hube uno, el cual remití a las Indias Occidentales importunado del convento de Nueva Valladolid por alguna reliquia del Santo, y en el aviso del recibo me decía haber labrado para ponerle un costoso relicario.
»En la convalecencia de esta enfermedad, parece escribió el Santo aquí en Guadalcázar la historia de Nuestra Señora de la Caridad y del Cristo de Guadalcázar, con sus milagros. Este tratado se perdió; y aunque D. Luis de Córdoba, obispo de A\álaga, que tenía su entierro en la iglesia de estas sacras Imágenes le buscó con cuidado, y yo, por pedírmelo él cuando asistí a las Informaciones del Santo [1616-1618] hice lo mesmo, no pudimos hallar más que la noticia que daban los que sabían la había escrito» (1).
Por lo que acaba de decirnos el P. Alonso, tan bien informado, por lo regular de las cosas del Santo, esta enfermedad debió de ocurrir en el mes de junio de 1586, cuando eí Santo, de regreso de la traslación de las Descalzas de Sevilla a la nueva casa (el 11 de dicho mes ponía el Cardenal con toda solemnidad el Santísimo Sacramento) (2), se dirigía a Ecija para una fundación de religiosos, que no se pudo efectuar hasta el año 1591, y de aquí pasó a Guadalcázar a firmar la escritura de fundación de aquel convento, como nos ha dicho el historiador general de la Descalcez. En esta ocupación le cogieron las calenturas malignas de que nos ha hablado el P. Alonso de la Madre de Dios.
Es muy posible que este religioso se halle en lo cierto al afirmar que durante la convalecencia escribió el libro sobre Guadalcázar. La- 2 Vid., t. IV, Carta IV.
LVII borioso el Santo, mal habido siempre con la holganza, nada más verisímil que en aquella obligada y convaleciente ociosidad, repartiese el tiempo entre la oración y la pluma; y recientes todavía los milagros de las sagradas Imágenes del convento, los religiosos de la comunidad le invitasen a escribir acerca de dichas maravillas. En el retiro de La Peñuela, como rehizo o retocó otros libros suyos, pudo retocar éste también, y así se armonizan las dos opiniones arriba expuestas sobre el tiempo en que compuso el tratado.
Que con ocasión de historiar estos raros sucesos diese reglas muy científicas y prácticas para discernir los verdaderos de los falsos milagros y los buenos de los malos espíritus, es muy creíble y casi una necesidad en su carácter. En un escrito nuestro recordamos una anécdota del Santo que hace mucho a nuestro actual propósito (1). Cuando en 1578 se trasladaron de Huesca a Alcalá de Henares las reliquias de los santos niños mártires Justo y Pastor, suscitó el traslado inusitado entusiasmo en toda España, y como algunas Descalzas propusieran al Santo escribiese la historia de los dos Pastorcitos, él contestó: «Que no lo hacía por le parecer que había de hacer libro de devoción lo que había de ser historia». Tan saturado estaba el Santo de vida sobrenatural, que no acertaba a escribir de otra cosa. En el caso de Guadalcázar, le ocurrió exactamente lo mismo que en el de Alcalá. Tantos y tan verídicos testimonios parece que no dejan opción a dudar racionalmente de la existencia de la obra; así como las pesquisas infructuosas por hallarla, a los pocos lustros de muerto el Santo, cierran casi toda esperanza de que aun perdure escondida bajo el polvo de algún ignorado archivo.
Hallándose el Santo de confesor en las monjas de la Encarnación de Avila, concurrió al célebre Vejamen suscitado por Santa Teresa sobre las palabras Búscate en mí que había oído a Nuestro Señor (2)-No se conserva el escrito de Fr. Juan a tan tentadoras palabras para un espíritu como el suyo. Sólo nos resta la calificación que dió la Santa, entre burlas y veras, del trabajo de su muy querido hijo de reforma. Debemos tener presente que en esta clase de certámenes se exageraban un poco los juicios contra los concursantes, cuando había confianza en ellos, y Santa Teresa, en la respuesta, confirmó una vez más su fama de ingeniosa y festiva. Encomia la buena doctrina del Santo, pero termina con esta finísima ironía: «Dios me libre de 1 Conferencia dada en el Congreso místico celebrado en honor de San Juan de la Cruz en la capital de España, año de 1928. (Cfr. El Monte Carmelo, números de Agosto a Noviembre del mismo año.
LVIII gente tan espiritual, que todo lo quieren hacer contemplación perfeta, dé donde diere».
En una Información para los procesos de la beatificación de San Juan de la Cruz hecha por la Madre Isabel de la Encarnación, de quien se habló en otro lugar (1), declara, al hablar de los libros que escribió el Santo en la pregunta XXXV: «Qué sé que el santo fray Juan de la Cruz compuso los libros que dice la pregunta, de los cuales tuve yo algunos de sus cuadernos originales sn Granada, y sé que son suyos; y asimesmo vi otro tratadillo suyo que se intitula Propiedades del pájaro solitario, en donde a lo espiritual explicaba la soledad y atención que el alma en el camino de perfección ha de tener al cielo». Sabido es que el Santo en la estrofa XIV del Cántico Espiritual, glosando el bellísimo verso En par de los levantes de la aurora, y el texto de David: Vigilavi, el factus sum sicut passer solífarius in tecto, hace reflexiones muy hermosas acerca de cinco propiedades del pájaro solitario aplicadas al espíritu. Muy probable es que en aquellos larguísimos ratos que pasaba escondido en el boscaje junto al Guadalquivir en El Calvario, o en las riberas del Guadalimar en la Granja de Santisteban. apreciase con el sutilísimo instinto de observación de que estaba dotado las propiedades de esta avecilla, y como el Santo todo lo reducía a oro de virtud y contemplación, hiciera en seguida un tratadito espiritual, del cual el comento del verso dicho fuera abreviada síntesis. Por lo demás, no se ha hallado nunca rastro alguno de este escrito, que habría de ser sobremanera delicioso y encantador (2).
De estos trataditos cortos, no dudo se hayan perdido algunos, pues el Santo tenía facilidad suma para escribirlos y dedicarlos a las religiosas cuyo espíritu dirigía. ¿Quién puede adivinar lo que contenían aquellos «cuadernos espirituales altísimos» que hubo de dar a las llamas en Beas la M. Agustina para librarlos de las iras del P. Diego Evangelista? Y, sin embargo, no todos los que se han perdido estaban en la desgraciada taleguilla.
1 T. III, pág. XLI.
2 Lo mismo ocurre con un Discurso sobre la contemplación que dice el P. José de Jesús María (Historia de la vida y virtudes del Venerable P. Fr. Juan de la Cruz. pág. 35 de la primera edición) escribió siendo estudiante en Salamanca. Muy capaz era el Santo para aquella fecha de hacerlo, pero no hay más indicio del hecho que el que acabamos de mentar.
TRATADOS ATRIBUIDOS A SAN JUAN DÉ LA CRUZ.
No tenemos el propósito de hablar de todos los tratados que en el curso de los siglos, sobre todo en el XVII, han podido atribuírsele al Santo, cuestión difícil y en parte inútil; sino de aquellos que con cierta persistencia y verosimilitud se les ha querido dar tal paternidad. Entre éstos mencionaremos primero el que lleva por título en los manuscritos que lo copian Coloquios entre el Esposo Cristo y su Esposa el Alma en cosas de Oración, aunque en las ediciones se le ha dado también el de Espinas del Espíritu. Preferimos el primero, por más propio y comprensivo. Se dilucidan en* él, en forma dialogada, bajo las alegorías de esposo y esposa, que significan a Jesús y al Alma de El enamorada, extremos de oración y de vida carmelitana reformada.
Los Coloquios, tal como vienen en los manuscritos y en la edición del P. Gerardo, se reducen a siete. Comienza el primero por dar muy buena doctrina al alma para saberse manejar en orden a su mayor perfección espiritual, en las alegrías y tristezas espirituales y sensibles que frecuentemente se experimentan en la oración y embarazan al alma si no tienen un director experto que la guíe en ellos y le indique cuáles debe aceptar y cuáles rechazar, y cómo y en qué grado. En el segundo Coloquio se declara más el anterior y se recomienda la oración de recogimiento y de quietud, doctrina que alarga y continúa en el tercero, para tratar en el cuarto de algunos impedimentos que estorban dicha oración y del modo de evitarlos. Llama a estos impedimentos espinas espirituales, de donde tomó, sin duda, denominación general el tratado en algunos manuscritos y en las ediciones, como dejamos dicho. En el señalamiento de estas espinas se extiende mucho el autor de este escrito, o los que le adicionaron. Amplía en el quinto lo dicho en el precedente, recordando las once pasiones que pueden obrar en el apetito sensitivo, y otros tantos afectos en el racional, y da consejos oportunos para moderarlos todos en forma que causen crecimientos virtuosos en el alma. Vuelve a tratar en el sexto lo que ya explicó en el tercero, sobre cómo ha de entenderse aquello de que la oración de quietud «es no pensar en nada».
Y, por fin, en el séptimo habla de las varias maneras de oración por donde caminan las almas, con toques y consideraciones a la Humanidad de Cristo.
LX De este tratado se conservaban muchas copias antiguas en los conventos de la Descalcez. Las Memorias Historiales (C. 41), hacen mención de una muy antigua que se hallaba en Los Remedios, convento que en Triana (Sevilla) habían fundado los Descalzos en vida de Santa Teresa. De esta copia se envió en el siglo XVIII un traslado al Archivo General que la Reforma teresiana tenía en Madrid. Antiquísima es también otra copia que se lee en el Códice de las Descalzas de Córdoba que transcribe la segunda redacción de la Llama (1). En la hoja siguiente a la en que termina la Llama, folio 90, se traslada este escrito, sin decir quién sea su autor, con el siguiente» título: Coloquio entre el Esposo amanfísimo Jesús y su Esposa el Alma. Se escribe en tinta encarnada, lo mismo que las palabras «Esposo» y «Esposa» cuando intervienen en el diálogo. Es de la misma letra que la Llama. Termina en el folio 127, v. Compulsado con el que publica el P Gerardo, tiene bastantes variantes con éste y dos omisiones, una de consideración. Tampoco trae los «Argumentos» que en dicha edición y algunos manuscritos preceden a cada coloquio. Del siglo XVIII es una copia de este tratado que unido a la segunda redacción de la Llama, y antes de ella (págs. 96-158), forma parte de un Manuscrito de Burgos, que el P. Andrés de la Encarnación mandó hacer, copiándolo de otros más antiguos. Este sí que trae los «Argumentos» que dijimos faltaban al de Córdoba.
En la edición de Avisos y Sentencias espirituales..., que Leefdael publicó en 1703 en Sevilla (2), quiso editar también estos Coloquios, no sin cerciorarse antes de si eran de San Juan de la Cruz. Como en la misma edición se dice, consultó a varias personas capaces de dar en esto autorizado parecer, principalmente a un religioso carmelita descalzo, de cuya suficiencia fiaba mucho, e inserta a modo de prólogo del tratado la carta que le escribió, muy erudita, exponiendo las razones que había en pro y en contra para adjudicárselo a San Juan de la Cruz. Las razones vienen a ser las mismas que da, algún tanto sintetizadas, el P. Gerardo en su edición de Toledo, inclinándose por considerar esta obrilla del Doctor del Carmelo. Alega el parecer de algunos religiosos antiguos que por tal la tuvieron, la supuesta tradición de la Reforma que con él conformaba y los numerosos manuscritos que copiaban los Coloquios atribuyéndolos al Santo. De ocho códices que los trasladaban con el título de Espinas del Espíritu, tenía cierta noticia el autor de esta epístola, todos ellos guardados en los Conventos andaluces de la Descalcez. Hasta apunta que el tratado lo es- 1 Cfr. t. IV, pág. XXVII.
2 Cfr. t. IV, pág. L.
LII cribió en El Calvario, y lo dirigió a una carmelita descalza. A estas pruebas añade la conformidad de la doctrina de los Coloquios con la de los restantes tratados del Santo Padre, y la profunda y sutil penetración mística y el raro modo y grande propiedad que tiene en aplicar el sentido de los textos de la Escritura al aprovechamiento espiritual de la religiosa a quien los dirige.
Ni trata de ocultar tampoco el aludido anónimo carmelita las dificultades que algunos devotos del Santo oponían a su dictamen, afirmando que el estilo de estos Coloquios es más llano, suave y amoroso que el empleado por el Santo en sus obras, y que desciende a tratar en particular muchas menudencias, que parecen niñerías, cosa ajena al peso y gravedad usados indefectiblemente por el Solitario de Duruelo. Pero ni éstas ni otras más concertadas razones arredran al Padre para sostener la paternidad sanjuanista. «El Beato Padre»— escribe—«en sus obras habla con todos en general, pero este tratado es un coloquio familiar con particular persona, y ésa mujer y religiosa muy amada y favorecida de Dios; y aquí es necesario, y lo pide el estado y naturaleza de las cosas que el estilo sea blando, suave y amoroso, acomodándose a la condición de la persona para ganarla más para Dios» (1). Cita el caso de San Francisco de Sales, «que habló con más amor, dulzura y suavidad en las cartas familiares que en los tratados espirituales que escribió». Y continúa refutando, con razones que cree buenas, que tal blandura y suavidad es propia del Santo, así como no es ajeno, «antes sí muy propio de su genio y espíritu..., el ser muy menudo, sutil y delgado en materias de perfección», que es el otro reparo que se oponía para adjudicar este escrito al Santo.
Esta carta, tan docta y bien escrita, decidió a Leefdael a insertar la obrilla en su edición de Avisos y Sentencias, con el título de Tratado de las Espinas..., con paginación propia (1-96) (2). Sin embargo, no se resolvió a poner en la portada el nombre del Santo, sino estas solas palabras: «Autor incierto». Por lo visto, al editor no parecieron tan convincentes los alegatos del P. Carmelita, que, sin ulteriores averiguaciones, pudieran con seguridad prohijarse los Coloquios a San Juan de la Cruz.
1 Desde la primera edición de este tratado que salió a luz en Zaragoza, año de 1637, al fin de la Suma Espiritual del P. Gaspar de la Figuera, S. J., hasta la edición de Toledo (1914), se ha reeditado muchas veces, como puede verse en las Obras del Místico Doctor San Juan de la Cruz, t. III, págs. 216-219.
3 En la edición de Barcelona no trae paginación propia. El tratado comprende de la página 385 a la 480.
LXII A nuestro juicio, no le faltaba razón a Leefdael para dudar de la supuesta procedencia sanjuanista. Ya le podía haber servido al aconsejador de Leefdael de prudente cautela la reserva que hace el autor del Genio de la Historia respecto del origen de este escrito en las mismas palabras que él cita en apoyo de su opinión, y que son las siguientes: «También le atribuyen un tratadillo intitulado Espinas del Espíritu, con algunos otros de que se tiene poca noticia y menos certeza» (1). Lo mismo había dicho unos años antes escribiendo (5 de enero de 1632) al P. Juan María de San José, provincial de los Carmelitas Descalzos de Alemania, cuando le remitía los cuatro tratados del Santo: Cautelas, Poesías y Avisos, para la edición latina que estaban preparando, y salió en Colonia año de 1639. En la carta le advierte, que «no le envía las Espinas por no constar con certeza sean suyas» (2).
El primer biógrafo del Santo, P. José de Jesús María, tampoco habla de este tratado; y mucho más de extrañar es esto en el P. Alonso de la A\. de Dios, tan diligente y discreto averiguador y anotador de cuanto salió de la pluma del Doctor místico. Ni hace menos fuerza el silencio unánime de tantos deponentes en sus Procesos de Beatificación y Canonización al hablar y numerar sus escritos, que nunca mencionan el presente. Ni siquiera la M. Magdalena del Espíritu Santo, tan puntual en pormenores interesantes de otras producciones sanjuanistas, ni ninguna de las religiosas que conocieron en Beas al Santo e informaron luego en los dichos Procesos, y eso que se dice que lo escribió para una monja de este convento, estando el Santo en el Calvario.
Tampoco el Definitorio General parece que se dió por convencido cuando el historiador del Carmen, Fr. José de Santa Teresa, escritor de no mucho discernimiento crítico, le remitió (1687) un largo alegato en pro de la procedencia sanjuanista de los Coloquios (3). El dicho Definitorio General de los Carmelitas Descalzos de España dió el trabajo del P. José a varios revisores, y no recayó acerca de esto ningún acuerdo definitorial. Sin duda, no se atrevió a resolver nada, y obró muy cuerdamente. El P. Andrés de la Encarnación, que influido también por la propensión que todavía en su tiempo persistía de atribuir con sobrada facilidad escritos anónimos a auto- 1 Historia, l. IV, cap. 8. núm. 5.
2 Cfr. pág. XLVIII. Memorias Historiales. B, n. 31.
3 Parte de él, tomado del Ms. 7 004, puede leerse en la edición del P. Gerardo, t. 111, págs. 206-207.
LXül res célebres, a poca semejanza que con ellos hallasen, se inclina por hacer al Santo autor de los Coloquios (1), atribuye el silencio del Definitorio, inusitado en tales casos como el mismo Padre observa, pues siempre definía algo, a lo peligroso de los tiempos para los escritos místicos. Pero este miedo pudiera haber obrado en estorbar la publicación del opúsculo, mas no en el reconocimiento de su procedencia, de haberla tenido por segura. De sobra parece autorizar este universal silencio del tratado en cuestión, cuando todo convidaba a que se hubiera aludido frecuentísimamente a él en el recuento que a cada momento se hace de los escritos del Santo en las obras y Procesos citados, que en los primeros años de la Reforma teresiana que se siguieron a la muerte del Doctor místico, no se tuvo noticia de tal escrito suyo.
Si a esta falta absoluta de referencias primitivas añadimos otras razones de índole intrínseca a dicho tratado, llegaremos a la persuasión de que no deben figurar los Coloquios en el catálogo de los escritos del santo Doctor. Aunque el argumento no es ajeno del grande Místico del Carmen, la forma de desenvolverlo es tan vulgar y ramplona, que parece imposible haya podido nadie en serio adjudicárselo al Santo. El diálogo, inspirado y todo como está en las obras del Santo, no puede ser más desmañado y lánguido; sin que se adviertan en él ninguna de aquellas cualidades de concisión, originalidad, fuerza lógica, reciura y profundidad de pensamiento de que San Juan de la Cruz no se despoja nunca, ni en un breve aviso (2). Cualquiera de ellos prefiero yo a este tratadillo, por otra parte un si es no es empalagoso y ñoño, lleno de trivialidades de pensamiento y de palabra y de repeticiones inútiles y fastidiosas. Sin duda, el autor de estos Coloquios, aunque sin grande trabajo se le podrían hacer algunos reparos doctrinales, se inspira en los escritos del Santo, principalmente en la Subida; pero no pasa de ahí la semejanza que con 1 Vid. Ms. 3.653. Previo 4.° 2 Considero en el caso presente a este argumento de tanta fuerza, que él solo basta para rechazar la supuesta paternidad sanjuanista. Es imposible que la manera del Santo se rebajase a tal extremo. Supondría un descenso de pensamiento y método expositivo, que no se explica, ni por la edad— el Santo murió joven —, ni por otra causa, que se desconoce en su vida, pues siempre conservó su vigor mental; y de esta calidad no se despoja el ingenio, ni deja de brillar en todo momento por muy vulgar que supongamos — en la presente ocasión no lo es — el tema tratado. Además hay frases que hieren desagradablemente a un oído hecho al lenguaje y estilo del Santo: "tengo dado por regla y nivel"; "la oración que no tiene júbilos y saltos de corazón"; "pasión amor, pasión deseo, pasión tristeza"; "risadas locas", y muchas otras a este tenor. ¿Y qué diremos de aquello de las lagañas de Lía (coloquio IV) en contraposición a la hermosura de Raquel, que salta los lindes de la vulgaridad y penetra desaforado por los de la chavacanería?
LXIV él puede tener. Carece por entero de las grandes cualidades que han hecho de San Juan de la Cruz tan eminente y reputado escritor místico (1).
Si no nos engañamos, el autor de los Coloquios es alguno de aquellos carmelitas descalzos, piadosos y con buen caudal de ciencia teológica—más ciertamente que gusto literario —que cotidianamente se alimentaban de la doctrina del Santo, y era, además, confesor de alguna comunidad de carmelitas descalzas, a las cuales seguramente va dirigido, en la persona de alguna de sus religiosas, a quien los dedica. No firmó su trabajo según ocurría y ocurre con tantos otros análogos; y a la vuelta de pocos años, como trataba de cosas de oración en conformidad con las enseñanzas del Santo, comenzó a formarse la tradición de que nos hablaba el autor de la carta a Leefdael, y que no tuvo la virtud de convencer al piadoso editor, pero sí engolosinao a otros más crédulos que, al fin, se lo atribuyeron al Doctor místico.
Otro de los escritos adjudicados al Santo es el que lleva por título: Tratado del conocimiento oscuro de Dios, afirmativo y negativo, y modo de unirse el alma con Dios por amor. Es un escrito que en diez capítulos desarrolla con grande competencia lo que en el título transcrito promete. Su autor poseía vasta cultura religiosa y profundos conocimientos místicos, y no diría yo que no había gustado también de este misterioso vino que embriaga las almas en amor de Dios. Sin comparación, vale mucho más que los Coloquios entre el Esposo y la Esposa, y está escrito por una pluma muy docta y que ahondaba mucho más en la ciencia de las almas. El lenguaje es mucho más elevado y correcto, y se sostiene siempre a la altura que piden la dignidad y excelencia de las doctrinas que explica. No tiene la genialidad enérgica, ni la forma mórbida y plástica del autor de la Subida, ni aquella especie de imperatoria brevitas que a veces nos maravilla y subyuga en el Santo; pero es muy igual, digno y que encuadra muy bien en el marco de nuestro siglo de oro.
Basta examinar el estilo para ver que no es el del Santo. Esa manera de tratar las cuestiones místicas, no es su manera. Es el ingenio culto y aventajado que ordena y sistematiza las producciones del genio poderoso y rebelde a ciertos métodos. Es el alborear de esa aurora carmelitana, de suaves y apacibles tintas, que apareció en el horizonte en el momento mismo que entre arreboles de fuego des- 1 Exagera enormemente la importancia de los Coloquios el licenciado Toribio Arenas, cura de Peque (Zamora), y capellán del Conde de Benavente en la Introducción que para él escribió al considerarlo como uno de los mejores tratados de espíritu de aquella época, que tantos y tan admirables produjo.
LXV aparecía en inmortalidad gloriosa el autor del Cántico Espiritual. Es perder el tiempo empeñarse en dar paternidad sanjuanista a este opúsculo. Más provechoso juzgo echar la investigación por otras veredas, e inquirir a quién de aquellos primitivos religiosos carmelitas de la Reforma teresiana se puede hacer autor de esta menuda y hermosa obrilla (1). Como antes ya de terminar el siglo XVI los tuvo muy doctos y muy piadosos, no a uno, sino a varios se puede prohijar el tratado. Y aquí estriba la principal dificultad para una probable adjudicación, con la penuria que se lucha de datos que arrojen luz acerca de los oscuros orígenes de este excelente escrito. Su autor se asimiló muy bien la doctrina del Santo, sin desconocer tampoco la del Seudo Dionisio, San Buenaventura, Gersón y otros reputados autores ascéticos y místicos.