SigPhi · Juan de la Cruz

Llama de Amor Viva, Cautelas, Avisos, Cartas y Poesias

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Sin prolegómenos de ninguna clase, comienza a tratar de la contemplación natural y sobrenatural y sus divisiones, según los diversos modos que hay de conocer a Dios, del grado de contemplación a que pueden llegar las almas con la ayuda de la gracia, de las disposiciones necesarias para la contemplación infusa o mística teología, de la purgación de los sentidos y potencias del alma, del ejercicio de las tres virtudes teologales, de los grados de la mística teología, y de las cosas que ayudan e impiden para llegar a la unión de amor con Dios. La simple enumeración de las cuestiones que se tocan en este escrito, indican su analogía con las obras del Santo, y ésta crece en su desenvolvimiento. Algunas veces se copian párrafos suyos (2). Su lectura, aunque en algunos extremos de doctrina dé ocasión a ciertas discusiones polémicas de que gustan los modernos teóricos de la Mística, puede ser útil para la acertada inteligencia de ciertos extremos que el Santo trae en sus obras, si bien suefe éste declararse con la claridad que soportan las doctrinas místicas, y no necesita ilustraciones de reflejo, que a menudo le embrollan y dificultan su inteligencia. Hay definiciones en este tratadito claras y luminosas, y también explica satisfactoriamente qué se entiende por esa noticia general y amorosa que tanto inculca San Juan de la Cruz a los que se dan a la oración, y otros puntos doctrinales del místico Doctor.

1 No intento con esto dar la exclusiva a la Descalcez carmelitana; pudo componer la obrilla otro cualquiera de fuera. Fundamos la presunción por un carmelita en que como todavía los escritos del Santo no se habían publicado, y éstos, como es natural, se conocían principalmente en los conventos de su Reforma: y como el argumento de que el escrito en cuestión trata era muy del agrado de los descalzos primitivos, parece lógico que de ellos saliera el opúsculo.

2 Verbigracia: los famosos versículos del capítulo XIII del libro I de la Subida: "Para venir a gustar todo, no quieras tener gusto en nada", etc.

LXVI LXVI La copia más antigua de este tratado se halla en los Carmelitas Descalzos de Toledo, junto con otra de la Noche Oscura (1). El traslado se hizo en 1618, y perteneció al P. Pedro de San Angelo, natural de Valdepeñas (Ciudad Real), que hizo su profesión de carmelita reformado en Mancera (Avila), y murió en Toledo, año de 1623, día de la Ascensión a los setenta de edad y treinta y nueve de hábito religioso (2). El manuscrito se rotula: Tratado breve del conocimiento obscuro de Dios, afirmativo y negativo y modo de unirse el alma con Dios por amor, compuesto por el gran Padre y admirable varón Fr. Juan de la Cruz de la observantíssima religión del Carmen Descalzo (3). De otra letra a la que se emplea en casi todo el manuscrito toledano, se lee: «Este Cartapacio era del P. Fr. Pedro de Sn. Angelo que murió en este convento de Carmelitas Descalzos» (4). El P. Andrés, fundándose en el título que da por autor del opúsculo al Santo, y el no haberlo borrado el P. Pedro— que debía haberlo hecho si no lo estimaba.exacto —, se inclina también a reconocer este origen. Y algunos años más tarde, al hacer la lista de los escritos que debían publicarse como del Santo en la edición que se preparaba, se reafirma en su opinión y le incluye entre los libros del místico Doctor (5). En este mismo lugar advierte, que no había tropezado con más copias que la de Toledo.

Aunque no tuviéramos la razón del estilo — en este caso decisiva— para negar esta obrilla al Doctor del Carmen, el frágil fundamento histórico en que se intenta apoyar la opinión contraria, nos confirma más en la negación. Si la copia se hizo hacia el 1618, como se dice textualmente del traslado de la Noche Oscura, lo restante del Códice, que es de la misma letra, procede también de la misma época, y por consiguiente, la posesión del P. Pedro de San Angelo era de muy pocos años antes de que muriese. El autor de la copia tenía muy poca autoridad en lo que afirma de ser de Fr. Juan de la Cruz, 2 Observa el P. Andrés de la Encarnación, en el manuscrito de Toledo, y repite en otro de Burgos, que "según esso, vino a profesar por los años 1585, siete años antes que muriese el Santo; y es assi, que en los libros de Mancera se halla la profesión de un Fr. Pedro de San Angelo por este tiempo."

3 Al final de la copia repite lo mismo: "Fin de este admirable Tratado de aquel singular varón y gran padre el santíssimo y religiosíssimo Fr. Juan de la Cruz, de la Observantíssima religión del Carmen Descalzo."

4 El P. Andrés de la Encarnación dejó una copia de este tratado y del resumen previo suyo, que ya publicó el P. Gerardo, y es el primero de los que forman el manuscrito, forrado en pergamino, que poseen los Carmelitas Descalzos de Burgos. A continuación se trasladan los Coloquios de que antes hablamos.

5 Cfr. Ms. 3.653, Previo 4.° INTRODUCCION' LXVII puesto que lo mismo repite al trasladar la copia de un tratadito del Beato Susón, que forma parte del Manuscrito de Toledo, y lo atribuye al Doctor místico, aunque otra pluma posterior lo rectifica, restituyéndolo a su verdadero autor. Por otra parte, no sabemos cuánto calzaba en ápices críticos el P. Pedro. Es fácil que fuera muy devoto de los escritos del Santo, como para aquella fecha lo eran tantos Descalzos que los conocían en traslados; y como el Tratada breve del conocimiento oscuro está basado en la doctrina del santo Reformador, y en la portada se decía categóricamente ser suyo, no se preocupó de inquirir su procedencia y la dió por averiguada.

No sabemos tampoco cómo adquirió este manuscrito dicho religioso. Sabemos únicamente que el autor de la transcripción no era carmelita descalzo; porque, a serlo, no habría escrito aquello del rótulo «compuesto por el gran padre y admirable varón Fr. Juan de la Cruz» etc., que está reñido con el protocolo aceptado indefectiblemente en estos casos por la Descalcez y demás familias religiosas. Pudiera significar esto que no fué ningún carmelita descalzo quien primitivamente atribuyó este tratado al Santo, sino alguno de fuera de la Orden, movido tal vez de la traslación de párrafos del mistico Doctor, que él conocía en manuscritos que corrían suyos en grande número. Cabalmente, el mismo año que se ejecutó la copia de Toledo, preparaba en la misma ciudad la primera edición de las obras del Santo el P. Diego de Jesús, quien de haber tenido noticia de este opúsculo como obra del Santo, no habría dejado de incluirla en dicha edición, o la habría puesto en cobro para las sucesivas. Ni- el P. Diego, ni el P. Jerónimo de San José, ni Alonso de la Madre de Dios mencionaron jamás tal escrito (1).

Otro tratadito titulado Breve compendio de la eminentísima perfección cristiana, se atribuye en algunas copias antiguas a S. Juan de la Cruz, si bien otras lo adjudican a varios autores. El P. Andrés de la Encarnación cita varios manuscritos que obraban en conventos de la Orden que lo contenían, entre ellos, uno de Guadalajara (2).

1 El ilustre benedictino Fr. Antonio de Alvarado, predicador de San Benito el Real de Valladolid. en su importante obra Arte de bien vivir y guía de los caminos del cielo (1608), lo incluyó con algunas modificaciones y adiciones en el libro II (capítulos 39-48), por encajar bien en el plan que se había propuesto. Nada se dice en ella concretamente de su procedencia. En general advierte que "lo que en todos cuatro libros se contiene es sacado de autores muy graves, dignos de sumo crédito No solamente me aprovecho de la doctrina de los autores gravísimos que en el discurso voy citando, pero algunas veces de las mismas palabras." En aquella época no significaban nada estos saqueos mutuos literarios, y con tal criterio hay que juzgarlos. Más severamente se juzgan hoy, y. sin embargo, se realizan a veces a ías barbas mismas de sus legítimos autores. ¡Si uno fuera a hacer inventario de estas picardihuelasl LXVtU De otro que se guardaba en el archivo de los Carmelitas Descalzos de Málaga, previene el mismo P. Andrés que en un códice todo de letra del venerable P. Nicolás de San José, escribió este religioso que el tal tratado de la Eminentísima perfección cristiana se atribuía al sacerdote Fernando de Mata, gran predicador y director de almas (1). En cambio, en el de Lerma se da por autor al P. Gregorio López. El Códice de las Carmelitas Descalzas de Córdoba que copia la primera redacción de la Llama, trae al fin, de otra letra, un cuadernillo con este tratado, bajo el título de: «Jhs. Ma. Joseph Catarina. Breve compendio de la eminentísima perfección xpiana. Que cosas presupone en un alma esta perfección antes que comienge a entrar en ella». Comprende treinta y dos hojas, y después del Laus Deo, con que se remata el escrito, se lee: «Un predicador religioso carmelita descalzo escribió este tratado con pensión de que el siervo o sierva de Dios que usase dél, le ha de encomendar en Nuestro Señor, que le haga bueno».

Para adquirir la perfección cristiana supone con mucha razón el autor del tratado que se necesita deseo ardiente de poseerla y firme propósito de no cometer faltas veniales, tener bajo concepto de sí mismo y de las cosas criadas, y eminente y altísimo de su Criador. Divide la perfección cristiana en tres estados, los que a su vez comprenden diversos grados (2).

No cabe duda que el autor había leído a San Juan de la Cruz antes de componer su obra. Ella es otra nueva demostración de la influencia universal del Santo en los tratadistas posteriores a él. Pero nada autoriza, leyendo esta obrilla, para darle importancia mayor, ni menos atribuirla a la pluma del Místico del Carmelo. ¡Qué más habría querido su autor que ampararlo debajo del regio manto de tan grande maestro de espíritu! (3).

A la misma serie de obras inspiradas en el Santo relego yo la que se rotula: Comunicación del espíritu de Dios en su Iglesia, de que nos habla en estos términos el P. Andrés de la Encarnación: «Es un tomo en tiene libro primero y segundo, y el primero 82 capítulos, el segundo 37. Antes del capítulo primero se puso y se borró el nombre del autor. Acaso sería el Santo. Pone por fundamento de todo lo que ha de tratar en el primer capítulo, lo de Tobías, XII, 10: 1 Ib. También lo copia el Códice de Toledo, de que acabamos de hablar y los Mss. 2.201 y 6.895.

2 Véase el argumento in extenso en la edición de Toledo, 1. 1, págs. XXXV-XL.

3 El P. Gabriel López Navarro, de la Orden de San Francisco de Paula, lo incluyó en el último tratado de la Mística Teología que publicó en Madrid el año de 1641. (Cfr. P. Gerardo, t. I, págs. XL-XLI).

LXIX Sacramentum regís abscondere bonum est. Trata de las visiones corporales y espirituales, y sus afectos y modos de haberse en ellas, y excelentísimamente de las substanciales; del amor espiritual que a los directores [se puede tener?], de la meditación y contemplación; de los prudentes del siglo, latamente; de las propiedades del buen espíritu, latamente; de los soberbios, latamente. Todo esto en el libro primero. Todo esto con doctrina, estilo, uso de Escritura tan propio de nuestro Santo Padre, que se puede dudar sea de ningún otro. Las doctrinas son tan elevadas, que espíritu inferior no las pudo tratar. Hállanse a veces sus frases, sus sentencias, sus palabras, sin añadir ni quitar nada. En el libro segundo trata de las señales de los verdaderos milagros».

Por la suma que del contenido de este tratado nos hace el P. Andrés, parece claro que estamos delante de un autor espiritual, buen teólogo, que saqueó sin piedad a San Juan de la Cruz, según uso y tranquila costumbre de la época. No es fácil que el Santo, en tratados extensos, volviese sobre argumentos suficientemente explicados por él, ni que anduviese, en su propio coto, a caza de frases, palabras y sentencias para incrustarlas en nuevos escritos suyos, cuando tanta facilidad tenía para construirlas. Ya hemos insinuado que el P. Andrés (achaque harto general, que aún no se ha extirpado totalmente) tenía marcada propensión a enriquecer el catálogo de las obras del Santo. El escrito de que aquí habla, no se ha podido hallar, y por eso es imposible hacer sobre él estudio ninguno fundamental. Creo que el inventario sanjuanista, al menos para los tratados de alguna extensión, está bien cerrado en los cuatro bien conocidos desde que los escribió, es a saber: Subida, Noche Oscura, Cántico y Llama de amor viva (1).

1 ¿A qué perder ciempo en averiguar el paradero de El secretario espiritual. que el mercedario Fr. Juan de la Fuente atribuyó al Santo en un sermón que predicó cuando las fiestas de su beatificación en Toledo? (Cfr. P. Gerardo: t. I, p. XXX). Hasta el título infunde vehementes sospechas para darle tal procedencia. No sería difícil discurrir sobre otras obrillas atribuidas al Santo sin fundamento alguno, pero no lo juzgo necesario. Ya nadie las tiene por suyas.

EPISTOLARIO DEL SANTO Escaso en demasía es el número de cartas que poseemos del Doctor místico en comparación con el no pequeño que razonablemente hubo de escribir durante su vida en la Reforma del Carmen. No es fácil que escribiese muchas de estudiante en Salamanca. Alguna dirigiría a su madre, residente en A\edina, aunque no muchas, porque 13 comunicación entre Medina y Salamanca era fácil y frecuente, y tendría a menudo nuevas de ella en una época en que se vivía mucho mas en familia que ahora, y las personas que viajaban, por poca conoicticia que tuvieran con otras de la población donde vivían, si algún pariente de ellas residía allí donde se encaminaba, siempre se llevaban afectos y recaudos, dados y recibidos en un ambiente popular encantador, del que apen-is quedan frías reminiscencias.

Con la Santa hubo de cartearse bastante, sobre iodo en su primera época de Descalzo, durante su estancia en Durueio, Maicera, Pastrana y Alcalá. Comenzaba con él la reforma entre;cs religiosos, y aunque ya hizo su especie de noviciado con la Santa en Medina y Valladolid, hasta que las cosas fueron tomando asiea-o y directrices fijas, forzosamente hubieron de cruzarse cartas entre á nbos reformadores; y más conociendo la veneración y respeto que A jivan y fervoroso Descalzo sentía por la M. Reformadora. Al «taleguito» de Cartas de la Santa, que por los años de 1579 le •ñó quemar, camino del Calvario a Baeza, fray Jerónimo de la Cruz, en un acto de sublime desprendimiento, correspondía otro «taleguito» del Santo a la Santa. No tenía ésta costumbre de guardar las cartas que recibía, ni le fué fácil tampoco, por sus continuos cambios de convento 9 por la índole de la correspondencia, que pedía las llamas o el brdí,ero, apenas enterada de su contenido, por el estado habitual de vigilancia y persecución a sus planes reformadores en que vivió. De haber conservado el Santo las cartas de su Madre «Reformadora, muchas noticias se habrían averiguado de éste, como se infiere de las escasas referencias que hallamos en el Epistolario teresiano átañentes al Doctor místico. También la escribió durante su larga permanencia en Andalucía, después que de Toledo se dirigió al Calvario, como le escribirá más tarde desde Baeza y Granada, donde fray Juan de la Cruz vivía cuando la Santa murió.

También debió de escribir bastantes a los padres Antonio de Jesús, Fr. Jerónimo Gracián y Nicolás Doria para asuntos de gobierno.

LXXI A otros religiosos de la Reforma hubo de dirigir también algunas cartas, ga de gobierno, ya de espíritu, contándose entre estos últimos el P. Fr. Juan Evangelista, Juan de Sta. Ana y otros queridos hijos suyos de vida reformada y dirección espiritual (1). Pero en este segundo aspecto de la correspondencia sanjuanista, fué harto más abundante la dirigida a las Carmelitas Descalzas, que fueron muchas las que lograron la no pequeña dicha de tenerle por médico espiritual de sus almas, llevando la primacía los conventos de Beas, Granada y Segovia, y luego, ya en los últimos años, el de Córdoba. La correspondencia de Beas y Córdoba era quizá algo mayor que la de Granada y Segovia; porque en estos dos puntos vivió algunos años de asiento, y la dirección, salvo algún billete, fué más bien oral que escrita.

El Santo tuvo mucha inclinación a dirigir Carmelitas descalzas desde que tomó el hábito. Ya en Medina y Valladolid ejerció con ellas este ministerio, como hemos visto, con grande fruto y no poco contentamiento de la A\. Fundadora, que vió en aquel estudiantino el sostén más sólido de la vida espiritual intensa y sacrificada que introdujo en las Descalzas, la cual vida, de no ser muy cuidada, habría de languidecer, o quizá derivar a la larga por derroteros no convenientes. Así que, la M. Fundadora, lejos de arredrarle los pocos años de fray Juan, —la prudencia no está vinculada a las canas— viéndole a los veintiséis años en plena maduración de espíritu, tan concertado en todo, tan discreto, tan docto, con aquel don que la Madre tenía de conocer y aprovechar las personas, desde aquellos momentos propuso en su ánimo, como más tarde se vió, hacerle algo así como director nato espiritual de sus monjas; y éste es el cargo que más o menos explícitamente desempeñó de por vida por indicación, unas veces manifiesta, otras oculta, según las circunstancias aconsejaban, de la sagaz Reformadora. Puede decirse que así como al P. Jerónimo Gracián escogió Santa Teresa para el gobierno de su Reforma de religiosos y monjas, por las condiciones excepcionales que en él vió para este difícil empeño, así para la dirección y formación espiritual de sus religiosas se fijó particularmente en el Santo.

1 Otra de las personas más favorecidas de cartas del Santo Doctor fué la espiritual y entrañable devota suya D.a Ana de Peñalosa. En una de sus Relaciones dice la M. Ana de San Alberto, priora de Caravaca: "Una vez escribió el Santo desde aquí [Caravaca] unas cartas a doña Ana de Peñalosa, las cuales vió ella, que se las dió que las cerrase, en las cuales le trataba de algunos negocios y de otras cosas tocantes a su alma, y consolándola. Y después vino un propio de Granada, adonde estaba doña Ana, que traía unas cartas para el Santo; y como si antes las hubiera leído, asi le escribió en las primeras." (Cfr. pág. 398 de este tomo).

LXXI!

Tan a pechos tomó el Santo este oficio, para el cual ciertamente había nacido, que fué su única especialización, como hoy diríamos. Los demás cargos que desempeñó fueron secundarios en su ánimo, aunque fueran por otro cabo, importantes y trascendentales. Resultó el Santo un técnico en achaques de espíritu, y sus conocimientos y recetas espirituales vienen aplicándose con positivos frutos a las almas hasta nuestros días, y promete continuarse la aplicación cada vez con más crédito y provecho.

De aquí se infiere la importancia inapreciable que tiene cuanto con la dirección espiritual del Santo se relaciona, y la pérdida imponderable que supone la destrucción de sus cartas de conciencia. Tan entregado estuvo el Santo a este útil menester, que hasta los libros que escribió responden a él, y gracias a tales tratados quedamos resarcidos en parte de la pérdida casi total de su correspondencia epistolar.

De este rico joyero sólo se conservan algunas piedras muy preciosas, que aumentan el dolor de!a desaparición de las restantes. El Santo nunca se desmienie. Sus cartas son piezas arrancadas de los mismos yacimientos auríferos que sus tratados. En lengua corriente y sencilla, natural y espontánea como el género pide, expone los mismos sublimes pensamientos, la misma doctrina de desnudez y vacío de potencias. No recorre el Santo la variada gama de afectos que hemos visto desfilar, en riqueza deslumbradora, en el Epistolario teresiano. Son muy pocas las cartas del Solitario de Duruelo para que pueda igualar al rico caudal de la Reformadora del Carmen, y en ambos están muy acusadas y prominentes las calidades propias de cada uno de ellos. La movilidad nerviosa y encantadora, y aquel desenfado genial y gracia retozona que hacen de la Santa algo incomparablemente simpático, no se hallan en las cartas que poseemos de San Juan de la Cruz.

Dicen que la mujer es muy superior al hombre en el género epistolar, y así lo parece, sobre todo cuando el género se limita a la manifestación llana y natural de los afectos del corazón. Santa Teresa es un ejemplo ante el cual claudicarían todas las plumas masculinas. Claudica el mismo San Juan de la Cruz. Con todo, sus cartas son encanto del entendimiento y del corazón sanos y deseosos de perfección espiritual. Su seriedad no es seriedad que repele. Yo la encuentro muy atractiva.

Salpicadas están sus epístolas de pensamientos que nada desmerecen al lado de los mejores de sus tratados principales: «Lima es el desamparo, y para gran luz el padecer tinieblas», dice en una de ellas. En otra escribe: «Hacia el cielo se ha de abrir la boca del deseo, LXXIII LXXIII vacía de cualquier otra llenura; y para que, así la boca del apetito, no abreviada ni apretada con ningún bocado de otro gusto, la tenga bien vacía y abierta hacia aquel que dice: Abre y dilata tu boca y yo la henchiré*. «Los bienes inmensos de Dios— dice en otro lugar—«no caben ni caen sino en corazón vacío y solitario». En otra a la madre Priora y Descalzas de Córdoba, muy hijas de espíritu suyas leemos esta profunda máxima psicológica y ascética: «Sepan que no tendrán ni sentirán más necesidades que a las que quisieren sujetar el corazón». A otra querida hija suya que se lamentaba amargamente porque le habían dejado sin cargo en un Capítulo provincial, le contesta estas palabras que, escritas pocos meses antes de morir, manifiestan la hermosura de su alma en aquel trance: «De no haber sucedido las cosas como ella deseaba, antes debe consolarse y dar muchas gracias a Dios, pues habiéndolo Su Majestad ordenádolo así, es lo que a todos más nos conviene. Sólo resta aplicar a ello la voluntad, para que así como es verdad, nos lo parezca; porque las cosas que no dan gusto, por buenas y convenientes que sean, parecen malas y adversas». ¡Qué pensamiento tan bello y profundo! Vale por todo un tratado de Psicología y Ascética! ¡A qué compenetración tan completa habían llegado en el Santo la teoría y la práctica de su sistema de perfección cristiana!

A esta profundidad y lógica y obligada severidad de concepto, unía el Santo una amabilidad y dulzura no menos ricas y profundas en su aparente sobriedad. El hombre del total vacío y desarrimo de criatura, era singularmente cariñoso con las cosas de Dios. Al través de los groseros engastes del cuerpo— como diría Sta. Teresa— veía rebrillar la hermosura espiritual de muchas almas, donde se espejaba con fidelidad la Belleza increada; y el corazón desnudo de todo afecto sensible, se le escapaba tras de estas almas, que tan regaladas cosas le decían de su Dios.

No sólo el trato con las personas era en San Juan de la Cruz austero y cariñoso al mismo tiempo, sino en sus mismas cartas, con ser tan pocas, se hallan perfectos dechados de este cariño austero, que ya se entiende no consiste en frases dulzonas, empalagosas y de insufrible cursilería, aun dentro de los límites de la simple educación social. Las personas que el Santo dirigió le amaron entrañablemente, y con amor duradero e irrompible, como sucede siempre que se basa en sólidos pilares espirituales. No faltan en sus cartas fra. ses cariñosas que daban aliento y confianza para abrir los senos del alma en la comunicación de conciencia. En una a doña Juana de Pedraza, señora muy piadosa que residía en Granada y se quejaba respetuosamente de que el Santo, que vivía entonces en Segovia, LXXIV LXXIV no se acordaba de ella, le contesta éste diciendo: «¡No me faltaba ahora más sino olvidarla! Mire cómo puede ser lo que está en el alma, como ella está. Como ella anda en esos vacíos y tinieblas de pobreza espiritual, piensa que todos le faltan.» ¿A quién no agradan a la vez que edifican estas frases de verdadero y santo cariño?

Véase otra anétdota llena de ternura y amor paternal, sin dejar de ser sobriamente austera. Cuenta su aprovechada hija espiritual, Ana de San Alberto, priora de las Descalzas de Caravaca, en documento que lleva su firma, que en cierta ocasión, siendo el Santo vicario provincial de Andalucía, fué a aquella ciudad. Entre otras cartas que el Santo escribía a diversas personas, dió a la M. Priora unas para doña Ana de Peñalosa, a fin de que las leyese y cerrase. Como en aquella misma sazón llegara desde Granada un propio con cartas de esta señora a las cuales de antemano había contestado el venerable Padre, y como la Priora, cayéndole esto en gracia, se riese por ello, el Santo, le dijo: —«¿De qué se ríe, boba? ¿No valía más que escribiese yo aquellas cartas anoche, cuando había de dormir, y que ahora nos estemos tratando cosas de Dios?» (1).

El Epistolario del Santo es tan corto, que la edición más completa hasta el presente, que es la de Toledo, sólo cuenta veinticinco cartas, de las cuales la quinta parte no se componen más que de un fragmento. Ya se entiende que número tan reducido no puede constar de colecciones de ningún género. Quizá antiguamente existió alguna, pero desapareció pronto. De las que tenían en Granada las Descalzas, la Madre Agustina de San José, que conoció al Santo en dicha ciudad, donde ella había tomado el hábito de carmelita descalza, y luego pasó a la fundación de Baeza, escribía a un religioso en 1614: «Cuando hablé a V. R., padre mío, no me acordé de decirle de cuando vino aquí visitador contra el Santo, apretó mucho con sus descomuniones y preceptos para que todas le dixeran de él, y algunas religiosas sin mirarlo mucho, aunque en todas había un mismo sentimiento; con las cuales se enfadaba el visitador, dando demostraciones de su enfado. Hiciéronme a mí guardiana de muchas cartas que tenían las monjas romo epístolas de San Pablo y cuadernos espirituales altísimos, una talega llena. Y como eran los preceptos tantos, me mandaron lo quemara todo porque no fueran a manos deste visitador. Y retratos del Santo los abollaron y destruyeron» (2). Esta visita que giró contra el Santo pocos meses antes de morir éste en Ubeda, el P. Diego Evangelista, infundió tal terror en el ánimo de las Carmelitas de Andalucía, 1 Relación de Ana de San Alberto, pág. 399 de este tomo.

LXXV donde la tal visita se realizó en algunos conventos, que la mayor parte de ellas se apresuraron a destruir cuantos originales guardaban del Santo Doctor.

Así lo afirma también un historiador casi contemporáneo de los sucesos— conoció a muchos que fueron testigos de ellos— Fr. Jerónimo de San José por estos términos, hablando de la tristemente célebre visita del P. Diego Evangelista: «Con estos asomos de indignación de los prelados, que el demonio publicaba y persuadía contra el venerable Padre, estaban los religiosos tan atemorizados, que los que en otro tiempo se habían preciado de hijos y aficionados suyos, no se tenían en éste por seguros, temiendo que, como a sus amigos, los habían también de perseguir, y así se abstenían de su comunicación, con lo cual vino a quedar en sus trabajos solo...Tanto fomentó el demonio este temor de frailes y monjas, que cualquiera que con el Santo Padre había tenido alguna comunicación espiritual, les parecía correrles peligro sólo el hallarse su nombre escrito en su poder; y con esto, todas las cartas que tenían suyas, muy guardadas, por ser de excelente doctrina y de maestro tan santo, las quemaban; y lo mismo hacían de algunos retratos suyos, que personas devotas habían hecho copiar de uno que se sacó en Granada estando él arrobado. Esta tragedia de las cartas fué una muy grande pérdida para la Religión y aprovechamiento de las almas, y una de las mayores granjerias que el demonio sacó de esta tormenta; porque como el venerable Varón las había escrito respondiendo a dudas de materia de espíritu en que comunicaba la mucha luz que de esto le había dado Nuestro Señor, perdióse mucho en perderse estos papeles» (1).

Sin embargo, ni en la misma Andalucía, donde el peligro de poseer correspondencia del Santo llegó a ser tan grave, se destruyeron todas las cartas. En los Procesos de Beatificación y Canonización allí hechos, se hallan a veces testigos que declaran haber tenido alguna carta del Santo, o que aun la conservaban. No son muchas las referencias de este género, pero son algunas (2). El encargado por la Orden de hacer este Proceso, P. Alonso de la Madre de Dios, en la Vida manuscrita del Santo que aún se conserva, y hemos citado muchas veces en esta edición, hace mérito de varias cartas que éJ vió 2 Así, v. gr., la M. Ana de San Alberto en las Informaciones hechas en Caravaca, donde ella era priora de las Descalzas, en 30 de junio de 1615, declara a la pregunta XV: "...y también, porque muchas veces esta testigo recibió cartas del dicho venerable padre fray Juan de la Cruz, siendo priora." (B M C, t. 14, pág. 198). En otro documento (Memorias Historiales. C, 9) dice la misma religiosa: "Yo tenía muchas cartas suyas [del Santo], porque las estimaba y guardaba como reliquias. Después que murió las he ido dando a religiosos que con devoción me las pedían."

LXXVI originales, 9 que ya no poseemos. Lástima que al mencionarlas no las transcribiese. Entre otras, cita dos a don Pedro González de Mendoza y otra a las Descalzas de Toledo, escritas a raíz de haber salido de esta ciudad y establecídose en El Calvario; dos más desde Beas (8 y 11 de septiembre de 1581) a María de Soto e Isabel de Soria, personas muy piadosas de Baeza, que se quejaban al Santo de su ausencia de aquella ciudad, y él les consuela diciendo que a la sazón era más necesaria su presencia en Beas, y les exhorta a la piedad y frecuencia de sacramentos. A la primera de estas personas volvió a escribir al año siguiente desde Granada, así como a otra dirigida suya de la misma ciudad de Baeza. En el año mismo de su muerte, al escoger provisionalmente por retiro La Peñuela, en Sierra Morena, escribió dos cartas muy edificantes al P. Provincial de Andalucía, que lo era su antiguo compañero de Duruelo, Fr. Antonio de Jesús (Heredia), para que dentro de ella le señalase convento, porque no había vuelto otra vez a aquella Provincia para hacer su voluntad, sino la del superior. Unicamente le significaba que sentía vivos deseos de soledad y retiro. Algunas otras cartas escribió desde las soledades de La Peñuela, manifestando lo complacido y a gusto que allí se hallaba. Fuera de Andalucía, ningún peligro hubo que aconsejara deshacerse de las cartas del Santo. No tuvo el autor del Cántico la fortuna de contar con amigos tan fieles como la Santa Madre, que cuidasen de su correspondencia: un Jerónimo Gracián y una María de San José, colecciones qua guardan lo más fino y delicado del epistolario de la Reformadora.

Tampoco, creo, se extremaron las diligencias después de la muerte del Santo en allegar cartas suyas (1). La primera labor metódica que en este extremo vemos, fué debida al P. Jerónimo de San José, que en su Historia del Venerable Padre, traslada en los lugares que estimó oportunos hasta dieciséis cartas (de dos sólo fragmentos, pues no se conservaba de ellas otra cosa), que han servido de base para el Epistolario del Santo. Desgraciadamente, ha medrado harto poco desde 1641 en que publicó su obra el célebre literato aragonés. De las dieciséis cartas publicadas por el P. Jerónimo, sólo nueve tuvieron cabida en la edición de las obras del Santo, hecha en Madrid en 1691 (2), número que continuó reproduciéndose en las siguientes edi- 1 El mismo P. Andrés de la Encarnación (Ms. 3.180, Adiciones E, núms. 13 y 14) lamenta la poca atención que se puso al principio en coleccionar cartas del Santo. En mamotretos que se comenzaron a formar a fines del siglo XVI y principios del siguiente, se copiaron algunas, como en su lugar se dirá, pero muy pocas.

2 Las publica al principio del tomo, en hojas sin paginar, después de las "Aprobaciones" de los escritos y antes de los Avisos.

LXXVIl