ciones de los escritos del Santo hasta la de 1703, que volvió a reeditar todas las de Fr. Jerónimo. Estas mismas continuaron publicándose sin aumentos hasta la edición de Toledo que, según es dicho, hace subir el número a veinticinco; exiguo, en verdad, y que nosotros tampoco podemos aumentar apenas. Además, el benemérito P. Gerardo, a continuación de los Avisos de Andújar que publicó en su edición fotolitográfica (Toledo, 1913), por idéntico procedimiento editó también ocho cartas, de las que pudo adquirir copia autográfica. Unas cuantas más poseemos nosotros.
Al publicar cada una de estas cartas, daremos más pormenores de ellas, para que queden suficientemente ilustradas, como procuramos hacerlo con las de Santa Teresa.
A continuación de las Cartas se insertan otros documentos escritos o firmados por el Santo cuando fué vicario provincial de Andalucía, algunos de ellos conocidos ya, otros inéditos hasta el presente. Extendió el Santo en Beas y Granada algunas profesiones en los libros respectivos de estos conventos, algunas de las cuales fueron publicadas ya por el P. Gerardo. Como no tienen nada de particular, pues el Santo en su redacción se ajusta a las fórmulas tradicional.::, no las reproducimos. Advertimos únicamente, que ni todas las que hay en dichos libros de letra del Santo están en la edición de Toledo, ni algunas de las que aquí se copian son del Doctor místico.
Tampoco publicamos la oración a la Santísima Virgen que se lee en un papelito pegado en una de las hojas del Libro primitivo de Elecciones y Profesiones de Beas, el cual se creía del Santo, y por tal le tuvo el P. Andrés de la Encarnación (1). El P. Gerardo también ¡a incluyó en sus Autógrafos del Santo, página 88. Aunque la letra en la finura de ciertos rasgos y en el trazado de otros se parece a la del Doctor místico, sin embargo, una comparación diligente manifiesta que la letra es de Francisca del Espíritu Santo, que en el mismo libro extiende algunas profesiones, por ejemplo, la de Catalina Evangelista. Compárese la letra de estas profesiones con la de la oración dicha y se verá que procede de la misma pluma. Con esto no quiero decir que la oración no sea del Santo, sino que no es de su letra.
En el mismo error han incurrido muchos al atribuir al Santo 1 La oración dice: "Santísima María, Virgen de Vírgenes, sagrario de la Santísima Trinidad, Espejo de los Angeles, Refugio seguro de los pecadores: apiádate de nuestros trabajos, recibe con clemencia nuestros suspiros y aplaca la ira de tu Hijo santísimo." Esta oración puede componerla cualquiera que tenga un poco de cultura religiosa y de devoción a la Santísima Virgen. Tal vez sea de la citada M. Francisca.
LUVIU LUVIU unas lincas que se leen al margen de la profesión de la M. Catalina de Jesús (Godínez y Sandoval) que dicen: «Murió la M. Catalina de Jesús a veinte y tres de febrero del año de mil y quinientos y ochenta y seis siendo perlada deste conbento q ella misma fundó dando para ello seis mil ducados y las casas que haora bivimos». Harto indica la última frase que la nota es de una religiosa de la comunidad. Examinada la letra, resulta de la misma M. Francisca.
LZZIX Gustó San Juan de la Cruz, como todo místico que lo es de raíz y pura cepa, de rimar amores divinos, y un poema que los abarca y canta todos es la primera composición que de su pluma poseemos: el poema del Cántico Espiritual. Se ha dicho que la Mística es la poesía de la Religión, y tal vez nunca nos parezca esta afirmación tan verdadera y completa como después de leer al Cisne de Fontiveros. De él podemos decir lo que de Virgilio dijo el Dante: Onorate l'altissimo poeta.
Nada más a propósito para hacer pulsar la lira que los arrebatos y encendimientos del amor. Y si el amor profano ha inspirado composiciones bellas, de las que con razón se enorgullecen casi todas las literaturas de los pueblos cultos, provocando mayores incendios en el corazón el amor divino, forzosamente ha de ser causa de más honda y sublime inspiración poética, como atizada por superior aliento. Verdadera ufanía nos causa la lectura de los poemas de San Juan de la Cruz, que toleran parangón, aun en primores accidentales y secundarios de forma, con los poetas más encumbrados del Parnaso, y se halla muy por cima de todos en la cuerda que él pulsa con inspiración única: la mística, entendida en el sentido más restricto y apropiado. Versificaba el Santo cuando el pensamiento nacional, en sus más varias manifestaciones, había llegado a plena madurez cristiana, y sus estrofas de ardiente lava, que, sin embargo, salen de su pecho con mansa fluidez y regalada dulcedumbre, forman con otros contados ingenios de su época, algo así como el ático o remate espléndido que corona el edificio que la civilización hispana acababa de levantar al Redentor del género humano en el momento de doblarle sus dominios con un mundo nuevo.
Cronológicamente hablando, su primera composición poética— que es también la más bella — es el poema conocido con el nombre de Cántico Espiritual, que en un principio constó de diecisiete canciones, y luego le fué añadiendo otras hasta llegar a cuarenta. Bebiendo inspiración en el Cantar de los Cantares, y bajo las figuras de Esposo (Dios) y esposa (el alma), que se corresponden y requiebran, en alegoría magnífica y continuada va recorriendo todas las etapas del amor divino envuelto en opulencias salomónicas: que también Fray LXXX INTRODUCCION Juan de la Cruz tuvo su tanto de alma hebrea. Desnuda el Santo, por decirlo así, a todas las criaturas de la tierra de sus galas más vistosas, para tejer al Amor del Cielo la más fina tela poética que pudieron fabricar jamás las musas de Grecia y Roma ¿Qué vate expresó nunca tan bella y enérgicamente el deseo de transformarse en Dios por amor como el Santo en estas dos estrofas de fuego?: «Descubre tu presencia, Y máteme tu vista y hermosura; Mira que la dolencia de amor que no se cura sinc con la presencia y la figura».
«Oh, cristalina fuente, si en esos tus semblantes plateados, formases de repente los ojos deseados que tengo en mis entrañas dibujados».
¿Y cuándo las criaturas dieron contestación más dulce y poética, a requerimientos de su Hacedor, para manifestarle su gratitud por la hermosura que había dejado en ellas, que esta otra en que cantan: «Mil gracias derramando, pasó por estos sotos con presura, y yéndolos mirando, con sola su figura vestidos los dejó de hermosura?»
Según vimos en los Preliminares, las diecisiete primeras estrofas de este Poema, las compuso estando en el Convento de los Carmelitas Calzados de Toledo. Es fácil que las hiciese para propio consuelo y solaz, porque además de corresponder el Cántico a las necesidades de su alma mística, algunas estrofas— las primeras— tienen un airecillo de oportunidad y circunstancias locales, sin perder ápice de su universalidad y transcendencia, que nada tendría de particular que las hubiese compuesto para alivio de su alma en aquella forzosa soledad carcelaria de ocho meses, largos de talle (1).
Ni parece que tuvo el Santo intención de glosarlas, cuando observamos que lo hizo más tarde a importunidades y ruegos de almas 1 En la cárcel toledana compuso, además, los romances y las poesías que comienzan Que bien se yo la fonte...y Encima de las corrientes...En Granada el poema de la Llama, y en Toledo, o quizá en el Calvario, el de la Noche Oscura, según se dijo en el t. I, páginas 130-136.
uní dirigidas por él, que le habían cobrado mucho amor y confianza. Toda la ciencia mística contenida en las tres vías clásicas: purgativa, iluminativa y unitiva, veía con intuición genial el Santo en sus canciones; pero fué providencia bienhechora que le arrancasen el secreto de su hermoso simbolismo, y lo diese a la luz en soberanos comentarios, admirados por todas las inteligencias cultivadas, y saboreados con delectación por todas las almas heridas de amores divinos.
A bellísimos poemas se deben también sus tres restantes tratados: Subida del Monte, Noche Oscura y Llama de amor viva. Esta última la compuso a orillas del Darro y del Genil. Las tres son hijas de inspiración sublime y están llenas de hondo significado ascético y místico, como lo manifiestan los comentarios que les puso. La última de las tres, parece que fué compuesta cuando el Santo se hallaba en estado especialísimo de inspiración; porque si para comentarla, esperó—como él dice— el momento propicio en que Dios le «abriese la noticia» y «diese algún calor», mucho más hubo de propiciar el aire tenue de las celestes almenas para la construcción de estas estrofas maravillosas, donde hay menos ropajes humanos que en el comento que puedan disimular la falta de inspiración y calor divinos.
Parecida inspiración poética se advierte en otras composiciones suyas, y aunque sólo se oye la cuerda mística, suena siempre bien al oído, como tocada por artista hábil y experimentado. Hermoso, delicado y sugeridor, por ejemplo, y muy conforme con la doctrina que nos ha expuesto en sus tratados, es el poema en que celebra el alma su conocimiento de Dios por fe, bajo el símbolo, favorito suyo, de la noche oscura: «Que bien sé yo la fonte tjue mana y corre, Aunque es de noche.
Véase qué linda y delicadamente habla de la Sagrada Eucaristía vista al través de los blancos cendales de la fe divina: «Aquesta eterna fonte está escondida en este vivo pan por darnos vida aunque es de noche.
•Aquí se está llamando a las criaturas, y desta agua se hartan aunque a escuras, porque es de noche.
»Aquesta viva fuente, que deseo, en este pan de vida yo la veo aunque de noche».
lxxxh También metrificó ci Santo en ese género, tan popular en España en otros tiempos, que se llama romance, del cual hay numerosas composiciones en nuestro Parnaso, y preferido acaso del pueblo por su agilidad y por lo bien que se pega al oído. Glosando el Evangelio que comienza: In principio erat Verbum, habla profunda y poéticamente de la Santísima Trinidad, de la creación, de los deseos de los santos padres que en el Antiguo Testamento esperaban al Redentor del género humano, de la encarnación del Verbo de Dios, de su nacimiento, y, por fin, en el mismo metro y en dieciséis estrofas impregnadas de dulce y bíblica melancolía, glosa el salmo Super flumina Babylonis (1).
Estas son las principales flores del jardín poético del Doctor místico, más exquisitas que abundantes, ciertamente, pero no escasas tampoco y ricas todas de fino aroma, grata frescura y frágil morbidez, y realzadas por una profundidad y trascendencia alegórica sin igual en la mística rimada. Los autores de crítica literaria, aunque prescindan del soberano valor místico de estas poesías, las citan y encomian con aplauso y colocan a su autor entre los primeros líricos de nuestra lengua. Ha sido una fortuna para el Santo, y mayor aún para las patrias Letras, que nuestro primer crítico literario y maestro acatado de todos, nos dejase una página bellísima que encierra juicio definitivo de las poesías del Reformador carmelita. La cita es un poco larga y muy conocida, pero no se puede omitir en esta edición, porque nadie ha sintetizado mejor que él las excelencias poéticas del vate fontiverino. Acababa de hacer un estudio estupendo de fray Luis de León, digno ciertamente del autor de la Noche Serena (2), en su 1 No se halla en los Romances la sublime entonación que en las poesías líricas, sobre todo las que dieron ocasión a sus tratados místicos, ni el género lo pedía tampoco; pero se admira en ellas, como siempre, al teólogo profundo, al místico enamorado, al poeta fácil, fluido y delicado. Si hay alguna disonancia, acháquese a a misma facilidad con que versificaba, y al ningún cuidado que puso en limar asperezas y corregir acentos. No escribía para hacer alardes de pulcritud de forma, sino para satisfacer devociones hondas, y ambas cosas logra sin esfuerzo casi siempre.
2 Creemos que el insuperado crítico, no sólo estudió y enjuició como nadie lo ha hecho hasta ahora a los dos vates insignes, reyes indiscutibles de nuestra lírica religiosa; sino que al mismo tiempo dió pauta y modelo muy dignos de ser tomados en consideración, siempre que se intente compararlos entre sí por quien se sienta capaz de ello para evitar desdichados paralelos, que rara vez dejan de ser apasionados y odiosos. Ambos, dentro de la lírica, son reyes en cierto campo, distinto uno de otro, sin que en estas diversas zonas puedan ejercer indistintamente autoridad soberana. Ambos gozan de propia y recia personalidad. No creo que aquellos espíritus excelsos habrían tenido el menor inconveniente en rendirse mutuo vasallaje, sin abdicar de sus respectivas soberanías. Tan exagerado es afirmar que San Juan de la Cruz iguala a fray Luis en cierta dulzura mansa, serenidad helénica y corrección horaciana, como que éste le da alcance en sus encendidas ascensiones por el simbólico monte de la mística cristiana. En el Cántico espiritual hay esencias purísimas exclusivas del Cisne de Fontiveros, como en la oda a la "Vida retirada" las hay de la elaboración pro- LXXXIII LXXXIII Discurso de entrada en la Española (1881); y pasando inmediatamente a estudiar al Santo, dice: «Pero aun hay una poesía más angélica, celestial y divina, que ya no parece de este mundo, ni es posible medirla con criterios literarios, y eso que es más ardiente de pasión que ninguna poesía profana, y tan elegante y exquisita en la forma, y tan plástica y figurativa como los más sabrosos frutos del Renacimiento. Son las Canciones espirituales de San Juan de la Cruz, la Subida del Monte Carmelo, la Noche Oscura del alma. Confieso que me infunden religioso terror al tocarlas. Por allí ha pasado el espíritu de Dios, hermoseándolo y santificándolo todo: «Mil gracias derramando, Pasó por estos sotos con presura, Y yéndolos mirando, con sola su figura Vestidos los dejó de hermosura».
«Juzgar tales arrobamientos, no ya con el criterio retórico y mezquino de los rebuscadores de ápices, sino con la admiración respetuosa con que analizamos una oda de Píndaro o de Horacio, parece irreverencia y profanación. Y sin embargo, el autor era tan artista, aun mirado con los ojos de la carne, y tan sublime y perfecto en su arte, que tolera y resiste este análisis, y nos convida a exponer y desarrollar su sistema literario, vestidura riquísima de su extático pensamiento.
»La materia de sus canciones es toda de la más ardorosa devoción y de la más profunda teología mística. En ellas se canta la dichosa ventura que tuvo el alma en pasar por la obscura noche de la fe, en desnudez y purificación suya, a la unión del Amado; la perfecta unión de amor con Dios, cual se puede en esta vida, y las propiedades admirables de que el alma se reviste cuando llega a esta pía del vate del Tormes. El.A dónde te escondiste. Amado, semeja el eco vibrante y logrado de las almas puras y embriagadas de amor santo, desde la Magdalena a la Beata Sacramento, en vuelo ya para la eternidad, sin cuidarse de otro ropaje que el necesario para celebrar las bodas con el Esposo: el deseo que entraña la sublime composición ¡Qué descansada vida!, parece el anhelo de los espíritus nobles que aspiran a la posesión de Dios en tranquilidad dulce y resignada, que aprovechan las divinas dilaciones y aparentes despegos en vestirse con las galas más refinadas y de impecable gusto estético, para sugestionar más al Amado y obligarle a acelerar la partida para unirse a El en dulce y perdurable encuentro.
Admiremos sin limitación a los dos egregios poetas, y dejémosles tranquilos en sus pedestales de oro, que en vida se quisieron bien, y ahora en aquellas regiones "De oro y luz labradas de espíritus dichosos habitadas." no van a alterar la inefable armonía en que continúan viviendo en fruición beatifica- LXXXTV LXXXTV unión, y los varios y tiernos afectos que engendra la interior comunicación con Dios. Y todo esto se desarrolla, no en forma dialéctica, ni aún en la pura forma lírica de arranques y efusiones, sino en metáfora del amor terreno, y con velos y alegorías tomados de aquel divino epitalamio en que Salomón prefiguró los místicos desposorios de Cristo y su Iglesia. Poesía misteriosa y solemne, y sin embargo, lozana y pródiga y llena de color y de vida; ascética, pero calentada por el sol meridional; poesía que envuelve las abstracciones y los conceptos puros en lluvia de perlas y de flores y que, en vez de abismarse en el centro del alma, pide imágenes a todo lo sensible, para reproducir, aunque en sombras y lejos, la inefable hermosura del Amado. Poesía espiritual, contemplativa e idealista, y que con todo eso nos comunica el sentido más arcano y la más penetrante impresión de la naturaleza, en el silencio y en los miedos veladores de aquella noche, amable más que la alborada, en el ventalle de cedros, y el aire de la almena que orea los cabellos del Esposo...»
Aquí reproduce el autor muchas estrofas del Cántico en confirmación de lo que acaba de decir, y prosigue: «Por toda esta poesía oriental, trasplantada de la cumbre del Carmelo y de los floridos valles de Siona, corre una llama de afectos y un encendimiento amoroso capaz de derretir el mármol. Hielo parecen las ternezas de los poetas profanos al lado de esta vehemencia de deseos y de este fervor en la posesión, que siente el alma después que bebió el vino de la bodega del Esposo: «Apaga mis enojos, Pues que ninguno basta a deshacellos Y véante mis ojos Pues eres lumbre de ellos Y sólo para ti quiero tenellos.
Quedéme y olvidéme, El rostro recliné sobre el Amado, Cesó todo y dejéme, Dejando mi cuidado Entre las azucenas olvidado».
»Y aquel otro rasgo, que no está en el Cantar de los Cantares, y que, no obstante, es admirable de verdad y de sentimiento: «Cuando tú me mirabas, Tu gracia en mí tus ojos imprimían» (1).
1 Recientemente ha escrito capítulos muy notables sobre las poesías del Santo LXXIV Las bellezas soberanas que se admiran en el vate de Fontiveros, son hijas asi de su ingenio nativo y profunda inspiración mística como de su cultura teológica, estética y literaria. Esta es mucho más difícil de precisar que la teológica y filosófica del Doctor de la A^ística, porque nos quedan menos noticias y, además, muy imprecisas. Casi todo lo que de esto sabemos es debido a lo que Francisco de Yepes, nos dejó en sus relaciones de su santo hermano. No cabe duda que de la cátedra del P. Bonifacio en Medina salió muy bien impuesto en Latín y Humanidades, y que estos conocimientos se agrandaron y tomaron altos vuelos en el ambiente universitario salmantino, donde brillaban humanistas como el Brócense y fray Luis de León.
Conocida la instrucción que ya por este tiempo se daba en los colegios de la Compañía, salió el Santo de las aulas medinenses dominando la técnica del metro latino, y no dejaría de adquirir conocimientos de la métrica española, así de la antigua y ya arcaica de la época medieval, como de las formas nuevas que con aceptación universal importaron de la bella Italia Boscán y Garcilaso. No existe ninguna razón para que no conociese, siquiera en términos generales, las corrientes y formas literarias más en boga de su tiempo, principalmente haciendo, como hizo, los estudios humanísticos en edad más adelantada que la hoy usual, y poseyendo un ingenio tan brillante y tan inclinado a la belleza en sus más variadas manifestaciones. Profundo reflejo de belleza sigue invariablemente a su pluma como la luz al astro rey. De él, como de Goldsmith. puede decirse que nikib tetigit quod non ornavit. La belleza serena y perenne emerge de la entraña misma del asunto que trata, como los orientes brotan de lo más íntimo de esas piedras preciosas sin oquedades ni puntos muertos. El empeño del Santo de no significarse en nada, ni dar ni por descuido un dato autobiográfico cualquiera, hace siempre difícil la investigación de los elementos que contribuyeron a su formación científica y literaria. Sin embargo, una cita, caída como al desgaire, que el Santo puso al fin del poema de la Llama de amor viva, nos da la certeza de haber leído clásicos españoles, que sin ella no habría pasado de fundada conjetura el hecho cierto. Allí dice que compone las ¡iras de Llama al modo de las que en Boscán están vueltas a lo divino, y copia tres versos de una de las estrofas (1). No parece debamos abrigar la menor duda de que el Santo leyó a Boscán y a su inseparable amigo Garcilaso de la Vega, que juntos corrían entonces en leel P. Crisógono en el t. II de su importante obra San Juan de ¡a Cruz, su obra científica y literaria.
1 Cfr. págs. 6 y 7.
LXXXV1 tras de molde y se leían por todos los que sentían amor y afición a las buenas letras. Como en los conventos se sentía también este amor con más aguda comezón que en ningún otro centro— ahí están sus producciones literarias que no me harán mentiroso—, ¿quién puede poner en tela de juicio que en ellos abundaban los ejemplares de nuestros más excelsos poetas y que fray Juan de Santo Matía hallaba ocios y vagares para leerlos, después de sus estudios intensos de filosofía o teología? Era aquélla época harto más poética que la nuestra, y hasta las monjitas divertían y sazonaban las principales fiestas y novedades de la comunidad versificando con más abundancia, por lo regular, que inspiración. Al fin, conseguían su objeto. ¿Qué más podían apetecer? Nos parece cierto que San Juan de la Cruz fué muy versado en la lectura de los poetas latinos y nacionales más nombrados, y que dominó la técnica de ambas lenguas, aunque de la segunda no nos quede muestra.
Por la referencia que hace a Boscán y por las afinidades poéticas que tiene el Santo con Garcilaso, se conjetura con sólido fundamento que las composiciones de estos insignes vates le eran familiares, más las del segundo que las del poeta catalán. La cita que el Santo trae en el lugar indicado de la Llama la tomó de la obra de Sebastián de Córdoba titulada: Las obras de Boscán y Garcilaso trasladadas en materias christianas y religiosas (Granada, 1575); pero esto no indica que no leyera las obras de los primeros en sus fuentes nativas (1). De Garcilaso tomó su metrificación heptasílaba y endecasílaba, artísticamente combinada, triunfante ya, por otra parte, en la poesía castellana, en las composiciones llamadas liras, y en el mismo autor se inspiró también, como agudamente observa Baruzi (2), para la composición de seis versos empleada en la Llama, ñ Garcilaso recuerda aquel bucolismo tenue, diluido y sublimado en el Cántico, y 1 Por disculpable descuido de lectura afirmó el P. Gerardo (t. II. p. 387, nota 1 ), que Sebastián de Córdoba no había vuelto a lo divino semejante estrofa. La volvió, como puede verse en la edición citada, aunque cambiando el verso de Garcilaso: Rendido a mi fortuna por el menos afortunado: Llorando mi fortuna.
2 Baruzi (Saint Jean: la vie, págs. 109 y ss.) hace acerca de esta y de otras particularidades de las poesias sanjuanistas muy finas y atinadas observaciones, que, más o menos, han copiado los que posteriormente han tratado de estas materias. Hasta de los que muestran cierta extrañeza porque el Santo cita a Boscán y no a Garcilaso, muy superior como poeta al primero, dice discretamente el critico francés que no hizo el cantor de Fontiveros otra cosa que acomodarse al lenguaje del vulgo, fundado probablemente en que las primeras ediciones de las poesías de Garcilaso se publicaron como apéndice a las de Boscán al final del tomito donde se imprimieron las de éste.
LXXXVII que tiene su expresión más acentuada y graciosa en la linda composición: Un pasto re ico solo está penado, y el aire de sus principales poesías. Hasta las palabras de más suave y melancólica expresión poética tienen correspondencia en las dulces Eglogas del malogrado vate toledano. Es el poeta con quien más parecido de forma tiene el Santo, siquiera en el fondo no se le parezca en nada por tratar de materias del todo diferentes.
Ateniéndonos a las poesías indubitadas de San Juan de la Cruz, no puede decirse que fué vate fecundo— pudo serlo—, pero sí admirable, sin rival en la expresión rimada de los más sublimes secretos de la Mística. Por méritos propios se sienta fray Juan en el Parnaso entre los más grandes poetas de la Humanidad.
COLECCIONES POETICAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ.
Colección de Toledo y Beas. — La idea de coleccionar estas fugaces producciones del ingenio místico del Santo, felizmente es tan antigua como su propio autor. Aún más: puede asegurarse que él mismo autorizó la primera de que tenemos memoria. Desde que el humano y piadoso carcelero del Santo en Toledo, fray Juan de la Magdalena, condescendiendo a una petición del Santo, le proporcionó recado para escribir, fué trasladando a las cuartillas los versos que su memoria atesoraba, y que en aquella adversidad servían de lenitivo y hasta de regalo a su corazón atribulado. Vimos en los Preliminares las declaraciones de algunas Descalzas que formaban parte de la comunidad de Toledo en los momentos en que el Santo, huido de la cárcel, se refugió en ellas, y les hizo pasar ratos muy agradables y edificativos recitándoles versos durante las horas que se tardó en poner su persona en seguridad llevándole a casa de D. Pedro González de Mendoza.
Cuando el Santo dejó la Ciudad Imperial y se trasladó al Calvario, al pasar por Beas dejó a las religiosas un cuadernito de poesías, que la Madre Magdalena del Espíritu Santo declaró más tarde cuáles eran, según vimos en los citados Preliminares. La misma Madre sacó varias copias de dicho cuaderno, que formaron, con la de Toledo, las colecciones más antiguas de poesías sanjuanistas. Estas erai, según la citada religiosa: Adonde te escondiste, Amado...; Qué bien sé yo la fonte..., y los nueve romances que componen la glosa del Evangelio In principio erat Verbum, asi como la otra al salmo Super Ilumina Babylonis.
LXXXVHI Colección de Sanlácar de Barrameda (1).— Más copiosa que la de Toledo es la Colección que se halla a continuación del traslado del Cántico Espiritual, con notas autógrafas del Santo, que corrige algunos descuidos del copiante. El título general que encabeza la Colección dice a la letra: Canciones de ¡ el alma, que se goza de auer llegado al / alto estado de la perfección, que es la / unión con Dios por el camino de la negación espiritual / de el mesrno Author. El orden con que se transcriben en este Códice es el siguiente: En una noche obscura...Oh llama de amor viva...Entré me donde no supe...Vivo sin vivir en mí...Tras de un amoroso lance...('// pastorcico sóle está penado...Que bien sé yo la jonte, que mana y corre...
Además traslada los romances sobre el Evangelio In principio y el correspondiente a Sttper ilumina Babylonis. Como se ve, la colección sanluqueña se halla enriquecida con unas cuantas perlas poéticas que no se leen en la de Toledo. Por lo menos no se citan en las referencias antiguas que de ella nos quedan. Ni es éste su principal mérito, comoquiera que lo que hace insustituible y única esta colección, es haberla manejado el Santo y hecho algunas levísimas correcciones de su pluma para rectificar yerros evidentes, como se verá en sus textos respectivos (2).
Colección de Jaén.— Otra de las colecciones de grande estima por su antigüedad y procedencia, que vimos al tratar en la Introducción del Cántico Espiritual (3), es la que trae el Códice de las Carmelitas Descalzas de Jaén, que viene a continuación de la redacción segunda del Cántico. Después de la página 306, en que termina este tratado, y la siguiente en blanco, se copian las poesías con este título: Canciones de el alma que se go/za de auer llegado al alto estado I de la perjetio q es la unión con ¡ Dios por el camino de la ne/gacion espiritual / de el mesmo / autor. Se trasladan casi con el 1 Cfr. Cántico Espiritual y Poesías de San Juan de la Cruz, según el Códice...Edición y notas del P. Silverio de Santa Teresa. (Burgos, 1928).
2 Las estrofas del Cántico no se copian aquí, porque ya se habían trasladado en el texto del comento. Es muy digno de notar, como veremos luego, que la copia del Cántico que sirvió para hacer la edición de Bruselas en 1627 (t. III, p. LIV), publica al fin de dicho tratado las mismas poesías que se leen en esta colección.
3 Cfr. t. III, pág. XXXIX.
LXXXtZ mismo orden que vienen en la Colección de Sanlúcar, y se añaden dos nuevas, que se colocan a continuación de la que comienza: Tras un amoroso lance. La primera de las que se añaden, sin más titulo que «Glosa del mismo», empieza: Sin arrimo y con arrimo. La segunda lleva el rótulo: «Glosa a lo divino por el mismo autor», y su primer verso dice: Por toda la hermosa ra. Las poesías terminan en la página 330 v., y por remate de todo, como en el Códice de Barrameda: Debetur soli gloria vera Deo. La copia tiene muchos descuidos; sobre todo la poesía Qué bien sé yo la jonte..., se traslada mal y se suprimen varias estrofas.
Colección del Sacro Monte (Granada).— Este es otro de los códices antiguos del Cántico que coleccionó poesías de San Juan de la Cruz. El hecho es digno de notarse. Con existir traslados antiguos de otros tratados del Santo donde parece que igualmente pudieran tener cariñosa hospitalidad las composiciones rimadas sanjuanistas, parece come si hubiese habido tácito consentimiento para otorgar este honor a la obra más poética del Solitario del Calvario. Conoce ya el lector el Códice granadino (1). A continuación de la Llama de amor viva, en dieciséis hojas sin paginar, se copian las poesías con este encabezamiento: Canciones del alma q se goza de ' auer llegado a la divina unión I de Dios por el camino de la ne gacion de sí y de todas las cosas en pu reza de jee. Consta de las mismas poesías que la Colección de Sanlúcar, excepto la que comienza Un pastorcico solo está penado, que tal vez se omitió en aquélla por descuido. El orden con que se copian es algo distinto. Después del poema de la Noche Oscura vienen los romances y luego las restantes poesías que vimos en el de Barrameda. La última es: Qué bien sé yo la jonte...Fuera de alguno que otro yerro o descuido, coinciden las Colecciones de Sanlúcar y Sacro Monte.
Otras colecciones de poesías del Santo. — Sería difícil el empeño de reducir a número, y menos clasificar, los manuscritos antiguos que copiaron poesías de San Juan de la Cruz. Muy extendida y arraigada en los siglos XVI y XVII la costumbre de trasladar y reunir en cuaderno fragmentos de prosa devota, tomados de tratados espirituales, y poesías, devotas también, que enardeciesen el corazón en afectos de amor de Dios, ya se entiende que el Autor del Cántico había de ser muy solicitado para satisfacer esta necesidad del alma buena. De aquí que se vean poesías suyas donde menos se podía esperar, y de aquí 1 Vid. t. III. pág. XXVI.
IC también que preocupados los copiantes harto más de alimentar su devoción que de cominerías de crítica, confundiesen a menudo los autores de las poesías que trasladaban; lo cual ha dado lugar a yerros de monta al prohijar más tarde composiciones a determinados poetas, fiados en la autoridad, harto precaria, de tales manuscritos.
Por lo que a San Juan de la Cruz se refiere, a pie juntillas podemos recibir como suyas las composiciones que figuran en las tres colecciones descritas de Barrameda, Jaén y Sacro Monte. Salvo dos, todas se hallan, además, en la conocida edición de Bruselas, que se supone hecha por un códice de la venerable Ana de Jesús. Y estas dos se leen en Códices tan autorizados como el jienense y en otros que, sin serlo tanto, la tienen grande. Por el contrario, las poesías que no se incluyen en dichas colecciones, no diré que las debamos rechazar de plano, pero sí que necesitan más detenido estudio para incluirlas en el Cancionero sanjuanista.
Entre los manuscritos que pertenecen a este grupo de que venimos hablando, merece lugar primero el de las Carmelitas de Pamplona, escrito todo él por la M. Magdalena de la Asunción, como se dijo en otro lugar (1). Después de copiar el tratadillo devoto titulado Suma de la vía unitiva, dejando en blanco el folio 297 vuelto, sin más encabezamiento que la palabra Octavas, traslada algunas composiciones que responden al título, y luego inserta algunas que son del Santo y de la M. Cecilia del Nacimiento, y otras son paráfrasis de composiciones suyas u originales de autores hasta el presente desconocidos.
El primer verso de todas es como sigue: