Este desorden causado en él por él mismo, se transmitió por él al un verso y a la manera de ser de todas las cosas; todas le estaban sujetas, y € das se le rebelaron. Cuando dejó de ser esclavo de Dios, dejó de ser Príng pe de la tierra; lo cual no nos causará maravilla, si consideramos que le títulos de su Monarquía terrenal estaban fundados en su divina servidul bre. Los animales a quien él mismo, en señal de su dominación, había puest sus nombres, dejaron de obedecer a su voz, y de entender su palabra y d seguir su mandamiento; la tierra se le llenó de abrojos, el cielo se le vol de metal, las flores se le rodearon de espinas; la naturaleza entera estu como poseída contra él de una furia insensata; los mares, al verle venir, vol caron estrepitosamente sus ondas, y sus abismos resonaron con pavorosú estruendos; las montañas, para atajarle el paso, levantaron hasta los cielo sus cumbres; por sus campos pasaron los torrentes, y sobre sus frágiles tien das vinieron los huracanes; los reptiles escupieron en él sus venenos, la; hierbas le destilaron sus ponzoñas; en cada paso temió una celada, y el cada celada la muerte.
3. Una vez aceptada la explicación católica del mal, se explica natural mente todo aquello que sin ella y fuera de ella parecía y era en efecto inex plicable. No existiendo el mal de una manera sustancial, sino antes bier negativa, no puede servir de materia a una creación, con lo cual cae natu ralmente la dificultad que nacía de la coexistencia de dos creaciones dife rentes y simultáneas. Esta dificultad iba en aumento al paso que se iba ade lantando por este escabroso camino, como quiera que el dualismo de li creación suponía forzosamente otro dualismo más repugnante todavía a li razón humana: el dualismo esencial de la Divinidad, que ha de ser conce bida como una esencia simplicísima, o no puede ser concebida de manerí ninguna. Juntamente con ese dualismo divino viene por tierra la idea dé una rivalidad a un tiempo mismo imposible y necesaria; necesaria, porqué dos dioses que se contradicen, y dos esencias que se repugnan, están con denadas por la naturaleza misma de las cosas a una lucha perpetua; impo % Ténganse presentes las advertencias hechas anteriormente en la página 30.
RAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 101 ble, porque siendo la victoria definitiva el objeto final de toda contienda, miistiendo aquí la victoria definitiva en la supresión del mal por el bien, ilel bien por el mal, y no pudiendo ser suprimido ni el uno ni el otro, árque lo que existe de una manera esencial, existe necesariamente, de la mposibilidad de la supresión se seguía la imposibilidad de la victoria, y de imposibilidad de la victoria, objeto final de la contienda, la imposibiliad radical de la contienda misma. Con la contradicción divina, a que va a arar forzosamente todo sistema maniqueo, desaparece la contradicción limana, en que se cae cuando se supone la coexistencia del bien y del mal 1 el hombre. Esa contradicción es absurda, y como absurda inconcebible. Hirmar del hombre que es a un tiempo esencialmente bueno y esencialente malo, es tanto como afirmar una de estas dos cosas: o que el hom-Fe es un compuesto de dos esencias contrarias, juntando aquí lo que se ve bligado a separar en la Divinidad el sistema maniqueo; o que la esencia Fl hombre es una, y que siendo una es mala y buena a un tiempo mismo: y cual es afirmar todo lo que se niega, y negar todo lo que se afirma de h misma cosa.
4. En el sistema católico el mal existe, pero existe con una existencia modal; no existe esencialmente. El mal, así considerado, es sinónimo de Psorden; porque no es otra cosa, si bien se mira, sino la manera desordelada en que están las cosas que no han dejado de ser esencialmente buelAK, y que por una causa secretísima y misteriosa han dejado de estar bien Hdenadas. Por el sistema católico se nos señala esa causa misteriosa y Peretísima; y en su señalamiento, si hay mucho que exceda a la razón, no y nada que la contradiga y la repugne, como quiera que, para explicar ina perturbación moral en las cosas que aun después de perturbadas conserin íntegras y puras sus esencias, no hay que recurrir a una intervención ivina, con lo cual no habría proporción entre el efecto y la causa: basta, ra explicar el hecho suficientemente, acudir a la intervención anárquica P los seres inteligentes y libres; como quiera que, si no pudieran alterar * alguna manera el orden maravilloso de la creación y sus concertadas ar-Honías, no podrían ser considerados ni como libres ni como inteligentes. del mal, considerado como accidental y efímero, pueden afirmarse sin conadicción y sin repugnancia estas dos cosas: la primera, que por lo que tiete de mal, no ha podido ser obra de Dios; la segunda, que por lo que tiene He efímero y de accidental, ha podido ser obra del hombre. De esta maneta las afirmaciones de la razón van a confundirse con las afirmaciohes catóficas.
UAN DONOSO CORTE NAVY ) | FNSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 103 sistema católico desaparecen todos los absurdos y quedar la contienda entre partes, de las cuales la una ha d: s. Por este sistema, una es la creación; Victoriosa, y la otra vencida necesariamente. Dos ptos necesariamente mida, con el dualismo divino, la gue Has para que exista una contienda: que la icloña ci son necesa-¡ no existiera *, no podría concebi | incierta la victoria. Toda batalla es absurda cuand pá e posible, A xiste, es un accidente, no es uni cuando la victoria es imposible; de donde se sigue 2 praia es cierta O a un accidente, sería obra di ra que se las considere, son absurdas esas batallas ds: E A Dios, criador de todas las cosas: lo cual envuelve una contradicción que re la universal dominación y por el sumo imperio, ab grandiosas trabadas por pugna a un mismo tiempo a la razón humana y a la razón divina. El ma ahora dos los Emperadores: en el pee on Pe pas el soberano, viene del hombre y está en el hombre; y viniendo de él y estando en él, haj Berpetuamente solo; en el segundo, porque de mea de el que: es uno sera en ello una grande conveniencia, lejos de haber en ello contradicción nm serán dos perpetuamente. Esos pl igant o el guna. La conveniencia está en que, no pudiendo ser el mal obra de Dios que, o están decididos antes de trabarse, > cul cis a Pee spués de trabano podría el hombre escogerle si no pudiera crearle, y no sería libre si n6 dos. pudiera escogerle *. No hay en ello contradicción ninguna; porque al afi mar el catolicismo, del hombre, que es bueno en su esencia y malo por ac cidente, no afirma de él lo mismo que niega, ni niega lo mismo que afir era que afirmar del hombre que es malo por accidente y bue: cosas contradictorias, sino cosas en que Supuesto el suprimidas todas las contradiccione Dios es uno, con lo cual queda supri rra de las dioses. El mal existe, porque s se la libertad humana; pero el mal que e esencia; porque si fuera una esencia y no fuer ma; como qui no por esencia, no es afirmar de él no cabe contradicción, por ser de todo punto diferentes.
Por último, aceptado el sistema católico, cae desplomado el sistem siste en suponer una rivalidad perpetua entre Dios y ador y la criatura. El hombre, autor del mal, accidental de suyo y transitorio, no es, a manera de Dios, criador, mantenedor y gobernador de todas las esencias y de todas las cosas. Entre esos dos seres, apartados entre sí por una distancia infinita, no hay rivalidad imaginable ni competencia posible. En los sistemas maniqueo y proudhoniano, la batalla entre el Criador del bien esencial y el criador del mal esencial era inconcebible y absurda, porque era imposible la victoria; en el sistema católico no cabe la suposición de la batalla, porque no cabe la suposición de a blasfemo e impío que con el hombre, entre el Est UA 1 O no pudiera existir. UNIWMERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA 5 En el primer capítulo de este libro demuestra Donoso que la facultad de escoger entre el. DEPTO. DÉ BIBLIOTE CAS bien y el mal no es de esencia de la libertad, pues Dios, y los ángeles y santos unidos a Él en la BIBLIOTECA “EFE” GOMEZ gloria, no por estar exentos de aquella flaqueza carecen de libre albedrío ni dejan de gozar de una libertad perfecta. Aquí afirma Donoso que el hombre no sería libre si no pudiera escoger entre el bien y el mal.
Ya hemos notado de escoger entre el bien y el mal. Esto se ve tan que para ningún lector imparcial y atento puede ser obscuro.
antes de ahora que por facultad de escoger entiende Donoso la facultad claro en los muchos pasajes citados anteriormente, CAPÍTULO QUINTO SECRETAS ANALOGÍAS ENTRE LAS PERTURBACIONES FÍSICAS Y LAS MORALES, DERIVADAS TODAS DE LA LIBERTAD HUMANA SUMARIO. -1. El pecado introdujo en el mundo el desorden moral (que consiste en la ignorancia, la concupiscencia) y el físico (que consiste en la enfermedad, la muerte). -2. Toda la creación sintió la perturbación causada por el pecado. -3. Cristo, juntamente sanaba los cuerpos y perdonaba las culpas. Para satisfacer por el pecado se abrazó con el dolor y la muerte. -4, El género humano proclama el secreto enlace entre los males físicos y el pecado. -5. Dos ejemplos: el diluvio, la muerte de Cristo.
1. Hasta dónde hayan ido a parar los estragos de la culpa, y hasta qué punto se haya cambiado el semblante todo de la creación con tan noble Wesvarío, es cosa substraída a las humanas investigaciones; pero lo que está puesto fuera de toda duda, es que padecieron degradación juntamente en dán su espíritu y su carne, por orgullosq aquél y ésta por concupiscente. Siendo una misma la causa de la degradación física y de la moral, entrambas ofrecen portentosas analogías y equivalencias en sus varias magi: Testaciones. ) Ya dijimos que el pecado, causa primitiva de toda degradación, no fue Mtra cosa sino un desorden; y como consistiese el orden en el perfecto equilibrio de todas las cosas criadas, y ese equilibrio en la subordinación jerár uica que mantiene unas con otras, y en la absoluta que todas mantenían con su Criador, síguese de aquí que el pecado o el desorden, que es una fosa misma, no consistió en otra cosa sino en la relajación de esas subordinaciones jerárquicas que tenían las cosas entre sí, y de la absoluta en que estaban respecto del Ser Supremo; o lo que es lo mismo, en el quebranil miento de aquel perfecto equilibrio y de aquella maravillosa trabazón en que fueron puestas todas las cosas. Y como quiera que los efectos son siempre análogos a sus causas, todos los efectos de la culpa vinieron a ser, hasta cierto punto, lo que ellas: un desorden, una desunión, un desequilibrio. El pecado fue la desunión del hombre y de Dios. El pecado produjo un desor-: den moral y un desorden físico. El desorden moral consistió en la ignorancia del entendimiento y en la flaqueza de la voluntad; la ignorancia del entendimiento no fue otra cosa sino su desunión del entendimiento divino; la flaqueza de la voluntad estuvo en su desunión de la voluntad suprema, El desorden físico producido por el pecado consistió en la enfermedad y en la muerte. Ahora bien; la enfermedad no es otra cosa sino el desorden, la desunión, el desequilibrio de las partes constitutivas de nuestro cuerpo; la muerte no es otra cosa sino esa misma desunión, ese mismo desorden, ese mismo desequilibrio, llevado hasta el último punto. Luego el desorden físico y moral, la ignorancia y la flaqueza de la voluntad, por una parte, y la enfermedad y la muerte, por otra, son una Cosa Misma.
Esto se verá más claro todavía, sólo con considerar que todos estos desórdenes, así físicos como morales, toman una misma denominación en el punto en donde nacen. ” La concupiscencia de la carne y el orgullo del espíritu se llaman por un mismo nombre, el pecado; la desunión definitiva del alma y de Dios, y la del cuerpo y del alma, se llaman con un mismo nombre, la muerte.
Por donde se ve que el vínculo entre lo físico y lo moral es tan estrecho, que sólo en el medio puede observarse su Aerea, viniendo a ser una misma cosa en su fin y en su principio. ¿Y cómo había de ser de otra manera, si así lo físico como lo moral viene de Dios y acaba en Dios; si Dios está antes del pecado y después de la muerte? as 9. Por lo demás, esta estrechísima conexión entre lo moral y lo físico podría ser ignorada de la tierra, que es puramente COrpúrea, y de los ángeles, que son espíritus puros; pero ¿cómo ese misterio ha de ser una cosa escondida para el hombre, compuesto de un alma inmortal y de una 2 ria corpórea, y que está puesto por Dios en la confluencia de dos mundos: Ni paró aquí aquella gran perturbación producida por el pecado; como quiera que no sólo Adán quedó sujeto a la enfermedad y a la muerte, sino que también la tierra fue maldecida a causa de él y en su nombre. | Por lo que hace a esta tremenda y hasta cierto punto incomprensible maldición, sin que sea visto que osemos penetrar en tan oscuros arcanos, y ePconociendo, como reconocemos, que los juicios de Dios son tan secretos.
mo maravillosas sus obras, parécenos, sin embargo, que una vez confesala en la teórica la relación misteriosa que ha puesto Dios entre lo moral y lo físico, y una vez confesada en la práctica, por ser, si bien en cierta maneti inexplicable, hasta cierto punto visible en el hombre, todo lo demás es menos en este misterio profundo; como quiera que el misterio está en esa ley de relación, más bien que en las aplicaciones que de ella puedan hacerhe por vía de consecuencia.
Conviene notar aquí, para el esclarecimiento de esta materia escabro-1, y en comprobación de cuanto llevamos dicho, que las cosas físicas no pueden considerarse como dotadas de una existencia independiente, como existiendo en sí, por sí y para sí, sino más bien como manifestaciones de las cosas espirituales, que son las únicas que tienen en sí mismas la razón de su existencia!. Siendo Dios espíritu puro y principio y fin de todas las cosas, es claro que todas las cosas en su principio y en su fin son espirituales: siendo esto así, o las cosas físicas son vanas apariencias y no existen, o si existen, existen por Dios y para Dios, lo cual quiere decir que existen por el espíritu y para el espíritu, de donde se infiere que siempre que haya tina perturbación, cualquiera que ella sea, en las regiones espirituales, ha dde haber forzosamente otra análoga en las regiones corpóreas; no pudiendo concebirse que estén quietas las cosas mismas, cuando hay una perturbación en lo que es principio y fin de todas las cosas.
La perturbación, pues, producida por el pecado fue y debió de ser general, fue y debió de ser común a las regiones altas y a las bajas, a las de lodos los espíritus y a la de todos los cuerpos. El rostro de Dios, plácido antes y sereno, se conturbó con la ira; sus serafines mudaron de semblante, litierra se cuajó de espinas y de abrojos, y se secaron sus plantas, y envejecieron sus árboles, y se agostaron sus hierbas, y dejaron de destilar licor suavísimo sus fuentes; y fue fertilísima en ponzoñas, y se vistió de bosques oscuros, impenetrables, pavorosos, y ser coronó de montes bravos, y hubo una zona tórrida y otra frigidísima, y fue onsumida por el fuego y abrasa-(dla por la escarcha y se levantaron en todos sus horizontes torbellinos impetuosos, y sus ámbitos fueron henchidos con el estruendo de los huracanes.
* El autor se refiere, sin duda, según añade luego, a sólo Dios; fuera de Dios, en efecto, no hay substancia alguna espiritual que tenga en sí la razón de su existencia.
108 JUAN DONOSO CORT | 'AYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 109 Puesto el hombre como en el centro de este desorden universal, a: tiempo obra suya y su castigo; desordenado él mismo más honda y radic mente que el resto de la creación, quedó expuesto, sin otra ayuda que de la misericordia divina, a la impetuosa corriente de todos los dolores ff cos y de todas las congojas morales, su vida fue toda tentación y bata ignorancia su sabiduría, su voluntad toda flaqueza, toda corrupción su ne. Cada una de sus acciones estuvo acompañada de un arrepentimient cada uno de sus placeres fue seguido de un dejo amargo o de un doli agudísimo; cuantos fueron sus deseos, tantos fueron sus pesares; cuani sus esperanzas, otras tantas sus ilusiones; y cuantas sus ilusiones, otros tos sus desengaños. Su memoria le sirvió de torcedor, su previsión de to mento; su imaginación no le sirvió de otra cosa sino de echar franjas ( púrpura y de oro sobre su desnudez y miseria *. Enamorado del bien par el que había nacido, echó por la senda del mal por donde había entrada necesitado de un Dios, cayó en los insondables abismos de todas las supe ticiones; condenado a padecer, ¿quién será capaz de hacer el recuento d sus infortunios? Condenado a trabajar con fatiga, ¿quién sabe el guarismé de sus trabajos? Condenada su frente a perpetuo sudor, ¿quién llevará l, cuenta de las gotas de sudor que han caído de su frente?
Pon al hombre tan alto como sea posible, o tan bajo como quieras; er ninguna parte estará exento de aquella pena que nos vino de nuestro co mún pecado. Si al que está en lo alto no le alcanza la injuria, le alcanza la envidia; si al que está bajo no le alcanza la envidia, le alcanza la injuria ¿Dónde está la carne que no haya padecido dolor, y el espíritu que no haya padecido congojas? ¿Quién estuvo tan alto que no temiera caer? ¿Quién creyó tan firmemente en la constancia de la fortuna que no temiera sus; reveses? Los hombres, en el nacer, en el vivir, en el morir, todos somos unos, porque todos somos culpables y todos somos penados.
Bi el nacimiento, si la vida y si la muerte no son una pena, ¿en qué liste que no nacemos, vivimos y morimos como todo lo demás que nace, y muere? ¿Por qué morimos llenos de terrores? ¿Por qué vivimos llede congojas? Y ¿por qué cuando nacemos venimos al mundo con los 205 cruzados en el pecho en postura penitente? Y ¿por qué al abrir los a 1 la luz los abrimos al llanto y nuestro primer saludo es un gemido?
3, Los hechos históricos vienen a confirmar los dogmas que acabamos exponer y todas sus misteriosas consonancias. El Salvador del mundo, edificación y pavor profundísimo de los pocos justos que le seguían y im escándalo de los doctores, borraba los pecados curando las enfermeles, y curaba las enfermedades absolviendo de los pecados, suprimiendo is veces la causa por medio de la supresión de los efectos y borrando ras los efectos por medio de la supresión de su causa. Como un paralítise hubiese puesto en su presencia en ocasión en que se hallaba rodeado ¿muchedumbre de doctores y fariseos, alzó la voz y le dijo: «Confía, hijo lo, Yo te remito tus pecados». Escandalizáronse en su corazón los que esban allí presentes, pareciéndoles, por una parte, que la potestad de abalver era en el Nazareno orgullo y locura, y por otra, que intentar sanar Ñ enfermedades absolviendo de los pecados era una extravagancia; y como Señor viese nacer en los corazones de aquellas gentes aquellos pensaientos culpables, añadió luego en seguida: «Y para que a todos sea notobp que el Hijo del Hombre tiene en la tierra la potestad de remitir los peidos, levántate, yo te lo ordeno; lleva contigo tu lecho y vuelve a tu casa». así fue hecho como lo dijo, con lo cual vino a demostrar que la potestad E curar y la de absolver son una potestad misma, y que el pecado y la en-“medad son una misma cosa.
Antes de pasar adelante será bueno notar aquí, en confirmación de anto vamos diciendo, dos cosas dignas de memoria: la primera, que el nor, antes de poner sus hombros al grave peso de los delitos del mundo, tuvo exento de toda enfermedad * y aun de todo achaque, porque estaba ? El sentido de todas esas frases es el mismo que el de otras análogas de los teólogos y ixento de pecado; la segunda, que cuando puso en su cabeza los pecados santos Padres y escritores ascéticos y aun de las Sagradas Escrituras. Véase, entre otros, el si- He todas las gentes, aceptando voluntariamente los efectos así como acepguiente pasaje de Bossuet: «¿Qué es nuestra vida -dice- sino un continuo extravío? ¿Qué nues» taba las causas, y las consecuencias, así como aceptaba los principios, aceptras Opiniones sino otros tantos errores? ¿Y qué son nuestros caminos sino ignorancia?...Nunca me puedo fiar de sólo mi razón humana, pues siendo tan variable y tan insegura, y cayendo tantas veces como cae en error, no puedo tomarla por único guía sin exponerme a peligros manifiestos. Cuando considero en mí este mar turbulento, si así me es lícito llamar a la razón y a las opiniones humanas, imposible me es en espacio tan dilatado hallar asilo tan seguro ni retiro tan sosegado que no se haya hecho memorable por el sufragio de algún navegante famoso». (Sermón para el domingo de Quincuagésima).
* «Salvo las muestras generales de pasabilidad que Nuestro Señor quiso dar en algunas prasiones», dice aquí entre paréntesis la traducción italiana.
tó el dolor, mirando en él al compañero inseparable del pecado, y sudó Sangre en el Huerto, y sintió dolor con la bofetada en el Pretorio, y desfalleció con el peso de la Cruz, y padeció sed en el Calvario, y una tremenda agonía en el afrentoso madero, y vio venir la muerte con pavor, y gimió honda y dolorosamente al enviar su espíritu a su santísimo Padre.
4. Por lo que hace a aquella admirable consonancia de que hablamos entre los desórdenes del mundo moral y los del físico, el género humano la proclama a una voz sin comprenderla, como si un poder sobrenatural e invencible le obligara a dar testimonio al gran Misterio: la voz de todas las tradiciones, todas las voces populares, todos los vagos rumores esparcidos por los vientos, todos los ecos del mundo, nos hablan misteriosamente de un gran desorden físico y moral, acaecido en los tiempos anteriores al crepúsculo de la historia y aun al crepúsculo de la fábula, a consecuencia de una culpa primitiva, cuya grandeza fue tanta, que ni puede ser comprendida por entendimiento ni expresada con vocablos. Aun hoy día es, y si por ventura se desordenan los elementos, y hay mudanzas extrañas en las esferas celestes, y vienen sobre las naciones grandes castigos de discordias, de pestilencias, de hambres; si las estaciones alteran el curso sosegado de su armónica rotación, y se confunden y traban entre sí una a manera de batalla; si el suelo viene a padecer sacudidas y temblores, y si los vientos, libres de las riendas que refrenan sus ímpetus, se tornan huracanes, luego al punto se levanta de las entrañas de los pueblos, guardadoras de la tremenda tradición, una voz pertinaz y temerosa, que busca la causa de la insólita perturbación en un delito poderoso para enojar a Dios y para atraer sobre la tierra las maldiciones del cielo.
Que esos vagos rumores * son a las veces infundados, y que suelen ser hijos de la ignorancia de las leyes que presiden al curso de los fenómenos naturales, es una cosa evidente; pero no es menos evidente a nuestros ojos que el error? está solamente en la aplicación y no en la idea, en la conse- * Muy acertadamente usa aquí el autor la expresión de vagos rumores, restringiendo de la manera en un sentido conveniente la consideración de que puedan a veces ser infundales rumores y que procedan de ignorar el curso de los fenómenos naturales; pues por lo hás, enta voz de los pueblos, que busca la razón del mal físico en el mal moral, aunque Aa yes pueda ser vaga e infundada, está siempre de acuerdo con la enseñanza divina y Farzón natural.
Cu ido lo haya.
Cu ido lo haya.
cuencia y no en el principio, en la práctica y no en la teórica. La tradición queda en pie, dando perpetuo testimonio a la verdad, a pesar de todas sus falsas aplicaciones. Las muchedumbres pueden errar, y yerran frecuentemente, cuando afirman que tal pecado es causa de tal desorden; pero ni yerran ni pueden errar cuando aseguran que el desorden es hijo del pecado; y cabalmente porque la tradición, considerada en su generalidad, es la manifestación y la forma visible de una verdad absoluta, es por lo que es una cosa difícil, o casi de todo punto imposible, sacar a los pueblos de los errores concretos que cometen en sus aplicaciones especiales. Lo que la tradición tiene de verdadero, de consistencia a lo que la aplicación tiene de falso; y el error concreto vive y crece debajo del amparo de la verdad absoluta.
5. Ni carece la historia de ejemplos insignes que vienen en apoyo de esta tradición universal, que ha ido transmitiéndose de padres a hijos, de familia a familia, de raza a raza, de pueblo a pueblo y de región a región, por todo el linaje humano, hasta los remates de la tierra; porque siempre que los delitos han subido sobre cierto nivel y han llenado cierta medida, luego al punto han venido sobre las gentes catástrofes tremendas, y sobre el mundo ásperos vaivenes y rudos sacudimientos. Sucedió primero aquella universal perversión de que nos hablan las Santas Escrituras, cuando, Juntos en una misma apostasía y en un mismo olvido de Dios todos los hombres en la época antediluviana, vivieron sin otro Dios y sin otra ley que sus criminales antojos y frenéticas pasiones; y entonces, llenas ya las copas de las iras divinas, vino sobre la tierra aquel gran conflicto y aquella portentosa Inundación de las aguas que todo lo arrastró en el universal estrago y en la común ruina, y que igualó los montes con los valles. Llegados después los tiempos a la mitad de su carrera, sucedió que vino al mundo, en cumplimiento de las antiguas promesas y de las antiguas profecías, el Deseado de las naciones: fue la época de su venida nombrada entre todas por la perversidad y malicia de los hombres y por la corrupción universal de las costumbres. Añadióse a esto que en un día de triste y de llorosa memoria, el más lloroso y el más triste de cuantos iban corridos desde la creación, un pueblo ciego e insensato, como si estuviera tomado del vino, se levantó, descompuesto su rostro con el frenesí de la cólera, tomó a su Dios con su mano y le hizo asunto de sus ludibrios, y acumuló sobre él todas sus afrenlas, y cargó sus mansísimos hombros con todas las ignominias, y le puso en lo alto, y le dio muerte de Cruz en medio de dos ladrones. Entonces también se vio rebosar la copa de los divinos enojos y el sol retrajo sus rayos, y el velo del Templo dio un temeroso crujido, y se abrieron grietas en las ro cas, y la tierra toda padeció desmayos y temblores.
Otros y otros ejemplos pudieran traerse aquí, en confirmación de la misteriosas armonías que se observan entre las perturbaciones físicas y ma rales, y en abono de la universal tradición, que en todas partes las consigna y las proclama; pero la sobriedad que nos hemos propuesto, por una parte, y por otra, la grandeza de los que dejamos consignados, nos inclinan a dar por terminado este asunto, CAPÍTULO SEXTO DE LA PREVARICACIÓN ANGÉLICA Y LA HUMANA. GRANDEZA Y ENORMIDAD DEL PECADO SUMARIO. -1. Superioridad de la doctrina católica sobre el origen del mal: grandiosidad de los hechos en que se funda. -2. El ángel: magnificencias de su creación, ascensión de los seres hasta la divinidad, orden universal. -3. El único desorden: el pecado, pecado de Luzbel. -4. Del odio Luzbel se origina la caída del mundo: tentación de Eva, caída, conturbación del universo. -5. Indecible gravedad del pecado: sólo él contraria a la bondad divina. Las grandes catástrofes, no. Magnífica descripción del diluvio, del infierno. El infierno es el supremo mal, causa de todos los males, llanto de la Humanidad, llanto del Hombre-Dios.
1. Hasta aquí he expuesto la teoría católica acerca del mal, hijo del pecado, y acerca del pecado que nos vino de la libertad humana, la cual se mueve anchamente en sus limitadas esferas, a la vista y con el consentimiento de aquel soberano Señor que, haciéndolo todo con peso, número y medida, dispuso las cosas con un consejo tan alto, que ni su providencia oprimiese el libre albedrío del hombre, ni los estragos de este libre albedrío, siendo grandes y portentosos como son, lo fueran con menoscabo de su gloria. Antes, empero, de pasar adelante, me ha parecido cosa digna de la majestad de este asunto hacer aquí una relación seguida de aquella prodipiosa tragedia que comenzó en el cielo y acabó en el paraíso, dejando a un lado los reparos y las objeciones que quedaron desvanecidas en otro lugar y que de ninguna otra cosa servirían sino de oscurecer la belleza, a un mismo tiempo sencilla e imponente, de esta lamentable historia. Antes vimos de qué manera la teoría católica se aventaja a las demás por la altísima conve: niencia de todas sus soluciones; ahora veremos de qué manera los hechos en que se funda, considerados en sí mismos, aventajan a todas las historias primitivas, por lo que tienen de grandes y de dramáticos. Antes sacamos su belleza por comparaciones y deducciones; ahora admiraremos en ellos mis+ mos, sin apartar los ojos a otros objetos, su incomparable belleza.
2. Antes que el hombre, y en tiempos sustraídos a las investigaciones humanas, había criado Dios a los ángeles, criaturas felicísimas y perfectísimas, a quienes fue dado mirar de hito en hito los clarísimos ress plandores de su faz *, anegados en un piélago de inenarrables deleites sumergidos perpetuamente en su perpetuo acatamiento. Eran los ángeles espíritus puros, y las excelencias de su naturaleza mayores que las de la na turaleza del hombre, compuesto de un alma inmortal y del barro de la tierra. Por su naturaleza simplicísima dábase el ángel la mano con Dios, mientras que por su inteligencia, por su libertad y por su sabiduría limitada ha= bía sido hecho para darse la mano con el hombre; así como el hombre, por lo que tuvo de espiritual, estuvo en comercio con el ángel, y por lo que tuvo de corporal, con la naturaleza física, puesta toda al servicio de su vo= luntad y en la obediencia de su palabra. Y todas las criaturas nacieron con la inclinación y la potestad de transformarse y subir por la escala inmensa que, comenzando en los seres más bajos, iba a acabar en aquel Ser altísimo que es sobre todo ser, y, a quien los cielos y la tierra, los hombres y los án= geles conocen con un nombre que es sobre todo nombre. La naturaleza física anhelaba por subir, hasta espiritualizarse, en cierta manera, a semejanza del hombre; y el hombre hasta espiritualizarse más, a semejanza del ángel; y el ángel a semejarse más a aquel Ser perfectísimo, fuente de toda vida, criador de toda criatura, cuya alteza ninguna medida mide, y cuya in= mensidad ningún cerco comprende. Todo había nacido de Dios, y subiendo debía volver a Dios, que era su principio y su origen; y porque todo había nacido de Él y había de volver a Él, no había nada que no contuviese en sí una centella más o menos resplandeciente de su hermosura.
De esta manera la variedad infinita estaba reducida de suyo a aquella amplísima unidad que crió todas las cosas, que puso en ellas un concierto * No se entienda por aquí que los ángeles vieran naturalmente, es decir, con las solas fuerzas de su entendimiento criado, la esencia de Dios.
FINSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO TS pasmoso y una trabazón admirable, apartando todas las que estaban confukas y recogiendo las que estaban derramadas. Por donde se ve que el acto tle la creación fue complejo y que se compuso de dos actos diferentes, conviene a saber: de aquel por medio del cual dio Dios la existencia a lo que ántes no la tenía, y de aquel otro por medio del cual ordenó todo aquello a que había dado la existencia. Con el primero de estos actos reveló su polestad de crear todas las sustancias que sustentan todas las formas; con el segundo, la que tenía de crear todas las formas que embellecen a todas las vustancias. Y de la misma manera que no hay otras sustancias fuera de las creadas por Dios, no hay tampoco otra belleza fuera de la que El puso en las cosas. Por eso el universo, que es la palabra con que se significa todo lo criado por Dios, es el conjunto de todas las sustancias; y el orden, que es la palabra con que se significa la forma que Dios puso en las cosas, es el conjunto de todas las bellezas. Fuera de Dios no hay criador; fuera del orden no hay belleza; fuera del universo no hay criatura.
Si en el orden establecido por Dios en el principio consiste toda belleza; y sí la belleza, la justicia y la bondad son una misma cosa mirada por aspectos diferentes, síguese de aquí que fuera del orden establecido por dios no hay bondad, ni belleza, ni justicia; y como estas tres cosas constituyen el supremo bien, el orden que a todas las contiene es el bien supremo?.
No habiendo ninguna especie de bien fuera del orden, no hay nada fuera del orden que no sea un mal, ni mal ninguno que no consista en poherse fuera del orden; por esta razón, así como el orden es el bien supremo, el desorden es el mal por excelencia; fuera del desorden no hay ningún mal, como fuera del orden no hay bien ninguno.
De lo dicho se infiere que el orden, o lo que es lo mismo, el bien supremo, consiste en que todas las cosas conserven aquella trabazón que Dios puso en ellas cuando las sacó de la nada; y que el desorden, o lo que es lo mismo, el mal por excelencia, consiste en romper aquella admirable traba-¿on y aquel sublime concierto.
3. No pudiendo ser rota aquella trabazón, ni este concierto quebrantado sino por quien tenga una voluntad y un poder, hasta cierto punto y en * Entiéndase aquí la palabra supremo en sentido relativo, porque el bien supremo, absohitamente considerado, el verdadero bien supremo es Dios.
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