SigPhi · Juan Donoso Cortés

Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851)

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los desórdenes que habían de venir sobre la creación, y en particular sobre el humano linaje, en los tiempos subsiguientes.

Porque como el ángel caído, sin hermosura ya y sin luz, viese al hombre y a la mujer en el paraíso, tan limpios, resplandecientes y hermosos con los resplandores de la gracia, sintiendo en sí honda tristeza por el ajeno bien, formó el propósito de arrastrarlos en su condenación, ya que no le era dado igualarse con ellos en su gloria; y tomando la figura de la serpienle, que en adelante había de ser símbolo del engaño y de la astucia, horror de la naturaleza humana y asunto de la cólera divina, entró por las puertas del paraíso terrenal, y deslizándose por sus hierbas frescas y olorosas, circundó a la mujer con aquellas sutilísimas redes en que cayó su inocencia, con pérdida de su ventura.

Nada hay que iguale a la sublime sencillez con que resplandece la relación mosaica de esta solemne tragedia, cuyo teatro era el paraíso terrenal, cuyo testigo era Dios, cuyos actores eran, por una parte, el Rey y Señor de los abismos; por otra, los Reyes y señores de la tierra, cuya víctima había de ser el género humano, y cuyo desenlace triste y lloroso habían de lamentar la tierra en sus movimientos, los cielos en sus cursos, los ángeles en sus tronos y los desventurados hijos de aquellos padres desventurados en estos huestros valles sin luz, con perpetuas lamentaciones.

«¿Por qué os ha prohibido Dios comer el fruto, de todos los árboles ilel paraíso?». De esta manera comenzó su plática la serpiente; y luego al punto sintió la mujer despertarse en su corazón aquella vana curiosidad, causa primera de su culpa. Desde este momento, su entendimiento y su vohuntad, acometidos no sé de qué desmayo suave, comenzaron a apartarse de la voluntad de Dios y del entendimiento divino.

«El día en que de este fruto comáis, se abrirán vuestros ojos y seréis a manera de dioses, conocedores del bien y del mal». Bajo la influencia maléfica de esa palabra, sintió la mujer en su corazón los primeros vértigos del orgullo; poniendo los ojos en sí con complacencia, la faz de Dios se le veló en aquel punto. Orgullosa y vana, puso los ojos en el árbol de las ilusiones infernales y dle las amenazas divinas, y vio que era hermoso a la vista, y adivinó que había de ser sabroso al paladar, y sintió abrasarse sus sentidos con el hasta entonces desconocido incendio de corrosivos deleites; y la curiosidad de los ojos, y el deleite de la carne, y el orgullo del espíritu, juntos en uno, acabaron con la inocencia de la primera mujer, y luego con la inocencia dlel primer hombre, y las esperanzas atesoradas para su descendencia se torharon en humo desvanecido en el ambiente.

la manera que esto es posible, independientes de la voluntad de Dios, ninguna criatura fue poderosa para tanto, sino los ángeles y los hombres, únicas entre todas hechas a imagen y semejanza de su Hacedor, es decir, inteligentes y libres. De donde se sigue que sólo los ángeles y los hombres, pu-. dieron ser causadores del desorden, o lo que es lo mismo, del mal por excelencia. i Los ángeles y los hombres no pudieron alterar el orden del universo sino rebelándose contra su Hacedor; de donde se infiere que para explicar el mal y el desorden, es necesario suponer la existencia de ángeles y de hom-1 bres rebeldes.

Siendo toda desobediencia y toda rebeldía contra Dios lo que se llama un pecado, y siendo todo pecado una rebeldía y una desobediencia, síguese de aquí que ni puede concebirse el desorden en la creación, ni el mal en el mundo, sin suponer la existencia del pecado.

Si el pecado no es otra cosa sino la desobediencia y la rebeldía, ni la desobediencia ni la rebeldía sino el desorden, ni el desorden sino el mal, síguese de aquí que el mal, el desorden, la rebeldía, la desobediencia y el pecado, son cosas en que la razón encuentra una identidad absoluta; así como el bien, el orden, la sumisión y la obediencia, son cosas en que encuentra la razón una completa semejanza. De donde se viene a concluir que la sumisión a la voluntad divina es el bien sumo, y el pecado el mal por excelencia.

Cuando todas las criaturas angélicas estaban obedientes a la voz de su Hacedor, mirándose en su rostro, anegándose en sus resplandores * y moviéndose sin tropiezo y con una concertada armonía al compás de su palabra, sucedió que entre los ángeles el más hermoso apartó los ojos de su Dios para ponerlos en sí mismo, quedando como arrebatado en su propia adoración, y como extático en presencia de su hermosura. Considerándose E0mo subsistente por sí y como el último fin de sí propio, quebrantó aque-¡ley universal e inviolable, según la cual lo que es diverso tiene su fin y su icipio en lo que es uno, que, comprendiéndolo todo y no siendo comdido por nada, es el continente universal de todas las cosas, así como el potentísimo Criador de todas las criaturas.

+ Aquella rebeldía del ángel fue el primer desorden, el primer mal y mer pecado, raíz de todos los pecados, de todos los males y de todos " CIN base la nota de la pág. 30.

M e 118 JUAN DONOSO CORTES ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 119 Y luego se conturbó el universo todo cuan grande es; y el desorden, por el azote de la peste, por la servidumbre y por el hambre; y su rostro ha comenzado en lo más alto de la escala de los seres creados fue comunicán- permanecido sereno e impasible, porque Él es el que hace y deshace como dose de unos en otros, hasta no dejar ninguna cosa en el lugar y punto en vanos juguetes los Imperios del mundo; Él es el que pone el hierro en la que había sido puesta por su Hacedor soberano. Aquel anhelo ingénito en diestra de los conquistadores, Él es el que envía los tiranos a los pueblos toda criatura por subir y remontarse hasta el Trono de Dios, se trocó en culpables, y el que oprime a las naciones descreídas con el hambre y con la anhelo por bajar hasta no sé qué abismo sin nombre; como quiera que apar- peste, cuando así cumple a su justicia soberana. tar los ojos de Dios, era como buscar la muerte y despedirse de la vida. Hay un lugar pavoroso, asunto de todos los horrores y de todos los es- Por mucho que ahonde el hombre en el abismo sin fin de la sabiduría, pantos y de todos los tormentos, en donde hay sed insaciable sin ninguna por alto que se remonte en la investigación de los más recónditos Miste- fuente, hambre perpetua sin género de hartura, en donde los ojos no ven rios, ni se remontará tanto, ni ahondará tanto que sea poderoso para ro- hunca ningún rayo de luz, ni los oídos oyen ningún sonido apacible; en dear con sus ojos el grande estrago de aquella primera culpa, en la que llonde todo es agitación sin reposo, llanto sin intermisión, pesar sin contodas las siguientes estaban cerradas como en su fertilísima semilla. huelo. Todas son allí puertas de entrada, ninguna de salida. En su dintel 5. No: no puede el hombre, no puede el pecador, ni concebir siquiera muere la esperanza, y se inmortaliza la memoria. Los términos de ese lula grandeza y la fealdad del pecado. Para entender cuán grande es y cuán pur, Dios sólo los conoce; la duración de esos tormentos es de una sola hora, terrible y cuán henchido está de desastres, era menester dejar de conside- f¡ue nunca se acaba. Pues bien: ese lugar maldito, con sus tormentos sin rarle desde el punto de vista humano, para considerarle desde el punto de nombre, no alteró el semblante de Dios, porque Él mismo le puso en donvista divino, como quiera que siendo la Divinidad el bien, y el pecado el He está, con su mano omnipotente. Dios hizo el infierno para los réprobos, mal por excelencia; siendo la Divinidad el orden, y el pecado el desorden; pomo la tierra para los hombres, y el cielo para los ángeles y para los sansiendo la Divinidad una afirmación completa, y el pecado una negación ab» tos. El infierno denuncia su justicia, como la tierra su bondad, y el cielo su soluta; siendo la Divinidad la plenitud de la existencia, y el pecado su abso= Misericordia. Las guerras, las inundaciones, las pestes, las conquistas, las luto desfallecimiento; entre la Divinidad y el pecado, así como entre la air: hiimbres, el infierno mismo son un bien; como quiera que todas estas comación y la negación, y entre el orden y el desorden, y entre el bien y ell Rs se ordenan convenientemente entre sí con relación al fin último de la mal, y entre el ser y el no ser, hay una distancia inconmensurable, una con 'reación, y que todas ellas sirven de provechosos instrumentos de la justitradicción invencible, una repugnancia infinita. la divina.

Ninguna catástrofe es poderosa para poner turbación en la Divinidad Y porque todas son un bien, y porque han sido hechas por el autor de ni para alterar la quietud inefable de su rostro. Vino el diluvio universal bdo bien, ninguna de ellas puede alterar ni altera la inenarrable quietud y sobre las gentes, y vio Dios la tremenda inundación, considerada en sí mis l inefable reposo de Hacedor de las cosas. Nada le pone horror sino lo ma y separada de su causa, con sereno semblante; porque sus ángeles erar le Él no ha hecho; y como ha hecho todo lo que existe, nada le pone los que, obedientes a su mandato, abrían las cataratas del cielo, y porquí lorror sino la negación de lo que Él ha hecho; por eso le pone horror el su voz era la que mandaba a las aguas que encumbraran los montes y quí erorden, que es la negación del orden que Él puso en las cosas, y la desrodearan todo el orbe de la tierra. Vienen de los puntos del horizonte nu hediencia, que es la negación de la obediencia que se le debe.

blados que se juntan como un negro promontorio; y el rostro de Dios esti Esa desobediencia, ese desorden, son el supremo mal; como quiera que tranquilo, porque su voluntad es la que hace los nublados, su voz es la quí bn la negación del supremo bien, en lo cual consiste el mal supremo. Pero los llama, y ellos vienen; la que les manda que se junten, y ellos se junta a desobediencia y el desorden no son otra cosa sino el pecado; de donde Él es el que envía los vientos que los han de llevar sobre alguna ciudad pt sigue que el pecado, negación absoluta por parte del hombre de la afircadora, y el que, si así cumple a sus designios, prende y ata las aguas, y di tación absoluta por parte de Dios, es el mal por excelencia, y el único que tiene el.rayo en la nube, y con delgado soplo la va desvaneciendo por lo ne horror a Dios y a sus ángeles. aires. Sus ojos han visto levantarse y caer todos los Imperios; sus oídos hai 4 El pecado vistió al cielo de lutos, al infierno de llamas y a la tierra de escuchado las plegarias de naciones asoladas por el hierro de la conquist hrojos. El fue el que trajo la enfermedad y la peste, el hambre y la muerte 120 JUAN DONOSO CORTÑ Pa UNIVE sobre el mundo. Él el que cavó el sepulcro de las ciudades más ínclitas O EEE COLOMBIA llenas de gente. Él presidió a los funerales de Babilonia, la de los ostenté OTE EC O SECAS, sos jardines; de Nínive, la excelsa; de Persópolis, la hija del Sol; de Menfi la de los hondos misterios; de Sodoma, la impúdica; de Atenas, la cómica de Jerusalén, la ingrata; de Roma, la grande; porque aunque Dios quist todas estas cosas, no las quiso sino como castigo y remedio del pecado. El pecado saca todos los gemidos que salen de todos los pechos humanos, y todas las lágrimas que caen gota a gota de todos los ojos de los hombres; lo que es más todavía, y lo que ningún entendimiento puede concebir n ningún vocablo expresar: él ha sacado lágrimas de los sacratísimos ojos de CAPÍTULO SÉPTIMO Hijo de Dios, mansísimo Cordero, que subió a la Cruz cargado con los peca dos del mundo. Ni los cielos, ni la tierra, ni los hombres le vieron reír, y lo hombres y la tierra y los cielos le vieron llorar, y lloraba porque tenía pues tos sus ojos en el pecado. Lloró sobre el sepulcro de Lázaro, y en la muert de su amigo nada lloró sino la muerte del alma pecadora. Lloró sobre Jt rusalén, y a la causa de su llanto era el pecado abominable del pueble deicida. Sintió tristeza y turbación al poner los pies en el Huerto, y el hé rror del pecado era el que ponía en él aquella turbación insólita y aque dor su justicia y su misericordia. El ángel y el hombre no pueden huir de paño de tristeza. Su frente sudó sangre, y el espectro del pecado era el qu Dios: al apartarse de su gracia quedan sujetos a la acción de su justicia o hacía brotar en su frente aquellos extraños sudores. Fue enclavado en de su misericordia. -3. Así se armoniza la libertad humana y la soberanía madero, y el pecado le enclavó; el pecado le puso en agonía, y el pecado l divina. -4. Del desorden saca Dios nuevo resplandor del orden. En la culpa dio muerte. del ángel hace resplandecer su terrible justicia: en la del hombre su infinita misericordia. Gon esto el pecado del ángel y del hombre se convierten en elementos del orden universal. -5. Dios, autor del orden universal: unidad en la variedad: en la Trinidad: en la creación de la naturaleza: en la creación de los seres libres. -6. Resplandor de los divinos atributos en el mundo material y moral.

DE CÓMO DIOS SACA EL BIEN DE LA PREVARICACIÓN ANGÉLICA Y DE LA HUMANA SUMARIO, -1, La facultad de perturbar el orden no existiría en las criaturas si no existiese en Dios poder infinito para sacar bienes de los males. -2, El pecado brinda ocasión para que Dios manifieste con soberano resplan- , De todos los Misterios, el más pavoroso es este de la libertad que mstituye al hombre señor de sí mismo y le asocia a la Divinidad en la ges- Ómn y en el Gobierno de las cosas humanas. Consistiendo la libertad imperfecta dada a la criatura en la facultad iprema de escoger entre la obediencia y la rebeldía hacia su Dios, otorirle la libertad viene a ser lo mismo que conferirle el derecho de alterar?

' Abusando, claro está, de esa libertad misma.

122 JUAN DONOSO CORTÉS ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 123 tad de Dios dejara de realizarse. Siendo necesarias la posibilidad del aparlimiento como testimonio de la libertad angélica y humana, y la unión como testimonio de la voluntad divina, la cuestión consiste en averiguar de qué manera pueden conciliarse la voluntad de Dios y la libertad de la criatura, la unión que el primero quiere, y el apartamiento que la segunda escoge, para que ni la criatura deje de ser libre ni Dios deje de ser soberano.

Para esto era menester que el apartamiento fuera: desde un punto de vista real; y desde otro punto de vista, aparente; es decir, que la criatura pudiera apartarse de Dios, pero de tal modo, que al apartarse de El fuera a tinirse con El de otra manera. Los seres inteligentes y libres nacieron unidos a Dios por un efecto de su gracia: por el pecado se apartaron realmente ile Dios, porque quebrantaron el vínculo de la gracia, real y verdaderamente, ton lo cual dieron testimonio de sí en calidad de criaturas inteligentes y libres; empero ese apartamiento no fue, si bien se mira, sino una nueva Inanera de unión; como quiera que al apartarse de Él por la renuncia voluntaria de su gracia, se acercaron a Él cayendo en las manos de su justicia, pH siendo asunto de su misericordia. De esta manera el apartamiento y la tinión, que a primera vista parecen cosas incompatibles, son en realidad rosas de todo punto conciliables; y de tal manera lo son, que todo apartamiento viene a resolverse en una especial manera de unión, y toda unión en una manera especial de apartamiento. La criatura no estuvo unida a Dios JÉn cuanto es gracia, sino porque estuvo apartada de él en cuanto es miserirordia y justicia. La criatura que cae en las manos de El en cuanto es justipla, no cae en ellas sino porque está apartado de El en cuanto es gracia y Misericordia; así como la que es objeto de Dios en cuanto es misericordia, ho lo es sino porque de tal manera se apartó de Él cuanto es gracia, que quedó también apartada de Él en cuanto es justicia. La libertad de la criaura consiste, pues, en la facultad de designar el género de unión que pre-Here, por el apartamiento que escoge; así como la soberanía de Dios conste en que, cualquiera que sea el género de apartamiento escogido por la Eriatura, vaya a parar a la unión por todos los apartamientos y por todos timinos. La creación es a manera, de un círculo; Dios es, desde un punto de vista, su circunferencia; desde otro punto de vista, su centro, como centro, la atrae; como circunferencia, la contiene. Nada está fuera de ese continente universal, todo obedece a esa atracción irresistible.

3. La libertad de los seres inteligentes y libres está en huir de la circunlerencia, que es Dios, para ir a dar en Dios, que es el centro; y en huir del entro, que es Dios, para ir a dar en Dios, que es la circunferencia. Nadie, empero, es poderoso para dilatarse más que la circunferencia, ni para rela inmaculada belleza de sus creaciones; y como quiera que en esa belleza inmaculada consiste el orden y la armonía del universo, otorgarle la facultad de alterarla viene a ser lo mismo que conferirle el derecho de sustituir el orden con el desorden, la armonía con la perturbación, el bien con el mal.

Este derecho *, aun encerrado en los límites que dijimos, es tan exorbitante, y esta facultad tan monstruosa que el mismo Dios no hubiera podido otorgarla si no hubiera estado cierto de convertirla en instrumento de sus fines y de atajar sus estragos con su poder infinito?.

La razón suprema de existir la facultad concedida a la criatura de convertir el orden en desorden, la armonía en perturbación, el bien en mal, está en la potestad que tiene Dios de convertir el desorden en orden, la perturbación en la armonía y el mal en bien. Suprimida esta altísima pote tad en Dios, sería lógicamente necesario, o suprimir aquella facultad en la criatura o negar a un mismo tiempo la divina inteligencia y la omnipotencia divina.

2. Si Dios permite el pecado, que es mal y el desorden por excelencia, consiste esto en que el pecado, lejos de impedir su misericordia y su justicia, sirve de ocasión para nuevas manifestaciones de su justicia y de su misericordia. Suprimido el pecado rebelde, no por eso hubieran quedado su= primidas la divina misericordia y la justicia soberana; hubiera quedado, empero, suprimida una de sus manifestaciones especiales: aquella en virtud de la cual se aplican a los rebeldes pecadores.

Consistiendo el sumo bien de los seres inteligentes y libres en su unión con Dios, Dios en su bondad infinita, y por un acto libre de su misericordia inefable, determinó unirlos así, no sólo con los vínculos de la naturaleza, sino también con vínculos sobrenaturales; y como quiera que, por una parte, esa voluntad podía dejar de ser cumplida por el desasimiento voluntario de los seres inteligentes y libres, y por otra, la libertad de la criatura no' podría concebirse sin la facultad de ese voluntario desasimiento, el gran problema consiste en conciliar estas cosas, hasta cierto punto contrarias, de tal manera que ni la libertad de la criatura dejara de existir, ni la volun= * Es decir, este poder de abusar. > Ateniéndose al Diccionario de la lengua castellana, donde la palabra derecho no sólo corresponde al jus latino, sino también a la palabra potestas. Por otra parte, se ve claro que el Sr, Donoso toma la palabra derecho en esta segunda acepción, facultad monstruosa.

124 JUAN DONOSO CORTES ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 125 cogerse más que el centro. ¿Qué ángel hay tan potente, qué hombre tan fue apartamiento; Dios sacó el orden del desorden, transformando el aparosado que se atreva a romper ese gran círculo que Dios trazó con su dedo? himiento momentáneo en unión indisoluble: el ángel no quiso estar unido ¿Cuál criatura presumirá tanto de sí que ose hacer contraste a esas leyes ¡1 Dios por el galardón, y se vio unido a Él eternamente por la pena; cerró matemáticamente inflexibles que puso eternamente en las cosas el enten- sus oídos al blando reclamo de su gracia, y sus oídos cerrados oyeron a su dimiento divino? ¿Qué viene a ser el centro de ese círculo inexorable, sino pesar el grande estruendo de su justicia; queriendo huir absolutamente de las cosas infinitamente recogidas en Dios? ¿Qué viene a ser esa circunferen- Dios, el ángel no consiguió otra cosa sino apartarse de Él por un concepto, cia circular, sino las mismas cosas dilatadas en Dios infinitamente? ¿Y qué uniéndose a Él de otra manera; se apartó del Dios clemente y se unió con dilatación hay mayor que la dilatación infinita? ¿Qué recogimiento mayor el Dios justo; se apartó de Él en la gloria y se unió con Él en el infierno. El que el infinito recogimiento? Por esta razón, atónito y como pasmado y fuera orden puesto en las cosas no consiste en que estén unidas a Dios de cierta de sí, viendo a todas las cosas en Dios y a Dios en todas las cosas, y al hom- manera, sino en que estén a Dios unidas; así como el verdadero desorden bre queriendo huir sin saber cómo, ahora del centro que le atrae, ahora de ho consiste en apartarse de Dios por un lado para unirse a Él por otro, sino la circunferencia que le envuelve; San Agustín, el más bello de los ingenios en apartarse de Dios absolutamente. De donde se sigue que el verdadero y el más grande de los doctores, hombre en quien tomó carne el Espíritu orden no deja nunca de existir, y que el verdadero desorden no existe. El de la Iglesia, el santo perdido de amor e inundado de las ondas fortificantes pecado es una negación tan radical, tan absoluta, que no sólo niega el orde la gracia, arrancó del pecho, como un sollozo sublime, esta expresión: den, sino también el desorden, después de haber negado todas las afirma-Pobre mortal, ¿quieres huir de Dios? Arrójate en sus brazos. Jamás boca humana ciones, niega sus propias negaciones, y hasta se niega a sí propio. El pepronunció una expresión tan amorosamente sublime y tan sublimemente cado es negación de negación, sombra de sombra, apariencia de aparientierna. Dios es, pues, el que señala a todas las cosas su término; la criatura ia.

escoge la senda. Designando el término adonde van a parar todas las sen- Si Dios permitió la prevaricación del hombre, la cual, como antes dijidas. Dios es omnipotentemente soberano; así como escogiendo la senda por mos, fue menos radical y culpable que la prevaricación angélica, consistió donde ha de ir al término que se le señala, la criatura es inteligentemente esto en que Dios sabía de toda eternidad la manera altísima de conciliar libre. Y no se diga que es escasa aquella libertad que consiste sólo en esco- con el orden divino el desorden humano; así como el hombre supo sacar ger una de las mil sendas que van a parar a un término necesario, a no ser el desorden humano del orden divino. El hombre convirtió el orden en el que se considere como liviana aquella libertad e consiste en escoger en- desorden, apartando lo que juntó Dios con amorosa lazada. Dios sacó el tre ganarse o perderse; como quiera que esas mil sendas que van a parar a orden del desorden, volviendo a juntar lo que separó el hombre, con laza-Dios, tér mino necesar lo de las cosas, ad educen en dos: el infierno y el por da más blanda y amorosa todavía. El hombre no quiso estar unido a Dios raíso. Si la criatura no tiene bastante libertad con la facultad que le ha sido con el vínculo de la justicia original y de la gracia santificante, y se vio uniotorgada de ir a Dios por el uno o por el otro, ¿con cuál libertad convertirá do a Él por el vínculo de su infinita misericordia. Si Dios permitió su prevaen hartura el hambre por ser libre? ricación, consistió esto en que guardaba como reserva al Salvador del mun- 4. Fuera de esta explicación, no hay conciliación posible entre cosas do, el que había de venir en la plenitud de los tiempos; aquel supremo mal que ni Imaginarse pueden, sino conciliadas de una manera absoluta. Por el era necesario para el bien supremo; y para esta gran ventura era necesaria contrario, una vez aceptada esta explicación, se nos descubren las causas aquella gran catástrofe. El hombre pecó porque Dios había determinado secretas de los Misterios ra profundos z de los Agnias más altos. Con hacerse hombre?*; y hecho hombre sin dejar de ser Dios, tenía bastante sanella alcanzamos el por qué de la prevaricación angélica y de la humana, esos grandes testimonios de la libertad dejada al ángel y al hombre. 31 Dios permitió la prevaricación del ángel, consistió esto en que Dios sabía la maye e q ' eñi, DOES ES PA Ol IO EIA HA * No vaya a deducirse de esta frase que el Sr. Donoso hace a Dios autor del pecado de como el ángel supo sacar el desorden angélico del orden divino. El ángel: ) ' ' A be € Adán, pues la simple lectura del capítulo basta para comprender que no ha incurrido en error convirtió el orden en desorden, transformando lo que era unión en lo que tan grosero.

126 JUAN DONOSO CORÍ RAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 127 Inte valle regado con nuestras lágrimas; sintió dolores en sus miembros, irque Dios podía quitarle sus dolores; padeció grandes infortunios, porhe Dios le tenía guardadas mayores recompensas; salió del Edén, se sujela la muerte y se reclinó en el sepulcro, porque Dios tenía fuerza para gre en sus venas y sobrada virtud en su sangre para lavar el pecado. Vaci porque Dios tenía fuerza para sostener al vacilante; cayó, porque Dios nía fuerza para levantar al caído; lloró, porque el que tuvo poder para € jugar la tierra anegada con las aguas del diluvio, le tenía para enjugar Donoso comienza por asentar que el pecado viene del hombre, el cual ha sido y es pl Wlpa, quae talem et tantum meruit habere Redemptorem.! Por consiguiente, aunque la pregunta para namente libre haciendo el mal: después dice que Dios, al criar al hombre, vio en su prescie tada venga aquí al caso, pudiéramos, sin embargo, responder diciendo que el ángel ha sido cia qué uso había éste de hacer del libre albedrío; y proponiéndose entonces la cuestión col elo de la misma gracia que el hombre. El ángel, como el hombre, fue sometido a prueba; como sistente en averiguar por qué Dios ha creado al hombre libre, sabiendo que podía obrar € os hombres, así también los ángeles, unos se han condenado y otros se han salvado, y por mal, la resuelve, como San Agustín y Santo Tomás, respondiendo que Dios no habría permif Pristo, por el Verbo Encarnado, se han salvado los hombres y ángeles buenos; así como por do nunca el mal si no tuviera en su infinita sabiduría medios para sacar del mal el bien, ui rebelión contra Cristo se han perdido tanto los ángeles como los hombres malos. No hay hacer que la libertad sirviese para perfeccionar el conjunto armónico de toda la creación bra diferencia entre ángeles y hombres, sino que el ángel fue preservado, y el hombre liber-Dios tenía en su omnipotencia mil medios de hacer del pecado un instrumento para la pel lado del naufragio; pero unos y otros han sido salvados por el mismo Salvador. Con verdad, fección de su obra y para su mayor gloria; pero entre todos esos medios escogió la Encarn4 pues, podemos decir, tanto del ángel como del hombre, que si Dios los dejó libres de escoger ción del Verbo eterno y la Redención del hombre pecador por la Sangre de Cristo, Verbt el mal, fue porque Dios pudo y quiso, al salvarlos por la Encarnación del Verbo, servirse hasta encarnado. En efecto: Dios ha permitido la prevaricación del hombre en vista de la Encarna Hel pecado mismo para manifestación mayor de su gloria. Si se opusiese que no todos los ánción y de la Redención, y Donoso lo dice en el siguiente pasaje: Si Dios permitió la prevaricación geles se han salvado, sería como decir que tampoco se han salvado todos los hombres. La del hombre, consistió esto en que Dios sabía de toda eternidad la manera altísima de conciliar con ell rondenación de aquellos ángeles que, a despecho de todas las gracias recibidas por la virtud orden divino el desorden humano. Estas palabras determinan el sentido de todo el período a que ile Cristo cayeron en el pecado, no prueba sino lo mismo que la de aquellos hombres que pertenecen; la frase que se lee más abajo: El hombre pecó porque Dios había determinado hace permanecen o caen en el pecado, no obstante las gracias recibidas por virtud de Cristo: en hombre, se ha de entender, según lo dicho anteriormente, de este modo: el hombre pecó por ambos casos la condenación atestigua que la criatura era realmente libre, así como la salvaque Dios le había dejado la libertad de pecar, y Dios permitió el pecado porque había resuel pión confirma que podía realmente salvarse y que sólo se pierde por su culpa; la condenación to hacerse hombre. Habría, pues, equívoco peligroso en la expresión aislada, pero no le hay pregona la infinita justicia de Dios, así como la salvación su infinita misericordia, la condenaen la misma frase acompañada de las aclaraciones con que todo el contexto la ilustra. Por la elón y la salvación juntas pregonan la grandeza de Cristo, que a todos sus fieles salva y a todos misma razón no se puede concluir el Verbo y la Redención fuesen objeto primero del designio divino, aus contrarios pierde; de Cristo, soberano juez de vivos y muertos.

y el pecado del hombre el medio necesario para el cumplimiento del mismo designio, sino simplemente «Aquellas palabras del Salvador: Haec est vita aeterna ut cognoscant te solum verum Deum, el que, si Dios permitió el pecado, fue solamente en vista de que Cristo había de redimir al hom- quem misisti Jesum Christum, se aplican tanto a los ángeles como a los hombres, pues la gloria bre pecador. De aquí al error que hace a Dios autor del pecado hay mucha distancia; pues decir: dle Cristo es con esto mayor; fuera de que por Cristo han sido santificados ángeles y hombres, que Dios ha dejado al hombre libre y no le ha impedido pecar, equivale a decir que el pecado iunque para los primeros no hubo lugar a la Redención». (Suárez, De Angelis, libro V, cap. VI, viene del homBre y no de Dios. Cuanto a las palabras de Donoso: aquel supremo mal era necesa núm. 14).

Si el Hijo de Dios no hubiera determinado encarnarse, ¿hubiera sido imposible el pecado del hombre rio para el bien supremo, hay que considerar los tres conceptos que en ellas se encierran: primey aun el del ángel? ¿Hubiera podido Dios permitirlo? Fuera de la Encarnación, Dios tenía, sin duda, ro, que el pecado es el mal supremo; segundo, que la Encarnación ha sido para la naturaleza