ho 1. Así como el socialismo es un compuesto incoherente de tesis y de antítesis que se contradicen y se destruyen, la gran síntesis católica resuelve todas las cosas en la unidad, poniendo en todas ellas su soberana armonía. De sus dogmas puede afirmarse que, sin dejar de ser varios, son uno solo. De tal manera se resuelven los que anteceden, en los que le siguen, y los que le siguen en los que le anteceden, que no puede averiguarse nunca cuál es el primero y cuál es el último en el gran círculo divino. Esa virtud que todos tienen de penetrarse los unos a los otros en lo más íntimo de sus esencias, hace que ninguno pueda ser afirmado o negado de por sí, debiendo ser todos afirmados o negados juntamente; y como en sus afirmaciones dogmáticas están apuradas todas las afirmaciones posibles, de aquí procede que contra el catolicismo no se da afirmación de ninguna especie, ni negación que sea particular; contra su prodigiosa síntesis no cabe sino una negación absoluta. Ahora bien: Dios, que está de manifiesto en la palé bra católica, ha dispuesto las cosas de tal modo, que esa suprema negación lógicamente necesaria para hacer contraste a la palabra divina, sea de toda punto imposible; como quiera que para negarlo todo es necesario comen zar por negarse a sí mismo, y que el que se niega a si mismo, no puede pasar adelante ni negar después cosa ninguna. Síguese de aquí que la palas bra católica, siendo invencible, es eterna; desde el primer día de la Crea» ción viene dilatándose en los espacios y resonando en los tiempos con una fuerza inmensa de dilatación y con una fuerza infinita de resonancia; s soberana virtud no se ha amenguado todavía, y cuando cesen los tiempos de correr y se recojan los espacios, esa palabra seguirá resonando eterna» mente en las eternas alturas. Todo este bajo mundo va pasando: los hom» bres con sus ciencias, que no son sino ignorancia; los Imperios con sus glorias, que no son sino humo; sólo está quieta y en su ser esa palabra reso= nante, afirmándolo todo con una sola afirmación, que es siempre idéntica: a sí misma. El dogma de la solidaridad confundiéndose con el de la unidad, constituye con él un solo dogma; considerado en sí, se resuelve en dos que, como el de la solidaridad y el de la unidad, son uno mismo en la esencia y dos en sus manifestaciones. La solidaridad y la unidad de todos los hombres entre sí lleva consigo la idea de una responsabilidad en común, y esa responsabilidad supone a su vez que los méritos y los crímenes de los unos pueden dañar y aprovechar a los otros. Cuando el daño es el que se comunica, el dogma conserva su nombre genérico de solidaridad; y le cambia por el de reversibilidad cuando lo que se comunica es el provecho. Así se dice que todos pecamos en Adán, porque todos somos con él solidarios; y que todos fuimos hechos salvos por Jesucristo, porque sus méritos nos son reversibles. Como se ve, la diferencia aquí está en los nombres solamente, y en nada altera la identidad de la cosa significada. Lo mismo sucede con los dogmas de la imputación y de la sustitución; los dos no son otra cosa sino aquellos dogmas mismos considerados en sus aplicaciones. En virtud del dogma de la imputación padecemos todos la pena de Adán, y por el de la sustitución padeció el Señor por todos nosotros. Pero, como se ve aquí, no se trata sino de un dogma sustancialmente. El principio en virtud del cual fuimos todos hechos salvos en el Señor, es idéntico a aquel por el cual fuimos todos en Adán culpables y penados. Ese principio de solidaridad con el que se explican los dos grandes Misterios de nuestra Redención y de la transmisión de la culpa, es a su vez explicado por esa misma transmisión y por la Redención humana. Sin la solidaridad, no podéis ni concebir siquiera una humanidad prevaricadora y redimida; y por otro lado es evidente que si la humanidad no ha sido ni redimida por Jesucristo, ni prevaricadora en Adán, no puede ser concebida como siendo una y solidaria.
Como por este dogma, junto con el de la prevaricación adámica, se nos revela la verdadera naturaleza del hombre, no ha permitido Dios que cayera de todo punto en el olvido de las gentes. Esto sirve para explicar por qué todos los pueblos del mundo vienen dando de él clarísimos testimonios, y por qué esos testimonios están consignados con una consignación elocuentísima en la historia. No hay pueblo tan civilizado ni tribu tan inculta, que no haya creído estas cosas: que los pecados de algunos pueden atraer las iras de Dios sobre las cabezas de todos, y que todos pueden ser hechos salvos de la pena y de la culpa transmitida por el ofrecimiento de una víctima en perfectísimo holocausto. Por los pecados de Adán condena Dios al género humano, y le salva por los méritos de su amantísimo Hijo.
Noé, inspirado por Dios, condena en Canaán a toda su raza; Dios bendice en Abraham, y luego en Isaac, y luego en Jacob, a toda la raza hebrea. Unas veces salva a hijos culpables por los méritos de sus ascendientes otras castlga hasta en su última generación los pecados de ascendientes culpables y ninguna de estas cosas, que la razón tiene por increíbles, ha causado ni extrañeza ni repugnancia al género humano, que las ha creído con una fe firmísima y robusta. Edipo es pecador, y los dioses derraman sobre Tebas la copa de su enojo: Edipo es asunto de la cólera divina, y los beneficios de su expiación son reversibles a Tebas. En el día más grande y solemne de la Creación, cuando el mismo Dios hecho hombre iba a proclamar con su muerte la verdad de todos estos dogmas, quiso que antes fueran proclamados y confesados por el mismo pueblo deicida, el cual, clamando con un clamor sobrenatural, y con bramido siniestro, dejó caer estos tremendos vocablos: «Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos». No parece sino que Dios permitió que se condensaran aquí juntamente los tiempos y los dogmas: en un mismo día el mismo pueblo, dándole muerte, imputa a uno y castiga en él los pecados de todos, y pide la aplicación del mismo dogma a sí propio, declarando a sus hijos solidarios de sus pecados. En ese mismo día en que eso se proclama por todo un pueblo, el mismo Dios proclama el mismo dogma haciéndose solidario del hombre; y el de la reversibilidad pidiendo al Padre en premio de su dolor, el perdón de sus enemigos; y el de la sustitución muriendo por ellos; y el de la Redención, consecuencia de todos los otros, siendo el pecador redimido, porque el sustituto que en virtud del dogma de la solidaridad padeció muerte, en virtud del de la reversibilidad fue aceptado.
224 JUAN DONOSO CORTÉS ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 225 biernan por leyes contrarias y por gobernadores diferentes, por nombre la ciudad de Dios y la ciudad del mundo, las cuales no son contrarias entre sí, porque en una se derrame sangre y en otra no, sino porque en la una la derrama el amor y en la otra la venganza: en la una es ofrecida al hombre, y en la otra a Dios, en sacrificio expiatorio y en aceptable holocausto.
, El género humano, en el que no ha dejado de soplar de todo punto el viento de las tradiciones bíblicas, ha creído siempre con una fe invencible estas tres cosas: que es fuerza que, la sangre sea derramada; que derramada de un modo, purifica; y de otro, enloquece. De estas verdades da clarísimos testimonios a toda la historia, llena con la relación de historias crueles, de conquistas sangrientas, de trastornos y asolamientos de ciudades famosas, de muertes atrocísimas, de víctimas puras puestas en altares humeantes, de hermanos levantados contra hermanos, y ricos contra pobres, y padres contra hijos, siendo toda la tierra a manera de lago que ni los vientos orean, ni seca el sol con sus inmensos ardores. No las atestiguan con menos claridad los sacrificios sangrientos ofrecidos a Dios en todos los altares levantados en la tierra; y por último, la legislación de todos los pueblos; por la que el que quita la vida ajena está excomulgado y pierde la suya, saliendo de la comunión de los vivientes. En la tragedia de Orestes pone Eurípides en boca de Apolo estas palabras: «No es Elena culpable de la guerra de Troya; su belleza no fue sino el instrumento de que se valieron los dioses para encender la guerra entre los pueblos, y hacer correr la sangre que había de purificar la tierra manchada con la multitud de los delitos».
Por donde se ve que el poeta, eco a un tiempo mismo de las tradiciones populares y de las tradiciones humanas, da a la sangre una secreta virtud de purifigación que está en ella de una manera escondida por una causa 2. Todos esos dogmas, proclamados en un mismo día por un pueblo y por un Dios, y cumplidos, después de ser proclamados, en la persona de un Dios y en las generaciones de un pueblo, vienen proclamándose y cum pliéndose, aunque imperfectamente, desde el principio del mundo y fue-' ron simbolizados en una institución antes de ser cumplidos en una perso-. na. | V La institución que los simboliza, es la de los sacrificios sangrientos. Esa institución misteriosa y, humanamente hablando, inconcebible, es un hecho tan universal y constante, que existe en todos los pueblos y en todas las regiones. De manera que en las instituciones sociales, la más universal es cabalmente la más inconcebible y la que parece más absurda; siendo cosa digna de notarse aquí que esa universalidad es un atributo común a la intitución en que aquellos dogmas están simbolizados, a la persona en que fueron cumplidos y a los mismos dogmas que fueron simbolizados en aquella institución y cumplidos en aquella persona. La imaginación misma no alcanza a fingir, ni otros dogmas, ni otra persona, ni otra institución más universales. Aquellos dogmas contienen todas las leyes por las que se gobiernan las cosas humanas; aquella persona contiene a la Divinidad y a la humanidad juntas en uno; y aquella institución es por un lado conmemorativa de lo que aquellos dogmas contienen de universal, por otro, simbólica de aquella persona única en quien está la universalidad por excelencia, mientras que por otra parte, considerada en sí misma, se dilata hasta los remates del mundo y vence los términos de la historia.
Abel es el primer hombre que ofreció a Dios un sacrificio sangriento después de la gran tragedia paradisíaca, y ese sacrificio, por lo que tenía de sangriento, fue acepto a los ojos de Dios, que apartó de sí con enojo el de Caín, consistente en frutos de la tierra. Y lo que aquí hay de singular y de -misterioso es que, el que derrama la sangre en sacrificio expiatorio, toma odio a la sangre y muere por no derramar la del mismo que le mata; mientras que el que rehusa derramarla como signo de expiación, se aficiona a ella hasta el punto de derramar la sangre de su hermano. ¿En qué consiste que derramada de un modo quita las manchas, y derramada del otro modo las pone? ¿En qué consiste que la derraman todos, aunque de diferente manera? Desde aquella primera efusión de sangre, la sangre no dejó de correr, y no corrió nunca sin condenar a unos y sin purificar a otros, conservando siempre entera su virtud condenatoria y su virtud purificante. Todos los hombres que vinieron después de Abel el justo y Caín el fratricida, se acercaron más o menos a uno de esos dos tipos de aquellas dos ciudades que se gomisteriosa.
Descansando el sacrificio en la suposición de la existencia de esa causa y de aquella virtud, es claro que la sangre ha debido adquirir esta virtud bajo el imperio de aquella causa, en una época anterior a la de los sacrificios sangrientos; y como estos sacrificios vienen intituídos desde el tiempo de Abel, es una cosa puesta fuera de toda duda que la causa y la virtud de que tratamos, son anteriores a Abel, y contemporáneas de un gran suceso paradisíaco, en donde esa virtud y su causa han de tener principio necesariamente. Ese gran suceso es la prevaricación adámica. Culpable la carne de Adán y en la carne de Adán la carne de toda la especie, para que la pena tuviese proporción con la culpa, era menester que cayera en la carne como en la culpa misma; de aquí la necesidad de la efusión perpetua de la san- JUAN DONOSO CORTÉS; ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 227 e heras uri pp a ne a, ea 2. mp la promesdl Pasando la tradición de padres a hijos, vino a suceder que fue borrán-: romesa, poniendo al Re | l: Mano ls e pc hu e ' ea E: pa HEAR del culpa] dose y oscureciendo se poco a poco en la memoria y en el entendimiento: uspender la senten |: e >: que Pl. dé diera po do Esto si PES A mim hasta que el de los hombres. Dios no permitió en su infinita sabiduría que dejaran de era venido. Esto sir: e ia Positadiawer Álinaaa ml 6 le ñ A Abel, def resonar de todo punto en la tierra aquellos grandes ecos de las tradiciones mismo tiempo ' ad pu pa ies f ines E? Se A ma Erre y de bíblicas, pero en medio del tumulto de los pueblos, precipitados los unos ue fuera llegado el sustit Í: - < pena a Er” rif tits a 2) £. cel de padecciil sobre los otros, y todos a los pies de los ídolos, esos ecos fueron alterándolem P pas MI A A PY se y debilitándose hasta perder su magnífica resonancia y convertirse en os ojos de Dios: el sacrificio conmemorativo y simbólico.: ¡ lso á ) sonidos vagos, intermitentes y confusos. Entonces fue cuando de la idea vaga sacniiclo de Abel fue tan perfecto, que contuyo en sí por una dde de una culpa primitiva, radicada en la sangre, sacaron los hombres la connera prodigiosa todos los dogmas católicos: l d es pap gre, ral, Pes em aoladl 8 ios qui EA a HEN e sacrificio en secuencia de que era necesario ofrecer a Dios en sacrificio la sangre misma > e reconocimiento y « ipo- es es ' sta ii PE el Dios omnipos del hombre. El sacrificio dejó de ser simbólico para ser real; y como quiera oo: de A a land In ip e la proclama- que en la intención divina no estaba dar eficacia y virtud, sino al sacrificio S revaricación adam: 2 e ' ias Pi e edo? ds ana E el de la libertad del del Redentor solamente, de aquí fue que los sacrificios humanos careciede uN HL A A aq era sido culpable; y del de la ron de virtud y de eficacia. Aun así y todo, aquellos sacrificios imperfectos asi ao la p S h e > p an: Aca cual, gor dep da debido e ineficaces contenían en sí virtualmente, por un todo, el dogma del peca-ACTHLICIO; el de la solidaridad, sin E o ió Es pl pai ad le dd cs. y cual no hubiera tenidg do original, el de su transmisión y el de la solidaridad, y por otro, el de la: cla. ropio tiempo, fue $ LEY ets, pr ont d ti p: P dad PE ESA UTE EESRRIA Y Dios el reversibilidad y el de la sustitución, aunque no acertaron a simbolizar ni la e su justicia y del cui 4 PS / J y ado que tiene de las cosas huma sustitución verdadera, ni el verdadero sustituto.
añ Considerado desde el punto de vista de las víctimas ofrecidas al señor, Cuando los antiguos buscaban una víctima limpia de toda mancha e ade ' pe leia O E A inocente, y la conducían al altar ceñida de flores para que con su muerte lrfanados porillconbadodita bola cero inside (o | aplacara la cólera divina, satisfaciendo la deuda del pueblo, acertaban sn tos de otros; y de la sustitución, en virtud de la cual uno que había de venir leon herra Ea pa pere rt a pur; a a: ser aplacada, que no podía serlo sino por el derramamiento de sangre, que si había de ofrecer en sacrificio por todo el género humano; por último, uno podía satisfacer la deuda de todos, que la víctima redentora había de consistiendo las víctimas en corderos primogénitos y sin mancha, el sacrifi- ser inocente. En todas estas cosas Cetalan como quiera que todas ellas cio de Abel fue simbólico del sacrificio verdadero, en el cual aquel cordero pi 2. el sino la afirmación atada de las grandes dogmas católimansísimo y purísimo, Hijo único del Padre, se había de ofrecer en santísi- cos. El error estuvo exclusivamente en creer que podía haber un hombre amena: La pe qee e dog pb Pm inocente y justificado, hasta tal punto y de tal manera que pudiera ser ofrea ercer arde cd e cdo eficazmente en sacrificio por los pecados del pueblo, en calidad de: p y primer sacrificio sangriento ofrecido víctima redentora. Este solo error, este solo olvido de un dogma católico a os pr ÓN ¿Qué virtud es esa qué está en la Religión colas convirtió al mundo en un lago de sangre: a falta de otros, hubiera bastado a Ea E condensarse con poa dilatación y una condensación por sí solo para impedir el advenimiento de toda civilización verdadera. La An a 024. pá e Ste e caben todas cn barbarie, y la barbarie feroz y sangrienta, es la consecuencia legítima, nece- : A pertecto que contte- saria, del olvido de cualquier dogma cristiano.
ne tantas y tales cosas? Tan altas consonancias y armonías, perfecciones tan 3, El error que acabo de señalar no lo era sino en un solo concepto y soberanas y hermosas, están de tal manera sobre el hombre, que se adelan- desde cierto punto de vista: la sangre del hombre no puede ser expiatoria tan, no sólo a todo lo que entendemos, si ¡é a ye mos y atodo loque de ln 2%, B0na Ramtión a Tata la que 106 del pecado original, que es el pecado de la especie, el pecado humano por OS. ' ' ir ' Eds a 5 excelencia: puede ser y es, sin embargo, expiatoria de ciertos pecados indi- 228 JUAN DONOSO CORTÉS ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 229 parece cosa puesta fuera de toda duda que, suprimida la pena de muerte en ambos conceptos, procede la supresión de toda penalidad humana. Suprimir la pena mayor en los delitos que atacan la seguridad del Estado y con ella la de los individuos que le componen, y conservarla en los delitos que se perpetran contra los particulares solamente, me parece una inconsecuencia monstruosa, que no puede resistir por largo tiempo a la evolución lógica y consecuente de los acontecimientos humanos. Por otra parte, suprimir como excesiva la pena de muerte en unos y en otros, viene a ser lo mismo que suprimir todo género de penalidad para los delitos inferiores; como quiera que, una vez aplicada a los primeros una pena que no sea la de muerte, cualquiera otra que se apliquen a los segundos ha de faltar a las reglas de la buena proporción, y ha de ser combatida como opresiva e viduales |, de donde se sigue, no sólo la legitimidad, sino también la necesidad y la conveniencia de la pena de muerte. La universalidad de su institución atestigua la universalidad de la creencia del género humano en la purificante eficacia de la sangre derramada de cierto modo, y en su virtud expiatorio cuando de ese modo se derrama. Sine sanguine non fil remissio (Hebr., IX, 22). Sin la sangre derramada por el Redentor, no se hubiera extinguido nunca aquella deuda común que contrajo con Dios en Adán todo el género humano. En donde quiera que la pena de muerte ha sido abolida, la sociedad ha destilado sangre por todos sus poros. Á su supresión en la Sajonia Real se siguió aquella grande y encarnizada batalla de Mayo, que puso al Estado en trance de muerte, hasta el punto de verse en el caso de acudir para su remedio a una intervención extranjera. El solo principio de su supresión, proclamado en Francfort en nombre de la Patria común, puso injusta.
las cosas alemanas en mayor desorden y desconcierto que ningún otro pe- Si la supresión de la pena de muerte en los delitos políticos se funda ríodo de su turbulentísima historia. A su supresión por el Gobierno provi- en la negación del delito político, y si esta negación se saca de la falibilidad sional de la República francesa se siguieron aquellas tremendas jornadas del Estado en estas materias, es claro que todo sistema de penalidad viene de Junio, que vivirán eternamente con todo su horror en la memoria de al suelo; porque la falibilidad en las cosas políticas supone la falibilidad en los hombres; a aquéllas hubieran seguido otras con pavorosa y rápida suce- todas las cosas morales, y la falibilidad en las unas y en las otras lleva consisión, si una víctima santa y acepta no se hubiera puesto entre las iras de go la incompetencia radical del Estado para calificar ninguna acción hu-Dios y los delitos de aquel Gobierno culpable y de aquella ciudad pecado- mana de delito. Ahora bien: como esa falibilidad es un hecho, síguese de ra. Hasta dónde pudo llegar la virtud de aquella sangre augusta e inocente, ahí que en esta materia de la penalidad todos los gobiernos son incompenadie lo sabrá decir ni nadie lo sabe; empero humanamente hablando, pue- tentes, porque todos son falibles.
de afirmarse, sin temor de ser desmentido por los hechos, que la sangre Sólo puede acusar de delito el que puede acusar de pecado, y sólo puevolverá a correr en vena abundosa, por lo menos hasta que la Francia entre de imponer penas por el uno el que puede imponerlas por el otro. Los gootra vez bajo la jurisdicción de aquella ley providencial que ningún pueblo biernos no son competentes para imponer una pena al hombre sino en cadesechó jamás impunemente. lidad de delegados de Dios, ni la ley humana tiene fuerza sino cuando es el No pondré término a este capítulo sin hacer aquí una reflexión que comentario de la ley divina. La negación de Dios y de su Ley, por parte de me parece de la mayor importancia: si tales efectos ha producido la supre- los gobiernos, viene a ser la negación de sí propios. Negar la ley divina y sión de la pena de muerte en los demos políticos, hasta dónde llegarían afirmar la humana, afirmar el delito y negar el pecado, negar a Dios y afirsus estragos si la supresión se extendiera a los delitos comunes? Ahora bien: mar un gobierno cualquiera, es afirmar aquello mismo que se niega y nesi hay para mí una cosa evidente, es que la supresión de la una lleva consi- gar aquello mismo que se afirma, es caer en una contradicción palpable y go la supresión de la otra en un tiempo más o menos lejano *, así como me propusieron abolir la pena capital aun para los reos de asesinato y parricidio. Y si bien es verdad que el buen sentido de la mayoría se opuso a semejante absurdo, no es menos evidente que este buen sentido no caminaba muy de acuerdo con el rigor lógico de las doctrinas admitidas entonces respecto a los delitos políticos.
' Considerados como violaciones del orden social, según se colige de lo que luego dice nuestro ilustre autor. 2 Quien recuerde las discusiones de la Asamblea legislativa de la República francesa en 1848, verá cómo de hecho fue aplicada esta doctrina por algunos diputados que varias veces 230 JUAN DONOSO CORTÍÉ evidente. Entonces sucede que comienza a soplar cierzo de las revolucie nes, el cual no tarda mucho en restaurar el imperio de la lógica, que presh de a la evolución de sucesos, suprimiendo con una afirmación absoluta € inexorable o con una negación absoluta y perentoria las contradiccione humanas.
El ateísmo de la ley y del Estado, o lo que en definitiva viene a ser lo mismo, expresado de una manera diferente, la secularización completa de Estado y de la ley, es teoría que no se compone bien con la de la penalidad, viniendo la una del hombre en su estado de apartamiento de Dios, y la otra de Dios en su estado de unión con el hombre.
No parece sino que los gobiernos conocen por medio de un instinto infalible que sólo en Nombre de Dios pueden ser justos y fuertes. Así suce» de que cuando comienzan a secularizarse o a apartarse de Dios, luego al punto aflojan en la penalidad, como si sintieran, que se les disminuye su derecho. Las teorías laxas de los criminalistas modernos, son contemporáneas de la decadencia religiosa, y su predominio en los Códigos es contem= poráneo de la secularización completa de las potestades políticas. Desde entonces acá, el criminal se ha ido transformando a nuestros ojos lentamen= te, hasta el punto de parecer a los hijos objeto de lástima el mismo que era asunto de horror para sus padres. El que ayer era llamado criminal, hoy pierde su nombre en el de excéntrico o en el de loco. Los racionalistas modernos llaman al crimen desventura: día vendrá en que el gobierno pase a los desventurados, y entonces no habrá otro crimen sino la inocencia. A las teorías sobre la penalidad de las monarquías absolutas en sus tiempos decadentes se siguieron las de las escuelas liberales, que trajeron las cosas al punto y trance en que hoy las vemos: tras las escuelas liberales vienen las socialistas con su teoría de las insurrecciones santas y de los delitos heroicos: ni serán éstas las últimas, porque allá en los lejanos horizontes comienzan a despuntar nuevas y más sangrientas auroras. El nueva evangelio del mundo se está escribiendo quizá en un presidio. El mundo no tendrá sino lo que merece cuando sea evangelizado por los nuevos apóstoles.
Los mismos que han hecho creer a las gentes que la tierra puede ser un paraíso, les han hecho creer más fácilmente que la tierra ha de ser un paraíso sin sangre. El mal no está en la ilusión; está en que cabalmente en punta y hora en que la ilusión llegara a ser creída de todos, la sangre brotaría hasta de las rocas duras, y la tierra se transformaría en infierno. En este oscuro y bajo suelo, el hombre no puede aspirar a una ventura impasible, sin ser tan desventurado que pierda la poca dicha que alcanza.
a DEPTO. DE BIBLICO ¿PTO. DE BIBLIOTECAS CAPÍTULO SÉPTIMO RECAPITULACIÓN. -INEFICACIA DE TODAS LAS SOLUCIONES PROPUESTAS: NECESIDAD DE UNA SOLUCIÓN MÁS ALTA SUMARIO. -l. Resumen de la doctrina católica anteriormente expuesta sobre el problema del mal. -2. Resumen de la doctrina liberal socialista anteriormente expuesta sobre el mismo problema. Los sacrificios: la pena de muerte. -3. El misterio de Cristo. Conveniencias de que el orden universal y el humano no culminaran en la suprema apoteosis del amor divino.
1. Hasta aquí hemos visto de qué manera la libertad del hombre y la del ángel, con la facultad de escoger entre el bien y el mal, que constituye su imperfección y su peligro, era una cosa, no sólo justificada, sino también conveniente. Vimos también cómo del ejercicio de esa libertad constituida salió el mal con el pecado, el cual alteró profundísimamente el orden puesto por Dios en todas las cosas, y la manera convenientísima de ser de todas las criaturas. Pasando más adelante, después de habernos dado cuenta de los desórdenes de la Creación, nos propusimos demostrar y demostramos, a nuestro entender cumplidamente, que, así como el ángel y el hombre, dotados del libre albedrío, les fue dada la tremenda potestad de sacar el mal del bien y de inficionar todas las cosas, el uno con su rebelión, el otro con su desobediencia, y ambos con su pecado, Dios, para hacer contraste a esta libertad perturbadora, se reservó la potestad de sacar el bien del mal y el orden del desorden, usando de ella larga y convenientemente, hasta el punto de poner las cosas en un ser más concertado y perfecto que el que hubieran alcanzado sin los ángeles rebeldes y los hombres pecadores. No siendo posible evitar el mal sin suprimir la libertad angélica y la humana, que eran un gran bien, Dios en su infinita sabiduría hizo de modo que el mal, sin ser suprimido, fue transformado hasta el punto de servir, en su mano omnipotente, de instrumento de mayores conveniencias y de más altas perfecciones.
Para demostrar lo que a nuestro propósito cumplía, observamos que el fin general de las cosas era manifestar todas a su manera las perfecciones altísimas de Dios, y ser como centellas de su hermosura y magníficos reflejos de su gloria. Consideradas desde el punto de vista de este fin universal, no nos fue difícil demostrar que de la obediencia humana y de la rebelión angélica se siguieron bienes incomparables, y que así la una como la otra sirvieron para que las criaturas, que antes reflejaban solamente la divina bondad y la divina magnificencia, reflejaran también toda la sublimidad de su misericordia y toda la grandeza de su justicia. El orden no fue universal y absoluto sino cuando las criaturas tuvieron en sí todos estos espléndidos reflejos?!, Y Delos problemas relativos al orden universal de las cosas, pasamos a los que se refieren al orden general de las cosas humanas: discurriendo por ese anchísimo campo, vimos propagarse el mal en la humanidad con el pecado, allí vimos de qué manera la humanidad estuvo en Adán, y cómo la especie fue en el individuo pecadora. Así como el pecado, considerado en sí mismo, fue poderoso para turbar el orden del universo, lo fue también y con mayor razón para poner en desorden todas las cosas humanas. Para la inteligencia de lo que antes dijimos y de lo que diremos después, conviene advertir aquí que así como el fin universal de las cosas es manifestar las perfecciones divinas, el fin particular del hombre es conservar su unión con Dios, lugar de su alegría y su descanso: el pecado desordenó las cosas