humanas, apartando al hombre de esa unión, que constituye su fin especial; y desde ese momento el problema, por lo que hace a la humanidad, consiste en averiguar de qué manera el mal puede ser vencido en sus efectos y en su causa: en sus efectos, es decir, en la corrupción del individuo y de la especie con todas sus consecuencias; en su causa, es decir, en el pecado.
Dios, que es simplicísimo en sus obras, porque es perfectísimo en su esencia, vence el mal en su causa y en sus efectos por la secreta virtud de Véase la nota de la página 30.
una sola transformación; pero ésta tan radical y portentosa, que por ella todo lo que era mal se muda en bien, y todo lo que era imperfección en perfección soberana. Hasta aquí hemos venido exponiendo la manera y forma con que Dios transforma en instrumentos de bien los efectos mismos del mal y del pecado. Procediendo todos ellos de una corrupción primitiva del individuo y de la especie, no son otra cosa en la especie ni en el individuo considerados en sí, sino una desgracia lamentable: quien dice desgracia, dice efecto necesario; y si la causa de donde el efecto se sigue es de aquellas que obran de una manera constante, quien dice desgracia, tanto quiere decir como desgracia, por su naturaleza, invencible. Imponiendo la desgracia como una pena, Dios hizo posible su transformación por medio de su aceptación voluntaria por parte del hombre. Cuando el hombre, ayudado de Dios aceptó heroicamente como una pena justa su desgracia, su desgracia no cambió de naturaleza, considerada en sí misma, lo cual sería imposible de todo punto; pero adquirió una nueva y extraña virtud, la virtud expiatoria y purificante. Conservando siempre su invencible identidad, produce efectos que naturalmente no están en ella, siempre que se combi na de una manera sobrenatural con la aceptación voluntaria. Esta doctrina consoladora y sublime nos viene a un tiempo mismo de Dios, de la razón y de la historia, constituyendo una verdad racional, histórica y dogmática.
El dogma de la transmisión de la culpa y de la pena, y el de la acción purificante de la última, siendo libremente aceptada, nos llevó como por la mano al examen de las leyes orgánicas de la humanidad, por las cuales se explican cumplidamente todas sus evoluciones históricas y todos sus movimientos! El conjunto de esas leyes constituyen el orden humano, y de tal manera lo constituye, que no pueden ser ni imaginado de otra manera.
2. Después de haber expuesto las soluciones católicas sobre estos problemas altísimos y temerosos, de los cuales unos son relativos al orden universal y otros al orden humano, propusimos las soluciones inventadas por la escuela liberal y por los socialistas modernos, y demostramos: por una parte, las sublimes armonías y consonancia de los dogmas católicos; y por la otra, las extravagantes contradicciones de las escuelas racionalistas. La impotencia radical de la razón para hallar la solución conveniente de estos problemas fundamentales, sirve para explicar la incoherencia y la contradicción que se observan en las soluciones humanas; y esas contradicciones incoherentes sirven a su vez para demostrar la imposibilidad absoluta en que está el hombre, abandonado a sí mismo, de remontarse con sus propias alas a aquellas encumbradas y serenas alturas en donde puso Dios las leyes secretísimas de todas las cosas. De este examen, hasta cierto punto prolijo, si se atiende a los estrechos límites de esta obra, resulta demostrado hasta la evidencia: lo primero, que toda negación de un dogma católico lleva consigo la negación de todos los otros dogmas; y al revés, que la afirmación de uno solo lleva consigo la afirmación de todos los dogmas católicos; lo cual es una demostración invencible de que el catolicismo es una inmensa síntesis, puesta fuera de las leyes del espacio y del tiempo; lo segundo, que ninguna escuela racionalista niega todos los dogmas católicos a la vez; de donde se sigue que todas están condenadas a la inconsecuencia y al absurdo; y lo tercero, que no es posible salir del absurdo y de la inconsecuencia sin aceptar todas las afirmaciones católicas con una aceptación absoluta, o negarlas todas con una aceptación tan radical que vaya a parar al nihilismo.
Por último, después de haber examinado cada uno de por sí aquellos dogmas que se refieren al orden universal y al orden humano, consideramos su armonioso y magnífico conjunto en la institución de los sacrificios sangrientos, la cual trae su origen de aquella primera edad que siguió inmediatamente a la gran catástrofe paradisíaca. Allí vimos que esa institución misteriosa es: por un lado, la conmemoración de aquella gran tragedia y de la promesa de un redentor, hecha por Dios a nuestros primeros padres; por otro, la encarnación de los dogmas de la solidaridad, de la reversibilidad, de la imputación y de la sustitución; y por último, el símbolo perfectísimo del sacrificio futuro, tal como le habíamos de ver realizado en la plenitud de los tiempos. Puestas en el olvido entre las gentes las tradiciones bíblicas, el mundo olvidó el significado propio de aquella institución religiosa, que vino corrompiéndose por todas partes: por su corrupción se explica la institución universal de los sacrificios humanos, los cuales dan testimonio a la verdad de la tradición, si bien se apartan de ella en aquellos puntos en que había caído en olvido de las gentes. Con este motivo expusimos el grande error y la grande enseñanza que están juntos en esa institución, que a primera vista parece inexplicable por lo que tiene de profundamente misteriosa. Su grande error está en atribuir al hombre la virtud expiatoria del que le había de sustituir cuando se hubieran cumplido los tiempos, según la voz de las antiguas profecías y de las antiguas tradiciones; su grande enseñanza está en atribuir a la sangre derramada en cierta forma la virtud de aplacar de cierto modo y hasta cierto punto la cólera divina. Por el encadenamiento y la conexión de estas deducciones, fuimos a parar al examen de la pena de muerte, universalmente instituida en toda la tierra como una profesión de fe de la virtud que está en la sangre, hecha en todos los tiempos por todo el género humano. Con este motivo, interrogamos a las escuelas racionalistas sobre esta materia escabrosa; y en este punto, como en todos los demás, sus respuestas y sus soluciones nos parecieron contradictorias y absurdas. Llevándolas de contradicción en contradicción, las pusimos en el caso de escoger entre la aceptación de la pena de muerte para los delitos políticos como para los comunes, o la negación radical y absoluta a un tiempo mismo del delito y de la pena.
3. Llegados a este punto de la discusión, sólo nos falta, para ponerla un término dichoso, acercarnos con santo terror y con muda y estática reverencia al Misterio de los Misterios, al sacrificio de los sacrificios, al dogma de los dogmas. Hasta aquí hemos visto: por una parte, las maravillas del orden divino; por otra, la armonía del orden universal, y por último, la altísima conveniencia del orden humano: ahora nos cumple subir a cumbre más alta, a la que domina y señorea todas las cumbres católicas. Allí está asentado en toda su majestad, misericordiosa a un mismo tiempo y tremenda, terribilísima y mansísima. Aquel que había de venir, y que vino, y que viniendo lo trajo todo a sí, y lo unió en sí con fortísima y amorosísima lazada. Él es la solución de todos los problemas, el asunto de todas las profecías, el figurado en todas las figuras, el fin de todos los dogmas, la confluencia del orden divino, del universal y del humano, la llave de todos los secretos, la luz de todos los enigmas, el prometido por Dios, el deseado de los Patriarcas, el aguardado de las gentes, el Padre de todos los afligidos, el reverenciado de los coros de las naciones y de los coros angélicos, alfa y omega de todas las cosas.
El orden universal está en que todo se ordene armoniosamente para aquel fin supremo que impuso Dios a la universalidad de las cosas. El supremo fin de las cosas consiste en la manifestación exterior de las divinas perfecciones. Todas las criaturas cantan la bondad y la magnificencia y la omnipotencia de Dios. Los justificados ensalzan su misericordia, los réprobos su justicia. ¿Cuál criatura, entre las criadas, celebra su amor de una manera tan especial como los réprobos su justicia y los justificados su misericordia? Y siendo esto así, ¿no se echa de ver claramente la altísima conveniencia de que en el universo, formado para manifestar las divinas perfecciones, se levantara una voz universal ensalzando el divino amor, ese último toque de las perfecciones divinas?
El orden humano está en la unión del hombre con Dios: esa unión no puede realizarse, en nuestra condición actual y en nuestro actual apartamiento, sin un esfuerzo gigantesco para levantarnos hasta Él, Pero ¿quién pide esfuerzo al que es débil, y quién manda levantarse y subir hasta la cumbre altísima de un monte al que está caído en el valle y lleva sobre sus hombros el peso de su pecado? Sé que la aceptación heroica y voluntaria de mi dolor y de mi Gruz me levantaría sobre mí mismo. Pero ¿cómo he de amar lo que naturalmente aborrezco, y cómo he de aborrecer lo que naturalmente amo, y esto voluntariamente? Me mandan amar a Dios, y siento discurrir por mis venas el amor corrosivo de mi carne. Me mandan andar, y estoy reducido a prisiones. Con mi pecado no puedo merecer, y no puedo apar tarme del pecado, que me tiene asido, si no me lo quitan. Ninguno puede quitármelo si no tiene hacia mí un infinito amor, anterior a todo merecimiento, y nadie me ama con ese amor infinito. Soy el ludibrio de Dios y la fábula del universo; en vano discurriré por todo el cerco de la tierra; que adonde quiera que vaya, irá conmigo mi desventura; y en vano pondré los ojos en ese cielo de metal, que jamás hirió mi frente con un rayo de esperanza.
Si todo esto es así, es claro que el edificio católico, que venimos levantando laboriosamente, viene al suelo, falto de aquella espléndida cúpula que le había de servir de remate y de áncora. Nueva torre de Babel, levantada por el orgullo y fabricada sobre arenas frágiles y movedizas, será juguete del temporal y escarnio de los vientos; el orden humano, el orden universal, no son otra cosa sino palabras resonantes; y todos aquellos temerosos problemas que traen a la humanidad pensativa y contristada, quedan en pie y envueltos en su oscuridad invencible, a pesar del vano aparato de las soluciones católicas, mejor trabadas entre sí que las soluciones de las escuelas racionalistas, su trabazón no es tan perfecta, sin embargo, que pueda resistir al empuje de la razón humana. Si el catolicismo no dice más, ni enseña más, ni contiene más que lo que va dicho, contenido y enseñado en aquellas soluciones, el catolicismo no es más que un sistema filosófico, que siendo más acabado que los sistemas anteriores, según todas las probabilidades, será menos perfecto que los sistemas futuros. Aun hoy día puede acusársele ya de impotencia notoria para resolver los grandes problemas que se refieren a Dios, al universo y al hombre; Dios no es perfecto, si no ama de una manera infinita; el orden no existe en el universo, si no hay en él nada que manifieste ese amor; y en cuanto al hombre, el orden en que está puesto es tan invencible, que no puede salvarse no siendo amado infinitamente.
Y no se diga que Dios es infinitamente bueno e infinitamente miserlcordioso, y que el amor va supuesto y como escondido en su infinita bondad y en su infinita misericordia; porque el amor es de por sí cosa tan principal, que cuando existe, a todas las otras las domina y señorea. El amor no es contenido, es continente; se declara, no se esconde: tal es su condición, ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 23% que no pueda estar en ninguna parte sin que parezca que está solo y que todo lo avasalla; él lleva de suyo no ordenarse a ningún fin, y ordenar así todas las cosas. El que ama, si ama bien, ha de parecer que enloquece; y para ser infinito el amor, ha de parecer una infinita locura.
Hay una voz que está en mi corazón y que es mi mismo corazón, que está en mí y que es yo mismo, y que me dice: -Si quieres conocer al verdadero Dios, mira al que te ama hasta enloquecer por ti, y al que te ayuda a que le ames hasta enloquecer por Él: y ese es el Dios verdadero; porque en Dios está la bienaventuranza, y la bienaventuranza no es otra cosa sino amar, y padecer desmayos de amor, y estar desmayado así perpetuamente. -Nadie me llame a sí si no me ama, porque no responderé a su llamamiento. Mas si la voz que escucho es voz de amor: -Heme aquí- diré al punto, y seguiré a mi amado sin preguntarle ni adónde va, ni a qué parte me lleva; porque adonde quiera que me lleve y adonde quiera que vaya, hemos de estar él y yo y nuestro amor; y nuestro amor, él y yo somos el cielo. -Yo quisiera amar así, y sé que no puedo amar así, y que no tengo a quien amar de esta manera, y aun por eso me deshago y me atormento en un cerco sin salida. ¿Quién me sacará de este cerco que me ahoga, y me dará alas como de paloma para discurrir por otras regiones y para subir a otras alturas?
l CAPÍTULO OCTAVO DE LA ENCARNACIÓN DEL HIJO DE DIOS Y DE LA REDENCIÓN DEL GÉNERO HUMANO SUMARIO. -1. Para restablecer el orden universal y el humano era necesario perdonar y rehabilitar al hombre caído. La Encarnación, único título de nobleza de la humanidad pecadora. -2. La Encarnación, unión suprema (síntesis) de Dios (tesis) con las criaturas (antítesis) mediante la humana naturaleza. -3. Otras conveniencias de la Encarnación. -4. La sangre de Cristo mos da capacidad de merecer en la aceptación del dolor. La Cruz, centro de los misterios y manifestación suprema del amor.
/ / 1. De dos problemas dijimos que estaban por resolver para que pudiera constituirse de todo punto así el orden universal como el humano: Dios sacó el bien de la prevaricación primitiva, la cual le sirvió de ocasión para manifestar dos de sus más grandes perfecciones: su infinita justicia y su inf1nita misericordia. No era esto bastante, sin embargo; convenía además para que en las cosas de la Creación y especialmente en las humanas, hubiera aquel orden y concierto que atestiguan la presencia de Dios en todas sus obras, que el pecado mismo de la prevaricación fuera borrado de todo punto; como quiera que, cualquiera que fuese el bien que Dios sacara de él, quedando subsistente, quedaba en pie, y como desafiando a todo el divino poder; el mal por excelencia. Por otra parte, nada conviene más a la misericordia infinita de Dios, sino ayudar con mano a un mismo tiempo potentísima y clementísima la invención flaqueza del hombre, para que de tal manera se levantara sobre su miserable condición, que pudieran transformarse en instrumento de su propia salvación las consecuencias de su pecado. Borrar el pecado y fortificar al pecador hasta el punto que pudiera levantarse libre y meritoriamente estando caído, este es el gran problema que es necesario resolver, aun después de resueltos todos los otros, si el catolicismo ha de ser otra cosa que uno de los muchos sistemas laboriosamente imperfectos que vienen dando testimonio de la profunda y radical impotencia de la razón humana.
El catolicismo resuelve estos dos grandes problemas por el más alto e inefable e incomprensible y glorioso de todos sus Misterios: en ese altísimo Misterio están juntas todas las divinas perfecciones. En él está Dios con su espantable omnipotencia, con su perfecta sabiduría, con su maravillosa bondad, con su terribilísima justicia, con su altísima misericordia; y sobre todo, con aquel inefable amor que domina y señorea todas sus otras perfecciones, el cual manda con imperio, a un tiempo mismo, a su misericordia ser misericordiosa, a su justicia ser justa, a su bondad ser buena, a su sabiduría ser sabia y a su omnipotencia ser omnipotente. Porque Dios no es ni omnipotencia, ni sabiduría, ni bondad, ni justicia, ni misericordia: Dios es amor y nada más que amor, pero ese amor es de suyo omnipotente, sapientísimo, buenísimo, justísima y misericordiosísimo.
El amor fue el que mandó a su misericordia dar al hombre prevaricador y caído la esperanza, con aquella divina promesa de un futuro redentor, que vendría al mundo para tomar en sí y para vencer al pecado. El amor fue el que le prometió en el paraíso, el que le envió a la tierra, y el que vino: el amor fue el que tomó carne humana, y vivió vida de hombre mortal, y murió muerte de Cruz, y resucitó después en su carne y en su gloria. En el amor y por el amor somos salvados todos los que somos pecadores.
El gloriosísimo Misterio de la Encarnación del Hijo de Dios es el único título de nobleza que tiene el género humano. Lejos de causarme maravilla el desprecio que los racionalistas modernos muestran hacia el hombre, si hay alguna cosa que ni alcanzo a explicar ni puedo concebir, es la atentada prudencia y la tímida mesura con que proceden en este negocio. Tomando al hombre despeñado ya por su culpa de aquel primitivo estado en que le puso Dios, de justicia original y de gracia santificante; examinado por dentro en su constitución orgánica, imperfectísima y contradictorial; y cuando se consideran la ceguedad de su entendimiento, la flaqueza de su voluntad, los torpes arrebatos de su carne, el ardor de sus concupis- ' Véase la nota de la página 52.
cencias y la perversidad de sus inclinaciones, no acierto a concebir ni explicar esa parsimonia de vilipendios y esa mesura en los desdenes. Si Dios no ha tomado la naturaleza humana; si tomándola en sí, no la ha levantado hasta sí; y si levantándola hasta sí, no ha dejado en ella un rastro luminoso de su nobleza divina, es fuerza confesar que para expresar la vileza humana, faltan vocablos en los idiomas de las gentes. Yo de mí sé decir, que si mi Dios no hubiera tomado carne en las entrañas de una mujer, y sl no hubiera muerto en una Cruz por todo el linaje humano, el reptil que piso con mis pies sería a mis ojos menos despreciable que el hombre. Aun así y todo, el punto de fe que más abruma con su peso a mi corazón, es ese de la nobleza y dignidad de la especie humana, dignidad y nobleza que quiero entender y no entiendo y que quiero alcanzar y no alcanzo. En vano aparto los ojos lleno de espanto y de horror de los anales del crimen, para ponerlos en esferas más altas y en regiones más serenas. En vano traigo a mi memoria aquellas levantadas virtudes de los a que el mundo llama héroes, y de que están llenas las historias; porque mi conciencia levanta su voz y me dice que todas esas heroicas virtudes, se resuelven en vicios heroicos, los cuales se resuelven a su vez en un orgullo ciego o en una ambición insensata?. El género humano aparece a mi vista como una inmensa muchedumbre puesta a los pies de sus héroes, que son sus ídolos; y los héroes como ídolos que se adoran a sí propios. Para creer yo en la nobleza de esas estúpidas muchedumbres, ha sido necesario que Dios me la revele. Ninguno puede negar esa revelación y afirmar su propia nobleza. ¿De dónde sabe que es noble, si Dios no se lo ha dicho? Una cosa excede mi razón y me confunde: que haya quien piense que se necesita una fe menos robusta para creer en el incomprensible misterio de la dignidad humana, que para creer en el misterio adorable de un Dios hecho hombre, por la virtud del Espíritu Santo en las entrañas de una Virgen. Esto prueba que el hombre vive siempre sujeto a fe; y que cuando parece que deja la fe por su propia razón, no hace más sino dejar la fe de lo que es divinamente misterioso, por la fe de lo que es misteriosamente absurdo.
2 Claro que Donoso no quiere decir que todas las virtudes de los no católicos sean vicios, según la proposición de Bayo, condenada en el Sillabus; Omnia opera infidelium sunt peccata el philosophorum virtutes sunt vitia. Se refiere a las que el mundo llama tales, el mundo que, según San Juan, totus in maligno positus est, el mundo que, según Cristo, vos odit quia de mundo non estis: el mundo, personificación de la soberbia.
AA 2. La Encarnación del Hijo de Dios fue convenientísima, no solamente en calidad de manifestación soberana de su infinito amor, en el cual está la perfección, si puede decirse así, de las divinas perfecciones, sino también en virtud de otras profundas y altísimas consecuencias. El orden supremo de las cosas no puede concebirse, si las cosas todas no se resuelven en la unidad absoluta. Ahora bien, sin aquel prodigioso Misterio, la Creación era doble y el universo un dualismo, símbolo de un antagonismo perpetuo contradictorio del orden. De un lado estaba Dios, tesis universal; y de otro las criaturas, su universal antítesis. El orden supremo exigía una síntesis tan poderosa y tan ancha, que bastara a conciliar por medio de la unión la tesis y la antítesis del Creador y las criaturas. Que esta es una de las leyes fundamentales del orden universal, se ve claro cuando se considera que ese mismo Misterio, que en Dios nos causa maravilla, sin admirarnos está patente en el hombre. El hombre, considerado desde éste punto de vista, no es otra cosa sino una síntesis, compuesta de una esencia EBIporea, que €s la tesis, y de una antítesis, que es su sustancia corpórea.
El ento set que, considerado como un compuesto de espíritu y materia, es una síntesis, no es más que una antítesis que es necesario reducir a la unidad por medio una síntesis superior, juntamente con la tesis que le contradice, cuando se le considera en calidad de criatura. La ley de la reducción de la variedad en la unidad, o lo que es lo mismo de todas las tesis con sus antítesis en una síntesis suprema, es una ley visible, e indeclinable. La dificultad aquí está sólo en hallar esa suprema síntesis. Estando de un lado Dios y de otro todas las cosas creadas, es una cosa evidente que aquí la síntesis conciliadora no puede buscarse fuera de estos términos, fuera de los cuales no hay nada que se pueda imaginar, siendo como son universales y absolutos. La síntesis, pues, había de encontrarse en las criaturas o en Dios, en la antítesis o en la tesis, o bien en una y en otra simultánea o sucesivamente?.
Si el hombre hubiera permanecido quieto en aquel estado excelente y en aquella condición nobilísima en que fue puesto por Dios, la variedad hubiera ido a perderse en la unidad, y la antítesis creada se hubiera unido con la tesis creadora, en una suprema síntesis por la deificación del hombre. Á esta deificación futura fue dispuesto por Dios cuando le adornó con Todo lo que dice Donoso en este lugar sobre tesis y antítesis debe entenderse según el sentido e intención purísimos de su autor, pero no según el rigor de las palabras.
la justicia original y con la gracia santificante. El hombre, en uso de su libertad soberana, se despojó de aquella gracia y renunció a aquella justicia; y despojándose de la una y renunciando a la otra, puso impedimento a la divina voluntad, renunciando a su deificación voluntariamente. Empero, la libertad humana, que es poderosa para impedir el cumplimiento de la voluntad de Dios en lo que tiene de relativo, no lo es para impedir la realización de esa misma voluntad en lo que tiene de absoluto. La reducción de la variedad en la unidad, eso era lo que había de absoluto en la voluntad divina; la reducción por medio exclusivo de la deificación del hombre, eso es lo que había en ella de relativo y contingente; lo cual quiere decir que Dios quiso el fin con una voluntad absoluta, y el medio de alcanzar ese fin con una voluntad relativa; y en esto, como en todo, resplandece la sabiduría de Dios con un resplandor inefable. En efecto, sin lo que había en su voluntad de absoluto, Dios no hubiera sido soberano; y sin lo que había de relativo en ella, no hubiera sido posible la libertad humana; por el contrario, por lo que en su voluntad hubo a un tiempo mismo de absoluto y relativo, de contingente y de necesario, pudieron coexistir y coexistieron la soberanía de Dios y la libertad del hombre. En calidad de soberano, Dios decretó aquello que había de ser; en calidad de libre, el hombre determinó que aquello que había de ser no sería de cierta manera.
Entonces sucedió que el orden universal, querido por Dios con una voluntad absoluta, hubo de realizarse por la humanización inmediata de Dios no pudiendo realizarse por la deificación inmediata del hombre, la cual fue de todo punto imposible, primero con una imposibilidad relativa a causa de su voluntad, y después con una imposibilidad absoluta a causa de su pecado.
Ya en otra ocasión me propuse demostrar, y demostré cumplidamente cuán grande es el alcance y la universalidad de las soluciones divinas, las cuales, al revés de lo que se observa en las humanas, no suprimen un obstáculo para ir a dar en otro mayor, ni resuelven una dificultad para caer en otra más grande, ni esclarecen un problema desde un punto de vista para dejarle más oscuro que antes, mirándole por otro lado; sino que, por el contrario, suprimen de una vez todos los obstáculos, resuelven a un tiempo mismo todas las dificultades y esclarecen todos los problemas de un solo golpe, con un esclarecimiento simplicísimo. Y esto que se observa en todas las divinas soluciones, se observa más particularmente todavía en ésta que tratamos, relativa al Misterio adorable de la Encarnación del Hijo de Dios: porque al propio tiempo que fue el medio soberano de reducirlo todo a la unidad, condición divina del orden en el universo, fue también un medio maravilloso de restaurar el orden en la humanidad caída. La imposibilidad radical en que quedó el hombre de volver por sí sólo a la amistad y gracia de Dios, después del pecado, está confesada por aquellos mismos que niegan el catolicismo en la mayor parte de sus dogmas. M. Proudhon, el hombre más docto de las escuelas socialistas, no vacila en afirmar, que supuesto el pecado, la redención del hombre por los méritos y trabajos de Dios era de todo punto necesaria, como quiera que el hombre pecador no podía ser de otra manera redimido. Por lo que hace a los católicos, no vamos tan allá, afirmando solamente que esta manera de redención, sin ser necesaria ni la única posible, es, sin embargo, adorable y convenientísima.
Y Por aquí se ve que Dios se dio traza para vencer con una misma industria, así el obstáculo que se oponía a la realización del orden universal, como el que impedía el orden humano. Haciéndose hombre sin dejar de ser Dios, unió sintéticamente a Dios y al hombre, y como en el hombre estaban ya sintéticamente unidas la esencia espiritual y la sustancia corpórea?, resultó de aquí que Dios hecho Hombre reunió en sí, por una altísima manera, por un lado las sustancias corpóreas y las esencias espirituales, y por otro al Criador de todo con todas sus criaturas. Al propio tiempo, padeciendo y muriendo voluntariamente por el hombre, echó sobre sí, quitándoselo a él, aquel pecado primitivo por el cual padeció corrupción y fue condenado a muerte en Adán toda su raza.
3. Desde cualquier punto de vista que se considere este gran Misterio, ofrece, al que se para y le mira, las mismas maravillosas conveniencias. Si todo el linaje humano padeció condenación en Adán, nada más razonable y conveniente sino que todo él se salvara en otro Adán más perfecto; habiendo sido condenados como lo fuimos por la ley de la solidaridad, que fue ley de justicia, nada más razonable y conveniente sino que fuéramos hechos salvos por la ley de reversibilidad, que es una ley de misericordia. El padecer por los pecados de un representante, no hubiera sido cosa justa y conveniente si no nos hubiera sido dado el merecer por los méritos de un sustituto. Nada más ajustado a la ley de razón sino que, siéndonos imputables los pecados de aquél, los méritos de éste nos sean reversibles. Y con esto se responde a los que llenos de arrogante soberbia mueven la lengua contra Dios por la condenación con que fuimos condenados todos en * Incompleta la materia.
la cabeza de nuestros primeros padres; porque aun suponiendo, por vía de argumentación, que en nuestros primeros padres no hubiéramos sido todos pecadores, ¿con cuál derecho se queja de haber sido condenado en un representante, el que ha sido hecho salvo por un sustituto? Volverse contra Dios por la ley de los pecados imputables, sin acordarse de aquella otra que la completa y explica, por la cual los méritos ajenos nos son reversibles, es grande temeridad, porque es insigne mala fe o torpe ignorancia, y en todo caso calificada locura.
4. Restablecido el orden en el universo por la unión de todas las cosas en Dios, y el orden en la humanidad en cuanto estaba impedido por el pecado, sólo falta, para restablecer el segundo completamente, por una parte poner al hombre en estado de levantarse sobre sí mismo hasta el punto de aceptar las tribulaciones con una aceptación voluntaria, y por otra dar a esa aceptación una virtud meritoria. A ambas cosas ocurrió Dios con este divino misterio, en sus consecuencias fecundísimo y en sí mismo admirable. La sangre preciosísima derramada en el Calvario, no sólo borró nuestra culpa y satisfizo nuestra pena, sino que por su inestimable valor nos puso, siéndonos aplicada, en estado de merecer galardones; por ella se nos dieron dos gracias juntamente: la que consiste en aceptar la tribulación, y aquella en virtud de la cual la aceptación, alegremente aceptada en el Señor y por el Señor, adquiere una virtud meritoria. En esto consiste la suma de la Religión católica: en creer con firmísima fe que naturalmente nada podemos, y que lo podemos todo en aquél y por aquél que nos fortifica. Todos los otros dogmas sin éste son puras abstracciones, desnudas de toda virtud y eficacia. El Dios católico no es un Dios abstracto, ni un Dios muerto: es un Dios vivo y personal, que obra perpetuamente fuera de nosotros y en nosotros; que al mismo tiempo que está en nosotros contenido, nos circunda y nos contiene. El Misterio que nos mereció la gracia, sin la cual andamos como perdidos y en