SigPhi · Juan Donoso Cortés

Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851)

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tinieblas, es el Misterio por excelencia; todos los otros son adorables, encumbrados y altísimos; éste sólo es el encumbrado, porque sobre él no hay ninguna cumbre; el altísimo, porque sobre él no hay ninguna altura; y porque sobre él no hay nada digno de adoración, el adorable.

El día eternamente alegre y eternamente lloroso en que el Hijo de Dios hecho hombre fue puesto en una Cruz, todas las cosas a la vez entraron en orden, y en ese orden divino la Cruz se levantó sobre todas las cosas criadas. De ellas, unas manifestaban la bondad de Dios, otras su misericordia, otras su justicia. Sólo la Cruz fue el símbolo de su amor y la prenda de su gracia. Por ella confesaron los confesores, y fueron castas las vírgenes, y vivieron vida angélica los Padres del yermo, y fueron los mártires testigos firmes que pusieron sus vidas al cuchillo con varonil y constantísimo semblante. Del sacrificio de la Cruz procedieron aquellas portentosas energías con que los flacos asombraron a los fuertes, con que los proscriptos y desarmados subieron al Capitolio, con que unos pobres pescadores vencieron al mundo. Por la Cruz alcanzan victoria todos los que vencen, y esfuerzo todos los que combaten, y misericordia todos los que la piden, y amparo todos los desamparados, y alegría todos los tristes, y consuelo todos los que lloran. Desde que se levantó la Cruz en los aires, no hay hombre ninguno que no pueda vivir en el cielo, aun antes de dejar en la tierra sus mortales despo-Jos; porque si aún vive aquí por la tribulación, está ya allí por la esperanza.

DEPTO. DE BIBLIOTECAS BIBLIOTECA “EFE” GOMEF* CAPÍTULO TX CONTINUACIÓN DEL MISMO ASUNTO: CONCLUSIÓN DE ESTE LIBRO SUMARIO. -1. Sublimidad del Sacrificio de Cristo, realidad de los antiguos sacrificios, fortaleza que infunde. -2. Cristo crucificado, modelo ideal y real de todas las perfecciones. Necesidad de modelo en el arte, en la vida. La humanidad necesitaba un modelo a la vez humano y divino. -3. Esta argumentación en los misterios divinos nunca pasa de mera congruencia. Demostrativamente podemos argúir contra los que no tienen fe; pero para demostrar los dogmas revelados. -4. Al modelo divino se debe que, si en las sociedades paganas hubo héroes, en la cristiana haya santos. Paralelo entre los héroes y los santos. -5. A Cristo deben los pueblos cristianos su superioridad sobre los paganos. -6. Cristo, centro de la creación; por su persona, por su obra, por su manera de vida. -7. Cristo, conciliación un1versal y paz de todos los hombres. -8. Glorias e ignominias de Cristo. -9, Cristo, conquistador del mundo con la fuerza del amor.

CONCLUSIÓN. -Es necesario el orden, y de ahí las leyes físicas y morales. Y si bien la libertad humana puede perturbar el orden moral quebrantando sus leyes, no puede sustraerse al orden universal que la sujeta a los castigos divinos.

1. Este es aquel único sacrificio de inestimable valor, a que se refieren como a su fin todos los otros de que hacen mérito las historias y las fábulas de todas las gentes. Este es aquel que querían significar, así el pueblo judío como los pueblos gentiles, en sus sangrientos holocaustos, y que figuró Abel de una manera cumplida y aceptable cuando ofreció a Dios los primogénitos y más limpios entre todos sus corderos. El verdadero altar había de ser una Cruz, y la verdadera víctima un Dios, y el verdadero sacerdote ese mismo Dios, a un mismo tiempo Dios y hombre, pontífice augusto sacerdote perpetuo, víctima perpetua y santa, el cual vino a cumplir en la plenitud de los tiempos lo que prometió a Adán en los tiempos paradisíacos, fiel cumplidor de su promesa y guardador de su palabra; porque así como no amenaza en vano no promete tampoco vanamente. Amenazó al hombre libre con el desheredamiento, desheredó al hombre libre y culpable; le prometió luego un Redentor, y vino él mismo a redimirle.

Con su presencia se esclarecen todos los Misterios, se explican todos los dogmas y se cumplen todas las leyes. Para que se cumpla la de la solidaridad, toma en sí todos los dolores humanos; para que la de la reversibilidad se cumpla, derrama por el mundo en copioso raudal todas las gracias divinas, alcanzadas con su Pasión y con su Muerte: Dios en Él se hace hombre de una manera tan perfecta, que sobre Él vienen impetuosas todas las iras de Dios; y el hombre se hace en Él tan perfecto y tan divino, que en El caen sobre el hombre todas las divinas misericordias, como en lluvia delgada y apacible. Para que el dolor fuera santísimo, padeciendo santificó el dolor; y para que su aceptación fuera meritoria, le aceptó con una aceptación voluntaria. ¿Quién sería fuerte para ofrecer a Dios su voluntad en holocausto, si Él no hubiera hecho entera dejación de la suya para hacer la de su santísimo Padre? ¿Quién hubiera podido subir hasta la cumbre de la humildad, si el pacientísimo y humildísimo Cordero no hubiera subido antes por secretos caminos a esa aspérrima cumbre? ¿Y quién, remontando aún más su vuelo, hubiera podido encumbrar montes bravos sobre montes bravos, hasta llegar altísimo del divino amor, si Él no los hubiera encumbrado todos, uno por uno, dejando enrojecidas sus laderas con la púrpura de su sangre, y dando a sus zarzas en despojos sus blanquísimos y purísimos bellones, afrenta de la nieve? ¿Quién sino Él hubiera podido ensenar a los hombres que al otro lado de esas abruptas y gigantescas montañas, con sus cumbres al cielo y sus valles al abismo, caen praderas alegres y tendidas donde son benignos los aires, puros los cielos, mansas y limpias las aguas, suavísimos todos los rumores, verdes todos los campos, inefables todas las armonías, perpetuas todas las frescuras; donde la vida es verdadera vida que nunca acaba, y el placer verdadero placer que nunca cesa, y el amor verdadero amor que nunca se extingue, donde hay perpetuo descanso sin Ocio, reposo perpetuo sin fatiga, y donde se confunde por una altísima manera lo que tiene de dulce la posesión y lo que hay de bello en la esperanza?

9. El Hijo de Dios, hecho hombre y puesto por el hombre en la Cruz, es a un mismo tiempo la realización de todas las cosas perfectas, representadas en todos los símbolos y figuradas en todas las figuras, y la figura y el símbolo universal de todas las perfecciones. El Hijo de Dios hecho hombre, así como es Dios y hombre a un tiempo mismo, es la idealidad y la realidad juntas en uno. La razón natural nos dice y la experiencia diaria nos enseña, que el hombre no puede llegar en ningún arte ni en ninguna cosa a aquella perfección relativa a que le es dado subia, si no tiene delante de los ojos un modelo acabado de una perfección más alta. Para que el pueblo de Atenas adquiera aquel instinto admirable para descubrir con una mirada simplicísima lo que en las obras del ingenio había de literariamente bello o de artísticamente sublime, y lo que había de bellamente heroico en las acciones humanas, fue de todo punto necesario que tuviera siempre delante de sus ojos las estatuas de sus prodiglosos artistas, los versos de sus sublimes poetas y las acciones heroicas de sus grandes capitanes. El pueblo de Atenas, tal como fue, supone necesariamente sus artistas, Sus poetas y sus capitanes, tales como habían sido; y estos a su vez no llegaron a tan altres das alturas sin poner los ojos en alturas más eminentes. Todos los capitanes griegos alcanzaron donde alcanzaron, porque pusieron los ojos en Aquiles, puesto en la cumbre altísima de la gloria. Todos aquellos grandes artistas y aquellos eminentísimos poetas, no fueron grandes y eminentes sino porque tenían puestos los ojos en la Ilíada, y en la Odisea, tipos inmortales de la belleza artística y literaria. Los unos y los otros no hubieran existido ja- As SÍ Í 1Ó Grecia más sin poner la vista en Homero, magnífica personificación de la artística, literaria y heroica. Esta ley en virtud de la cual todo lo que hay en las muchedumbres, está de una manera más perfecta en una aristocracia, y de una manera incomparablemente más perfecta y más alta en una persona, es tan universal, que puede ser considerada en razón como la ley de la historia. Esta ley está sujeta a su vez a ciertas condiciones indeclinables como ella misma y necesarias. Así, por ejemplo, es condición indeclinable de todas esas personificaciones heroicas que pertenezcan a un tiempo mismo a la asociación especial que personifican, y a otra general y superior a la que en ellas viene personificada. Aquiles, Alejandro, César, Napoleón, así como Homero, Virgilio y Dante, son todos a un tiempo mismo ciudadanos de dos ciudades diferentes, de las cuales una es local y otra general, una es inferior y otra superior: en la superior viven Juntos con cierta manera de igualdad, en la inferior domina cada uno de ellos con un imperio absoluto; en la superior son ciudadanos, en la inferior emperadores. Esa ciudad superior, en la que todos tienen un derecho igual de ciudadanía, se llama la humanidad; y la inferior en que imperan se llama aquí París, allí Atenas y allá Roma.

Ahora bien: así como los pueblos, esas ciudades inferiores se condensan en una persona en la cual están como de relieve y de una manera especial sus perfecciones y virtudes, de la misma manera fue cosa convenientísima que esa ley universal de la personificación típica se cumpliera con respecto a aquella ciudad superior que lleva por nombre el género humano. Las excelencias de esta ciudad, excelente sobre todas, llevaban consigo la conveniencia de una personificación superior a las demás personificaciones, así como ella misma era superior a todas las otras ciudades, y debía ser, por lo tanto, altísima, excelentísima y perfectísima. Ni bastaba esto sólo; porque para que se cumpliera la ley en todos sus puntos, era conveniente que la persona en quien se condensara la humanidad, reuniera en su unidad personal dos naturalezas diferentes: por la una había de ser hombre, y por la otra había de ser Dios; porque Dios sólo es superior al hombre!. Y no se diga que para el cumplimiento de esta ley hubiera bastado la encarnación de un ángel; como quiera que considerado el hombre como compuesto de un alma espiritual y de una sustancia corpórea, participa a un tiempo mismo de la naturaleza física y de la angélica, siendo como la confluencia de todas las cosas creadas. Esto supuesto, es evidente que la persona que había de condensar así la naturaleza humana, había de condensar en sí toda la Creación: de donde se sigue que siendo, en cuanto hombre, todo lo creado, había de ser Dios para ser al mismo tiempo otra cosa. Por último, para que la ley que venimos exponiendo se cumpliera del todo, era menester que la misma persona que en la ciudad inferior dominaba con imperio, fuera como ciudadano y nada más en la ciudad más perfecta; por eso el Dios hecho hombre es único en el imperio de todas las: cosas creadas, mientras que el Tabernáculo habitado por la divina esencia es la persona del hijo, en todo igual a la persona del Padre y a la del Espíri tu Santo.

Y 3. Grande sería el error de los que creyeran que tengo por invencible esta argumentación y por perfectas estas analogías. Suponer que el hombre puede ver claro en estos hondos Misterios, es insigne ceguedad; y el sólo propósito de apartar los velos divinos que los cubren, me parece necia Minuisti eum paulo minus ab angelis, gloria et honore (Psalm. VIH. 6).

ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO ZO arrogancia, desatino y locura. No hay rayo de luz tan poderoso que baste a iluminar lo que Dios escondió en el impenetrable Tabernáculo que está defendido por las divinas tinieblas. Mi propósito aquí es solamente demostrar, con una demostración vigorosa, que lejos de ser increíble lo que Dios nos manda creer, es, no sólo creíble, sino también razonable. Yo creo que la demostración puede llevarse hasta los límites de la evidencia, siempre que se reduzca a poner en claro esta verdad: que todo el que deja la fe, va a parar al absurdo; y que las tinieblas divinas son menos oscuras que las tinieblas hamanas. No hay dogma ni misterio católico que no reúna en sí estas dos condiciones necesarias para que sea razonable una creencia, conviene a saber: la primera, explicarlo todo satisfactoriamente siendo aceptados; la segunda, ser ellos mismos explicables y comprensibles hasta cierto punto. No hay hombre ninguno de sana razón y de recta voluntad que no se dé a sí mismo el testimonio; por una parte, de su impotencia radical para llegar por sí hasta el descubrimiento de las verdades reveladas; y por otra, de su maravillosa aptitud para explicar todas esas verdades de una manera relativamente satisfactoria. Esto serviría para demostrar que la razón no ha sido dada al hombre para descubrir la verdad *, sino para explicársela a sí mismo cuando se la muestran, y para verla cuando se la ponen delante. Tan grande es su miseria, y su indigencia intelectual tan lamentable, que hoy día es y ne está cierto todavía de la primera cosa que hubiera debido averiguar, si en el plan divino hubiera entrado que pudiera averiguar por sí alguna cosa. Dígaseme, si no, si hay algún hombre que haya llegado a averiguar con certeza qué cosa es su razón, para qué la tiene, de qué le sirve y hasta dónde alcanza; y como veo, por una parte, que esta es la letra A de este alfabeto, y por otra que van ya corriendo seis mil años desde que comenzó a balbucirla, sin que haya acertado a pronunciarla, me creo autorizado para afirmar que ese alfabeto no ha sido hecho para ser deletreado por el hombre, ni el hombre para deletrear en ese alfabeto.

4. Volviendo a anudar el hilo de este discurso, diré que era cosa excelentísima y convenientísima que la humanidad entera tuviera delante un modelo universal de universal e infinita perfección, así como las varias asociaciones políticas han tenido siempre uno, de donde han sacado, como de su fuente, aquellas dotes y excelencias especiales en que se han aventa- ? Que excede a su capacidad natural.

jado a las demás en los períodos gloriosos de su historia. A falta de otras razones, ésta bastaría por sí sola para explicar el gran Misterio de que tratamos, como quiera que sólo Dios podía servir de acabado ejemplar y de modelo perfectísimo a todas las gentes y naciones. Su presencia entre los hombres, su doctrina maravillosa, su vida santísima, sus tribulaciones sin cuento, su Pasión, llena de ignominia y oprobios, y su cruelísima Muerte, que todo lo acaba y lo corona, son las únicas cosas que pueden explicar la altura prodigiosa a que subió el nivel de las virtudes humanas. En las sociedades que caen al otro lado de la Cruz, hubo héroes; en la gran sociedad católica ha habido santos: y los héroes paganos son a los santos del catolicismo, guardada la debida proporción y con las reservas convenientes, lo que las varias personificaciones de los pueblos a la personificación absoluta de la humanidad en la persona de un Dios hecho homibre por el amor de los hombres. Entre esas varias personificaciones y esta personificación absoluta, hay una distancia infinita; entre los héroes y los santos, una distancia inconmensurable; ninguna cosa más natural sino que siendo infinita la primera, fuera inconmensurable la segunda».

Eran los héroes hombres que con la ayuda de una pasión carnal, elevada hasta su última potencia, obraban cosas extraordinarias. Los santos son hombres que, habiendo dado de mano a todas las pasiones carnales, ponen el constantísimo pecho, exentos de toda ayuda carnal, a la impetuosa corriente de todos los colores. Los héroes, poniendo en una exaltación febril todas sus fuerzas propias, acometían con ellas a lo que les hacían oposición y contraste. Los santos comenzaron siempre por hacer dejación de sus propias fuerzas; y estando así desamparados y desnudos, entraron en batalla a un mismo tiempo consigo mismo y con todas las potencias humanas e infernales. Proponíanse los héroes alcanzar gloria y muy alta, claro renombre entre las gentes. Mirando los santos como cosa de menos valer el vano decir de las generaciones humanas pusieron en olvido el cuidado de su nombre y de su gloria, y dejada a un lado, como cosa vil, su propia voluntad, lo pusieron todo y se pusieron a sí mismos en manos de Dios, teniendo por cosa gloriosísima y excelentísima tomar la librea de siervos suyos.

Eso fueron los héroes, y eso fueron los santos: a unos y a otros les salió al revés de lo que pensaban; porque los héroes que pensaron henchir la tierra cuan grande es, con la gloria de su nombre, han caído en profundísimo olvido entre las muchedumbres; mientras que los santos, que sólo ponían los ojos en el cielo, son honrados y reverenciados aquí abajo por pueblos, emperadores, Pontífices y Reyes. ¡Cuán grande es Dios en sus obras, y cuán maravilloso en sus designios! Piensa el hombre que él es el que va, y es Dios el que le lleva. Piensa que va a dar a un valle, y sin saber cómo se encuentra en un monte. Este piensa que gana la gloria, y cae en el olvido; aquél busca en el olvido refugio y descanso, y se halla de súbito como ensordecido con el clamor de las gentes que cantan su gloria. Todo lo sacrificaron los unos a su nombre; y nadie se llama como ellos: su nombre acabó con ellos mismos. Sus nombres fueron la primera cosa que pusieron los otros como ofrenda en el altar de su sacrificio, y esto hasta el punto de borrarlos de su propia memoria. Pues bien; esos nombres, que ellos olvidaron y es carnecieron, van pasando de padres a hijos, y de generación en generación, como una gloriosísima reliquia y una riquísima herencia. No hay católico ninguno que no se llame como un santo. Así se cumple todos los días aquella divina palabra que anunció la humillación de los soberbios y la exaltación de los humildes.

. 5. Así como entre Dios hecho hombre y los reyes de la humana inteligencia hay una distancia infinita, y entre los héroes y los santos una distancia inconmensurable, entre las muchedumbres católicas y gentiles, y entre los que capitanean y guían a las unas y a las otras, hay una inmensa distancia; como quiera que todas las copias se ordenan a sus modelos.

La divinidad con su presencia produce la santidad; la santidad de los más eminentes es a su vez causa, por un lado, de la virtud de los medianos, y por otró, del buen sentido de los menores. Por eso se observa que no hay pueblo ninguno que no tenga buen sentido, siendo católico, ni gentil que tenga lo que se llama el buen sentido, es decir, aquella sana razón que ve cada cosa como es en sí y en su propio lugar, con una simple mirada. Lo cual no causará maravilla al que considere que, siendo el catolicismo el orden absoluto, la verdad infinita y la perfección suma, sólo en él y por él se ven las cosas en sus esencias íntimas, y en el lugar que ocupan, y en la importancia que tienen, y en la maravillosa ordenación en que vienen ordenadas. Sin el catolicismo no hay buen sentido en los menores, ni virtud en los medianos, ni santidad en los eminentes; porque el buen sentido, la virtud y la santidad en la tierra, suponen un Dios hecho hombre, ocupado en enseñar la santidad a las almas heroicas, la virtud a las firmes, y en enderezar la razón de las descaminadas muchedumbres envueltas en tinieblas y sombras de muerte.

6. Ese maestro divino es aquel ordenador universal que sirve de centro a todas las cosas: por esta razón, por cualquier lado que se le mire y por cualquier aspecto que se le considere, se le ve siempre en el centro. Consk derado como Dios y como hombre a un tiempo mismo, es aquel punto céntrico en que se juntan en uno la esencia criadora y las sustancias creadas.

Considerado solamente como Dios, Hijo de Dios, es la segunda persona, es decir, el centro de las tres personas divinas. Considerado solamente cauo hombre, es aquel punto central en que se condensa con misteriosa condensación la naturaleza humana. Considerado como Redentor, es aquella persona central sobre la cual vienen a un tiempo mismo toas las divinas gracias y todos los divinos rigores. La Redención es la gran síntesis en la que se concilian y se juntan la divina justicia y la divina misericordia. Considerado a un tiempo mismo como Señor de cielos y tierra, y como ido en un pesebre, viviendo vida desnudo, y padeciendo muerte de Cruz, es aquel punto central en que se juntan para conciliarse en una síntesis m. egor todas las tesis y todas las antítesis en su perpetua contradicción y 6 sición y en su variedad infinita. Él es el indigentísimo y el opulentismo, el siervo y el rey, el esclavo y el señor; está desnudo y vestido con vestidor resplandecientes, obedece a los hombres y manda a los astros; no tiene 5h para aplacar su hambre, ni agua para templar su sed, y nda a las nm. que revienten y a los panes que se multipliquen, para que viva el pueblo para que tengan hartura las muchedumbres. Los hombres le afrentan ss serafines le adoran; en un mismo instante, obedientísimo y pm muere porque le mandan morir, y manda al velo del templo que se rom.

a los sepulcros que se abran, a los muertos que resuciten, al Buen aaron que le siga, a la naturaleza toda que pierda el sentido, y al Sol que encoja sus rayos. Viene en medio de los tiempos, anda en medio de sus has nace en el punto central de dos grandes mares y de tres inmensos cone nentes. Es ciudadano de una nación que guarda el justo medio entre las del todo independientes y las del todo sujetas; se llama así propio el camino, y todo camino es centro; se llama la verdad, y la verdad ocupa el medio de las cosas; es la vida, y la vida, que es lo presente, es el medio entre lo pasado y lo futuro; pasa su vida entre los aplausos y los vituperi entre los ladrones. md 7. Y por eso fue a un tiempo mismo escándalo para los judíos y locura para los gentiles. Los unos y los otros tenían naturalmente una idea de la tesis divina y de la antítesis humana; pensaban, empero, y en esto, humanamente hablando, no iban fuera de camino, que esa tesis y esa arfllenia eran inconciliables y de todo punto contradictorias: el entendimiento humano no podía levantarse hasta su conciliación por medio de una antítesis suprema. El mundo había visto siempre ricos y pobres, pero no podía cid a posible - unión en una persona de la indigencia mayor y de la opuencia suma. Por eso mismo me parece absurdo a la razó misma razón convenientísimo neón la persona en a ceo tan es una persona divina, la cual, o no había de ser ni había de venir, O había de ser o había de venir de esa manera. Su venida fue la señal de la conciliación universal de todas las cosas y de la paz universal entre todos los hombres: los pobres y los ricos, los humildes y los potentes, los venturosos y los atribulados, todos fueron unos en él, y sólo en él fueron unos, potque sólo él era a un mismo tiempo opulentísimo e indigentísimo, potentísimo y humildísimo, venturosísimo y atribuladísimo. Esta es aquella fraternidad pacífica que él enseñó a los que abrieron sus entendimientos y sus oídos a su divina palabra. Esta es aquella fraternidad evangélica que vienen predicando unos después de otros, con perpetua € incansable predicación, todos los doctores católicos. Negad a Nuestro Señor Jesucristo, y luego al punto comienzan los bandos y las parcialidades, y los grandes tumultos, y las soberbias rebeliones, y las vociferaciones siniestras, y las discordias insensatas, y los rencores implacables, y las guerras sin término, y las sangrientas batallas. Los pobres alzan pendones contra los ricos, contra los venturosos los escasos de ventura, las aristocracias contra los reyes, las muchedumbres contra las aristocracias, y unas contra otras, Como los inmensos océanos que se juntan en la boca del abismo, las alteradas y bárbaras muchedumbres.

8. La verdadera humanidad no está en ningún hombre: estuvo en el Hijo de Dios, y allí es donde se nos revela el secreto de su naturaleza contradictoria, porque por un lado es altísima y excelentísima, y por otro, es la suma de toda indignidad y de toda bajeza. Por un lado es tan excelente, que Dios la tomó por suya uniéndola con el Verbo; tal alta, que fue desde el principio, y antes de que viniera, prometida por Dios, adorada por los Patriarcas en silencio, denunciada a voces por los Profetas, revelada al mundo hasta por sus falsos oráculos, y figurada en todos los sacrificios y en todas las figuras. Un ángel se la anunció a una virgen, y el Espíritu Santo la formó por su propia virtud en sus virginales entrañas, y Dios entró en ella y la unió así perpetuamente, y unida perpetuamente a Dios aquella humanidad sacratísima, fue celebrada en su nacimiento por los ángeles, publicada por las estrellas, visitada por los pastores, adorada por los reyes, y cuando Dios, junto con esta humanidad, quiso ser bautizado, se abrieron las bóvedas del cielo, y se vio venir sobre Él al Espíritu Santo en figura de paloma, y sonó en las encumbradas alturas aquella gran voz que decía: «Este es mi Hijo muy amado, en quien me agradé siempre». Y luego, cuando empezó a predicar, tales maravillas obró, sanando a los dolientes, consolando a los afligidos, resucitando a los muertos, mandando con imperio a los vientos y a los mares, descubriendo las cosas escondidas y anunciando las venideras, que causó espanto y puso en admiración a los cielos y a la tierra, a los ánge les y a los hombres. Ni pararon aquí aquellos prodigios, porque, aquella humanidad fue vista de todos, hoy muerta y tres días después gloriosa y resucitada, vencedora del tiempo y de la muerte, y hendiendo calladamente los aires se la vio subir a lo alto como a una divina aurora.

Y esta misma humanidad, por un lado gloriosísima, era, por otro, ejemplar de toda bajeza, como predestinada por Dios, sin ser ella pecadora, a padecer por la sustitución la pena del pecado. Por eso camina tan abatido por el mundo aquél en cuyo rostro divino se miran los ángeles; por eso está tan pesaroso y tan triste aquél en cuyos ojos toman los cielos su aleería; por eso anda por este bajo suelo desnudo aquél que en las divinas cumbres viste un manto arrebolado de Estrellas; por eso anda, como si fuera pecador, entre los pecadores, siendo el santo de los santos; aquí conversa con el blasfemo, allí plática con la adúltera, más allá discurre con el avaro.

A Judas da un ósculo de paz, y a un ladrón le ofrece su paraíso, y cuando conversa con los pecadores, lo hace con tanto amor, que las lágrimas se cuajan en sus ojos. Este hombre debe ser gran entendedor de dolores, cuando así se apiada de los doloridos, y gran sabedor de padeceres, cuando así se apiada de los miserables. En cuanto baña el sol, y en cuanto se dilata la tierra, no hubo hombre ninguno puesto en tan grande orfandad y en tan grande desamparo. Un pueblo entero le maldice; de sus discípulos uno le vende, otro le niega y los otros le abandonan; ni tiene agua para humedecer sus labios, ni pan para aquietar su hambre, ni almohada para reclinar su frente. Ninguna agonía hubo igual a la agonía que padeció en el huerto, porque todos sus poros manaron Sangre; su rostro fue luego herido con bofetadas, sus carnes cubiertas con una púrpura de escarnio, y su frente coronada con una punzante corona; cargó con su propia Cruz, y se derribó en suelo muchas veces, y subió la ladera del Gólgota seguido de delirantes muchedumbres que iban llenando los aires de vociferaciones siniestras.

Cuando fue puesto en lo alto, creció su abandono a punto que su mismo Padre apartó sus ojos de El, y los ángeles que le servían, por no verle, se cubrieron con sus alas temerosos y turbados: hasta la parte superior de su alma dejó a su humanidad en aquel trance de su muerte, permaneciendo a todo indiferente, y serena. Y las turbas, meneando la cabeza, le decían: «Si eres Hijo de Dios, desciende de esa Cruz».

9. ¿Cómo creer, sin una especial gracia de Dios, en la divinidad del que está puesto en aquel trance y estado? ¿Cómo no habían de ser entonces tenidas sus palabras por escándalo y locura? Y, sin embargo, aquel hombre, puesto allí en tan grande desamparo y en mortal agonía, sujetó el mundo a